Abu ‘Ali al-Husain ibn Abdal- lah, de sobrenombre Ibn Sīnā (de donde Avicena, a través de la pronunciación Aben del vocablo Ibn en España y de la transcripción española de s por c), nació en 980 en Afshana, pequeña aldea de la provincia de Bukhara, en la que dominaba entonces la dinastía de los Samánidas. Su padre, natural de Balkh, era persona culta e influyente. Realizó sus primeros estudios en Bukhara, adonde se había trasladado la familia, y pronto mostró grandes disposiciones. A los diez años conocía ya de memoria el Corán y poseía una buena cultura literaria.
Estudió con Ismail el Asceta derecho musulmán; de los coloquios de su padre con un erudito ismaelita aprendió nociones de filosofía, geometría y aritmética indias, aunque en esta última materia se instruyó junto a un hortelano que llevaba su contabilidad a la manera india.
El filósofo Abu Abdallah an-Natili, huésped del padre para que instruyera a su hijo, puso en manos del muchacho el Isagoge de Porfirio, el manual de lógica entonces corriente, Euclides y el Almagesto de Tolomeo; pero no tardó en despedirse cuando se dio cuenta de que el discípulo era más diestro que el profesor. Así nos lo cuenta, en una autobiografía parcial, el mismo autor. El cual, terminada la astronomía, pasó a las ciencias médicas, y en breve tiempo estuvo en disposición, sólo a la edad de 16 años, de enseñar y practicar la medicina.
No satisfecho con esto, el joven autodidacta reanuda los estudios de lógica y filosofía, añadiendo ahora las ciencias naturales. Encuentra su primer obstáculo en la Metafísica de Aristóteles. La lee cuarenta veces sin comprenderla; al fin le abre el sentido de la misma una obra de al-Farabi que le han vendido a poco precio en el mercado de libros. Devora otros libros en la biblioteca del sultán de Bukhara, que le ha llamado para que le cure una enfermedad. A los 18 años tiene una cultura totalmente formada.
A los 22, es autor ya de dos obras, y habiendo muerto su padre, emprende una serie de viajes de corte en corte, que terminan con una larga estancia en Hamadhan, bajo la protección del emir búyida Shams ad-Dawla, quien le nombra su ministro como premio por haberlo curado de una colitis. No es una hermosa experiencia para Ibn Sīnā.
La soldadesca, que no se sabe por qué le es contraria, saquea su casa, lo secuestra y pide además su cabeza. Habiendo podido escapar, vive escondido durante cuarenta días, iniciando la composición de su enciclopedia filosófico – científica La curación del error (v.) y terminando su Canon de medicina (v.). Al fin, necesitando sus servicios ante nuevos ataques de colitis, el emir lo llama de nuevo y lo hace ministro; pero muere pronto y Avicena se pone en relación con el rival del sucesor.
Arrestado por alta traición, es encerrado durante cuatro meses en una fortaleza, donde continúa la redacción de la Curacióm, y escribe, además de un libro sobre los cólicos, el opúsculo místico Hayy ibn Yaqzán, del que tomará inspiración más tarde el filósofo español Ibn Tufayl para su Risalat Hayy ibn Yaqzán (v. Hayy ibn Yaqzán). Al fin logra evadirse disfrazado de sufi y se une en Isfahan con Ala ad-Dawla, el adversario de su encarcelador. Se ve colmado de honores, nombrado ministro, encargado de observaciones astronómicas para las que inventa nuevos aparatos.
Pero muere en Hamadan, adonde había acompañado a Ala ad-Dawla en la guerra para conquistar esta ciudad, a causa de los abusos sexuales, de los desarreglos de la vida de campaña y de un cólico con complicaciones epilépticas curado con excesiva dosis de fármacos.
Figura simpáticamente compleja, filósofo y científico y también poeta: racionalista, pero creyente en Dios e inclinado al misticismo; trabajador prodigioso, pero amante al mismo tiempo de las diversiones, especialmente de las mujeres hermosas y del buen vino. Sería largo el catálogo de todas sus obras.
Las más conocidas son: en el campo filosófico, científico y religioso, la enciclopedia ya citada con su compendio La salvación [an-Nagiah], La filosofía oriental [al-Hikma al-Mashriqiyya], con su probable compendio Alusiones y advertencias [al-Isharat wat-tanbihat] y el Del alma (v.), aparte del opúsculo místico antes citado y otros; en el campo médico, el famoso Canon y el Urgiuzah, resumido en verso y que también circuló por Europa con el nombre de «Cantica».
M. M. Moreno

