Ludovico Ariosto

El primero de diez hijos, n. en Reggio de Emilia a principios de septiembre de 1474 (fue bautizado el día 8), de Nicoló, violento y audaz corte­sano al servicio de la Casa de Este, y de Daria Malaguzzi Valeri, mujer «de santas costumbres y casto lenguaje».

La familia de Nicoló se trasladó del capitanato de Reggio al de Polesine y de éste a su casa solariega de Ferrara: en esta ciudad asis­tió Ludovico al Estudio desde 1489 a 1493 y ocupó su tiempo «volgendo testi e chiose» («revolviendo textos y glosas», sátira VII), hasta que en 1494 obtuvo permiso de su padre para dedicarse a sus estudios prefe­ridos.

Se desenvolvió, pues, la educación de Ariosto en el período fecundo del Renaci­miento de Ferrara, en contacto con maestros como Giovanni Sadoleto, Sebastiano del- l’Aquila y aquel Gregorio Elladio da Spoleto que había sido preceptor de Juan de Médicis (el futuro León X).

Pronto comen­zó a componer versos en latín (Ad Albertum Pium, en honor a Gregorio da Spoleto; Pasiphile, para una cortesana espa­ñola; Lydia, para su prima Hipólita Teresa; In Lenam, contra una alcahueta; Philippae Epitaphium, burla contra una mujer infiel; Ad Philiroem; De diver sis amoribus, etc.); pero desde 1503 versificó casi exclusivamente en lengua vulgar, y cuando Bembo le invitó a perseverar en el uso del latín, rechazó el consejo diciendo que más prefería «ser uno de los primeros escritores toscanos, que, con dificultad, un segundón entre los latinos».

Continuó con su vocación poética cuando, después de la muerte de su padre, ocu­rrida en 1500, hubo de dedicarse a la admi­nistración de la hacienda familiar y pro­veer a la educación de sus numerosos her­manos. Habiendo entrado como «gentilhom­bre de cámara» al servicio del cardenal Ippolito, continuó en el cargo de 1503 a 1517.

Era Ippolito un eclesiástico sin voca­ción, pero hábil y valeroso príncipe, sagaz diplomático, hombre violento y vengativo, amante de la caza, de los festines, de los espectáculos, de las mujeres (Castiglione lo elogia en el Cortesano, 1. I, c. XIV). Aun teniendo que desempeñar a veces los oficios más humildes, Ariosto encontró tiempo para dedicarse al estudio y a los amores.

En 1507 formó parte de aquel grupo de hombres «los más excelsos de toda Italia en cualquier facultad», a los que Isabel Gonzaga, mujer de Guidubaldo di Montefeltro, invitaba de cuando en cuando a su corte de Urbino.

Ya en 1493 había tomado parte como actor en los espectáculos orga­nizados en Pavía por Hércules I, y en aquel tiempo había escrito una obra, La tragedia de Tisbe, que se ha perdido; pero en este momento compone las primeras comedias de imitación clásica, La Cassaria (1507) y Los supuestos (1508, v.), y tal vez en 1505 había iniciado la composición del Orlando furioso (v.), del que en 1507 leerá algunos cantos a Isabel de Este, en Mantua, con gran contento de la bella y culta señora.

En 1503 le había nacido su hijo Giambattista, que fue hombre de armas; pero amó y cuidó más tiernamente a otro hijo, Virginio, na­cido en 1509 de una tal Ursulina, mujer de modesta familia artesana (sátira VII). Im­portantes misiones diplomáticas fueron con­fiadas al poeta en ocasión de la lucha entre Julio II y los Este (1509-10): varias veces se dirigió a Roma, ora para pedir ayuda, ora para suavizar la ira del papa, y con dificultad escapó a la muerte con la fuga cuando, no habiéndose presentado el car­denal al pontífice, que se encontraba en su residencia de Ostia, ordenó éste que el em­bajador fuera arrojado al mar.

Esperó en vano obtener algún beneficio cuando el cardenal Juan de Médicis, al que había?, conocido en la corte de Urbino, subió al solio pontificio. Siguió un largo período de reposo, y el 22 de abril de 1516 salía de las prensas del ferrarense Giovanni Mazzocco del Bondeno la primera edición del Furioso, a cuya lectura el cardenal Ippolito se dice que pronunció las famosas palabras; «¿Dónde ha encontrado tantas necedades, señor Ludovico?».

En 1517 el cardenal Ippolito, que era obispo de Agria, decidió mar­char a Hungría; pero Ariosto se negó de pronto a acompañarle alegando su mala salud y la situación familiar (sátira I). La negativa fue determinada probablemente por el hecho de que a Ariosto le gustaba más viajar «en el mapa» que en la realidad y no quería ale­jarse de la mujer amada, Alessandra Benucci, a quien el poeta dedicó muchas com­posiciones líricas y no pocas octavas del Furioso, que fue su amorosa compañera e inspiradora, pero con quien se casó tardía y secretamente, en 1527, para no perder los beneficios eclesiásticos de que gozaba.

