Nacido en Estagira (hoy Stavro), pequeña ciudad de la península caicídica, en 384 a. de C.; m. en Calcis en 322. Podría afirmarse que ha sido el mayor genio especulativo de toda la historia de la filosofía: si esto parece excesivo, dígase que de tal modo se le ha de considerar en la historia del pensamiento griego.
Hay que añadir inmediatamente, sin embargo, que tal primacía podría ser puesta en discusión por un nombre igualmente universal: por el de su maestro Platón. En toda la historia de la filosofía resuenan, en efecto, estos dos grandes nombres, el de Platón y el de Aristóteles, y se ha dicho con justicia que todo filósofo, incluso los modernos, es platónico o aristotélico (o mejor dicho, es más platónico o más aristotélico, porque siempre entrambos están presentes en cualquier pensamiento auténticamente especulativo).
Pero, en resumen, si el «divino» Platón continúa siendo modelo insuperable de genialidad filosófica por haber abierto a la filosofía, por primera vez, su verdadero mundo, que es el del pensamiento (el mundo de las «ideas») y por haberlo sentido con la morosa pasión que hace de él un poeta-literato de primera fila, también es cierto que Aristóteles será siempre el maestro del pensar crítico y sistemático, como ,ha de serlo todo saber fundado de un modo científico. Esto no quiere decir que en Aristóteles exista un pensamiento definitivamente sistematizado: todo lo contrario.
Fue la Escolástica quien lo presentó de tal modo, dogmatizándolo, para servirse de él en apoyo de un pensamiento que, como el cristiano, tiene una orientación y un significado totalmente diferentes. Como han puesto de relieve estudios recientes (pensamos sobre todo en el bellísimo volumen de W. Jaeger, Aristóteles, primeras líneas de una historia de su evolución espiritual), la formación del pensamiento aristotélico ha sido el fruto de una reflexión lenta y fatigosa: reflexión que fue, y continúa siendo, presa de contrastes ideales, de motivos antitéticos de inspiración, por los cuales pudieron apelar a aquel pensamiento con igual derecho pensadores posteriores de las más opuestas tendencias.
No era muy viejo Aristóteles cuando murió; pero todo hace suponer que, aunque hubiera vivido más largo tiempo, como su maestro Platón, no hubiera salido probablemente de aquellas divergencias, porque se encontraban insertas en la posición misma, fundamental, del pensamiento griego en general. Lo cual hace, por otra parte, más importante la posición del pensamiento aristotélico en particular.
Como siempre, tener presentes algunas circunstancias de la vida de un autor ayuda a la comprensión de su pensamiento. Nicómaco, el padre de Aristóteles, era médico: fue también médico y amigo de Amintas II, rey de Macedonia, lo cual explica, al menos en parte, la predilección de su hijo por las ciencias biológicas (Platón sintió más bien el influjo de las ciencias matemáticas). Sus padres murieron pronto y él pasó, por ello, a estar bajo la tutela de un pariente (Proxeno), del que quedó tan agradecido, que más tarde adoptó a su hijo Nicanor.
Pero el acontecimiento decisivo de su vida fue su traslado a Atenas para inscribirse en la Academia, en la escuela de Platón. Tenía entonces 17 ó 18 años, y allí permaneció hasta la muerte de su maestro (347), es decir, casi 20 años. Naturalmente, una estancia tan larga sólo puede explicarse admitiendo, ante todo, que Aristóteles se dio clara cuenta de encontrarse ante un maestro de valor excepcional; y después en este hecho capital que Aristóteles — como todo el mundo en las escuelas de entonces— era totalmente libre para trabajar por su cuenta.
Trabajar por su cuenta quiere decir que podía perfectamente no estar totalmente de acuerdo con el maestro. La escuela era ante todo una palestra de discusiones. Y Aristóteles se hizo notar, al parecer muy pronto, por la vivacidad de su ingenio, si es verdad, como se dice, que Platón le puso el acertado apodo de «Ñus», es decir, Inteligencia. Parece oportuno aclarar, en este momento, un punto que se refiere no sólo a la vida, sino también al pensamiento de Aristóteles: queremos referirnos a la leyenda consagrada en el famoso fresco de Rafael La escuela de Atenas relativa a una disputa y casi una enemistad entre maestro y discípulo, es decir, entre los dos maestros.
