Julio Arboleda

Escritor colombiano n. en la hacienda de Timbiquí en 1817 y m. asesinado en la montaña de Berruecos en 1862. De distinguida y acomodada familia, se formó en Europa de los trece a los veintiún años y, al reincorporarse a su pa­tria, prefirió la agitación de las luchas civi­les a la tranquilidad de su hacienda.

Tuvo una formación clásica, pero lo fascinaron los románticos españoles, franceses e ingle­ses, sobre todo Espronceda y Byron. Fue discreto periodista y buen orador; como poeta cultivó el tema político y no desdeñó la canción de amor, con la triste ternura que caracteriza determinado sector de la producción romántica.

Pero su obra funda­mental es el poema Gonzalo de Oyón (v.), que, aunque fragmentario, ha sido consi­derado por algunos críticos como «la más amplia y feliz tentativa épica de las letras hispanoamericanas». Aunque el elogio sea a todas luces hiperbólico, Arboleda representa con éxito el intento de armonizar y fundir el espíritu del conquistador con el del indí­gena, el alma de Europa con el alma de América, y hasta podemos insinuar que con esa misma orientación contempla y describe el paisaje colombiano, describe el hombre y la Naturaleza o divaga sobre temas de ambición filosófica. Su inquietud humana y la pasión política no fueron ajenas a su prematura y trágica muerte.

J. Sapiña

John Arbuthnot

Hijo de un pastor de la Iglesia episcopal, n. en Arbuthnot (Kincardineshire) en 1667; m. en Londres el 27 de febrero de 1735.

Después de haber estudiado en Aberdeen, se licenció en me­dicina en la Universidad de St. Andrews en 1696. Se estableció en Londres y dio al principio lecciones de matemáticas, formán­dose después, progresivamente, una vasta clientela como médico.

Encontrándose en Epsom, tuvo la suerte de curar con éxito al príncipe Jorge, que se había puesto re­pentinamente enfermo, conquistando así el reconocimiento y la simpatía de la familia real y más tarde el nombramiento de mé­dico de la reina Ana (1705).

Musicólogo, famoso por sus distracciones, d§ carácter generoso y bonachón, humorista y escritor-político, su nombre ha quedado vinculado a la creación del personaje John Bull, el inglés típico, en una serie de cinco opúsculos de 1712, más tarde retocados y publicados con el título de la Historia de John Bull (v.).

Amigo y consejero de Swift, Pope, Gay y Parnell, fundó con ellos el «Scriberus Club», de ideas «tory», del cual fue uno de los animadores, como fue el principal, si no el único, autor de las Me­morias de Martín Escribanillo (v.). Compuso también obras científicas y médicas (es uno de los «pioneros» de la dietética).

A la muerte de la reina Ana, se retiró a la vida privada, aunque no dejó su profesión y con­tinuó colaborando en la literatura satírico – política de la oposición; pero es a menudo difícil desglosar su trabajo del de sus ami­gos.

Aquejado de cálculos renales y abru­mado por la pérdida de un hijo, parece haber simpatizado en sus últimos años con las ideas misantrópicas de su amigo Swift, el cual escribió un día a Pope que si hubie­sen existido en el mundo una docena de Arbuthnot hubiera quemado los Viajes de Gulliver (v.).

U. G. Bottalla

Arany, János

Nacido en Nagyszalonta el 2 de marzo de 1817, m. en Budapest el 22 de octubre de 1882. Poeta húngaro que, junto con Mihály Vörösmarty y Sandor Petöfi, compone el glorioso triunvirato de la poe­sía magiar del siglo XIX, último de los diez hijos de una pobre familia campesina, estudió de 1823 a 1833 en su ciudad natal, demostrando precoces dotes artísticas.

A los 18 años tradujo algunos cantos de la Eneida; a continuación intentaba la pintura, la escultura y la composición musical, e impul­sado por la miseria, que no le permitía la continuación de los estudios, probaba for­tuna en la carrera de autor.

Deprimido y desilusionado por los fracasos, aceptó en 1839 un puesto de escribano en el Ayuntamiento de Nagyszalonta y, cuando ascendió al cargo de vicesecretario, a los 23 años, se casó, renunciando sin amargura a sus am­biciones juveniles.