El duque Alfonso I, sucesor de Hércules I en el dominio de Ferrara, para no disminuir el lustre de su casa, otorgó al poeta el cargo de «familiar», con sueldo y exención de misiones gravosas, de modo que pudiera continuar sus estudios (sátira III).-De 1518-19 es la comedia I Studenti (v. Escolástica), que quedó incompleta; de 1520, el Nigro­mante (v.); de 1521, la segunda edición del Furioso (cuyo éxito fue enorme si se tiene en cuenta que de 1524 a 1531 se hicie­ron 17 ediciones más, muchas de ellas no autorizadas por el autor).

Nombrado gober­nador de la Garfagnana, aceptó aquel cargo, tan contrario a su índole, sólo por asegu­rarse un ingreso considerable (sátira V); sin embargo, se dedicó a su nueva misión con rectitud y sagacidad, y escribía al duque el 30 de julio de 1524; «Mientras perma­nezca en este cargo, no tendré otro amigo que la justicia».

El 20 de febrero de 1522, al dirigirse a su nueva residencia, encontró la región trastornada por el bandidaje y por las pasiones políticas, además de estar mal administrada; pero el poeta supo transfor­marse en prudente gobernante, y cuando en junio de 1525 terminó su misión, había conseguido reorganizar en gran parte la cosa pública y aliviar muchas miserias de aquellas poblaciones pobres y olvidadas.

Ariosto no deseaba otras misiones (había rechazado en 1523 el nombramiento de embajador en la corte de Clemente VII), y vuelto a Fe­rrara se cuidó del reparto del patrimonio familiar entre los hermanos y pudo final­mente adquirir una casa en cuya fachada mandó escribir la famosa frase: «Parva sed apta mihi, sed nulli obnoxia, sed non — Sórdida, parta meo sed tamen aere domus».

Ahora podía dedicarse tranquilamente a las Musas, y en 1529, en un teatro construido a propósito en el palacio ducal, y bajo la dirección del mismo autor, se representaba la Lena (v.), considerada hoy como la me­jor de las comedias del autor. La fama del poeta estaba ya asegurada y en 1528 entra­ba a formar parte del Maestrazgo de los Sabios en el municipio de Ferrara.

También habiendo sido enviado, en 1531, a don Al­fonso d’Avalos en Mantua, para pedir ayu­da contra Clemente VII, fue recibido con grandes honores y se le ofrecieron valiosos regalos. Los últimos años de su vida fue­ron dedicados casi enteramente a cuidar de su pequeño huerto y a limar su famo­so poema, que apareció, casi rehecho, el 1.° de octubre de 1532.

Dice su hijo Virginio que, cultivando su jardín, «empleaba el mismo procedimiento que haciendo versos, porque nunca dejaba cosa alguna que hu­biera plantado más de tres meses, y si plan­taba huesos de melocotón o simientes de cualquier clase, iba tantas veces a ver si germinaban, que finalmente acababa rom­piendo el retoño».

Habiendo enfermado gra­vemente en 1532, moría el 5 de julio de 1533, y los Este no cuidaron de sus funera­les, sino que de noche y de un modo sen­cillo los restos del poeta fueron llevados a la iglesia de San -Benedetto y sepultados allí. En verdad, ni el cardenal ni el duque apreciaron y valoraron de un modo ade­cuado el talento de Ariosto y lo conservaron a su servicio más para mantener la tradi­ción de mecenazgo de la casa de Este que conscientes de la grandeza moral y artís­tica del hombre, que siempre fue mal re­tribuido, a veces humillado e incluso des­pojado de ciertos bienes a los que tenía derecho después de la muerte de su primo Rinaldo (1519).

Por otro lado, Ariosto consideró siempre como misiones de simple mensa­jero las que le fueron encargadas por Ippolito, y no tuvo mayor simpatía por las co­misiones de Alfonso. Constante aspiración suya fue una vida modesta, pero tranquila y libre, dedicada al cultivo de la poesía (v. Capítulos, Elegías, Cinco cantos, Sátiras) y contraria a aventuras caprichosas o peli­grosas.

Tendió a abstraerse de la realidad y de las cosas terrenas, como hace en el Furioso, para dar salida a su libre fanta­sía y entregarse a un mundo donde no existe la esclavitud y donde todo se vuelve puro. Es significativo el hecho de que no sea un prosista: sus cartas familiares son desaliñadas, y las oficiales, frías. Sólo se le ha atribuido una obra en prosa, el Herbo­lario (v.), en la que un charlatán, un tal Antonio Faentino, alaba una medicina mi­lagrosa y exalta la ciencia médica. En la edición póstuma de esta obra (1545), se dio por primera vez a Ariosto el título de «divino».

