ARROGANTE ÚLTIMO ESPLENDOR (Rafael Fauquié)

En la escritura todo fluye siguiendo un derrotero que termina convirtiéndose en único itinerario posible. La escritura es cuerpo vivo: universo de signos y formas en constante relación. La escritura trepida, serpentea, vuela y alcanza siempre un final: el único final posible, el único final indudable. Por la escritura, tratamos de organizar el interminable conocimiento que permite cualquier tópico.

 

Escritura para decir y decirnos: en voz baja o en voz alta. Escritura para asomarnos al mundo y explorarlo desde la particularidad de nuestra subjetividad interior, de nuestra mirada y de nuestra palabra. Entre la reafirmación de un orden y las impredecibles aventuras del azar, entre los fríos vericuetos del caos y las cálidas predicciones de la armonía, entre la posibilidad de los resultados impredecibles y el presagio de las conclusiones va moviéndose el ritmo apasionante de la escritura: orden y azar de palabras y voces, de conceptos e ideas que siguen el flujo de su propia vitalidad.

 

Como los personajes de los textos de ficción, las ideas viven, se mueven, crecen, respiran. Las ideas viven de las ideas. Impulsan a los hombres desde afuera y desde adentro de ellos mismos. Al pensar, los hombres dialogamos con un cosmos de ideas que nos rodean: aplastándonos o alimentándonos, amordazándonos o estimulándonos. Al pensar, los hombres nos hacemos responsables del mundo: todos somos el mundo porque todos lo hemos ido dibujando con nuestros pensamientos. Por las ideas nos relacionamos con el universo. Ellas son nuestra atalaya de él. Más que la realidad, nuestra percepción de la realidad; más que el mundo, nuestra legibilidad del mundo; más que la voz del tiempo, nuestra manera de escuchar el tiempo… Ideas para crear, para discurrir, para imaginar. Ideas que son verdades parciales: síntesis de lo que aceptamos y rechazamos, de lo que asumimos falso o de lo que creemos verdadero. Las ideas son dueñas del secreto del tiempo: en su vivacidad, en su brillo, vive la eternidad de los instantes. Insustituible, definitiva, siempre útil, siempre inteligibilidad viva, lectura, impresión, imagen, recuerdo: una idea…

 

Las ideas son como los ángeles: nos rodean por todas partes, nos acompañan a todos lados, todos podemos ser guiados por ellas, dice Cayetano Delaura, uno de los personajes de la novela de García Márquez, Del amor y otros demonios. Ideas que dibujan el mundo y el tiempo: que nos los muestran, más que como son, como creemos que ellos son o como quisiéramos que ellos fuesen. Todos los hombres, dijo Borges citando a Coleridge, son aristotélicos o platónicos. Aristotélicos son aquéllos que convierten sus ideas en categorías de signos con las cuales entenderse con el universo. Platónicos son los que convierten sus ideas en dibujos de un subjetivo mapa del cosmos. En el primer caso, las ideas son herramientas, fórmulas, asideros; en el segundo, alegorías. Para los aristotélicos, las ideas son la consistente arquitectura de un espacio, por sobre todo, inteligible -o que debe ser convertido en inteligible por la razón humana. Para los platónicos, las ideas conviven muy estrechamente con las intuiciones y las ilusiones; todas dibujan la metaforización de un universo maravillosa e irrealmente inatrapable. De un lado, las ideas son soporte definitivo en la comprensión del cosmos; del otro, hitos del interminable asombro humano.

 

Al igual que los hombres, también los libros podrían definirse como aristotélicos o platónicos. Definitivamente, éste que hoy entrego a la imprenta, es un libro platónico. En él lo evidente y lo virtual, lo necesario y lo real, lo posible y lo concreto se entretejen para postular sueños y certezas, anhelos y temores, convicciones y rechazos.

 

En su libro La metáfora y lo sagrado, Héctor Murena dice que "la única forma de conocimiento es aquella similar a la de los ciegos: por el tacto". Por el tacto palpamos, percibimos, intuimos. El es intuición que se vuelca en ideas. Ideas que dibujan imágenes. Imágenes que construyen metáforas… Nietzsche habló del "impulso a la elaboración de metáforas, ese impulso fundamental del hombre que no puede ser eliminado ni por un instante porque significaría la eliminación del hombre mismo". Cada metáfora es una imagen con la cual entender alguna porción del infinitamente vario universo: un dibujo de él a partir de cualquiera de las múltiples razones que habitan en la conciencia humana.