Ciertamente hay una neta divergencia entre ellos en la cuestión capital de las «ideas», las cuales tienen, para Platón, existencia propia, en tanto que no existen, según Aristóteles, en cuanto tales, sino en cuanto «formas» que hacen inteligibles las cosas, de las que constituyen la «esencia». Todo ente es, en efecto, un compuesto, o «synolon», de materia y forma (es decir, es una existencia concreta, «usia», traducida después de un modo latino por «sustancia», para distinguirla de sus cualidades o propiedades, más o menos mudables o constantes, que son, como se dice, sus «accidentes»).
Añadamos a esto que la concepción platónica es, en consecuencia, «estática», lo cual constituye el mayor apuro del platonismo, que ha sido siempre dar vida y movimiento a aquel mundo de ideas (las cuales, como es obvio, sólo existen hoy para nosotros si se contemplan en la actividad del pensamiento que las concibe), mientras que en el pensamiento aristotélico, aun conservando del platonismo un fundamental estatismo (las esencias de las cosas son lo que son por sí mismas), tiende a formar un general «dinamismo» en cuanto el universo entero es concebido como un desarrollo de formas que se realizan en la materia, pasando de la potencia al acto, una cada vez mayor y más pura inteligibilidad, hasta aquel Inteligible absolutamente puro, ya sin materia, que es el objeto de la Inteligencia divina, la cual se encuentra así, por ello, «pensando en sí misma» como objeto suyo más digno.
La discusión existe, pues. Pero, ante todo, hay un acuerdo fundamental, en cuanto Aristóteles defiende, con Platón, la superioridad de lo inteligible sobre lo sensible, de la forma sobre la materia; y, además, es del todo falso que la oposición entre ambos degenerara en enemistad. Aristóteles consideró siempre a su maestro como la más alta expresión a que había llegado el pensamiento antes que él.
Incluso cuando polemiza contra la doctrina de las ideas, la considera casi siempre, más que en las obras de su maestro, en los escritos de los discípulos, sus compañeros de escuela, los cuales, aprovechando la oscuridad y la ambigüedad en que se envolvió Platón en su último período de enseñanza, cuando trató de crear como un puente entre lo inteligible y lo sensible mediante las ideas-números (es decir, entidades intermedias), se habían entregado a especulaciones que hacían perder el sentido concreto de la especulación filosófica y de los procedimientos propios de la ciencia matemática al mismo tiempo.
Pero también contra estos adversarios suyos mantiene siempre su polémica en las formas más correctas, como atestigua el pasaje de la Ética a Nicómaco (deformado por la leyenda en «Amicus Plato, sed magis amica veritas»), donde dice: «por desagradable que sea la cuestión a causa de la amistad que tenemos con los que han introducido estas doctrinas, parecerá bien a todo el mundo que en beneficio de la verdad conviene silenciar los miramientos privados, especialmente cuando se ha hecho profesión de filósofo» (ibídem, I, 6).
La leyenda, con ribetes de envidia y de otros sentimientos afines, surgió (y se vigorizó sobre todo en las disputas renacentistas entre platónicos y aristotélicos) sobre la base de este equívoco y por la falta de sentido crítico en la valoración de las relaciones entre las dos doctrinas. Aclarado este punto, volvamos al joven estagirita, que se ha convertido en alumno del gran ateniense.
A Jaeger debemos la documentación decisiva de un hecho muy importante: Aristóteles, antes de erigirse en crítico de la doctrina de su maestro, fue un entusiasta seguidor de la misma. Escribió muchos diálogos a la manera de Platón, con el mismo espíritu que él. Más bien parece, a juzgar por los fragmentos de uno de ellos — el Eudemo —, que iba más lejos que Platón en el sentido religioso, casi hasta un auténtico misticismo.
En este diálogo y en el Protréptico (v.), que lo continúa y lo completa, no faltan, junto a la exaltación de la vida filosófica, notas de sombrío pesimismo por la vida mortal, a la que el hombre está sometido en la tierra, como aquellas en que, atribuyendo las palabras a un prisionero del rey Midas, afirma que «lo mejor de todo es no nacer, y que la muerte es mejor que la vida» (Eud. fr. 6); o también, después de haber deplorado «la vanidad de todos los bienes de aquí abajo» para «quien ha contemplado sólo algunas de las verdades eternas», parangona la unión del alma con el cuerpo al suplicio que ciertos bandoleros etruscos practicaban «atando frente a frente de un modo apretado a un vivo con un muerto» (Protr. 10 b).
A la muerte de Platón, habiéndole sucedido en la dirección de la escuela su sobrino Espeusipo, Aristóteles abandonó la Academia y fundó una escuela suya en Asso, en la costa de Tróada, donde Hermias, tirano de Atameo, había fundado un pequeño círculo de discípulos de la Academia. Una viva amistad los unió a entrambos, destinada a perdurar, incluso después de la trágica muerte de Hermias, como lo atestigua el bellísimo himno que le dedicó para su monumento sepulcral. Mientras tanto, se casó con la sobrina de su amigo Pitia, de la que tuvo una hija del mismo nombre.
