Juan Bautista Arriaza

Poeta español n. en Madrid en 1770, m. en 1837. Estudió en el Real Seminario de Nobles; siguió es­tudios militares y sirvió en la Marina real.

Ingresó más tarde en la carrera diplomá­tica y fue agregado a las legaciones de Lon­dres y París. En política se mostró partida­rio de Fernando VII y opuesto a los fran­ceses y al sistema constitucional. Cultivó la poesía erótica, la descriptiva, la elegiaca, la heroica y la jocosa. Su obra poética (v. Poesías) ofrece un tono predominantemen­te neoclásico —así su mejor composición, Terpsícore o las gracias del baile — con le­ves asomos de sensibilidad prerromántica. Es autor también de La profecía del Piri­neo, Los defensores de la patria y Discursos políticos.

Arquímedes

Nacido en Siracusa hacia el 287 a. de C. y m. en la misma ciudad en 212. Hijo de Fidias, entregado a los estudios astronómicos, Arquímedes fue sin duda el mayor ma­temático y físico de la Antigüedad.

En tor­no a él tejieron la trama de una figura le­gendaria primero sus conciudadanos y los romanos, después los escritores antiguos y por último los árabes. Aprendió probable­mente de su padre los elementos de aquellas disciplinas matemáticas, en las que estaba destinado a superar a todos los matemáticos antiguos, hasta el punto de aparecer como prodigioso, «divino», incluso a los fundado­res de la ciencia moderna.

Pero sus estudios se perfeccionaron en aquel gran centro de la cultura helenística, de modo especial de la cultura científica de la tardía cultura griega, que era la Alejandría de los Tolomeos, en donde nuestro autor fue, hacia el 243, discí­pulo del astrónomo y matemático Conón de Samos, por el que siempre tuvo respeto y admiración.

Allí, después de aprender la no despreciable cultura matemática de la es­cuela (hacía poco que había muerto el gran Euclides), estrechó relaciones de amistad con otros grandes matemáticos, entre los cuales figuraba Eratóstenes, con el que mantuvo siempre correspondencia, incluso después de su regreso a Sicilia.

Volvió, al parecer, más tarde a Egipto durante algún tiempo como «ingeniero» de Tolomeo, e hizo allí su pri­mer gran invento, la «cóclea», una especie de máquina que servía para elevar las aguas y regar de este modo regiones a las que no llegaba la inundación del Nilo. Pero su actividad madura de científico se desenvol­vió por completo en Siracusa, donde gozaba del favor (y acaso era primo) del tirano Hierón II.

Allí alternó inventos mecánicos con estudios de mecánica teórica y de altas matemáticas, imprimiendo siempre en ellos su espíritu característico, maravillosa fu­sión de atrevimiento intuitivo y de rigor metódico.

Sus inventos mecánicos son mu­chos, y más aún los que le atribuyó la le­yenda (entre estos últimos debemos recha­zar el de los espejos ustorios, inmensos es­pejos con los que habría incendiado la flota romana que sitiaba Siracusa); pero son históricos además de la «cóclea»* numerosas máquinas de guerra, con las que proveía a la defensa militar de la ciudad; un método práctico para la determinación del peso es­pecífico de los cuerpos; y una «esfera», grande e ingenioso planetario mecánico, que, tras la toma de Siracusa, fue llevado a Roma como botín de guerra, y allí lo vieron toda­vía Cicerón y quizás Ovidio.

A propósito de estos inventos mecánicos, nos han lle­gado célebres anécdotas; entusiasmado por la potencia que conseguía obtener con sus- máquinas, capaces de levantar grandes pesos con esfuerzo relativamente pequeño, habría exclamado dirigiéndose a su amigo el ti­rano: «Dame un punto de apoyo y levan­taré la Tierra».

Sobre el descubrimiento del peso específico (al que dedicó también una notabilísima obra, De los cuerpos flotantes [v.], que estudiada cuidadosamente por los fundadores de la ciencia moderna — entre ellos Galileo —, dio origen a la hidrostática), se cuenta que el tirano, preocupado de que un joyero, al que había encargado la con­fección de una corona de oro, le hubiese engañado poniendo plata en el interior de la joya, propuso a Arquímedesel problema de deter­minar los metales de que estaba compuesta su corona sin romperla.

Arquímedes pensó largo tiem­po en el difícil problema, hasta que un día, al sumergirse en un baño y advertir la disminución de su peso a medida que en­traba en el agua, concibió la solución y salió del baño corriendo hacia su casa, des­nudo como se encontraba, gritando «eureka, eureka» («lo he encontrado»). Análoga con­centración mental y abstracción en la medi­tación demuestra el episodio de su muerte.

