(José Martínez Ruíz) Escritor español, figura importante de la llamada generación del 98. N. en Monóvar el 8 de junio de 1873.
Estudió Azorín las primeras letras en el mismo Monóvar, y ya crecido, pasó a Yecla, pueblo de su padre, para estudiar el bachillerato allí, en el colegio de los Padres Escolapios. En Yecla alternó los estudios con frecuentes partidos de pelota, afición de la época, de la que fue Azorín un entusiasta.
Fue también aficionado a la pintura, pero no persistió en ella, pues comprendió muy pronto que no estaba allí su camino; eh este tiempo había ya emborronado sus primeras cuartillas, en una obrita dramática, estrenada como dice «en el zaguán de una casa».
La afición al teatro, para el cual no tenía condiciones, le duraría, en cambio, toda la vida. Terminado el bachillerato, se trasladó a Valencia; se había decidido por la carrera de Derecho, y se matriculó en aquella Universidad.
Era el año 1888. Tampoco aquí Azorín destacó en los estudios; asistía a las clases, pero concurría, sobre todo, a las tertulias del café España; iba también allí a escuchar música de Wagner, que era a la sazón la locura de los valencianos, con Blasco Ibáñez a la cabeza.
Azorín asistía también a representaciones teatrales, iba a los toros, de los que «no se perdía corrida», y por más que después renegase de esta afición; daba también paseos por la ciudad, o visitaba las librerías, a la busca del libro interesante o raro. El resultado fue lógico: no terminó la carrera.
En Valencia empezó Azorín a manifestarse como escritor; publicó algunos folletos; empezó a colaborar en El Mercantil Valenciano, que dirigía Francisco Castell. Uno de sus artículos despertó el disgusto de la casa, y se le cerraron las columnas del citado periódico.
Entonces Azorín, en contra de los ideales que defendía, pasó a Pueblo, el periódico revolucionario de Blasco Ibáñez; para Pueblo escribió Azorín «unos artículos ateos y materialistas», cosa que Blasco Ibáñez no dejaría de recordarle después, cuando militando Azorín en las derechas, se volvió contra el novelista.
En 1893 publicó Azorín en Valencia su obra La crítica literaria en España; siguieron a este libro algunas traducciones del francés, entre éstas La intrusa, de Maeterlinck; publicó todavía algunos folletos, todos de crítica literaria.
En ellos atacaba duramente a algunos escritores de su tiempo, y también a actores de teatro, a algunos, como Vico, por cuestiones puramente personales. De Valencia, y a causa de los estudios, pasó Azorín a Granada y de esta ciudad a Salamanca; pero regresó a Valencia, sin haber logrado terminar la carrera, y al fin se instaló en Madrid, renunciando a los estudios, para consagrarse definitivamente a las letras.
Apenas llegado a Madrid, y siguiendo el camino iniciado en Valencia, publicó Azorín su Charivari, tan violento, tan agresivo como sus folletos de Valencia, y en el cual atacaba todo lo que había por atacar; eran tales los ataques, que Azorín, aconsejado por un amigo, se alejó por algún tiempo de la capital.
Cuando regresó, se hablaba de él en todas partes; poco después empezaba a colaborar en El País, y a hacer amistad con algunos escritores y periodistas conocidos. En la disputa que se suscitó con motivo de su Charivari, Clarín salió en defensa del autor.
Clarín le alabó el talento y lo anunció como una esperanza de la «literatura satírica española», en lo cual se equivocó, como con tantos autores, pese a su fino olfato de crítico. Azorín siguió por otros derroteros. En 1900 dio a la luz su Alma castellana (v.), que mereció unánimes elogios.
Muy pronto, con Baroja y Maeztu constituirían aquel grupo de jóvenes escritores, nietzscheanos todos y potestatarios, que formaron el núcleo de lo que después se llamaría la generación del 98; nació el grupo a raíz del desastre de Cuba y del movimiento general de protesta que se despertó y que se llamó regeneracionista, y al cual unieron ellos su protesta. El movimiento terminó en fracaso, y «los Tres», así se les llamaba, acabaron por dispersarse, yéndose cada cual por su lado. Azorín, no obstante, no había perdido su tiempo, y después del movimiento, figuraba ya entre los jóvenes escritores de más prestigio. En este tiempo colaboraba ya asiduamente en El Globo, que hacían, puede decirse, Baroja y él, y del cual compartía en cierto sentido la dirección.
