Giovanni Maria Artusi

Nacido en Bolonia alrededor de 1540 y m. en la misma ciudad el 18 de agosto de 1613. Canónigo de la Congregación de San Salvador desde 1602, gozó fama de docto contrapuntista, ya como autor de música polifónica, ya, sobre todo, como teórico por el notable tratado L’arte del contrappunto, impreso en 1586-89.

Pero su recuerdo perdura sobre todo por su pos­tura de oposición a las corrientes innova­doras del arte musical de su tiempo. Ade­más de las polémicas que sostuvo con E. Bottrigari y con Vincenzo Galilei, con éste en defensa de su maestro Zar lino, contra quien se declaró más tarde, ha quedado como más famosa la que determinó la inter­vención de Claudio Monteverdi.

En el en­sayo en dos partes titulado Artusi o las im­perfecciones de la música moderna (v.), el canónigo boloñés la emprendió contra las novedades estilísticas de algunos de los com­positores contemporáneos y especialmente contra las audacias armónicas de madriga­listas como Gesualdo y Monteverdi.

A la réplica de este último contestó Artusi en el Discorso musicale (1606), que se ha perdido, y también en el Discorso secondo musicale, publicado con el seudónimo de Braccino da Todi en 1608. De una carta de Monte­verdi, de 1633, se desprende que su adver­sario habría cambiado más tarde de pare­cer, convirtiéndose en uno de sus ensalza­dores.

Pero por los escritos que han que­dado, Artusi se nos aparece como uno de los muchos doctrinarios que, en nombre de la tradición, intentaron en vano detener el camino del arte.

E. Zanetti

Antonin Artaud

Poeta francés. N. en Marsella el 4 de septiembre de 1896, m. en Ivry-sur-Seine el 4 de marzo de 1948. Hijo de un armador de Marsella y de una griega cuya familia era originaria de Esmirna, cursó estudios en el colegio del Sagrado Corazón, y muy pronto mostró afición a la poesía. A los 16 años (1912), su porvenir pareció ensombrecerse.

Afectado por un des­equilibrio mental, tuvo que ser internado en distintas ocasiones en casas de salud. En una clínica de Neuchatel (1918) su estado mejoró; allí aprendió a dibujar del natu­ral. En la guerra de 1914-18 fue eximido del servicio militar. En 1920, ya completa­mente restablecido, se radicó en París. Fue secretario de redacción de la revista De­main y en 1923 publicó una colección de trozos escogidos.

En 1924 vio la luz su pri­mer libro de poesías, Trictrac de del y conoció a André Breton, con el que cola­boró en la famosa Révolution Surréaliste. Publica varios trabajos y en 1928 rompe con los surrealistas. Desde 1922 hasta 1935 tra­bajó como actor, oficio que ejercía con notable éxito. Actuó con Pitoef y Jouvet. Figuró también en alguna película: en este campo la mejor de sus creaciones fue el papel de Marat que desempeñó en la pelí­cula de Gance, Natpoléon.

En 1926 fundó (con Aron y Vitrac) el Teatro Alfred Jarry, en el que ofreció varios espectáculos. Ante la hostilidad del público se refugia en la teoría y elabora un proyecto de renovación teatral (Manifeste du Théâtre de la Cruauté, 1932). Entretanto había publicado una co­lección de ensayos, una novela (Le Moine, 1931) y Héliogabale, ou L’Anarchiste (1934). El estreno de su tragedia Los Cend, ins­pirada en Stendhal y en Shelley, constituyó un rotundo fracaso (1935) y determinó en el autor el abandono definitivo del teatro.

Asqueado de la cultura occidental, se tras­ladó a México; allí vivió varios meses en­tre los indios tarahumaras, establecidos en Sierra Madre, donde practican una especie de comunismo. Volvió a la patria y en 1937, ya con la salud muy quebrantada, hizo un viaje a Irlanda; su extremada pobreza le obligó a abandonar Dublín al poco tiempo.

Durante el viaje de regreso sufrió un ac­ceso de locura y, desembarcado en Le Havre, fue internado en el asilo de esta ciu­dad (1937). De ahí arranca el penoso calva­rio de nuestro autor: sucesivamente trasla­dado a varios asilos, fue a parar por fin a Rodez (Aveyron), donde permaneció hasta 1946. Tras diez años de internamiento, lo encontramos de nuevo en París; allí pudo darse cuenta de que no era un desconocido. En efecto, en 1938 había visto la luz una colección de sus ensayos sobre teatro bajo el título de El teatro y su doble (v.), obra cuyo éxito perduraba todavía.

La aparición de sus Lettres de Rodez (1946) aumentó aún su prestigio. Alentado por la viva sim­patía de que es objeto, Artaud da a las prensas su gran libro Van Gogh, le Suiddé de la Sodété (1947). A continuación vieron la luz diversos textos, en su mayoría publicados después de la muerte del autor: Artaud le Momo, Ci-Git, Vie et Mort de Satan 1% Feu, Pour en finir avec le Jugement de tyieu (1948).

Poeta maldito en toda la acepción de la palabra, Artaud ganó en cierta manera la inmortalidad con su resistencia al mundo exterior. Visionario cuyos textos queman como el vitriolo, su humanidad está por encima de su obra; ésta hace pensar en los fragmentos de una tragedia perdida.

