Gonzalo Argote De Molina

Literato y bibliófilo español n. en Sevilla en 1549 y m. en 1590. Fue veinticuatro de la ciudad y provincial de su hermandad.

Luchó con­tra los moriscos en las Alpujarras y se ti­tuló conde de Lanzarote. Llegó a ser un famoso bibliófilo. Bajo el título de El con­de Lucanor (v.) publicó en Sevilla, en 1575, en edición príncipe, el Libro de los enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio de don Juan Manuel, la Historia del Gran Tamerlán de Ruy González de Clavijo en 1582 y el Libro de la montería, escrito en parte por Alfonso XI de Castilla y León.

Es autor de Nobleza de Andalucía (1588), en la que compendia la heráldica de Es­paña, y de un Discurso de poesía caste­llana (1575), que contiene interesantes in­vestigaciones sobre los textos medievales españoles.

Alcides Arguedas

Nacido en La Paz en 1879 y m. en Chulumani en 1946. Arguedas, una de las figuras más interesantes y discutidas de las letras hispanoamericanas, era abo­gado y fue diputado (1917) y diplomático, pues representó a su país en diversos car­gos en París (1922), en Londres y en Colombia (1929-1930); estuvo también en España.

Dos grandes corrientes europeas influyeron en su formación: el naturalismo francés que representa Flaubert y el inconformismo es­pañol de la generación del 98, especialmente a través del Maeztu de la primera época y de.

Unamuno; pero probablemente es Joaquín Costa el que deja más profundas huellas en su espíritu. Sus compatriotas lo acusan de haber motivado con su pesimismo la le­yenda negra y de incapacidad que se ha forjado alrededor de Bolivia, y recargan un tanto las tintas acerca de sus descuidos sintácticos y la posible falta de comprensión al describir y enjuiciar al pueblo y a los hombres de su patria.

Sin embargo, el hom­bre que describe las taras de su país en Pueblo enfermo (v.), admirable ensayo que cualquier pueblo desearía como base para reconocerse y superarse, y canta el dolor y las angustias de una raza que lucha con­tra la adversidad con una grandeza titánica idealizada en manos del artista, en Raza de bronce (v.), es indudablemente la primera figura literaria de su país y uno de los gran-des escritores hispanoamericanos.

El hecho de que en su novela La danza de las som­bras (1934) el autor se deje impresionar por prejuicios raciales y apunte orientaciones de influencia totalitaria es algo que no puede servir para enjuiciar su vida y su obra, amplia y fecunda, como indican los títulos de otros libros suyos: Pisagua, Vida criolla (uno de sus mejores logros), La fun­dación de la República, Los caudillos letra­dos, La plebe en acción, La dictadura y la anarquía y Los caudillos bárbaros, novelas y ensayos en los que desfilan los hombres y los paisajes de su pueblo con sorpren­dente intensidad y sencillez.

Pero además hay otro aspecto en la obra de Arguedas, ya dibu­jado a través de muchos de los trabajos citados, que bastaría para acreditar a un hombre de letras: el representado por los diez volúmenes de su Historia general de Bolivia, obra monumental que nos descu­bre al historiador objetivo y al investiga­dor de orientación científica que no se deja sorprender ni influir por la pasión patrio­tera porque desea hacer de su país una pa­tria moderna, en consonancia con los adelantos del progreso. Arguedas es el gran escritor cuya pluma duele, pero cura y regenera.

J. Sapiña

Bartolomé Leonardo de Argensola

Nacido en Barbastro el 26 de agosto de 1562, m. en Zaragoza el 4 de febrero de 1631. Her­mano de Lupercio Argensola, se le parece tam­bién espiritualmente, diferenciándose en poesía por un vigor y una devoción más acentuados.

Terminó sus estudios en Sala­manca, después de haber estudiado filoso­fía y jurisprudencia en Huesca y elocuen­cia y griego en Zaragoza. Ordenado sacer­dote en 1588, fue después rector en Villa- hermosa, y más tarde, en Madrid, capellán de la emperatriz María, viuda de Maximi­liano II. Frecuentó en Madrid importantes academias, y se distinguió como miembro de la conocida con el nombre de Imitato­ria, en la que figuró con el seudónimo de Luis de Escatrón.

