TESTIMONIOS, ESPEJISMOS Y DESCONCIERTOS (Rafael Fauquié)

Entonaciones autobiográficas y carácter fragmentario de las voces escritas: dos de los signos en los que Rafael Fauquié identifica algunas peculiaridades de importantes espacios literarios en nuestro presente.

 

Alguna vez comentó Borges que toda época poseía sus propias supersticiones literarias, y que, en nuestros días, la de la novela sería una de las más significativas. Pero, acaso, esa “superstición” se relacione, sobre todo, con la recepción del género novelesco: el más leído, el más popular, el más extendido, y, desde luego, el más comercial. Superstición de la novela, entonces, más que todo por la recepción de un público que, en ella, fue acostumbrándose a cierta manera de “consumir” lo literario.

 

Este nuevo libro de Fauquié es un reconocimiento y una apuesta suya a otras supersticiones, relacionadas mucho más con el acto de escribir y quienes escriben que con el de leer y quienes leen. Superstición, por ejemplo, de cierta pulsión de los seres de palabras por verbalizarse al interior de su escritura, por mostrarse ante lectores que son, sobre todo, interlocutores. Y, desde luego, superstición del creciente desvanecimiento en los límites que tradicionalmente separaban a la prosa de la poesía; protagonismo de una prosa poética que es progresión y ramificación de imágenes e impresiones, de vivencias y recuerdos, de fantasías y convicciones, expresados en voces rápidas y discontinuas que reflejan lo rápido y abrupto de las revelaciones.

 

Pero, acaso, por sobre todo, Testimonios, espejismos y desconciertos sea un testimonio; o mejor: una suma de muchos testimonios relacionados con tres grandes temas: la existencia humana, la escritura y la opción de la felicidad. En relación a esto último se reitera una y otra vez en el libro de Fauquié cierta interrogante nietzscheana: “¿Qué sucedería si un demonio te dijese: esta vida, tal como tú la vives actualmente, tal como la has vivido, tendrás que revivirla… una serie infinita de veces; nada nuevo habrá en ella; al contrario, es preciso que cada dolor y cada alegría, cada pensamiento y cada suspiro… vuelvas a pasarlo con la misma secuencia y orden… Si este pensamiento tomase fuerza en ti … ¡Cuánto tendrías que amar la vida y amarte a ti mismo para no desear otra cosa sino esta suprema y eterna confirmación!”. Amar la vida y amarnos a nosotros mismos en ella; tratar de entenderla aceptándonos dentro de nuestros caminos construidos… Actitudes necesarias para todo ser humano que, desde luego, no podrían dejar de reflejarse en el esfuerzo de seres de palabras empeñados en hacer de su escritura un sustento de pasos y un impulso con el que apoyar el apasionante esfuerzo de vivir. Como muy bien dice el propio Fauquié: “estas páginas (tratan) de la necesaria relación entre la felicidad y la vida y entre la vida y la escritura; y, en medio, de las respuestas a las muchas curiosidades sobre las que, personalmente, he ido apoyando mi propio esfuerzo de caminante ante el muy difícil aprendizaje –¿o debería llamarlo arte?- de vivir, de saber vivir.”

 

 

Almanzor Duarte

 

 

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PUENTES Y VOCES (Rafael Fauquié)

Suelo escribir mis libros a la sombra de asistencia, viejas deudas o de nuevos entusiasmos. Éste, particularmente, lo considero como la consecuencia de un reconocimiento mío muy antiguo hacia las palabras. Desde siempre recuerdo haber sentido por ellas una inclinación muy particular. Y creo que todos quienes amamos escribir, nos descubrimos frecuentemente meditando en torno a su fuerza deslumbrante, a su magia y a su poder. Quizá en nuestra época, regida por un culto obsesivo hacia lo práctico, la devoción hacia las palabras, el deseo y el placer de trabajarlas interminablemente hasta descubrir la forma de decir con ellas algo más o menos exacto, luzca como poco cercano a las razones que nuestros días consideran razonables.

 

Desde muy niño gusté de las palabras: me atraía emplearlas, a veces con estudiado efectismo, tratando de apoyar en ellas los más variados argumentos. Entendía que su dominio revelaba una habilidad y, mucho más aún, una potestad. Gracias a ellas, muchas veces los motivos, cualesquiera que fuesen, parecían magnificarse, y las razones hacerse irrefutables. Con palabras podían dignificarse las cosas, las imágenes, los recuerdos. Con palabras, a veces, la vida parecía convertirse en juego o en escenario posible. Sentía a veces a las palabras como intermediarias entre el mundo y mi yo: puentes mágicos que podía atravesar, tanto para adentrarme en lo exterior como en mí mismo. O sea: las palabras, a la vez que me comunicaban también podían aislarme. Con palabras dibujaba superficies personales que convertía en rincones inaccesibles.

 

Las palabras hay que merecerlas. Es necesario definir nuestra relación con ellas. Precisar esa relación es algo que puede llevar años, a veces incluso, toda la vida. Pocas cosas nos ayudan más a comprendernos que la identificación de esas palabras que distinguimos en nosotros, palabras con que escogemos nombrar el signo de nuestras percepciones. Somos las palabras que reflejamos. Ellas dicen y nos dicen. Nos traducen y, por ellas, traducimos. A través de las palabras todo el universo se convierte en expresión viva dentro de nosotros.

