Francis Bacon

Nacido. en el Strand, cerca de Londres, el 22 de enero de 1561, y m. en esta ciudad el 9 de abril de 1626.

Bacon fue el fundador de una vasta enciclopedia del saber, en cuya base ponía la observación experimental y el método «inductivo» acti­vamente entendido, y el fin último de la cual era la sumisión de la naturaleza al dominio del hombre.

Su cultura afianzóse en oposición a la escolástica medieval, a cuya demolición procedió antes de iniciar la fase constructiva de su propia actividad. Era hijo de Nicolás, guardasellos de la reina Isabel, y de Ana Cook, mujer de gran cul­tura y profundamente religiosa.

De su ma­dre heredó el filósofo, posiblemente, un amor innato al saber, y recibió también, sin duda, la afición al estudio; el padre, en cambio, le deparó la ocasión de participar en las vicisitudes de la vida política londi­nense, su admisión, todavía joven, en la corte, y, en fin, su habituación a una exis­tencia de fastos y honores, que muy pronto despertaría en él ambición y sed de poder.

La vida de Bacon, en efecto, aparece caracte­rizada por estos dos motivos fundamentales: el amor a la cultura y el afán de dominio; ambos prevalecieron alternativamente en su espíritu e hicieron de su persona una de las figuras más complejas de la historia mo­derna, destinada a experimentar en sí mis­ma la mutabilidad de la fortuna y a verse vilipendiada y ensalzada al mismo tiempo.

Como cortesano y político, Bacon recibió hono­res y riquezas; pero conoció también el do­lor del fracaso, la humillación provocada por acusaciones infamantes y la tristeza de la miseria; en el estudio, en cambio, halló consuelo y refugio para las adversidades de la suerte y una grandeza imperecedera re­conocida sin vacilaciones por la historia.

Saber y poder: he aquí el binomio que hace comprensibles los altibajos de la existencia de Bacon y constituye como el centro de su pensamiento filosófico. Si en su condición humana alternan la ciencia y la fuerza, en lo que a su filosofía se refiere ambos ele­mentos se unifican y completan en una su­perior concordancia mediante la cual la hu­manidad puede forjar en el saber las armas para la conquista de su propia fortaleza.

En 1573 Bacon fue enviado a estudiar a la Uni­versidad de Cambridge, y durante tres años figuró inscrito en el Trinity College; aun cuando no consiguiera entonces título al­guno, pudo, sin embargo, establecer con­tacto con la filosofía aristotélica, que vio inadecuada a las exigencias de la nueva cultura.

En 1576 dirigióse a Francia para el cumplimiento de una misión que le con­fiara el embajador de Inglaterra en París; aquí permaneció hasta 1579, no sin reci­bir ciertas influencias de la relación enta­blada con los inquietos círculos culturales de la capital francesa. Llamado a la patria por la muerte de su padre, las difíciles con­diciones económicas de la familia le obli­garon a dedicarse a los estudios de juris­prudencia para poder ejercer la abogacía.

En 1580 ingresó en el Gray’s-Inn (colegio instituido para la formación de jueces y abogados), del que fue miembro toda su vida. En 1582 acabó sus estudios de derecho y empezó a buscar con insistencia un puesto bien remunerado, sin abandonar por ello sus aspiraciones científicas, de las que apa­recen ya testimonios en sus obras de juven­tud y en sus primeras manifestaciones como renovador absoluto del saber (Temporis partus maximus, texto perdido).

En 1584 Bacon ingresó en la Cámara de los Comunes, como representante del condado de Middlesex; no obstante, el cargo no le reportó beneficio económico alguno, porque, al mili­tar en la oposición y votar, entre otras deci­siones, contra la Corona en su petición al Parlamento de subsidios para la guerra con Felipe II, acabó por atraerse la enemistad de Isabel.

Acudió entonces primeramente al gran tesorero Burleigh, su tío, y luego a Robert Devereux, conde de Essex, minis­tro y favorito de la reina; obtuvo así algu­nos empleos, pero poco o nada lucrativos. Sus condiciones materiales llegaron a ser tan precarias que en 1598 —ya pesar de la fama de escritor que le diera la publicaciónde los Ensayos (v.), efectuada un año an­tes — viose obligado a recurrir a algunos usureros y acabó encarcelado por deudas.