Sobrio, prudente, con­templativo y escéptico por naturaleza, cedía con dificultad a los raros y repentinos estí­mulos de su ingenio, trabajaba poco y, en 1845, cuando todo el país se encontraba preso de la euforia renacentista, se dio a conocer con un poema satírico (La Cons­titución perdida), en el que se representaba la lucha entre conservadores y liberales como una batracomiomaquia.

No participó en la preparación espiritual de la revolu­ción, pues apenas rozó la atmósfera ardiente de la guerra de independencia y, después de la derrota de 1849, en Los zíngaros de Nagyida (v.) se burló de los defectos na­cionales, causa fundamental de la catástrofe.

Su primera obra maestra, ganadora de un premio de la Sociedad Kisfaludy y recibida con admiración por Petöfi, fue la narración poética Toldi (v.). La estimulante acogida que se hizo a esta obra, y su nuevo cargo de profesor en el Instituto de Nagyskörös, dieron durante muchos años un feliz im­pulso a su actividad.

Además de varios poemitas épicos (v. Esteban el Loco), escribió en aquel fecundo período La noche de Tol­di (v. Toldi) y la mayor parte de sus Bala- das (v.), concibió el proyecto de una trilogía que habría debido comprender todo el ciclo de las leyendas hunas, e inició El amor de Toldi (v. Toldi), que, llevado a término poco antes de la muerte del poeta, constituyó la parte media de la epopeya del legendario héroe de los tiempos de Luis el Grande.

El primer Toldi estaba todavía subordinado al programa «popular» de Petöfi; pero ya en La noche de Toldi escasean los motivos populares, los cuales desapare­cen por completo en La muerte de Buda (v.), obra que señala el ápice artístico de Arany En 1860, el poeta, ahora célebre, fue nombrado director de la Sociedad Kisfaludy y se trasladó a Budapest, donde durante al­gún tiempo dirigió revistas literarias y des­de 1865 a 1879 actuó de secretario de la Academia de Ciencias.

La pérdida de su adorada hija, las frecuentes crisis morbo­sas, la excesiva sensibilidad con que reac­cionaba ante cualquier fricción de la vida cotidiana y, en fin, una grave enfermedad relajaron rápidamente sus fuerzas creado­ras. Escribía poco y desordenadamente, se consumía ante el número cada vez mayor de composiciones incompletas, y constituyó verdaderamente un prodigio el repentino despertar de su estro poético, a la edad de 62 años.

En este breve período de se­gundo florecimiento, dio la última mano a El amor de Toldi, escribió algunas de sus más bellas baladas y se entregó a la poesía lírica. A estas poesías frescas y serenas, pese a su aspecto otoñal, les corresponde en la historia de la lírica húngara un puesto no menos distinguido que el ocupado por la épica de Arany, cuyo arte determinó durante más de medio siglo el espíritu y las formas de las letras húngaras.

E. Várady

Araquel de Siunik

Nacido en la provin­cia de Siunik hacia 1350; se ignora la fecha de su muerte. Entró muy joven en el con­vento de Tathev, uno de los más antiguos y famosos de Armenia.

Realizó en él los es­tudios y abrazó la vida religiosa bajo los auspicios de Gregorio de Tathev, superior del convento y metropolitano de Siunik, conocido autor de obras religiosas y adver­sario fanático de los unitarios y de la Igle­sia latina.

Debió ser consagrado obispo an­tes de 1401, porque a partir de esta fecha se llama en sus poemas «Ter (señor) Araquel, título dado a los obispos. Viviendo todavía Gregorio y por deseo expreso de éste le sucedió como superior en el convento y como metropolitano de Siunik. Carecemos de noticias sobre la última parte de su vida.

Encontramos un elogio de él en el historia­dor contemporáneo Tomás de Mezop. Araquel vivió en uno de los períodos más turbulen­tos de la historia armenia, cuando la horda tártara de Tamerlán sembraba la destruc­ción y la muerte en todo el país.

El docu­mento más importante de su producción poética es el Libro de Adán (v. Adán), com­puesto por consejo de Gregorio en 1401 y corregido en años sucesivos en dos nuevas redacciones. Compuso también numerosos himnos a la Virgen y a varios santos; cán­ticos sobre la Natividad, Pasión, Resurrec­ción y sobre todo una serie de poemas que, como una especie de pequeña Divina Co­media oriental, describen el viaje del alma por el más allá, con logradas descripciones del juicio universal, las penas del infierno y los goces del paraíso.

