Francis Bacon

Nacido. en el Strand, cerca de Londres, el 22 de enero de 1561, y m. en esta ciudad el 9 de abril de 1626.

Bacon fue el fundador de una vasta enciclopedia del saber, en cuya base ponía la observación experimental y el método «inductivo» acti­vamente entendido, y el fin último de la cual era la sumisión de la naturaleza al dominio del hombre.

Su cultura afianzóse en oposición a la escolástica medieval, a cuya demolición procedió antes de iniciar la fase constructiva de su propia actividad. Era hijo de Nicolás, guardasellos de la reina Isabel, y de Ana Cook, mujer de gran cul­tura y profundamente religiosa.

De su ma­dre heredó el filósofo, posiblemente, un amor innato al saber, y recibió también, sin duda, la afición al estudio; el padre, en cambio, le deparó la ocasión de participar en las vicisitudes de la vida política londi­nense, su admisión, todavía joven, en la corte, y, en fin, su habituación a una exis­tencia de fastos y honores, que muy pronto despertaría en él ambición y sed de poder.

La vida de Bacon, en efecto, aparece caracte­rizada por estos dos motivos fundamentales: el amor a la cultura y el afán de dominio; ambos prevalecieron alternativamente en su espíritu e hicieron de su persona una de las figuras más complejas de la historia mo­derna, destinada a experimentar en sí mis­ma la mutabilidad de la fortuna y a verse vilipendiada y ensalzada al mismo tiempo.

Como cortesano y político, Bacon recibió hono­res y riquezas; pero conoció también el do­lor del fracaso, la humillación provocada por acusaciones infamantes y la tristeza de la miseria; en el estudio, en cambio, halló consuelo y refugio para las adversidades de la suerte y una grandeza imperecedera re­conocida sin vacilaciones por la historia.

Saber y poder: he aquí el binomio que hace comprensibles los altibajos de la existencia de Bacon y constituye como el centro de su pensamiento filosófico. Si en su condición humana alternan la ciencia y la fuerza, en lo que a su filosofía se refiere ambos ele­mentos se unifican y completan en una su­perior concordancia mediante la cual la hu­manidad puede forjar en el saber las armas para la conquista de su propia fortaleza.

En 1573 Bacon fue enviado a estudiar a la Uni­versidad de Cambridge, y durante tres años figuró inscrito en el Trinity College; aun cuando no consiguiera entonces título al­guno, pudo, sin embargo, establecer con­tacto con la filosofía aristotélica, que vio inadecuada a las exigencias de la nueva cultura.

En 1576 dirigióse a Francia para el cumplimiento de una misión que le con­fiara el embajador de Inglaterra en París; aquí permaneció hasta 1579, no sin reci­bir ciertas influencias de la relación enta­blada con los inquietos círculos culturales de la capital francesa. Llamado a la patria por la muerte de su padre, las difíciles con­diciones económicas de la familia le obli­garon a dedicarse a los estudios de juris­prudencia para poder ejercer la abogacía.

En 1580 ingresó en el Gray’s-Inn (colegio instituido para la formación de jueces y abogados), del que fue miembro toda su vida. En 1582 acabó sus estudios de derecho y empezó a buscar con insistencia un puesto bien remunerado, sin abandonar por ello sus aspiraciones científicas, de las que apa­recen ya testimonios en sus obras de juven­tud y en sus primeras manifestaciones como renovador absoluto del saber (Temporis partus maximus, texto perdido).

En 1584 Bacon ingresó en la Cámara de los Comunes, como representante del condado de Middlesex; no obstante, el cargo no le reportó beneficio económico alguno, porque, al mili­tar en la oposición y votar, entre otras deci­siones, contra la Corona en su petición al Parlamento de subsidios para la guerra con Felipe II, acabó por atraerse la enemistad de Isabel.

Acudió entonces primeramente al gran tesorero Burleigh, su tío, y luego a Robert Devereux, conde de Essex, minis­tro y favorito de la reina; obtuvo así algu­nos empleos, pero poco o nada lucrativos. Sus condiciones materiales llegaron a ser tan precarias que en 1598 —ya pesar de la fama de escritor que le diera la publicaciónde los Ensayos (v.), efectuada un año an­tes — viose obligado a recurrir a algunos usureros y acabó encarcelado por deudas.

En 1601 Bacon vislumbró la ocasión de merecer el favor de la reina en la desgracia de su bienhechor, el conde de Essex, debida a la conjura urdida por éste contra Isabel. Como abogado de la Corona, el filósofo sostuvo la acusación contra el antiguo favorito, y con tanta energía que éste fue condenado a muerte, y decapitado el 25 de febrero del mismo año.