Murió su mujer, al parecer al cabo de poco tiempo, y él contrajo después una afectuosa unión, aunque no legalizada, con una mujer de Estagira, Herpiles, de la que tuvo un hijo, al que le puso de nombre Nicómaco en memoria de su padre: de él tomó título después la Ética a Nicómaco (v.). Tres años más tarde pasó de Asso a Mitilene, en la isla de Lesbos, y allí abrió también una escuela hasta que en 343-342 recibió una invitación de Filipo, rey de Macedonia, para que fuera como preceptor de su hijo Alejandro, que tenía entonces 13 años.
Parece que lo escrito sobre Problemas homéricos (v.) corresponde a este período, ya que la lectura y comentario de esos poemas eran obligados para la educación de los jóvenes. Pero es más importante creer que la permanencia de Aristóteles en la corte macedónica y su intimidad con Filipo, en primer lugar, y con Alejandro después, haya ejercido una gran influencia en la ulterior cristalización de sus ideas políticas, de las cuales ha quedado como monumento su Política (v.), que representa, para el pensamiento clásico, el polo opuesto — verdaderamente «político» en sentido moderno — al idealismo ético de la República (v.) de Platón.
Cuando Alejandro se convirtió, primero en regente, y luego en sucesor de su padre en el reino, Aristóteles abandonó la corte macedónica. En 335-334 volvió a Atenas, y allí abrió su famosa escuela en el Liceo. En este período intermedio de viajes, entre la ida y el regreso (casi doce años; otros doce duró su magisterio en Atenas), Aristóteles escribió muchas obras, según las conjeturas de los historiadores críticos modernos.
Las fechas, sin embargo, continúan siendo algo inseguras, también por el hecho de que Aristótelesretocaba sus escritos, añadiendo o modificando, como es natural, mientras los editores posteriores, recopilándolos por materias, no se preocuparon poco ni mucho de la diversidad de fechas y de inspiración de las diferentes partes. Es preferible recordar un hecho extraño relativo a este punto: la Antigüedad conoció de Aristóteles sobre todo las obras juveniles, las más platonizantes, ahora perdidas, mientras sus obras más maduras, las correspondientes a su magisterio ateniense, parecen haberse dispersado después de su muerte.
Él dejó en herencia sus manuscritos a Teofrasto, designado por el mismo Aristóteles como su sucesor en el Liceo; Teofrasto los dejó a Neleo (otro miembro de la escuela), y éste los entregó a sus parientes, que habitaban en Scepsis. Una anécdota divulgada por Estrabón afirma que estos parientes los metieron en cajones y los guardaron en el sótano, donde habrían sido pasto de los ratones al cabo de unos siglos, si Sula, en tiempos de la ocupación romana, no hubiese tenido barruntos de su existencia y, habiéndoselos hecho entregar, hubiera ordenado su traslado a Roma.
Fuera lo que fuere, lo cierto es que hasta alcanzar los principios del siglo I a. de C. no se lleva a término la primera composición ordenada y edición del «corpus» de los escritos que han quedado de Aristóteles, realizada por Andrónico de Rodas. El Aristóteles que conocemos hoy es éste. Y vale la pena añadir también, que hay que llegar a principios del siglo XIII para poder contemplar el complejo de las obras aristotélicas y su penetración en la cultura medieval, a través de los árabes. Sabido es que la doctrina llegó, en primer lugar, a través de la interpretación orientalizante de Averroes y de otros musulmanes y hebreos.
Y que fue obra insigne de Santo Tomás restituir aquella doctrina al significado más preciso de los textos; de modo que el Aristóteles de la cultura moderna es, en fin, fundamentalmente éste, aclarado, elaborado y puesto en armonía con el pensamiento cristiano por la filosofía escolástica. No basta: hay que tener presente también el carácter propio de estos escritos, los cuales fueron en su mayor parte tema de lecciones o cursos de lecciones, de donde se deriva su carácter esquemático, como de resúmenes o dictados por el maestro o compilados por los discípulos (aunque fueran después revisados por él).
Son pocas las obras o parte de obras escritas expresamente para la publicación. Y parece acertado pensar que Aristóteles realizaba dos clases de cursos: uno restringido a los de la escuela (esotérico); otro más fácil para un público más amplio (exotérico). Y se dice que prefería dar las lecciones paseando por los senderos que circundaban el edificio de la escuela, de donde deriva el nombre que se le dio de «peripatética».