En 1601 Bacon vislumbró la ocasión de merecer el favor de la reina en la desgracia de su bienhechor, el conde de Essex, debida a la conjura urdida por éste contra Isabel. Como abogado de la Corona, el filósofo sostuvo la acusación contra el antiguo favorito, y con tanta energía que éste fue condenado a muerte, y decapitado el 25 de febrero del mismo año.

A continuación, Bacon, a quien la soberana encargó redactar una apología del proceso, no vaciló en vilipendiar la memo­ria del ajusticiado con una Declaración de las traiciones del conde de Essex [A decla- ration of the Practices and Treasons, etc., of the Earl of Essex], en la que la figura del desaparecido era pintada con odiosos colores.

Ello constituye un punto negro en la vida de Bacon, y él mismo, en una Apología escrita un año después de la muerte de Isa­bel, trató de justificar su conducta vincu­lándola a los deberes de su cargo y a su fidelidad a la Corona. Sin embargo, ninguna excusa puede borrar la mancha de haber aplicado todo su saber y su habilidad en la acusación de su bienhechor, al que causó la deshonra y la muerte.

También aquí el talento de Bacon se convertía en instrumento de fuerza, pero al precio de la ingratitud. De todas formas, la acusación no le reportó los beneficios esperados: en cuanto á la rei­na, consideró poco enérgica la Declaración, y el público juzgó execrable la figura del acusador. La suerte de Bacon mejoró con la llegada de Jacobo I al poder en 1603.

Pro­tegido por el rey y su favorito Georges Villiers, duque de Buckingham, consiguió, por los servicios prestados al Parlamento y a la Corona, los honores más elevados: ob­tuvo primeramente dos pensiones; luego fue nombrado sir; en 1604, consejero real ordi­nario; en 1607, «Solicitor General»; en 1613, «Attorney General»; consejero privado de la Corona en 1616; lord guardasellos en 1617; en 1618, lord canciller y barón de Verulamio, y en 1621 vizconde de St. Alban.

Durante estos años Bacon no abandonó la in­vestigación científica, según lo atestiguan sus numerosas obras. Por aquel entonces iba concretándose el proyecto acariciado por el filósofo desde su permanencia en Cambrid­ge: la Gran instauración (v.), crítica del pasado y, al mismo tiempo, base de una ciencia nueva.

Constituyen respectivamente la primera y segunda partes del plan el tra­tado en inglés On the Proficience and Ad- vancement of Learning, publicado en 1605 y, más tarde, ampliado y traducido al la­tín (v. Dignidad y progreso de las ciencias), y el Novum Organum (v.). Luego, y tam­bién durante el mismo período, compuso una serie de obras comprendidas o no en el conjunto de la Gran instauración: De sa- pientia veterum (1609), Parasceve ad his­toriara naturalem et Experimentalem (1620), Historia del reinado de Enrique VII [The History of the Reign of King Henry the seventh, 1621-22].

Con carácter postumo apa­recieron Docta lectura sobre el estatuto de las costumbres [The LeamecL Reading uponp the Statute of Uses, 1600], Valerius Termi- nus (1603), Partís secundae delineatio et argumentum (1606-07), Cogitata et visa (1607, v.), Redar gutio philosophiarum (1609), De principiis atque originibus (1611- 20), Descriptio globi intellectualis (1612), etcétera. Los honores alcanzados entonces por Bacon no iban a durar mucho tiempo.

Fiel a te Corona y de tendencia aristocrática, apo­yó sin vacilación las pretensiones absolutis­tas del monarca y legitimó las expoliaciones progresivamente realizadas en perjuicio del Parlamento. Cundía el malestar, y la oposi­ción iba actuando ocultamente; y cuando se produjo el estallido, la organización parla­mentaria, al no poder lanzarse contra la persona del rey o la de su favorito lord Buckingham, acusó a Bacon.

Llevado el caso a la Cámara de los Lores, se le incoó un proceso por venalidad y concusión. Durante el juicio, el filósofo, cediendo posiblemente a los ruegos del soberano y del favorito, no trató de volver las acusaciones contra quienes se hallaban por encima de él, antes bien, las aceptó en parte y se confió a la clemencia de la Cámara.

El 3 de mayo de 1621 fue pronunciada la sentencia, que con­denaba a Bacon a una multa de 40.000 libras esterlinas, al cautiverio en la Torre de Lon­dres por el tiempo que el monarca decretase y su separación de la corte y de todos los cargos públicos.

