John Barbour

Nacido posiblemente en Aberdeen (Escocia) en 1316 (?) o 1325 (?), y m. en un lugar no precisado el 13 de marzo de 1395. Se le considera comúnmente como el padre de la poesía vernácula esco­cesa, y uno de los mejores poetas de su tiempo.

Las’ noticias que acerca de su vida poseemos siguen siendo tan fragmentarias y poco reveladoras que es imposible for­marse una idea exacta de su personalidad; en general, proceden de documentos, como salvoconductos o certificados de género di­verso, que permiten apenas determinar al­gunas fechas o bien el carácter de ciertos cargos por Barbour desempeñados.

Nada se sabe respecto de su infancia o de su juventud. Varios salvoconductos que le fueron expe­didos en 1357, 1364, 1365 y 1368 pueden in­dicar, muy probablemente, que estudió y hasta quizá enseñó en Oxford y París. En 1372 fue consejero del Tesoro, y el año si­guiente estuvo empleado en la Cámara de Cuentas de la corte.

En 1377 recibió de Roberto II la suma de diez libras esterlinas, y en 1378 una pensión vitalicia de veinte chelines. En 1382 y 1384 volvió a ser con­sejero del Tesoro, y en 1388 el servicio aduanero de Aberdeen le señaló otra pen­sión vitalicia de diez libras esterlinas.

Su obra más importante es el poema Bruce (v.), que comprende 13.000 versos octosíla­bos y canta la guerra de la independencia escocesa y las gestas del rey Roberto de Escocia.

Según parece, Barbour compuso también otro poema, actualmente perdido, sobre la genealogía de los Estuardo, y aun otro, que tampoco se conserva, acerca de la de Bruto; algunos estudiosos, empero, tienden a creer que se trata de una sola obra.

Dos frag­mentos de una composición poética descu­biertos en Cambridge llevaron a pensar que, cual muchos escritores de su época, pudo haber cantado también los episodios de la guerra de Troya. Barbour es considerado, y casi con plena certeza, autor de otro largo poema titulado Leyendas de los Santos [Legends of the Saints], que narra, en 33.533 versos las vidas de cincuenta santos; la obra no lleva su nombre, pero suele atribuirse su paternidad a Barbour por las semejanzas que presenta respecto a Bruce.

E. Chinol

Giuseppe Barbieri

Nacido en Bassano el 26 de diciembre de 1774 y m. en Padua el 9 de noviembre de 1852. Estudió en el semi­nario de Treviso y en la Universidad paduana.

Ingresado en la Orden benedictina, enseñó letras y profundizó el estudio del hebreo y del griego en el monasterio de Praglia. Fue amigo de Cesarotti, quien le exhortó a cultivar la literatura italiana y a dedicarse a la poesía; en realidad, a las sugerencias de aquél debióse la composición de Las estaciones (v.), obra armoniosa y alabada, aun cuando no comparable con The Seasons, de Thomson.

Tras la supresión de las órdenes religiosas marchó a Padua en pos de Cesarotti, a cuya muerte recibió como legado sus manuscritos y ocupó la cátedra de latín y griego por él desempeñada. En 1810 publicó las Memorie sulla vita e gli scritti del Cesarotti. Su fama se halla vin­culada esencialmente a las oraciones sa­gradas.

C. Lelj

Francisco Asenjo Barbieri

Compositor español, n. en Madrid el 3 de agosto de 1823, m. en la misma ciudad el 19 de fe­brero de 1894. Desde su primera juventud, puso de manifiesto Barbieri la neta independencia de su carácter.

En un colegio religioso estudió latinidad y retórica. Empezó la ca­rrera de medicina que dejó para seguir la de ingeniero, que a su vez abandonó tam­bién, puesto que sus inclinaciones iban por la música.

La circunstancia de que su abue­lo materno fuera alcaide del Teatro de la Cruz, de Madrid, le dio ocasión a Barbieri de oír ópera italiana y de confirmarle en sus aficiones por la música. No lo dudó más; abandonó sus estudios e ingresó en el Con­servatorio de Madrid, donde aprendió canto con Saldoni, el clarinete con Brocá, el piano con Pedro Albéniz y la composición con Carnicer.

Las circunstancias familiares se le presentaron adversas y tuvo que ga­narse la vida como clarinete en una banda de la Milicia Nacional, y copiando además música para teatros y almacenes; en sus horas libres componía canciones y roman­zas.

Más adelante, fue contratado como maestro de coros y apuntador de una com­pañía italiana de ópera, con la que recorrió varios teatros; fue entonces cuando com­puso él a su vez la ópera italiana Buontepone, que finalmente no se estrenó por ha­berse disuelto la compañía.