Mientras saqueaban Siracusa los soldados de Marcelo, que al fin habían conseguido expugnar la ciudad, pese a que el genio in­ventivo de Arquímedes se había prodigado en la defensa de la misma, el viejo matemático estaba meditando, olvidado de todo, en sus problemas de geometría. Sorprendido por un soldado que le preguntó quién era, no le respondió, o, según otra versión, le respondió irritado que no le molestara ni le estro­peara los dibujos que había trazado en la arena: y el soldado, encolerizado, lo mató.

Marcelo se entristeció mucho al saberlo y mandó que le levantaran un monumento, sacando su figura del tratado De la esfera y del cilindro (v.). Cicerón reconoció por esta figura, muchos años más tarde, su tum­ba olvidada. Pero quedaron como impere­cedero monumento de su genio sus obras: la Arenaria (v.),

De la esfera y del cilin­dro, la Medida del círculo (v.), Sobre los conoides y los esferoides (v.), la Cuadra­tura de la parábola (v.), De las espirales (v.), de carácter matemático; De los cuerpos flotantes (v.), Del equilibrio de los planos (v.), De las balanzas, y otros muchos des­cubiertos recientemente, de carácter fisico­matemático.

G. Preti

Anders Christensen Arrebo

Nacido en Aerøskøbing el 2 de enero de 1587, m. en Vordingborg el 12 de marzo de 1637. Hijo de un pastor protestante, hizo una rápida ca­rrera. En 1618 era obispo de Trondheim. Pero su conducta privada era escandalosa y fue depuesto (1622).

Vuelto a la Iglesia del Estado, en 1625, fue nombrado pastor en Vordingborg en 1626 y en esta localidad residió hasta su muerte. Se recuerdan de él la traducción de los Salmos de David (1623, 1627: primera tentativa en Dinamarca de producir versos regulares) y el Hexaemeron, arreglo libre del poema La sema­na (v.) de Du Bartas, con el cual hace su entrada el estilo barroco en la literatura danesa.

A. Magni

Flavio Arriano de Nicomedia

Nacido a fi­nales del siglo I, quizá en el 95, en Nico­media (Bitinia), m. en la misma ciudad des­pués del año 180.

Gracias a la posición de su padre, que poseía ya la ciudadanía ro­mana, pudo obtener el sacerdocio vitalicio del culto de Demeter y Kore. Después de haber realizado brillantes estudios en Ate­nas, marchó a Nicópolis; allí tuvo de maes­tro a Epicteto, del que reunió las Diserta­ciones (v.) y el Manual (v.).

Entró en la carrera militar y obtuvo el favor de Adria­no, quien lo colmó de honores e hizo de él uno de sus hombres de confianza en Oriente. Cónsul desde el año 121 al 124, fue legado imperial, de 131 a 137, en Capadocia, donde dio pruebas de sus virtudes militares al rechazar una invasión de ala­nos. No se sabe con certeza si después del gobierno de Capadocia desempeñó también el de Nórica y Panonia.

Su carrera había acabado ya, todavía en vida de Adriano, y en 147, bajo Antonino Pío, era simple arconte en Atenas, adonde se había retirado a vivir como un general jubilado, dedicado a la caza y a los ocios literarios. En Ate­nas escribió la mayor parte de sus obras. Arriano encontró para sus trabajos un modelo en Jenofonte.

En Capadocia había escrito ya el Periplo del Ponto Euxino (v.), y en 136, antes de dejar el gobierno de la provincia, el Ars tactica, que no ha llegado hasta nos­otros. A sus primeros años de retiro en Atenas remontan su obra maestra, la Anábasis de Alejandro (v. Alejandro Magno), que los críticos consideran como la mejor obra escrita sobre las empresas del gran macedonio; la Historia índica (v.), que es un apéndice de la anterior, escrita en dia­lecto jónico, y la Cinegética.