La gracia real mitigó el rigor de la condena, y devolvió al cabo de un mes la libertad al filósofo, que buscó en el estudio consuelo a las adversidades. En el curso de aquellos últimos años pu­blicó una Historia naturalis et experimen- talis ad condendam philosophiam (1622) y una Historia vitae et mortis (1623).

La muer­te le sorprendió mientras se dedicaba a la redacción del amplio repertorio científico Selva de selvas (v.), publicado con carácter postumo en 1627; había enfermado cierto día de clima extremadamente riguroso al pretender experimentar la eficacia de la nieve para la conservación de la carne. En el testamento confiaba su nombre a la pos­teridad: en cuanto a su obra científica, el deseo de Bacon había de quedar satisfecho.

C. Carbonara

Mauricio Bacarisse

Poeta español. Nacido en Madrid en 1897, m. en 1931. Estudió en la capital de España y desempeñó la cátedra de filosofía en los Institutos de Mahón, Lugo y Ávila. Su obra pertenece al modernismo y está dentro de la órbita de Juan Ramón Jiménez.

Posteriormente experimentó el in­flujo del «ultraísmo» de Rafael Cansinos Asséns. El esfuerzo (1917) es su primer libro de poesías, al que siguieron Las tinieblas floridas (1927), El paraíso desdeñado (1928) y Mitos (1930).

Con su novela Los terribles amores de Agliverto y Celedonia ganó el premio nacional de literatura un año antes de su prematura muerte. Tradujo a Verlaine.

Babrio

Poco o nada se conoce de este poeta griego, cuyo nombre, posible metá­tesis de la denominación latina más cono­cida Barbius, revela un origen itálico.

Tam­bién sus Fábulas (v.) manifiestan la influen­cia de la cultura, la lengua y la métrica latinas, siquiera su contenido resulte orien­tal (Arabia con sus camellos) y respire un clima siríaco. Cabe, por lo tanto, deducir que Babrio, hijo de una familia itálica estable­cida en Oriente, no debió de conocer Italia y vivió probablemente en Siria.

Tampoco sabemos con certeza la época en que flore­ció; no obstante, en el Alejandro que Babrio menciona en sus fábulas ha querido reco­nocerse a Alejandro Severo (208-235), mien­tras, por otra parte, la difusión que su obra tuvo en las escuelas a partir de los primeros años del siglo III, induce a situar al autor en el siglo II.

Mihály Babits

Nacido en Szekszard (al este del Danubio) el 26 de noviembre de 1883 y m. el 4 de agosto de 1941. Durante su in­fancia estuvo en el colegio de los cistercienses de Pécs; luego estudió letras en la Universidad de Budapest, y, a partir de 1905, fue profesor de segunda enseñanza en varias ciudades de provincia y, finalmente, en la misma capital, donde, en 1916, aban­donó esta ocupación para dedicarse por com­pleto a la actividad literaria.

De tempera­mento estudioso, vivió una existencia muy retirada y revelóse ya como notable autor en sus primeras composiciones, publicadas en 1907 en una antología de líricos de van­guardia (Holnap).

En sus años juveniles se acogió a los estilos y géneros más variados, que reproducía y elaboraba con gran peri­cia; luego empezó a manifestarse cada vez más claramente el parentesco de su personalidad poética con las de Swinburne, Browning y, sobre todo, János Arany.

Sea como fuere, los primeros volúmenes de Babits (Hojas de la corona de Iris, 1909, y Príncipe, quizá también llegará el invierno, 1911) fueron acogidos desfavorablemente por la crítica conservadora, que los consideró como ma­nifestaciones del mismo espíritu «subver­sivo» de que se había culpado a su gran con­temporáneo Endre Ady.

Sin embargo, Babits, a lo sumo, únicamente podía ser comparado a él por un deseo común de librar a la lite­ratura húngara de la monotonía propia del siglo y por la semejanza de la concepción trágica de ambos poetas respecto al destino magiar.

Babits, empero, no poseía una perso­nalidad polémica, y solamente la guerra mundial, que él condenaba en absoluto, le indujo a adoptar una posición definida. Du­rante el conflicto de 1914-1918 tradujo a Dante y Shakespeare, así como el ensayo de Kant sobre la Paz eterna, en tanto su poesía (Recitativo, 1916; El valle de la inquietud, 1920) adquirió un carácter cada vez más filosófico y centróse en torno a la desola­dora experiencia de la crisis espiritual de un mundo abocado a la ruina por un sórdido materialismo.

