Apolinar de Laodicea, el Viejo

Retó­rico cristiano del siglo IV. Natural de Ale­jandría se trasladó a Siria, abriendo una escuela de retórica en Berito, después en Laodicea, donde fue ordenado sacerdote.

Con su hijo Apolinar el Joven, ya lector, asis­tía a las declamaciones del retórico Epi­fanio, y en una ocasión estuvieron presen­tes en la recitación de un himno a Baco, lo que ofreció al obispo arriano Teodoto un cómodo pretexto para excomulgarlos; pero ambos hicieron penitencia y fueron perdonados.

Padre e hijo eran fieles al «Credo» de Nicea y, bajo el sucesor de Teo­doto, Jorge, adversario de San Atanasio, acogieron a este último que, aun volviendo a Alejandría (346), era objeto de ataques: por lo que fueron nuevamente excomulga­dos.

Además de ser defensores de la orto­doxia, estaban entrambos convencidos de la necesidad de mantener viva, dentro del cristianismo, la tradición de la cultura clá­sica. Por ello quedaron amargamente sor­prendidos por el decreto de Juliano el Após­tata que, en 362, excluía a los cristianos de la enseñanza pública de la literatura anti­gua.

Decidieron reaccionar y se dedicaron a componer obras de inspiración cristiana, pero semejantes en la forma a los modelos clásicos (v. Poemas). Con una fecundidad impresionante redactaron en poco tiempo un poema en 24 libros sobre la historia he­brea hasta la muerte de Saúl, tragedias y comedias del tipo de las de Eurípides y Menandro, poesías líricas pindáricas y arre­glos de los Evangelios en diálogos platóni­cos.

Una producción en la que el mayor mérito corresponde a Apolinar el Viejo (el hijo, en tiempo del decreto de Juliano era ya obispo) y, a pesar de un juicio muy elo­gioso de Sozomeno, de mediocre valor artís­tico, pero de notable interés como testi­monio evidente del apego de muchos cris­tianos de la época por los reconocidos valo­res del clasicismo.

A. Pincherle