Entre sus obras en prosa figuran una treintena de homilías, un comentario a la gramática, otro comen­tario al Libro de las definiciones de David el Invencible, etc.

G. Bolognesi

Arato de Soli

Hijo de Atenodoro y de Letófila, n. en Soli, «la ciudad más famosa de Cilicia», hacia el año 315 a. de C.; m. en Macedonia hacia el 240-239 a. de C.

En su primera juventud estuvo probablemente en la isla de Cos, donde florecía un famoso círculo de poetas que reconocían como jefe a Filita.

Aquí debió conocer a Teócrito, el cual, más tarde, en las Talisios (VII, 98), contaba a Arato en el número de sus amigos de los bellos días de Cos, y tal vez en ho­menaje suyo reproducía fielmente en el idi­lio XVII, en elogio de Tolomeo, el princi­pio del poema de Arato Vivió largo tiempo en Atenas, donde llevó a cabo estudios sobre matemáticas y astronomía (si es cierto que enseñaba estas disciplinas a su condiscípulo Dionisio), sobre filosofía y literatura.

Asis­tió quizá a la escuela del peripatético Prasifanes de Mitilene, donde se habría encon­trado con Calimaco; y más tarde, este Cali­maco apoyaba los principios del arte nuevo con el elogio de Arato en el escrito polémico dirigido a su antiguo maestro.

Fue con segu­ridad discípulo de Zenón, el fundador de la Stoa, y tuvo amistad con Perseo. Escuchó en Eretria al filósofo Menedemo, en cuyos festines tomaba parte juntamente con Licofrón y Antágoras de Rodas.

No se sabe don­de tuvo lugar su encuentro con el gramá­tico y poeta Menécrates de Éfeso, encuentro decisivo porque Menécrates, editor e imita­dor de Hesíodo, logró que Arato admirara el valor de la obra del poeta ascreo, los ver­sos del cual influyeron no poco sobre la poesía de los Fenómenos (v.).

Casi con toda seguridad, Antígono Gonata, amigo de Ze­nón, había conocido y apreciado ya en Atenas a Arato Tras su subida al trono en 276, el rey macedonio abrió su corte a filósofos y poetas como Filonides, Alejandro de Pleuro, Antágoras de Rodas, Timón de Fliunte; en ocasión de su boda con Fila, hija de Seleuco Nicator, el rey llamó junto a sí también a Arato, quien se dirigió a Macedonia con su amigo Perseo.

Allí compuso la pri­mera obra poética de que se tiene noticia, el Himno a Pan arcádico, al dios artífice de la victoria alcanzada por el Gonata sobre los celtas en 277 a. de C. en Lisimaquia.

Esta victoria había determinado la amistad entre Antígono Gonata y Antíoco I de Si­ria, y, a consecuencia de ella, la boda. En Macedonia también compuso Arato su mayor trabajo poético, los Fenómenos, a ruegos del rey macedónico, quien le sugirió el argu­mento mediante un libro de Eudoxio (El espejo).

La obra fue saludada con grandes elogios por Leónidas de Tarento, que veía en el autor a un nuevo Zeus, porque había hecho más brillantes las estrellas, y por Calimaco, que sentía en la nueva obra el aliento de los cantos de Hesíodo y una di­fusa dulzura mucho más intensa que en los demás poemas de la época.

En el año 274 a. de C. la inesperada invasión de casi toda Macedonia por Pirro dispersó el círculo cul­tural de la corte de Gonata. Arato se refugió en Siria, junto a Antíoco I Soter, hijo de Seleuco. Allí, siguiendo los consejos de Ti­món, llevó a término una edición de la Odisea, ya comenzada en Macedonia, edi­ción que tomó el nombre de «aratea» por su nombre.

Después de la muerte de Pirro, volvió Arato a Macedonia, donde murió antes que su protector Antígono Gonata (es decir, hacia el 240-239 a. de C.). En las cerca­nías de su patria, Soli, le fue levantado un monumento.

Su obra principal, los Fenó­menos, gozó de grandísima fama en la anti­güedad: en Roma fue traducida por Varrón Atacino, por Cicerón en su juventud, y re- elaborada por Germánico y por Rufo Festo Avieno. Y Ovidio cantaba en sus Amores: «cum sole et luna semper Aratus erit».

M. T. Chianura