En 1902 publicó La Voluntad (v.); Antonio Azorín (v.) en 1903, y un año después Las confesiones de un pequeño filósofo (v.). Continuaba presentándose como un revolucionario de las letras, un furioso iconoclasta; en este tiempo, prometía solemnemente — «lo juramos» —, en nombre de los jóvenes, no leer ya a Calderón, a Lope, a Moreto, a ninguno, en fin, de los clásicos, sobre los cuales, vuelto ya de su acuerdo — era el hombre de las dudas y de los cambios —, había de escribir sus páginas mejores.
A raíz de la publicación de su Antonio Azorín, y de un homenaje que se le tributó por el éxito conseguido, empezó el escritor a adoptar el seudónimo con el cual había de hacerse famoso. Muy pronto escribe en Alma española, además de en España, donde había empezado a colaborar con sus Impresiones parlamentarias.
En 1905 publica Los pueblos (v.), uno de sus libros mejores, en que se revelaba como un evocador admirable de paisajes y de viejos pueblos. Azorín figuraba en esta época al frente de todos los homenajes, las conmemoraciones ruidosas y las protestas, a pesar de su aire tímido y callado, y por estos días tomó parte — la organizó puede decirse — en la protesta contra Echegaray, con motivo de habérsele concedido el premio Nobel.
Tuvo, en verdad, momentos de desánimo, de asco, como dice, de la vida literaria, pues recibió, como era natural, duros ataques, pero los superó siempre y continuó adelante. Su carrera era brillantísima y rápida; era un joven que venía empujando, pisando fuerte, pero también que trabajaba, y no mal, que no se concedía descanso.
Muy pronto empezó a colaborar en los famosos «Lunes» de El Imparcial, cosa que, lo dice Baroja, venía a ser como una especie de consagración del escritor. Por cuenta de este periódico llevó Azorín a cabo algunos viajes por España, cuyas crónicas reunió después en dos libros: La ruta de Don Quijote (v.) y La Andalucía trágica. Las crónicas que componen este libro fueron causa de que Azorín riñera con El Imparcial, por haberlos publicado sólo en parte.
Azorín se separó del periódico; poco después empezaba su colaboración en ABC, que acababa de fundarse por Luca de Tena y de un carácter declaradamente monárquico; al mismo tiempo lo hizo también en Blanco y Negro y en gran número de publicaciones de España y América. En este tiempo Azorín se trasladaba al Norte todos los veranos; lo hizo con regularidad durante treinta años, pasara lo que pasase.
En el Norte conoció a Pereda, a Palacios Valdés, a Pérez Galdós, con los que hizo amistad y a los que visitaba infaliblemente. En 1907 realizó una de sus grandes ilusiones — después de la gloria literaria —: ser diputado; lo fue por el distrito de Purchena, en Almería, y como militante del partido de Maura, cosa que no dejó de comentarse y no con simpatía.
Después de esto, fue diputado varias veces, y en diversas legislaturas, ya con Maura, ya con otros, ya con las derechas, ya con las izquierdas. Fruto de sus experiencias fue El político, con influencias evidentes de Gracián y que se publicó en 1908.
Este mismo año contrajo Azorín matrimonio; casó con doña Julia Guinda Urzanqui, algo más joven que el escritor. En la guerra del 14 nuestro autor se declaró por los aliados desde el primer momento; se trasladó a París y desde allí envió crónicas entusiastas exaltando las virtudes de la nación francesa y abogando por un mayor entendimiento entre las dos naciones. Francia le premió este celo, condecorándole al final con la Legión de Honor.
