San Avito

(Sexto Alcimo Ecdicio). Nacido en Vienne (Delíinado) en 455 ó 456, m. en la misma ciudad en 519. Descendiente de una familia de obispos oriunda de Auvernia, de categoría senatorial, fue discípulo del retó­rico Sapaudo y de Sidonio Apolinar.

En 490 sucedió a su padre en el gobierno de la diócesis. Desde su sede, desplegó Avito una vasta acción pastoral, política y literaria. Se afanó por la conversión de los burgundios arríanos y de sus reyes Gundebaldo y Segismundo (que entró en la Iglesia y ha llegado a Santo). Tuvo gran parte en las disposiciones disciplinarias del Concilio de Epaóne (517) y combatió las herejías que proliferaban en la Galia, el arrianismo de los burgundios, el semipelagianismo de Fausto de Riez, el nestorianismo y el monofisismo.

De su producción profana, des­pués que el sitio de Vienne del 500 des­truyó los numerosos Epigramas, no nos ha quedado ningún testimonio. Hacia el 507, Avito reunió sus Homilías (v.), que se han per­dido todas, excepto dos; dejó, además, dos poemas: De consolatoria laude castitatis, de­dicado a su hermana monja Fuscina, y las Gestas de la historia espiritual (v.), que Milton tuvo muy presentes en la composi­ción de su Paraíso perdido (v.). De su acti­vidad pastoral y de su extraordinaria adhe­sión a la sede romana son testimonio las 98 Epístolas (v.) de carácter bien teológico, bien bíblico y polémico.

Petrovich Avvakum

Arcipreste ruso, n. en 1620 en el pueblo de Grigorovo, en la región de Nijni Novgorod, m. en abril de 1682 en la hoguera en Pustozersk, pobla­ción del nordeste de Rusia.

Es en los um­brales de la literatura rusa donde encon­tramos su Autobiografía (v. Vida del protopope Avvakum), considerada como una obra no sólo de excepcional valor humano, sino también de original importancia literaria por la espontaneidad de la expresión en una época en que era casi inconcebible escri­bir sin tener presentes los cánones de la literatura eclesiástica tradicional.

La auto­biografía sólo contiene la descripción de un período de su destierro a Siberia. Hombre de excepcional inteligencia y cultura, Avvakum se había atrevido a oponerse, con un grupo de amigos, a las reformas introducidas en la Iglesia por el patriarca Nikon.

Denunciado como hereje, fue condenado a unirse a las fuerzas de la expedición capitaneada por Paskov para la conquista de Dauria (actual Transbaikalia). Jefe valeroso, Pas­kov era, además, duro de corazón y trató con crueldad al desdichado cismático, que permaneció en Siberia nueve años, y cuan­do, caído el patriarca Nikon, hubiera po­dido volver a Moscú, se negó a aceptar una componenda y fue nuevamente condenado por el Sínodo de 1666-67.

A consecuencia de esta condena, hubo de dirigirse a Pusto­zersk, donde continuó manifestándose tenaz luchador por su fe, hasta el punto de es­cribir una violenta carta al zar Fedor, como si buscara el martirio, que llegó efectiva­mente para él y para sus dos fieles compa­ñeros, el monje Epifanio y el pope Lázaro.

E. Lo Gatto

Luis de Ávila y Zúñiga

Historiador y militar español n. en Plasencia en 1500 aproximadamente y m. en 1564. Hijo del conde de Risco y protegido por Carlos V, quien le encargó importantes misiones di­plomáticas en Roma. Acompañó al sobe­rano en la expedición a Túnez y en la gue­rra contra la Liga de Esmálcalda, cuyos hechos resalta elogiosamente en un Comen­tario de la guerra de alemania (v.).

Sirvió también a Felipe II cuando era príncipe y durante algún tiempo de su reinado. Su Comentario a la guerra de alemania re­fleja su gran conocimiento de los historia­dores latinos, y por él su autor fue consi­derado el mejor estilista del grupo de los cronistas de Carlos V. Refiriéndose a esta obra dijo el monarca: «Más hazañas obró Alejandro que yo, pero no tuvo tan buen cronista».

Rufo Festo Avieno

Poeta latino del si­glo IV. Él mismo nos ha dejado noticias de su vida en una inscripción dedicada a Nortia, diosa etrusca de la fortuna.

Nacido en Bolsena, habitó siempre en Roma, desem­peñando dos veces el proconsulado y lle­vando una vida familiar feliz, alegrada por numerosos hijos. Descendiente del filósofo estoico Musonio, fue también seguidor de las ideas estoicas, mientras en religión se mantuvo siempre como pagano convencido. En su vida de buen padre y honrado ciuda­dano, la poesía figura como una afición de literato y versificador. Quedan de él dos poe­mas geográficos: La descripción del mundo (v.) y Ora marítima (v.); una traducción de los Fenómenos (v.) de Arato y un poema en hexámetros dedicado a un amigo llamado Flaviano. Sabemos, además, que se esforzó en poner en senarios yámbicos la Eneida y las Historias de Tito Livio.

