Mihály Babits

Nacido en Szekszard (al este del Danubio) el 26 de noviembre de 1883 y m. el 4 de agosto de 1941. Durante su in­fancia estuvo en el colegio de los cistercienses de Pécs; luego estudió letras en la Universidad de Budapest, y, a partir de 1905, fue profesor de segunda enseñanza en varias ciudades de provincia y, finalmente, en la misma capital, donde, en 1916, aban­donó esta ocupación para dedicarse por com­pleto a la actividad literaria.

De tempera­mento estudioso, vivió una existencia muy retirada y revelóse ya como notable autor en sus primeras composiciones, publicadas en 1907 en una antología de líricos de van­guardia (Holnap).

En sus años juveniles se acogió a los estilos y géneros más variados, que reproducía y elaboraba con gran peri­cia; luego empezó a manifestarse cada vez más claramente el parentesco de su personalidad poética con las de Swinburne, Browning y, sobre todo, János Arany.

Sea como fuere, los primeros volúmenes de Babits (Hojas de la corona de Iris, 1909, y Príncipe, quizá también llegará el invierno, 1911) fueron acogidos desfavorablemente por la crítica conservadora, que los consideró como ma­nifestaciones del mismo espíritu «subver­sivo» de que se había culpado a su gran con­temporáneo Endre Ady.

Sin embargo, Babits, a lo sumo, únicamente podía ser comparado a él por un deseo común de librar a la lite­ratura húngara de la monotonía propia del siglo y por la semejanza de la concepción trágica de ambos poetas respecto al destino magiar.

Babits, empero, no poseía una perso­nalidad polémica, y solamente la guerra mundial, que él condenaba en absoluto, le indujo a adoptar una posición definida. Du­rante el conflicto de 1914-1918 tradujo a Dante y Shakespeare, así como el ensayo de Kant sobre la Paz eterna, en tanto su poesía (Recitativo, 1916; El valle de la inquietud, 1920) adquirió un carácter cada vez más filosófico y centróse en torno a la desola­dora experiencia de la crisis espiritual de un mundo abocado a la ruina por un sórdido materialismo.

La felicidad de su matrimonio (1921) dio libertad, aun cuando sólo por al­gún tiempo, al grave pero contenido «pathos» de su lírica; muy pronto, empero, refugióse el autor en la soledad de su torre de mar­fil.

En las poesías aparece progresivamente acentuado su carácter de católico sincero, fe en la cual halló consuelo durante el largo período de sufrimientos provocado por un cáncer de laringe, de fatales resultados. Sus estudios sobre la literatura húngara y los dos volúmenes de la Historia de la lite­ratura europea figuran entre las mejores obras del género; de sus novelas destacan El hijo de Virgilio Timar (1922, v.) y Los hijos de la muerte (1927, v.). Muy notable como traductor, su versión de la Divina Co­media obtuvo en 1940 el premio San Remo.

E. Várady