A continuación, Bacon, a quien la soberana encargó redactar una apología del proceso, no vaciló en vilipendiar la memo­ria del ajusticiado con una Declaración de las traiciones del conde de Essex [A decla- ration of the Practices and Treasons, etc., of the Earl of Essex], en la que la figura del desaparecido era pintada con odiosos colores.

Ello constituye un punto negro en la vida de Bacon, y él mismo, en una Apología escrita un año después de la muerte de Isa­bel, trató de justificar su conducta vincu­lándola a los deberes de su cargo y a su fidelidad a la Corona. Sin embargo, ninguna excusa puede borrar la mancha de haber aplicado todo su saber y su habilidad en la acusación de su bienhechor, al que causó la deshonra y la muerte.

También aquí el talento de Bacon se convertía en instrumento de fuerza, pero al precio de la ingratitud. De todas formas, la acusación no le reportó los beneficios esperados: en cuanto á la rei­na, consideró poco enérgica la Declaración, y el público juzgó execrable la figura del acusador. La suerte de Bacon mejoró con la llegada de Jacobo I al poder en 1603.

Pro­tegido por el rey y su favorito Georges Villiers, duque de Buckingham, consiguió, por los servicios prestados al Parlamento y a la Corona, los honores más elevados: ob­tuvo primeramente dos pensiones; luego fue nombrado sir; en 1604, consejero real ordi­nario; en 1607, «Solicitor General»; en 1613, «Attorney General»; consejero privado de la Corona en 1616; lord guardasellos en 1617; en 1618, lord canciller y barón de Verulamio, y en 1621 vizconde de St. Alban.

Durante estos años Bacon no abandonó la in­vestigación científica, según lo atestiguan sus numerosas obras. Por aquel entonces iba concretándose el proyecto acariciado por el filósofo desde su permanencia en Cambrid­ge: la Gran instauración (v.), crítica del pasado y, al mismo tiempo, base de una ciencia nueva.

Constituyen respectivamente la primera y segunda partes del plan el tra­tado en inglés On the Proficience and Ad- vancement of Learning, publicado en 1605 y, más tarde, ampliado y traducido al la­tín (v. Dignidad y progreso de las ciencias), y el Novum Organum (v.). Luego, y tam­bién durante el mismo período, compuso una serie de obras comprendidas o no en el conjunto de la Gran instauración: De sa- pientia veterum (1609), Parasceve ad his­toriara naturalem et Experimentalem (1620), Historia del reinado de Enrique VII [The History of the Reign of King Henry the seventh, 1621-22].

Con carácter postumo apa­recieron Docta lectura sobre el estatuto de las costumbres [The LeamecL Reading uponp the Statute of Uses, 1600], Valerius Termi- nus (1603), Partís secundae delineatio et argumentum (1606-07), Cogitata et visa (1607, v.), Redar gutio philosophiarum (1609), De principiis atque originibus (1611- 20), Descriptio globi intellectualis (1612), etcétera. Los honores alcanzados entonces por Bacon no iban a durar mucho tiempo.

Fiel a te Corona y de tendencia aristocrática, apo­yó sin vacilación las pretensiones absolutis­tas del monarca y legitimó las expoliaciones progresivamente realizadas en perjuicio del Parlamento. Cundía el malestar, y la oposi­ción iba actuando ocultamente; y cuando se produjo el estallido, la organización parla­mentaria, al no poder lanzarse contra la persona del rey o la de su favorito lord Buckingham, acusó a Bacon.

Llevado el caso a la Cámara de los Lores, se le incoó un proceso por venalidad y concusión. Durante el juicio, el filósofo, cediendo posiblemente a los ruegos del soberano y del favorito, no trató de volver las acusaciones contra quienes se hallaban por encima de él, antes bien, las aceptó en parte y se confió a la clemencia de la Cámara.

El 3 de mayo de 1621 fue pronunciada la sentencia, que con­denaba a Bacon a una multa de 40.000 libras esterlinas, al cautiverio en la Torre de Lon­dres por el tiempo que el monarca decretase y su separación de la corte y de todos los cargos públicos.

La gracia real mitigó el rigor de la condena, y devolvió al cabo de un mes la libertad al filósofo, que buscó en el estudio consuelo a las adversidades. En el curso de aquellos últimos años pu­blicó una Historia naturalis et experimen- talis ad condendam philosophiam (1622) y una Historia vitae et mortis (1623).

La muer­te le sorprendió mientras se dedicaba a la redacción del amplio repertorio científico Selva de selvas (v.), publicado con carácter postumo en 1627; había enfermado cierto día de clima extremadamente riguroso al pretender experimentar la eficacia de la nieve para la conservación de la carne. En el testamento confiaba su nombre a la pos­teridad: en cuanto a su obra científica, el deseo de Bacon había de quedar satisfecho.

C. Carbonara