W. N. P. Barbellion

Seudónimo de Bruce Frederick Cummings, que n. en Bamstaple (Devonshire) el 7 de septiembre de 1889 y m. en Gerard’s Cross el 22 de octu­bre de 1919.

Hijo de un modesto periodista, fue inclinado por su padre hacia esta pro­fesión. Al iniciarse en la misma creyó fir­mar su propia condena de muerte; contaba apenas dieciocho años, y sentía unas ansias locas de convertirse en hombre de ciencia.

Por ello, y aun cuando trabajara duramente y actuara como cronista, no abandonó sus estudios predilectos; y así, tan pronto como disponía de una hora libre encerrábase en la buhardilla y empezaba a descuartizar lombrices y murciélagos, y en ciertas oca­siones renunciaba incluso a la cena para poder asistir a unas lecciones nocturnas de química.

A los veintitrés años obtuvo un puesto de auxiliar en el Museo Británico, y creyó haber realizado ya su sueño; las cosas, empero, no marcharon como imagi­nara: el sueldo era escaso, y sus funciones secundarias le condenaban a desarrollar una labor oscura y poco interesante.

Siempre débil de salud y sujeto a tremendos res­friados, añadiéronse entonces a todo ello vértigos y dolencias intestinales, y, final­mente, se manifestaron los siniestros hor­migueos y trastornos que hicieron pensar en una lesión de la medula espinal.

Enamoróse de una muchacha bella y agradable, que, sin embargo, le parecía algo vulgar e inferior a él; con todo, la tristeza de su vida, la necesidad física del amor y de una compañía cálida y afectuosa, y el no con­fesado temor de una enfermedad inminente e incurable, le llevaron al matrimonio.

Lue­go del nacimiento, no deseado, de una niña, la dolencia se concreta: parálisis progre­siva. Barbellion debe renunciar a su empleo, y des­pués, poco a poco, a cualesquiera ambición, esperanza o proyecto.

De la casa de campo adonde se había trasladado para huir de las incursiones aéreas (era la época de la primera guerra mundial) hubo de pasar a una morada más pequeña, casi una choza, y situada en un paraje despoblado.

Allí, y entre ráfagas de recuerdos y la amarga nos­talgia de las alegrías no disfrutadas, de los países no vistos y de las experiencias no realizadas, aguardó la muerte, que habría de tardar aún dos años.

Ya a los trece había empezado la redacción de un diario que fue publicado en 1919, vivo todavía su au­tor, con el título Diario de un hombre des­ilusionado (v.); se trata de una autobio­grafía escrupulosamente detallada e impú­dica hasta el sadismo que manifiesta la capacidad de Barbellion para dar emoción a las si­tuaciones más vulgares: un triste documento humano con páginas elevadísimas y, hasta cierto punto, edificantes. Además del Dia­rio y de una serie de ensayos científicos, dejó un libro de garbosas y animadas narra­ciones: La alegría de vivir [Enjoying Life].

M. L. Astaldi