Cantó en zar­zuelas, escribió crítica musical para diver­sos periódicos y fue apuntador del teatrito del Palacio Real. Enseñó música en la Es­cuela de Nobles y Bellas Artes de San Eloy. En 1850 estrenó su primera zarzuela, titulada Gloria y peluca, con buena aco­gida de crítica y público.

Al año siguien­te, o sea en 1851, estrena la auténtica joya lírica titulada Jugar con fuego, que constituyó su consagración como compositor de zarzuelas. Desde entonces no cesó ya de escribir y dio a la escena infinidad de hermosas producciones, que fueron aplau­didas en los principales teatros de España e Hispanoamérica.

Sobresale en las zarzue­las en las que acude a los motivos líricos nacionales, cual sucede en la pequeña obra maestra El barberillo de Lavapiés (1876). Barbieri fundó el Teatro de la Zarzuela, en el que se encargó de la dirección de los coros y de la orquesta, y organizó en el mismo grandes conciertos de música sacra.

En 1867 fundó la Sociedad de Conciertos, en cuyas audiciones se dieron a conocer las mejores obras del repertorio alemán. En 1868 fue nombrado profesor de Armonía e Historia del Arte en el Conservatorio de Madrid, y al año siguiente director de orquesta del Teatro Real.

Pertenecía a las Academias de la Lengua y de San Femando y fue uno de los fundadores de la Sociedad de Biblió­filos españoles. Notable erudito y excelente escritor, entre sus obras literarias cabe ci­tar; Reseña histórica de la zarzuela, últimos amores de Lope de Vega (1874), Las castañuelas (1876) y Cancionero musical de los siglos XV y XVI. Cronológicamente fue el primer historiador de la música española.

Raffaello Barbiera

Nacido en Venecia el 2 de febrero de 1851, m. en Milán el 5 de ene­ro de 1934. Periodista y autor de memorias, tomó parte activa en la vida literaria de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Agudo narrador, pero escasamente dotado de fantasía, obtuvo éxito con sus libros de recuerdos llenos de curiosidades históricas y anécdotas del siglo XIX.

Además del afor­tunado Salón de la condesa Maffei (1895, v.), escribió: Figure e figurine del secolo che muore (1899), La principessa Belgioio- so (1902), I fratelli Ba,ndiera (1912), Voci e volti del passato (1800-1900) (1920), Cario Porta e la sua Milano (1921), Nella gloria e nell’ombra, Memorie dell’Ottocento, etc.

C. Falconi

Jules-Amédée Barbey D’Aurevilly

Nacido el 2 de noviembre de 1808 en Saint-Sauveur-le-Vicomte (Cotentin) y m. el 23 de abril de 1889 en París.

Estudió leyes en Caen, donde estuvo influido temporalmente por las ideas liberales. Luego, establecido en la capital, vivió una existencia disipada, entre gustos aristocráticos y refinamientos al estilo de Byron (Du dandysme et de G. Brummel, 1845), y colaboró en varias revis­tas; tras la quiebra de una sociedad indus­trial que arruinó a su familia, hubo de ga­narse la vida modestamente en el perio­dismo.

Orgulloso tanto de su pobreza como del tradicionalismo monárquico y de la in­transigencia católica, censuró sarcástica­mente a hombres y obras, cual un verdadero «connétable des lettres». Parte de sus ensayos y textos críticos fue reunida en tomos (Les prophètes du passé, 1851; Dixneuvième siècle, 1851-61; Les quarante mé­daillons de L’Académie française, 1863; Les ridicules du temps, 1883).

Aún vacilante en sus primeras novelas entre las influencias románticas, el documento realista y el «style artiste» de los Goncourt (L’amour impos­sible, 1841; El anillo de Aníbal, 1843, v.), su originalidad se va concretando a partir de Une vieille maîtresse (1849); una mezcla idéntica de sensualidad y religión informará sus obras sucesivas: L’ensorcelée (1854), El caballero Des Touches (1864, v.), Un cura casado (1865, v.), y los célebres cuentos reunidos en el volumen Las diabólicas (1874, v.), que fue condenado y recogido.

Barbey de­fendíase alegando querer únicamente «asus­tar al vicio con la descripción de escenas reales en todo su horror», y volvió sobre los mismos temas en Una historia sin nombre (1883, v.) y Ce qui ne meurt pas (1884). Dos mujeres le amaron: Mme. de Bouglon, cató­lica ferviente que le curó del alcoholismo, y la atea Louise Reid, la cual le asistió con gran paciencia.

Léon Bloy hízole objeto de un verdadero culto. El favor del público aumentó en los últimos años, gracias a los simbolistas, quienes sobrevaloraron el mé­rito de las alucinantes iones que en sus páginas se manifiestan.

S. Morando