No podemos en absoluto intentar resolver el problema de las fechas de redacción de las principales obras de Aristóteles; ni lo querríamos hacer, aunque pudiéramos, ya que la cuestión es incierta y está muy embrollada. Contentándonos con una relativa probabilidad, diremos que la Física (v.) y el Organon (v.) parecen pertenecer a un período anterior al del magisterio en Atenas. La primera es básica para la fundamentación dela mentalidad científica en la cultura occidental.
Está completada, como es natural, con otros numerosos escritos de distinta época (algunos seguramente de los últimos años): Del cielo (v.), Generación y corrupción (v.), Meteorología (v.), Generación de los animales (v.), Partes de los animales (v.), Problemas mecánicos, Parva naturalia (v.). La superioridad Aristóteles sobre su maestro en este punto está pronto dicha: frente a la mitológica representación del orden cósmico por obra del demiurgo de Platón (v. Timeo), Aristóteles ha antepuesto la idea de la «naturaleza» como una realidad «que contiene en sí misma el principio del movimiento».
Todavía hoy, es decir, después de Galileo, la ciencia se dedica a estudiar simplemente este «movimiento», renunciando a las «hipótesis metafísicas». Sin embargo, el término «movimiento» tiene en Aristóteles un significado mucho más amplio, comprendiendo toda «mutación» que ocurra (diciéndolo de un modo kantiano) en el mundo de los fenómenos. Lo cual no quiere decir que no se encuentren ya explícitamente distinguidos en Aristóteles los aspectos fundamentales de la investigación científica representados, en un sentido, por la física y por las matemáticas, y por otro, por las ciencias biológicas.
Las matemáticas tuvieron gran desarrollo en Grecia, desde la escuela pitagórica en adelante, y eran las preferidas por Platón; Aristóteles puede decirse que es el fundador de la mentalidad biológica. También es el fundador de la ciencia lógica: su Organon ha continuado siendo durante dos milenios celebrado e insuperable texto de esta ciencia. Conocido es que, frente al abuso de los escolásticos que hicieron de ella un ejercicio meramente formal, o más bien verbal, surgió con Bacon (v. Novum Organum) la exigencia de una lógica como proceso del pensamiento más cercana a la realidad de la experiencia, y más tarde llegó con Kant la idea de una «lógica trascendental», que Hegel continuó y desenvolvió en un idealismo absoluto.
Pero, en resumen, todo esto no era más que el desarrollo de una idea que Aristóteles había sido el primero en plantear. Y recordemos también la Retórica (v.), campo que parece hoy abandonado, en tanto que la Poética (v.) ha tenido modernamente un desarrollo extraordinario (v. también De los poetas). Un crítico moderno ha escrito que bastarían hoy unas pocas páginas que nos han llegado de esta obra de Aristóteles para hacer la celebridad de un escritor.
Como se ve, no es exagerada la afirmación de que la cultura occidental se ha desenvuelto a lo largo de las líneas trazadas por primera vez por Aristóteles en su orgánica sistematización. Añádanse a las obras citadas las de ética y psicología: la Ética a Eudemo (v.) parece acertado pensar que sea una redacción anterior a la Ética a Nicómaco, la cual es una verdadera obra maestra de exposición (figura seguramente entre las obras escritas para la publicación). El fin del hombre es, ciertamente, la felicidad pero ésta consiste, para Aristóteles, en el perfeccionamiento de la propia persona buscando un ideal equilibrio entre virtud y placer, entre razón y apetito (pero más allá de la felicidad que proporciona la actividad práctica queda para él – todavía una idea platónica – la de la actividad teorética, filosófica).
Los libros Del alma (v.), por lo menos los dos primeros, corresponden al último periodo (lo mismo que el Parva naturalia ya citado): en ellos figura la famosa definición del alma como principio formal y actual de la vida orgánica; principio, se diría hoy, psicofisiológico, que se eleva, sin embargo, en el hombre, desde la sensibilidad hasta la inteligencia, participando así de la misma Inteligencia divina. Más difícil y complicada es la cuestión sobre las ideas religiosas, porque aquí nosotros levamos inevitablemente ideas heredadas del cristianismo, de las cuales es vano encontrar precedentes en el pensamiento griego.
Existe en el cristianismo un dogma inicial, el de la Creación, que repugna por completo a la mentalidad griega, para la cual es axiomático que el ser precede del ser, no de la nada, y que el mundo ha existido siempre. Puede decirse que para los griegos, Dios forma parte del mundo: es su parte divina. Ha sido una verdadera desgracia que se haya perdido la amplia obra de Aristóteles De la filosofía (v.), que Jaeger sitúa al principio del período intermedio, es decir, poco después del 347.