Avicena

Abu ‘Ali al-Husain ibn Abdal- lah, de sobrenombre Ibn Sīnā (de donde Avicena, a través de la pronunciación Aben del vocablo Ibn en España y de la trans­cripción española de s por c), nació en 980 en Afshana, pequeña aldea de la provincia de Bukhara, en la que dominaba entonces la dinastía de los Samánidas. Su padre, na­tural de Balkh, era persona culta e influ­yente. Realizó sus primeros estudios en Buk­hara, adonde se había trasladado la fami­lia, y pronto mostró grandes disposiciones. A los diez años conocía ya de memoria el Corán y poseía una buena cultura literaria.

Estudió con Ismail el Asceta derecho musulmán; de los coloquios de su padre con un erudito ismaelita aprendió nociones de filosofía, geometría y aritmética indias, aunque en esta última materia se instruyó junto a un hortelano que llevaba su conta­bilidad a la manera india.

El filósofo Abu Abdallah an-Natili, huésped del padre para que instruyera a su hijo, puso en manos del muchacho el Isagoge de Porfirio, el manual de lógica entonces corriente, Euclides y el Almagesto de Tolomeo; pero no tardó en despedirse cuando se dio cuenta de que el discípulo era más diestro que el profesor. Así nos lo cuenta, en una autobiografía par­cial, el mismo autor. El cual, terminada la astronomía, pasó a las ciencias médicas, y en breve tiempo estuvo en disposición, sólo a la edad de 16 años, de enseñar y practi­car la medicina.

No satisfecho con esto, el joven autodidacta reanuda los estudios de lógica y filosofía, añadiendo ahora las cien­cias naturales. Encuentra su primer obs­táculo en la Metafísica de Aristóteles. La lee cuarenta veces sin comprenderla; al fin le abre el sentido de la misma una obra de al-Farabi que le han vendido a poco precio en el mercado de libros. De­vora otros libros en la biblioteca del sultán de Bukhara, que le ha llamado para que le cure una enfermedad. A los 18 años tiene una cultura totalmente formada.

A los 22, es autor ya de dos obras, y habiendo muer­to su padre, emprende una serie de viajes de corte en corte, que terminan con una larga estancia en Hamadhan, bajo la pro­tección del emir búyida Shams ad-Dawla, quien le nombra su ministro como premio por haberlo curado de una colitis. No es una hermosa experiencia para Ibn Sīnā.

La sol­dadesca, que no se sabe por qué le es con­traria, saquea su casa, lo secuestra y pide además su cabeza. Habiendo podido esca­par, vive escondido durante cuarenta días, iniciando la composición de su enciclopedia filosófico – científica La curación del error (v.) y terminando su Canon de medicina (v.). Al fin, necesitando sus servicios ante nuevos ataques de colitis, el emir lo llama de nuevo y lo hace ministro; pero muere pronto y Avicena se pone en relación con el rival del sucesor.

Arrestado por alta traición, es encerrado durante cuatro meses en una for­taleza, donde continúa la redacción de la Curacióm, y escribe, además de un libro so­bre los cólicos, el opúsculo místico Hayy ibn Yaqzán, del que tomará inspiración más tarde el filósofo español Ibn Tufayl para su Risalat Hayy ibn Yaqzán (v. Hayy ibn Yaq­zán). Al fin logra evadirse disfrazado de sufi y se une en Isfahan con Ala ad-Dawla, el adversario de su encarcelador. Se ve col­mado de honores, nombrado ministro, en­cargado de observaciones astronómicas para las que inventa nuevos aparatos.

Pero mue­re en Hamadan, adonde había acompañado a Ala ad-Dawla en la guerra para conquis­tar esta ciudad, a causa de los abusos sexua­les, de los desarreglos de la vida de campaña y de un cólico con complicaciones epi­lépticas curado con excesiva dosis de fár­macos.

Figura simpáticamente compleja, fi­lósofo y científico y también poeta: racio­nalista, pero creyente en Dios e inclinado al misticismo; trabajador prodigioso, pero amante al mismo tiempo de las diversiones, especialmente de las mujeres hermosas y del buen vino. Sería largo el catálogo de todas sus obras.

Las más conocidas son: en el campo filosófico, científico y religioso, la enciclopedia ya citada con su compendio La salvación [an-Nagiah], La filosofía orien­tal [al-Hikma al-Mashriqiyya], con su pro­bable compendio Alusiones y advertencias [al-Isharat wat-tanbihat] y el Del alma (v.), aparte del opúsculo místico antes citado y otros; en el campo médico, el famoso Canon y el Urgiuzah, resumido en verso y que también circuló por Europa con el nombre de «Cantica».

M. M. Moreno