La felicidad de su matrimonio (1921) dio libertad, aun cuando sólo por al­gún tiempo, al grave pero contenido «pathos» de su lírica; muy pronto, empero, refugióse el autor en la soledad de su torre de mar­fil.

En las poesías aparece progresivamente acentuado su carácter de católico sincero, fe en la cual halló consuelo durante el largo período de sufrimientos provocado por un cáncer de laringe, de fatales resultados. Sus estudios sobre la literatura húngara y los dos volúmenes de la Historia de la lite­ratura europea figuran entre las mejores obras del género; de sus novelas destacan El hijo de Virgilio Timar (1922, v.) y Los hijos de la muerte (1927, v.). Muy notable como traductor, su versión de la Divina Co­media obtuvo en 1940 el premio San Remo.

E. Várady

Azorín

(José Martínez Ruíz) Escritor español, figura importante de la llamada generación del 98. N. en Monóvar el 8 de junio de 1873.

Estudió Azorín las primeras letras en el mismo Monóvar, y ya crecido, pasó a Yecla, pueblo de su padre, para estudiar el bachillerato allí, en el colegio de los Pa­dres Escolapios. En Yecla alternó los estu­dios con frecuentes partidos de pelota, afi­ción de la época, de la que fue Azorín un entu­siasta.

Fue también aficionado a la pintura, pero no persistió en ella, pues comprendió muy pronto que no estaba allí su camino; eh este tiempo había ya emborronado sus primeras cuartillas, en una obrita dramá­tica, estrenada como dice «en el zaguán de una casa».

La afición al teatro, para el cual no tenía condiciones, le duraría, en cambio, toda la vida. Terminado el bachillerato, se trasladó a Valencia; se había decidido por la carrera de Derecho, y se matriculó en aquella Universidad.

Era el año 1888. Tam­poco aquí Azorín destacó en los estudios; asistía a las clases, pero concurría, sobre todo, a las tertulias del café España; iba también allí a escuchar música de Wagner, que era a la sazón la locura de los valencianos, con Blasco Ibáñez a la cabeza.

Azorín asistía también a representaciones teatrales, iba a los toros, de los que «no se perdía corrida», y por más que después renegase de esta afición; daba también paseos por la ciudad, o visitaba las librerías, a la busca del libro interesante o raro. El resultado fue lógico: no terminó la carrera.

En Valencia empezó Azorín a manifestarse como escritor; publicó algunos folletos; empezó a colaborar en El Mercantil Valenciano, que dirigía Francisco Castell. Uno de sus artículos despertó el dis­gusto de la casa, y se le cerraron las colum­nas del citado periódico.

Entonces Azorín, en contra de los ideales que defendía, pasó a Pueblo, el periódico revolucionario de Blas­co Ibáñez; para Pueblo escribió Azorín «unos artículos ateos y materialistas», cosa que Blasco Ibáñez no dejaría de recordarle des­pués, cuando militando Azorín en las derechas, se volvió contra el novelista.

En 1893 pu­blicó Azorín en Valencia su obra La crítica lite­raria en España; siguieron a este libro al­gunas traducciones del francés, entre éstas La intrusa, de Maeterlinck; publicó todavía algunos folletos, todos de crítica literaria.

En ellos atacaba duramente a algunos escri­tores de su tiempo, y también a actores de teatro, a algunos, como Vico, por cuestio­nes puramente personales. De Valencia, y a causa de los estudios, pasó Azorín a Granada y de esta ciudad a Salamanca; pero regresó a Valencia, sin haber logrado terminar la carrera, y al fin se instaló en Madrid, re­nunciando a los estudios, para consagrarse definitivamente a las letras.

Apenas llegado a Madrid, y siguiendo el camino iniciado en Valencia, publicó Azorín su Charivari, tan violento, tan agresivo como sus folletos de Valencia, y en el cual atacaba todo lo que había por atacar; eran tales los ataques, que Azorín, aconsejado por un amigo, se alejó por algún tiempo de la capital.

Cuando re­gresó, se hablaba de él en todas partes; poco después empezaba a colaborar en El País, y a hacer amistad con algunos escri­tores y periodistas conocidos. En la disputa que se suscitó con motivo de su Charivari, Clarín salió en defensa del autor.