C. Musumarra

Juan de Arguijo

Poeta y músico es­pañol n. en Sevilla en 1560 y m. en 1623. Fue caballero veinticuatro de Sevilla y pro­curador por aquella ciudad en las Cortes de 1598. Se erigió en mecenas de todos los artistas y literatos de su tiempo.

El mismo Lope de Vega le dedicó el poema La her­mosura de Angélica (v. Angélica) y en el Laurel de Apolo (v.) lo reconoce «del sa­cro Apolo y de las musas hijo». Rodrigo Caro, en sus Varones insignes en letras de Sevilla, dice que Arguijo fue «no sólo elegantí­simo poeta, sino el Apolo de todos los poetas de España, a los cuales honraba mucho, y jamás censuró a ninguno, antes si, siendo muy rico de rentas, que heredó de su pa­dre, en cantidad de 18.000 ducados de renta cada año, les favorecía a todos con exce­sivos dones… Vino a estar tan pobre, que sólo se sustentaba, hasta que murió, de la dote de su mujer…; tocaba muchos instru­mentos, que en un discante era el primer hombre de toda España».

Su obra poética (v. Poesías) consiste en una colección de sonetos publicada en su mayor parte en 1605. Están dedicados a temas clásicos y son verdaderos modelos en su género. Arguijo perteneció a la escuela sevillana de Herrera y firmó sus composiciones con el seudó­nimo de «Arcicio». También escribió una colección de narraciones breves en prosa; una Relación de las fiestas de toros y ca­ñas en Sevilla (1617). Lope de Vega en La dama boba (v.) menciona elogiosamente sus Cartas.

Benito Arias Montano

Humanista, hebraísta, naturalista y sacerdote español n. en Fregenal de la Sierra en 1527 y m. en Sevilla en 1598. Cursó sus estudios en Sevilla (1546) y luego se perfeccionó en el conocimiento de las lenguas clásicas en Al­calá.

Caballero de Santiago y presbítero, acompañó en 1562 al obispo de Segovia, don Martín Pérez de Ayala, al Concilio de Trento, en el que Arias Montano sobresalió por su erudición. Felipe II lo nombró catedrá­tico de lenguas orientales en el Monasterio del Escorial, encargándole la dirección de una nueva edición de la Biblia Poliglota que con el título de Biblia Regia (v. Biblia) se publicó en Amberes en ocho volúmenes (1560-1573).

León de Castro, catedrático de lenguas orientales en la Universidad de Salamanca, denunció a la Inquisición que Arias Montano había seguido demasiado a la letra el texto hebreo, no muy conforme con la Vulgata, dando excesiva autoridad a las pa­ráfrasis caldeas. El padre Juan de Mariana defendió a Arias Montano y el Santo Oficio dio sentencia absolutoria. Después de renunciar a un obispado y otras dignidades que el rey le ofreciera, se retiró a la Cartuja de Sevilla, donde murió.

Sostuvo correspondencia con el botánico Clusius, y como obras suyas se citan nueve libros sobre las Antigüedades judías, Psalmos de David y de otros profetas, en versos latinos; traduc­ción en versos españoles del Cantar de los Cantares, Humanae salutis monumenta, Lí­ber generationis Adam seu de historia generis humani; la versión latina de los Via­jes (v.) de Benjamín (Ben Yoná) de Tudela, el poema didáctico en hexámetros Rhetoricorum libri IIII (v.) y la Historia Naturae.

Bonaventura Carles Aribau

Poeta ca­talán. N. en Barcelona en 1798, m. en la misma ciudad en 1862. Inclinado a las cues­tiones económicas y financieras, fue secre­tario de la Diputación de Lérida, y luego ocupó igual cargo en la Junta de Comer­cio del Principado.

Pasó luego al servicio del banquero catalán, establecido en Ma­drid, Gaspar Remisa, junto al cual trabajó hasta 1841. En la capital de España desem­peñó los cargos de consejero de Agricul­tura y de secretario de la Intendencia Ge­neral de la Real Casa y Patrimonio.

Hom­bre de letras y editor, en 1857 emprendió con Manuel Rivadeneyra la publicación de la «Biblioteca de Autores Españoles desde la formación del lenguaje hasta nuestros días», para la que compuso estudios sobre Cervantes, Moratín y la novela castellana de los siglos XVI y XVII.

Fue también pe­riodista y en su juventud fundó en Bar­celona la revista El Europeo, junto con López Soler, Cook, Monteggia y Galli, por lo que puede considerarse como uno de los iniciadores del movimiento romántico en Cataluña. Colaboró también en El Constitu­cional, El Español y La España; en 1861 fundó la revista La Verdad económica, des­de la que sostuvo vivas polémicas con los partidarios de la escuela librecambista.