En 1917 se presentó de nuevo para diputado, esta vez con La Cierva; salió elegido y fue nombrado subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, cargo que volvió a ostentar en 1919. Entretanto, no descuidaba sus labores literarias, continuaban apareciendo obra tras obra sin interrupción; en este tiempo publicó sus mejores libros, los que cimentarían decididamente su fama, entre ellos El paisaje de España visto por los españoles, y continuaba organizando banquetes, actos de homenaje, etc.
Así le vemos en 1921 intervenir en el acto celebrado en honor de Sara Bernhardt, con motivo de la visita de la gran actriz a Madrid, ya anciana e inválida. Entretanto, su evolución política, de momento, se orientaba más hacia la derecha, hasta que llegase el momento de dar el viraje, que llegaría.
Sea como sea, estaba muy lejos de las ideas, de los juramentos de su juventud; ahora empezaba a apasionarse por los clásicos, los imitaba y escribía sobre ellos algunos de sus mejores estudios; en el fondo, su espíritu estaba mucho más con ellos que con los modernos, por más voces que diese y por más posturas que adoptase; había dicho pestes de la Academia; ahora daba pasos para ingresar en la docta institución, cosa que consiguió en ese año de 1924; leyó su discurso de ingreso «Una hora de España», conceptuado como uno de los mejores trozos que salieron de su pluma, y que fue contestado por Gabriel Maura, conde de la Montera.
Por estos días, a la sombra de su fama, consiguió lo que tanto había perseguido: estrenar una obra de teatro. Fue ésta su comedia Old Spain (v.), de corte modernista, que se estrenó en Madrid en 1926, y que pasó sin pena ni gloria; al año siguiente Azorín volvió a la carga con Brandy, mucho Brandy y Doctor Death, de 3 a 5 (v. Teatro)3 que tampoco obtuvieron éxito; por fin dio a la estampa la trilogía Lo Invisible, su mejor obra dramática, que no fue estrenada.
Escribió aún alguna pieza más, entre ellas Cervantes (v.), que ha quedado inédita; un auto sacramental Angelita (v.), que logró estrenar, y una obra en colaboración con Muñoz Seca, al que en uno de aquellos apasionamientos tan suyos, había proclamado el genio del teatro español.
El clamor (v. Teatro), que así se llamaba la obra, no obtuvo éxito, y Azorín se retiró del teatro, aunque convencido al parecer de que el suyo era el verdadero, y que su comprensión estaba reservada al futuro.
En 1925 fue representado en su pueblo Monóvar el auto sacramental Angelita (v.). Con este motivo, se le ofreció un homenaje, con el banquete correspondiente, al que asistió el pueblo entero, y con la inauguración de su busto, obra del escultor Palacios; el acto de homenaje repercutió en Madrid, y Gómez de la Serna, que había atacado a Azorín y que ahora lo exaltaba, le organizó también un homenaje, pues la capital no podía quedar detrás del pueblo en aquellos honores.
El banquete se celebró en el Hotel Nacional; fue ofrecido por Gómez de la Serna, y a él asistieron los escritores más importantes. En este tiempo habían aparecido nuevos libros de Azorín, entre ellos Don Juan (v.) y Doña Inés (v.), que vieron la luz en 1922 y 1925 respectivamente, este último con el discurso que había pronunciado en la Academia.
La situación política, entretanto, se hacía tensa por momentos; soplaban vientos de fronda, y aumentaban de día en día las posibilidades de la República. Era el 1930. Se había fundado El Sol, del que era alma Ortega y Gasset, con algunos escritores de avanzada, partidarios de la República. Había mucho entusiasmo en el grupo de jóvenes.
Azorín dejó ABC y entró a formar parte de El Sol, con el nuevo grupo; de El Sol pasó más adelante a Crisol, todavía más inclinado a la extrema izquierda —no venía de un punto —, y de allí, más adelante, a La Libertad, de carácter socialista, cuando Crisol dejó de publicarse, y finalmente en Ahora, donde con Baroja y Unamuno constituyó durante mucho tiempo el grupo principal de colaboradores.