Clarín le alabó el talento y lo anunció como una esperanza de la «literatura satírica españo­la», en lo cual se equivocó, como con tantos autores, pese a su fino olfato de crítico. Azorín siguió por otros derroteros. En 1900 dio a la luz su Alma castellana (v.), que mereció unánimes elogios.

Muy pronto, con Baroja y Maeztu constituirían aquel grupo de jó­venes escritores, nietzscheanos todos y potestatarios, que formaron el núcleo de lo que después se llamaría la generación del 98; nació el grupo a raíz del desastre de Cuba y del movimiento general de protesta que se despertó y que se llamó regeneracionista, y al cual unieron ellos su protesta. El mo­vimiento terminó en fracaso, y «los Tres», así se les llamaba, acabaron por dispersarse, yéndose cada cual por su lado. Azorín, no obs­tante, no había perdido su tiempo, y des­pués del movimiento, figuraba ya entre los jóvenes escritores de más prestigio. En este tiempo colaboraba ya asiduamente en El Globo, que hacían, puede decirse, Baroja y él, y del cual compartía en cierto sentido la dirección.

En 1902 publicó La Voluntad (v.); Antonio Azorín (v.) en 1903, y un año después Las confesiones de un pequeño filósofo (v.). Continuaba presentándose como un revolucionario de las letras, un furio­so iconoclasta; en este tiempo, prometía so­lemnemente — «lo juramos» —, en nombre de los jóvenes, no leer ya a Calderón, a Lope, a Moreto, a ninguno, en fin, de los clásicos, sobre los cuales, vuelto ya de su acuerdo — era el hombre de las dudas y de los cambios —, había de escribir sus pá­ginas mejores.

A raíz de la publicación de su Antonio Azorín, y de un homenaje que se le tributó por el éxito conseguido, em­pezó el escritor a adoptar el seudónimo con el cual había de hacerse famoso. Muy pronto escribe en Alma española, además de en España, donde había empezado a cola­borar con sus Impresiones parlamentarias.

En 1905 publica Los pueblos (v.), uno de sus libros mejores, en que se revelaba como un evocador admirable de paisajes y de vie­jos pueblos. Azorín figuraba en esta época al frente de todos los homenajes, las conme­moraciones ruidosas y las protestas, a pesar de su aire tímido y callado, y por estos días tomó parte — la organizó puede decirse — en la protesta contra Echegaray, con motivo de habérsele concedido el premio No­bel.

Tuvo, en verdad, momentos de des­ánimo, de asco, como dice, de la vida lite­raria, pues recibió, como era natural, duros ataques, pero los superó siempre y continuó adelante. Su carrera era brillantísima y rá­pida; era un joven que venía empujando, pisando fuerte, pero también que trabajaba, y no mal, que no se concedía descanso.

Muy pronto empezó a colaborar en los famosos «Lunes» de El Imparcial, cosa que, lo dice Baroja, venía a ser como una especie de consagración del escritor. Por cuenta de este periódico llevó Azorín a cabo algunos via­jes por España, cuyas crónicas reunió des­pués en dos libros: La ruta de Don Quijote (v.) y La Andalucía trágica. Las crónicas que componen este libro fueron causa de que Azorín riñera con El Imparcial, por haberlos pu­blicado sólo en parte.

Azorín se separó del pe­riódico; poco después empezaba su colabo­ración en ABC, que acababa de fundarse por Luca de Tena y de un carácter decla­radamente monárquico; al mismo tiempo lo hizo también en Blanco y Negro y en gran número de publicaciones de España y América. En este tiempo Azorín se trasladaba al Norte todos los veranos; lo hizo con regu­laridad durante treinta años, pasara lo que pasase.

En el Norte conoció a Pereda, a Palacios Valdés, a Pérez Galdós, con los que hizo amistad y a los que visitaba infaliblemente. En 1907 realizó una de sus grandes ilusiones — después de la glo­ria literaria —: ser diputado; lo fue por el distrito de Purchena, en Almería, y como militante del partido de Maura, cosa que no dejó de comentarse y no con simpatía.

Después de esto, fue diputado varias veces, y en diversas legislaturas, ya con Maura, ya con otros, ya con las derechas, ya con las izquierdas. Fruto de sus experiencias fue El político, con influencias evidentes de Gracián y que se publicó en 1908.

Este mis­mo año contrajo Azorín matrimonio; casó con doña Julia Guinda Urzanqui, algo más joven que el escritor. En la guerra del 14 nuestro autor se declaró por los aliados des­de el primer momento; se trasladó a París y desde allí envió crónicas entusiastas exal­tando las virtudes de la nación francesa y abogando por un mayor entendimiento entre las dos naciones. Francia le premió este celo, condecorándole al final con la Legión de Honor.