De los fragmentos que nos quedan (bastante numerosos) parece deducirse que Aristóteles había trazado las líneas de una «filosofía de la religión», la primera en su género, y que en ella figuraban ya anticipadamente las ideas de su celebérrima teología, contenida en algunos capítulos del libro XII de la Metafísica (v.). Es la primera teología, propiamente dicha, aparecida en la historia de la filosofía, y fue ampliamente desarrollada (mucho más allá seguramente de la intención original de Aristóteles) por pensadores cristianos, especialmente los escolásticos.
El punto más próximo (o menos alejado) es el de Dios como Motor inmóvil, que Aristóteles entendió, sin embargo, solamente en el sentido de una finalidad cósmica universal. Como se ha dicho, él había ciertamente hecho inmanente – contra la opinión de su maestro – el principio del movimiento en la naturaleza; pero como considera, de acuerdo con la opinión entonces general, que los astros eran de naturaleza divina (por lo que les dotó de una materia etérea no sujeta a corrupción, y les atribuyó, por ello, la única especie de mutación pura, es decir, la espacial), debía deducir que más allá había un Motor totalmente inmaterial y que gobernaba la armonía cósmica como finalidad suprema, o sea como el ideal de la perfección (no como «causa eficiente», sino «final»).
En resumen, como para él —y también en el fondo para Platón— la naturaleza, es decir, el cosmos en su totalidad armónica, era pensada como «una obra de arte divina» (no por su origen, sino por su ordenación), era natural y razonable que «personificara» (digámoslo así) el principio final en un Motor que estuviese más allá del movimiento físico (sustituyéndolo así al demiurgo de Platón). Como se ve, se trata de una trascendencia, digamos física, astronómica, no espiritual, como la del Dios cristiano.
No era muy difícil pasar de esto a una interpretación panteísta d£ tipo neo- platónico (cuando se derrumbó el sistema de Tolomeo y la divinidad de los astros había quedado totalmente olvidada, le fue fácil a Bruno deducir su sistema panteísta). Ello no obstante, nadie podrá poner en duda que Aristóteles acompañaba su teoría de un sincero y elevado sentimiento religioso, aunque ya muy alejado de su misticismo juvenil. La Metafísica es la obra más celebrada de Aristóteles, y basta el título (no puesto por él, sino por Andrónico) para comprender todo el cúmulo de cuestiones que ha suscitado en la historia de la filosofía: todavía hoy constituye el campo de la lucha más encarnizada entre los filósofos.
Que se nos dispense de adentrarnos en este espinoso campo. Limitémonos a señalar, de esta obra, el admirable grupo de los libros VII, VIII y IX (especialmente este último), en los que la cuestión metafísica adquiere el aspecto preponderante de problema gnoseológico, que es todavía hoy el más vital, en nuestra opinión. En los últimos años, Aristóteles se había consagrado, además de los estudios de historia natural, a investigaciones histórico-políticas sobre la constitución de diferentes Estados (158). El único fragmento que se ha conservado, encontrado hace poco, es el referente a la Constitución de los atenienses (v.).
Pero el mundo político en torno suyo se hallaba trastornado por la más furiosa tempestad que hasta entonces había amenazado a la capital de la Hélade clásica. Se desvanecía también el sueño de Aristóteles de una unificación de Grecia — aunque fuera por iniciativa de la potencia macedónica — para que se pusiera al frente de la cultura mundial, mientras que, por la otra parte — por el partido llamémosle nacionalista, capitaneado por Demóstenes —, se tronaba contra el filósofo acusándolo de traidor a causa de su amistad con Alejandro.
Fue lanzada contra él la acostumbrada imputación de «impiedad», como contra Sócrates. Era el año 323. Aristóteles abandonó Atenas para evitar, dijo, que los atenienses «pecaran dos veces contra la filosofía». En Calcis, baluarte de la influencia macedónica, adonde se había retirado, murió al año siguiente de una enfermedad de estómago, de la que sufría hacía tiempo. Su testamento terminaba así: «Que se transporten tés restos de mi mujer Pitia, conforme ella dispuso, al lugar donde yo sea sepultado.
Y cuando vuelva felizmente Nicanor, que dedique, para cumplir el voto que yo hice por él, dos estatuas de piedra, de cuatro codos de altura, a Zeus Salvador y a Atenea Salvadora en Estagira». Éste fue Aristóteles como hombre, además de ser como filósofo «maestro de los que lo son».
A. Carlini