R. Purnal

Esteban de Arteaga

Nacido el 26 de di­ciembre de 1747 en Madrid o en Moraleja de Coca (Segovia), m. el 30 de octubre de 1799 en París.

Ocupa un puesto señalado en la historia de la crítica y de los tratados sobre el melodrama del siglo XVIII, aun­que no se limitó a este tema su actividad de investigador erudito y sutil. Miembro ya de la Compañía de Jesús, se trasladó a Ita­lia, y allí abandonó la Orden (1769). En 1773-78 estudió filosofía, matemáticas y me­dicina en la Universidad de Bolonia.

En aquellos años entró en relación con el pa­dre Martini, quien le abrió su biblioteca, facilitándole la preparación de su obra Re­voluciones del teatro musical italiano desde sus orígenes hasta nuestros días (v.). El primer volumen le valió muchos plácemes y su entrada como preceptor en casa del marqués Francesco Albergati Capacelli, en la que apenas permaneció un año, ya que las Osservazioni a carico della letteratura italiana, que en aquel tiempo publicó en el volumen de Matteo Borsa Del gusto presente in letteratura italiana (1785), mereció la reprobación del marqués.

Reacciones contra­dictorias desataron también en Italia los dos últimos volúmenes de las Revoluciones, por sus ataques a las figuras de la época. Con­secuencia de ello fue una viva polémica con el compositor V. Manfredini, que defen­día la tradición de la ópera, y un libelo de Ranieri de Calzabigi, atacado como libre­tista por Arteaga Al terminar el año 1786, se tras­ladó a Roma, donde gozó de la protección de José Nicolás de Azara, embajador de España.

Esta ayuda le permitió acercarse al cenáculo neoclásico de Winckelmann, Mengs y Canova, y de ellos recibió proba­blemente asunto y estímulo para las Inves­tigaciones filosóficas sobre la belleza ideal, considerada como objeto de todas las artes de imitación (v.), que apareció en Madrid en 1789.

Siempre durante su estancia en Roma, prolongada a lo largo de más de un decenio, dirigió ediciones de Horacio, Catulo, Tibulo y Propercio y escribió el opúsculo Dell’influenza degli Arabi sull’origine della poesia moderna in Europa (Roma, 1791), contra la tesis sostenida por algunos sobre el origen árabe de la poesía provenzal. Cuando Azara fue trasladado a París en el año 1798, Arteaga le acompañó.

Pero al cabo de poco tiempo murió. Recientemente, se han encontrado en archivos españoles dos tra­bajos que probablemente la muerte le im­pidió terminar: Lettere músico-filologiche y Del ritmo sonoro e del ritmo muto nella música degli antichi; constituyen una prue­ba más de su doctrina, practicada en las Lettere para aclarar algunos términos musi­cales de la Poética de Aristóteles.

E. Zanetti

Cletto Arrighi

Nacido. en Milán en 1830, m. en la misma ciudad el 3 de noviembre de 1906. Su verdadero nombre era Cario Righetti.

Apasionado patriota, participó en la campaña de 1848-49 como oficial de dra­gones lombardos, pero renunció más tarde a su grado, después de Novara. En el 59 volvió a alistarse, esta vez en el ejército piamontés, y combatió como simple soldado. Entretanto, se había licenciado en derecho y entregado a la bohemia literaria, bauti­zada por él con la denominación de «vida licenciosa» (v. Libertinaje y el 6 de fe­brero), y de esta bohemia fue típico repre­sentante, aunque literariamente inferior a sus compañeros.

Tras un período más pru­dente (Gli ultimi coriandolies de 1857, en ed. int. de 1862), Arrighi se entregó a una tur­bia, cuanto grosera y escandalosa produc­ción de novelas naturalistas, que culminó en Naná en Milán (1880) y La chusma feliz. Más logrado es su teatro dialectal, que com­prende unas 40 obras, entre originales y refundiciones, pero sobre todo algunas de sus más célebres comedias (La statua del Incioda, El barchett de Buffalora y On milanes in mar).

Arrighi fue también diputado y periodista: dirigió durante algún tiempo L’Unione y criticó de un modo cáustico las costumbres parlamentarias en el periódico La cronaça grigia, publicado al efecto en los años 60 y 61. En sus últimos años, conver­tido en un superviviente de su época, acabó por aceptar un empleo en el Archivo del Estado de Milán.

Cuatro años antes de su muerte se retractó de toda su producción inmoral e irreligiosa. Dejó dos escritos auto­biográficos: Memorie di un soldato lom­bardo (1865) y Memorie di un ex-republicano (1863), el primero de los cuales es muy notable.

C. Falconi

Arrigo de Settimello

Bien poco se co­noce de la vida de este poeta del tardío Medioevo latino; de todos modos parece que había estudiado en Bolonia y que po­seía un excelente conocimiento de los clá­sicos y una viva sensibilidad por la cultura contemporánea.

Ordenado sacerdote, obtuvo la rica parroquia de Calenzano, junto a Flo­rencia, pero se ignoran las razones por las que inesperada (e injustamente, dice el poe­ta) quedó privado de ella por el obispo de Florencia, perdiendo recursos y honores. Fue esta mutación la que le inspiró, en 1193, la famosa elegía Veleidades de la fortuna y consuelo de la filosofía (v.), en la que, bajo el acostumbrado disfraz mitológico, tomado de prestado a Boecio, aparece una pasión y una espontaneidad expresadas con notable originalidad.