En 1917 se presentó de nuevo para diputado, esta vez con La Cier­va; salió elegido y fue nombrado subsecre­tario de Instrucción Pública y Bellas Artes, cargo que volvió a ostentar en 1919. Entre­tanto, no descuidaba sus labores literarias, continuaban apareciendo obra tras obra sin interrupción; en este tiempo publicó sus mejores libros, los que cimentarían decidi­damente su fama, entre ellos El paisaje de España visto por los españoles, y continua­ba organizando banquetes, actos de home­naje, etc.

Así le vemos en 1921 intervenir en el acto celebrado en honor de Sara Bernhardt, con motivo de la visita de la gran actriz a Madrid, ya anciana e invá­lida. Entretanto, su evolución política, de momento, se orientaba más hacia la dere­cha, hasta que llegase el momento de dar el viraje, que llegaría.

Sea como sea, estaba muy lejos de las ideas, de los juramentos de su juventud; ahora empezaba a apasio­narse por los clásicos, los imitaba y escribía sobre ellos algunos de sus mejores estudios; en el fondo, su espíritu estaba mucho más con ellos que con los modernos, por más voces que diese y por más posturas que adoptase; había dicho pestes de la Acade­mia; ahora daba pasos para ingresar en la docta institución, cosa que consiguió en ese año de 1924; leyó su discurso de ingreso «Una hora de España», conceptuado como uno de los mejores trozos que salieron de su pluma, y que fue contestado por Ga­briel Maura, conde de la Montera.

Por estos días, a la sombra de su fama, consiguió lo que tanto había perseguido: estrenar una obra de teatro. Fue ésta su comedia Old Spain (v.), de corte modernista, que se es­trenó en Madrid en 1926, y que pasó sin pena ni gloria; al año siguiente Azorín volvió a la carga con Brandy, mucho Brandy y Doctor Death, de 3 a 5 (v. Teatro)3 que tampoco obtuvieron éxito; por fin dio a la estampa la trilogía Lo Invisible, su mejor obra dramática, que no fue estrenada.

Escri­bió aún alguna pieza más, entre ellas Cer­vantes (v.), que ha quedado inédita; un auto sacramental Angelita (v.), que logró estre­nar, y una obra en colaboración con Muñoz Seca, al que en uno de aquellos apasiona­mientos tan suyos, había proclamado el ge­nio del teatro español.

El clamor (v. Tea­tro), que así se llamaba la obra, no obtuvo éxito, y Azorín se retiró del teatro, aunque convencido al parecer de que el suyo era el verdadero, y que su comprensión estaba reservada al futuro.

En 1925 fue represen­tado en su pueblo Monóvar el auto sacra­mental Angelita (v.). Con este motivo, se le ofreció un homenaje, con el banquete correspondiente, al que asistió el pueblo entero, y con la inauguración de su busto, obra del escultor Palacios; el acto de home­naje repercutió en Madrid, y Gómez de la Serna, que había atacado a Azorín y que ahora lo exaltaba, le organizó también un home­naje, pues la capital no podía quedar detrás del pueblo en aquellos honores.

El banquete se celebró en el Hotel Nacional; fue ofre­cido por Gómez de la Serna, y a él asistie­ron los escritores más importantes. En este tiempo habían aparecido nuevos libros de Azorín, entre ellos Don Juan (v.) y Doña Inés (v.), que vieron la luz en 1922 y 1925 res­pectivamente, este último con el discurso que había pronunciado en la Academia.

La situación política, entretanto, se hacía tensa por momentos; soplaban vientos de fronda, y aumentaban de día en día las posibilida­des de la República. Era el 1930. Se había fundado El Sol, del que era alma Ortega y Gasset, con algunos escritores de avan­zada, partidarios de la República. Había mucho entusiasmo en el grupo de jóvenes.

Azorín dejó ABC y entró a formar parte de El Sol, con el nuevo grupo; de El Sol pasó más adelante a Crisol, todavía más incli­nado a la extrema izquierda —no venía de un punto —, y de allí, más adelante, a La Libertad, de carácter socialista, cuando Crisol dejó de publicarse, y finalmente en Ahora, donde con Baroja y Unamuno cons­tituyó durante mucho tiempo el grupo prin­cipal de colaboradores.