En los últi­mos años, pasados en Nicomedia, escribió otras obras históricas: la Alánica, sobre la guerra contra los alanos; la Pártica, sobre la guerra de Trajano contra los partos, y la Bitínica, una historia de Bitinia en ocho libros: obras todas perdidas o de las que sólo nos han llegado fragmentos. Arriano es un historiador exacto y documentado, con una atención por los hechos y problemas mili­tares que no se encuentra en Jenofonte y que revela a un hombre del oficio.               *

Arquíloco de Paros

Refiere la leyen­da que un día, los habitantes de Paros, queriendo fundar una colonia en la isla de Tasos, enviaron a Delfos al que debía ser su jefe para que consultara el oráculo de Apolo. Pero cuando se conoció en Paros la misteriosa respuesta del dios, nadie logró interpretar su sentido; entonces, en medio de los indecisos ciudadanos surgió un atrevido joven que consiguió aclarar la divina sentencia. Aquel maravilloso muchacho, par­tícipe del lenguaje de los dioses, al que Apolo había predicho ya la inmortalidad, era Arquíloco.

Nacido en Paros, de un noble y de una esclava tracia de nombre Enipo, en los últimos años del siglo VIII, o, según otros, a comienzos del siglo VII a. de C. A causa de las malas condiciones económicas que afligían a su familia, fue obligado a emigrar a la isla de Tasos; esperaba encon­trar fortuna en aquel lugar donde un ante­pasado suyo, Telis, había fundado muchos años antes una colonia de parios.

Pero pron­to se frustraron las esperanzas del poeta. La vida en la colonia era mucho más difícil que en la patria: la isla de Tasos, pobre y cubierta en parte de vegetación silvestre, expuesta a las correrías de los bárbaros tracios, ofrecía escasísimos recursos, y, ade­más, en aquel tiempo, se había convertido en refugio de las gentes de peor fama de toda Grecia.

Arquíloco, cada vez más pobre, ais­lado en un ambiente hostil, mirado por todos con el característico odio del vulgo hacia el noble decaído, se convirtió en soldado mercenario, para intentar ganarse la vida al precio de su vida. Ésta fue la señal no sólo de la separación definitiva del poeta del mundo en el que hasta entonces había vivido, sino también la razón principal de que le rechazara la mujer amada, Neo- bule, que su padre Licambe, un conciuda­dano de Paros, le había prometido en ma­trimonio.

Aquella pasión, agigantada por la distancia, por la añoranza y quizá también por el amor propio herido, se convirtió en el drama central de la vida de Arquíloco. Sediento de venganza, lo mismo que había hecho contra sus amigos de Tasos, escribió contra Neobule y contra Licambe muchos de sus famosos Yambos (v.), poesías de tal modo injuriosas que quedaron como proverbiales en toda la Antigüedad por su violencia.

Se­gún una leyenda — aceptada por la histo­ria hasta hace un siglo —, no pudiendo so­portar por más tiempo Licambe y su hija la inexorable persecución del poeta, se ahor­caron desesperados. Por tal razón, antiguos y modernos han considerado siempre a Arquíloco como el mayor poeta del odio que haya existido, sin preocuparse, sin embargo, de indagar y valorar debidamente las razones del odio, de la ira, del sarcasmo que inspi­raron tan a menudo los versos del bastardo de Paros.

El fallo de sus esperanzas de re­hacer su vida lejos de la patria, las dente­lladas de la miseria, la escocedora desilu­sión amorosa y, en fin, la dureza de la vida militar agriaron sin duda el alma de Arquíloco; pero no hicieron mella en su natural nobleza. Un día, en lucha contra una tribu tracia, se vio obligado a huir durante el combate abandonando su escudo en el campo de batalla.

Por la desconcertante franqueza con que el poeta confiesa su poco gloriosa aven­tura en uno de los fragmentos de las Ele­gías (v.), toda la Antigüedad y muchos mo­dernos han juzgado cobarde a Arquíloco Los espar­tanos, en nombre de su culto al heroísmo, prohibieron sus poesías en la ciudad. Pero que Arquíloco no era cobarde ha quedado demos­trado con el hecho de que muriera comba­tiendo por su patria, no como mercenario, sino como patriota contra los habitantes de Naxos.

Más tarde, los parios levantaron un monumento en su honor y le tributaron culto como a un dios o a un héroe protec­tor de la isla, y en las paredes de aquel templo grabaron muchos de sus versos. Cuenta la leyenda que quien mató al poeta fue un tal Calonda, y que habiéndose éste dirigido un día a Delfos, Apolo lo expulsó del templo, diciéndole: «¡Vete! Has muerto al servidor de las musas».

Arquíloco es el primer poeta de la literatura griega en cuya bio­grafía es posible fijar una fecha segura: en un fragmento de sus poesías describió un eclipse de sol, casi con toda seguridad el del día 6 de abril del 648, o, según cálculos más recientes, del 647 a. de C., eclipse que fue visible en todas las islas del mar Egeo. Muy probablemente, el poeta murió unos años después.

G. Morelli