Théodore de Banville

Nacido en Moulins el 14 de marzo de 1823 y m. en París el 12 del mismo mes de 1891. Hijo de una familia noble y más bien acomodada, trasladóse con sus padres a la capital para realizar allí los estudios universitarios; mas con­quistado por el ambiente literario de la gran ciudad dedicóse muy pronto a la poesía, y publicó, ya antes de cumplir los vein­te años (1842), el librito Les cariatides, que alabaron Vigny y el joven Baudelaire, este último en un célebre soneto.

Un éxito pa­recido alcanzó cuatro años después con Les stalactites, y lo mismo ocurrió en 1857 con su libro más famoso, Odas funambulescas (v.), que le situaba junto a Gautier e in­cluso al propio Baudelaire como adalid del nuevo estilo poético destinado a triunfar dentro de poco bajo el nombre de «poesía parnasiana»; y, efectivamente, al consti­tuirse la verdadera «escuela» de ésta con la célebre colección Parnasse contemporain del editor Lemerre (1866), Banville fue considerado por las generaciones jóvenes, con Gau­tier, Baudelaire y Leconte de Lisie, uno de los «cuatro patriarcas del Parnaso».

Falta de interés anecdótico, su vida resultó la de un aristocrático y reservado cultor del bello estilo poético; y así, Banville aparece cual obs­tinado defensor de aquel tipo de perfección formal que, transformándose en una ver­dadera y apasionada embriaguez de tecni­cismo, dio a sus versos una sincera ins­piración. De acuerdo con esta trayectoria escribió el elegante y a veces irónico Pe­queño tratado de versificación francesa (v.). Numerosos repertorios (Trente-six ballades joyeuses à la manière de François Villon, Rondéis à la manière de Charles d’Orléans) atestiguan también sus investigaciones téc­nicas y sus esfuerzos para rehabilitar los antiguos ritmos de la poesía francesa, que a fines del siglo habrían de ser cultivados nuevamente por la «École romane».

En el teatro, Banville se opuso a la escuela burguesa de Augier y Dumas hijo, y, como Hugo, fue partidario del empleo del verso; en este as­pecto, su ejemplo favoreció la renovación de la escena poética, que durante los últi­mos años del siglo XIX y los primeros del XX conoció en Francia un gran éxito y mu­chos cultivadores, desde Maeterlinck hasta Edmond Rostand. Su «pièce» más afortu­nada, Grigoire (1866), es una prueba de la indudable genialidad de este «petit maître», el cual, aun sin poseer una inspiración muy profunda, supo, empero, aprovechar todo lo posible su gran probidad literaria y su en­trega absoluta al propio «oficio».

M. Bonfantini