Mantuvo también rela­ción con grandes poetas en Nápoles, adonde pasó en 1610 y donde, protegido por el conde de Lemos, del que era su capellán, recibió el nombramiento de secretario de Asuntos Exteriores y de la Guerra. Vuelto a su patria, fue nombrado canónigo de la catedral de Zaragoza y, a partir de 1615, cronista de la corona de Aragón.

Formuló en dos epístolas sus principios con respecto a la doctrina literaria: los referentes a la actividad histórica en el Discurso sobre las cualidades que ha de tener un perfecto cro­nista. Continuó los Anales de Aragón (v.), comenzados por Zurita; escribió las Adver­tencias a la parte de la Historia de Aragón de Luis de Cabrera, Discurso Historial y la Conquista de las islas Molucas, a ruegos del conde de Lemos, presidente del Con­sejo de Indias.

Tuvo ilustres amigos como Juan de Mariana y Lope de Vega, el cual, acérrimo enemigo de la poesía gongorista, elogió la elegancia del lenguaje clásica­mente limpio de los hermanos Argensola. Por su elevado estilo, entrambos Argensola se mos­traron herederos de la tradición aragone­sa. Predomina en ellos «la razón sobre la fantasía» y han sido llamados los «Hora­cios españoles» de su tiempo.

Mientras dife­rentes escuelas se esforzaban en crear nue­vos modelos poéticos, los A. se atuvieron a un clasicismo académico. En las Rimas (v.), publicadas en 1634 y comprensivas de la obra poética de ambos hermanos, apare­cen aspectos muy significativos, como la sátira contra la insinceridad petrarquesca y contra la mundana vida de corte, el estoi­cismo especialmente en Bartolomé, el amor a la soledad, a la vida virtuosa, retirada, y una evidente aspiración hacia lo sobrenatural, expresiones personales de elementos tradi­cionales españoles.

No falta en la obra de Bartolomé, austero sacerdote, cierta sensibilidad por la belleza femenina.

G. Savelli

Rafael Arévalo Martínez

Poeta y novelista guatemalteco n. en la ciudad de Guatemala en 1884. Conoce España y otros países de Europa, es periodista, profesor de lengua castellana y miembro correspon­diente de la Academia Española de la Len­gua; ha sido director de la Biblioteca Na­cional en su país.

Como poeta no se le puede situar plenamente en el modernismo, por sus características peculiares de humor, de tendencia tradicional en la forma y de sus pretensiones de un simbolismo fantás­tico que no llega a cuajar en su verso como en su prosa.

Sus libros líricos son: Maya (1911), con prólogo de Santos Chocano; Los atormentados y Las rosas de Engaddi. Pero es en la prosa donde se revela plenamente como novelista, humorista y creador del relato «psicozoológico» de que han hablado algunos críticos, por la teoría del autor de que determinados rasgos hu­manos están mejor representados en los ani­males: El hombre que parecía un caballo, posible caricatura de Barba Jacob, y El tro­vador colombiano (1914), el hombre-perro, son sus relatos cortos más característicos.

Novelas líricas que ofrecen una curiosa mezcla de humor y utopía son El mundo de los maharachías (1938) y el Viaje a Ipanda (1939), pero ya se advierte en ellas la desviación del artista psicológico-fantástico hacia pretensiones filosófico-políticas, y la calidad literaria decae, lo que también se advierte en su novela antiimperialista La oficina de Paz de Orolandia.

Otros rela­tos suyos son: Una vida, Manuel Aldana, El señor Monitot, Las noches en el palacio de la Nunciatura, Ecce Pericles (1946), etc. Este novelista es sin duda un fino humo­rista de perfiles singulares.

J. Sapiña

Rodrigo Sánchez de Arévalo

Escritor, prelado y diplomático español. N. en Santa María de Nueva Segovia en 1404, m. en Roma en 1470. Fue capellán de Eugenio IV, quien le envió como embajador a los reyes de Castilla Juan II y Enrique IV con objeto de reducirlos a la obediencia.

Desempeñó numerosos cargos en Roma y fue obispo de Oviedo (1457), Calahorra (1468) y Palencia (1469). Su obra más conocida, tradu­cida a varias lenguas, es el Libro sobre el origen y diferencia del principado impe­rial y real (v.), que trata de los temas de reino, imperio y pontificado.

El cardenal Torquemada puso objeciones a la doctrina de A., el cual replicó con su Cylpeus sive defensio Monarchia, donde reitera su tesis de la monarquía universal del papa en lo espiritual y en lo temporal.