Hombre de sólida formación filosófica y humanística, fue miembro de la barcelo­nesa «Sociedad filosófica»; poeta y prosista en castellano, defensor del progreso, mere­ció el elogio de Quintana. Sus artículos, publicados en las revistas románticas de su tiempo, fueron luego reunidos con el título de Ensayos literarios.

Sus maestros son Walter Scott, Byron, Chateaubriand, Manzoni, Schiller, y de este último toma el concepto de «estética», término que Aribau introduce en España. Pero por encima de sus varias acti­vidades, el nombre de Aribau es recordado y celebrado como la primera voz que deter­minó el despertar de la lengua y las letras catalanas, nunca olvidadas del todo, pero sí minimizadas y arrinconadas por el dilatado predominio político y cultural de Castilla en la vida catalana.

En 1833 el banquero Gaspar Remisa celebra en su casa de Ma­drid su fiesta onomástica. Entre las. felici­taciones y panegíricos que recibe de sus amigos y subalternos figura una oda A Gas­par Remisa, escrita en catalán y firmada por Aribau La composición era un canto de añoranza de la tierra natal y un apasio­nado elogio de la lengua materna, tan me­nospreciada. Apenas los dos últimos ver­sos delatan su carácter circunstancial.

Los editores de El Vapor descubrieron la tras­cendencia de la poesía y la dieron a cono­cer a los catalanes con orgullo y esperan­za. Esta composición, cuya importancia ig­noró el propio autor, y que pronto fue cono­cida por Oda a la Patria (v.), está escrita en un catalán correctísimo, de una calidad desconocida desde hacía siglos, y su idea aparece desarrollada en una forma de noble mesura y armonía.

No hay tan sólo año­ranza en la oda; hay además un vivo deseo de reivindicación y renacimiento. La Oda a la Patria tuvo extraordinaria resonancia en los medios culturales catalanes de la época; seis años más tarde, Joaquim Rubio i Ors, el «Gaiter del Llobregat», iniciaría en el Diario de Barcelona la publicación de una serie de poesías catalanas que pre­tenden restaurar la lira de los antiguos trovadores, y veinte años después (1859) se­rían solemnemente restaurados los Juegos Florales. La «Renaixenga» estaba en mar­cha.

Lupercio Leonardo de Argensola

Nacido en Barbastro el 14 de diciembre de 1559, m. en Nápoles el 28 de febrero de 1613. Estudió en la Universidad de Huesca y des­pués en la de Zaragoza, junto con su her­mano Bartolomé Argensola, y allí vivió durante algún tiempo, a partir de 1585, al servicio de don Hernando de Aragón, duque de Villahermosa.

Habiéndose trasladado a Ma­drid, formó parte de la Academia Imitato­ria (con el seudónimo de Bárbaro, en ho­menaje a su amada Bárbara de Albión, con la que se casó en 1593) y fue secretario de la emperatriz María de Austria, y luego cronista del reino de Aragón, elegido pri­mero por los diputados de Zaragoza y por nombramiento real de Felipe III, después.

Muerta la emperatriz (1602), pasó a Nápo­les en el séquito del virrey conde de Lemos, y fue superintendente de la secretaría del virreinato. En Nápoles fundó la Acade­mia de los Ociosos, y allí continuó su acti­vidad poética; pero los hermanos Argensola atri­buían mayor importancia al secretariado y a la actividad historiográfica que a la poé­tica y desdeñaban la imprenta.

Lupercio, antes de morir en brazos del conde de Lemos, quemó la mayor parte de sus manuscritos poéticos. Su hijo, Gabriel Leonardo de Albión, se valió de algunas copias e imprimió en 1634 las Rimas (v.), agregando a ellas las de su tío Bartolomé.

Son sonetos, odas, cancio­nes, epístolas, sátiras; expresión de un arte más sugestivo que ilustrativo en el que se advierten las influencias de Horacio, Juvenal, Séneca, Virgilio . y, parcialmente, de Bembo y de Garcilaso. Lupercio tradujo seis odas de Horacio.

Tradujo también, al parecer, los Anales de Tácito. En la Información de los sucesos de Aragón en los años de 1590 y 1591, defendió los fueros aragoneses, aun sosteniendo la lealtad de Aragón a Felipe II y el respeto a las prerrogativas reales. Lupercio escribió también algunas tragedias, elogia­das por Cervantes, pero de escaso valor en realidad: la Filis, hoy perdida, Isabela (v.) y Alejandra (v.). Se adaptan al gusto del teatro italiano del tiempo, que mostraba pre­ferencia por el horror de las situaciones, de tipo senequista; para nosotros, constituyen un cúmulo de episodios novelescos.

G. Savelli