 

Personalmente, quiero creer, entre otras cosas, en la significación y trascendencia de un espacio cultural latinoamericano y en la posibilidad de un futuro para la humanidad. Por eso he escrito este libro como un testimonio personal de ambas formas de fe; y lo he escrito como dibujo de una doble metáfora: de comunicación y de supervivencia. Una manera de apostar a ambas es rescatando el lenguaje como uno de los signos más imperecederos de lo humano. Nuestro presente pareciera desdeñar a las palabras. Hoy todo es imagen: efímera, evanescente imagen. El gran desafío de nuestros días es recuperar una sabiduría de la palabra. El tiempo -pasado, presente o por venir-; el otro -distante o cercano, similar o contrario- necesitan ser nombrados. Quizá una de las maneras de entender nuestro presente sea, precisamente, familiarizándonos con las palabras que él pronuncia. Palabras relacionadas a convicciones de precariedad, de tiento. El signo azaroso de nuestra época se dibuja en numerosos imaginarios descritos por términos que nombran la fragilidad, el vacío, la incertidumbre; pero, también, la necesaria solidaridad, la comunicación, la imaginación, la ilusión… La sabiduría de las palabras de nuestros días nos dice que sólo existe un aprendizaje: el del tiempo por conquistar, el del tiempo por merecer.

 

De muchas maneras, con este libro prosigo un itinerario que comencé hace varios años con El silencio, el ruido, la memoria (1991) y que continué, después, con La voz en el espejo (1993). Estos dos libros fueron, esencialmente, un diálogo: con la venezolanidad y lo venezolano, el primero de ellos; con la latinoamericanidad y lo latinoamericano, el segundo. Con El silencio, el ruido, la memoria quise dialogar con el espacio de la nacionalidad desde mi propia mirada sobre la memoria colectiva venezolana. Fue un punto de partida desde el que se hizo especialmente claro para mí que lo venezolano tenía sentido, sobre todo, como parte de una memoria mayor: latinoamericana, hispánica. Vino, entonces, La voz en el espejo: un esfuerzo por identificarme con lo latinoamericano a partir de ciertos imaginarios históricos y a partir, también, de algunos rostros literarios a los que convertí en metaforizaciones posibles de actitudes, de comportamientos, de propósitos de vida y, sobre todo, de una ética: indudable, impostergable, necesaria… Ahora, con este nuevo libro prosigo el diálogo: con un Occidente agobiado por las mismas incertidumbres y las mismas contradicciones que nos rodean a todos los habitantes de este planeta cercano a un nuevo milenio. Diálogo de síntesis y de imaginarios. Diálogo con el tiempo y con la otredad. ¿El tiempo? el de mi presente, temeroso, azariento e impredecible. ¿La otredad? la de un Occidente cuyo rostro es, también de muchas maneras, el rostro de todos.

 

 

R.F.

 

 

URL: http://rafaelfauquie.dsm.usb.ve/

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ARROGANTE ÚLTIMO ESPLENDOR (Rafael Fauquié)

En vísperas de un nuevo milenio, las interrogantes culturales se multiplican; sobre todo, en un planeta “achicado”,  “empequeñecido”, que, como dice su autor, “nos convierte a todos en testigos”.  Y continúa:  “todos sabemos porque todos vemos, todos somos cómplices porque todos sabemos. En nuestro pequeño mundo cada vez es más difícil callar porque cada día la miseria, el dolor, el absurdo, la precariedad, la injusticia están más grotesca y dolorosamente a la vista de todos; cada vez es más fácil descubrir y entender que, a fin de cuentas, todos los hombres nos necesitamos, que todos somos vulnerables, que todos hablamos con la misma voz humana”.
 
Este nuevo libro de Rafael Fauquié constituye una peculiar forma de diálogo: entre una América Latina, colocada en los espacios marginales de Occidente, y un Occidente por mucho tiempo protagonista del tiempo de la humanidad; diálogo, también, entre el presente el pasado y el porvenir, pero, sobre todo, entre el ahora y el después, un después que la humanidad contempla con desconfianza, con temor. Arrogante último esplendor plantea asímismo, una doble forma de fe. Oigamos, de nuevo, al autor: “Personalmente, quiero creer, entre otras cosas, en la significación y la trascendencia de un espacio cultural latinoamericano y en la posibilidad de un futuro para la humanidad. Por eso he escrito este libro como un testimonio personal de ambas formas de fe; y lo he escrito como dibujo de una doble metáfora: de comunicación y de supervivencia.”  Fe, pues, en que todas las tradiciones y todas las memorias puedan encontrarse y entenderse dentro de los linderos de ese mundo que se encamina a los albores de un nuevo milenio. Fe, también, en que el tiempo porvenir efectivamente exista; que nuestro presente pueda llegar hasta él, alcanzarlo como una prueba irrefutable de que sí es posible la supervivencia. Después de los tiempos de la voz sagrada y de la voz profana de la historia de la humanidad, ésta pareciera haber entrado en una nueva época: la de la voz superviviente, la que nos dice a los hombres que el futuro tendrá el rostro de ese presente que estamos haciendo, de ese tiempo que merecemos.

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