En el entretanto, Azorín había tomado parte en nuevos homenajes y conmemoraciones, según su costumbre, y fue, como siempre, el organizador de centenarios; entre éstos tomó parte en el de Góngora, y más adelante en el de Lope de Vega, en 1935, escribiendo con este motivo su libro Lope, en silueta. La tempestad que venía fraguándose sobre España estalló al fin con furia terrible.
Azorín se encontraba en Madrid; pese a sus recientes entusiasmos republicanos, el cariz que tomaban los hechos le asustó; no se sintió seguro y decidió salir de España. Permaneció en París, con su esposa, hasta el final de la guerra. Desde el primer día Azorín se había adherido al nuevo régimen, y no le fue difícil, a la terminación de la guerra, regresar a España. Desde entonces reside en Madrid, dedicado exclusivamente a su labor de escritor; reanudó las colaboraciones en ABC; ha publicado aún algunos libros, que no añaden nada a su fama, y asiste, sobre todo, a las sesiones de cine, que constituye su nueva manía.
Ha colaborado asimismo en diversos periódicos del régimen y no ha regateado sus alabanzas a la nueva España y al general Franco. El régimen le ha otorgado, por su parte, algunas compensaciones. Azorín fue nombrado, en efecto, presidente del Patronato de la Biblioteca Nacional; se le han concedido las grandes cruces de Isabel la Católica y de Alfonso X el Sabio, y en 1953 se le dedicó un homenaje nacional.
Recientemente se le concedió el premio March de literatura. La obra de Azorín es extensísima y diversa: ha escrito novela, teatro y hasta poesía, es autor de libros de viaje, de crítica, etc., y en todos los géneros, aparte de las cualidades, nos ha dejado la impresión de su temperamento, el sello de su personalidad.
Siempre en sus creaciones se siente demasiado al estudioso, al devorador de libros, al autor que ha aprendido más en ellos que en la vida, y al que falta, sobre todo, el don creador; por esto donde falla más es en la novela, que no consiguió nunca hacer; a lo sumo consiguió darnos estudios autobiográficos en que a través de este o del otro personaje —siempre sombras — nos habla Azorín de Azorín; su teatro adolece también de un exceso de intelectualismo, aunque en él nos dio una obra notabilísima en su trilogía Lo Invisible, imitación demasiado visible de Maeterlinck, pero de un aire moderno y azoriniano inconfundibles; teatro, con todo, más para leído que para representado.
El mejor Azorín está sin duda en el pintor de pueblos y paisajes de la vieja España, como está en el intérprete, o exegeta, de los clásicos, en los estudios que les consagró en su madurez. Una preocupación de Azorín fue el paso del tiempo, el tiempo que se va, que se escapa; la inestabilidad de las casas, la fugacidad de todo, con el pasar del tiempo; esta preocupación, esta casi superstición la vemos en todos sus libros, forma el fondo de casi todos, como lo forma de su vida; nos lo dice él: «…pero os digo que esta idea de que siempre es tarde, es la idea fundamental de mi vida».
Azorín está, sobre todo, considerado como un gran estilista. «Un maestro del lenguaje», decía de él Baroja. Es, en efecto, uno de sus grandes méritos, y en pocos, en verdad, alcanzó la prosa castellana la perfección que alcanzó en él; es la de nuestro autor una prosa tersa, de una trabajada sencillez, pero que apenas delata el esfuerzo; es una prosa preciosista rica en imágenes y en sugerencias; es una prosa adecuada al tono y al tema del autor, adecuada a las lentas descripciones, al detalle, a las pequeñas cosas de la vida sobre las cuales se fija con preferencia su atención, a lo íntimo y delicado, de que logra extraer emoción, a lo que presta una calidad de poesía y de belleza singulares.
Azorín queda como uno de los escritores más importantes y el único superviviente de la generación del 98, bautizada por él con este nombre; la importancia de su creación literaria es evidente, pero tal vez su fama proceda más del hombre, de la lucha incesante y apasionada que mantuvo al margen de los libros, que de su propia obra, que, aunque valiosa e importante, repetimos, no creemos que pueda equipararse a la llevada a cabo por un Baroja, un Ortega o un Unamuno.
S. J. Arbó