En el entretanto, Azorín había tomado parte en nuevos homenajes y conmemoraciones, según su costumbre, y fue, como siempre, el organizador de cente­narios; entre éstos tomó parte en el de Góngora, y más adelante en el de Lope de Vega, en 1935, escribiendo con este motivo su libro Lope, en silueta. La tempestad que venía fraguándose sobre España estalló al fin con furia terrible.

Azorín se encontraba en Madrid; pese a sus recientes entusiasmos republicanos, el cariz que tomaban los he­chos le asustó; no se sintió seguro y decidió salir de España. Permaneció en París, con su esposa, hasta el final de la guerra. Desde el primer día Azorín se había adherido al nue­vo régimen, y no le fue difícil, a la termi­nación de la guerra, regresar a España. Desde entonces reside en Madrid, dedicado exclusivamente a su labor de escritor; rea­nudó las colaboraciones en ABC; ha pu­blicado aún algunos libros, que no añaden nada a su fama, y asiste, sobre todo, a las sesiones de cine, que constituye su nue­va manía.

Ha colaborado asimismo en diver­sos periódicos del régimen y no ha rega­teado sus alabanzas a la nueva España y al general Franco. El régimen le ha otor­gado, por su parte, algunas compensaciones. Azorín fue nombrado, en efecto, presidente del Patronato de la Biblioteca Nacional; se le han concedido las grandes cruces de Isabel la Católica y de Alfonso X el Sabio, y en 1953 se le dedicó un homenaje nacional.

Recientemente se le concedió el premio March de literatura. La obra de Azorín es exten­sísima y diversa: ha escrito novela, teatro y hasta poesía, es autor de libros de viaje, de crítica, etc., y en todos los géneros, aparte de las cualidades, nos ha dejado la impresión de su temperamento, el sello de su per­sonalidad.

Siempre en sus creaciones se siente demasiado al estudioso, al devorador de libros, al autor que ha aprendido más en ellos que en la vida, y al que falta, so­bre todo, el don creador; por esto donde falla más es en la novela, que no consiguió nun­ca hacer; a lo sumo consiguió darnos estu­dios autobiográficos en que a través de este o del otro personaje —siempre sombras — nos habla Azorín de Azorín; su teatro adolece tam­bién de un exceso de intelectualismo, aun­que en él nos dio una obra notabilísima en su trilogía Lo Invisible, imitación demasiado visible de Maeterlinck, pero de un aire mo­derno y azoriniano inconfundibles; teatro, con todo, más para leído que para repre­sentado.

El mejor Azorín está sin duda en el pintor de pueblos y paisajes de la vieja España, como está en el intérprete, o exegeta, de los clásicos, en los estudios que les consagró en su madurez. Una preocupa­ción de Azorín fue el paso del tiempo, el tiem­po que se va, que se escapa; la inestabili­dad de las casas, la fugacidad de todo, con el pasar del tiempo; esta preocupación, esta casi superstición la vemos en todos sus li­bros, forma el fondo de casi todos, como lo forma de su vida; nos lo dice él: «…pero os digo que esta idea de que siempre es tarde, es la idea fundamental de mi vida».

Azorín está, sobre todo, considerado como un gran estilista. «Un maestro del lenguaje», decía de él Baroja. Es, en efecto, uno de sus grandes méritos, y en pocos, en verdad, alcanzó la prosa castellana la perfección que alcanzó en él; es la de nuestro autor una prosa tersa, de una trabajada sencillez, pero que apenas delata el esfuerzo; es una prosa preciosista rica en imágenes y en sugerencias; es una prosa adecuada al tono y al tema del autor, adecuada a las lentas descripciones, al detalle, a las pequeñas co­sas de la vida sobre las cuales se fija con preferencia su atención, a lo íntimo y deli­cado, de que logra extraer emoción, a lo que presta una calidad de poesía y de be­lleza singulares.

Azorín queda como uno de los escritores más importantes y el úni­co superviviente de la generación del 98, bautizada por él con este nombre; la im­portancia de su creación literaria es evidente, pero tal vez su fama proceda más del hombre, de la lucha incesante y apa­sionada que mantuvo al margen de los libros, que de su propia obra, que, aun­que valiosa e importante, repetimos, no creemos que pueda equipararse a la lle­vada a cabo por un Baroja, un Ortega o un Unamuno.

S. J. Arbó