 

En una parte de este libro me refiero a los seres de palabras, y, al hablar de ellos, hago alusión a muchas cosas: a lo que creo que son, a lo que me gustaría que fuesen, a lo que pienso que no deberían ser… Creo que el amor a las palabras se identifica con una forma de inteligencia “literaria” que propende a relacionar la abrumadora vastedad que nos rodea con esa cercanía tangible que es nuestra propia experiencia. Reencuentro constante del mundo en el yo. Dibujo del mundo a partir del yo. El individuo poseedor de una inteligencia literaria y que desea escribir, descubre que quiere hacerlo, mucho más que para expresar el mundo, para reconocerse y ubicarse dentro de él.

 

Con la escritura aspiramos a nombrar muchas cosas. Sin embargo las palabras nunca son definitivas. No hay finales en ellas; sólo vislumbres y deslumbramientos. Y, al final, a veces, queda un libro como testimonio. Las argumentaciones de los libros dan pie a nuevas argumentaciones. Y es que, a fin de cuentas, de eso trata la escritura: de continuar diálogos, de alimentar una curiosidad que es insaciable; de buscar respuestas, algún tipo de respuesta… Mucho más que una totalidad acabada, veo en los libros que escribo superficies de dispersiones que, de muchas formas, prosiguen en otros libros. Este es, de muchas maneras, deudor del nombrar que define este tiempo nuestro de una modernidad agotada (y no podría ser de otro modo: la palabra es, siempre, hija de la circunstancia de quien la pronuncia). El no es ni un estudio histórico ni, mucho menos, filológico. Se pretende un caprichoso y muy disperso recorrido por sobre sugerencias relacionadas, de muy distintas maneras, con las palabras: el tiempo que las escucha, los hombres que las pronuncian o la escritura que las eterniza.

 

Muy diversos autores estuvieron presentes a lo largo del itinerario de estas páginas, pero voy a recordar aquí a uno en particular, a Walter Benjamin; quien con una serie de ideas: la de la imagen del universo como sintaxis, la de la traducción entre los lenguajes como una forma de entender éticamente el alcance de éstos, la de la intuición de las cosas más importantes a través de percepciones dibujadas en imágenes poéticas; y con una escritura fragmentaria y precisa de siempre clarificadoras visiones, estableció lo que tal vez sean algunas de las pautas centrales de un discurso intelectual y poético, capaz de interpretar, quizá como ningún otro, ciertas esenciales peculiaridades de nuestra época.

 

Dice Cioran en su libro Silogismos de la amargura. “La búsqueda del signo en detrimento de la cosa significada; el lenguaje considerado como un fin en sí mismo, como rival de la ‘realidad’ … características de una civilización en la que la sintaxis prevalece sobre lo absoluto y el gramático sobre el sabio”. Una de las “modas lingüísticas” de nuestro tiempo propende a desvincular las palabras de las circunstancias que las producen. Es un absurdo: las palabras son voces e imágenes de las épocas; siempre referencia, jamás fines en sí mismas. Entender que el mundo es la palabra que lo nombra no significa privilegiar la palabra por sobre el mundo ni tampoco distanciarnos del mundo. Aceptar que la vida está llena de palabras no significa negar la vida para quedarnos sólo con las palabras. Vida y palabra, tiempo y voz humana forman una sola realidad; y si el tiempo del hombre resulta incomprensible sin las palabras, también son incomprensibles las palabras desvinculadas de los seres que las pronunciaron y escucharon. Y aclaro que, al hablar de palabras pienso en muchas cosas: en lenguajes y expresiones, en tradiciones e imaginarios, en representaciones y voces; metaforización de todo signo trazado por el hombre para entender y para entenderse, para describir cuanto percibe.

 

“Todo lo que no es autobiográfico es académico”, dijo alguna vez José Vasconcelos. No es mi caso. En mis libros, autobiografía y academia se acercan muy estrechamente. Creo que la palabra que escribimos, ésa que genuinamente nos señala, es y debería ser siempre una y la misma. Ciertas tradicionales deformaciones de la actividad universitaria excluyen cuanto no sea discurso de pretensiones cientificistas, e imponen como único modelo válido una aburridísima jerga destinada sólo a algunos iniciados. Personalmente, creo que la palabra debe propender, necesariamente, a la comunicación, a diálogos lo más amplios posibles; y creo que descartar como “poco aceptables académicamente” lenguajes que no encajen en moldes científicos, no es sino un error que, en última instancia, termina por deslegitimar demasiadas palabras. En principio, todas las voces tienen derecho a ser escuchadas, y, desde luego, tiene derecho a serlo una voz poética que, desde siempre, ha acompañado la complejidad del tiempo que hacemos los hombres.

 

Caracas, Universidad Simón Bolívar, febrero de 1999

 

 

R.F.

 

 

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ARROGANTE ÚLTIMO ESPLENDOR (Rafael Fauquié)

En la escritura todo fluye siguiendo un derrotero que termina convirtiéndose en único itinerario posible. La escritura es cuerpo vivo: universo de signos y formas en constante relación. La escritura trepida, serpentea, vuela y alcanza siempre un final: el único final posible, el único final indudable. Por la escritura, tratamos de organizar el interminable conocimiento que permite cualquier tópico.

 

Escritura para decir y decirnos: en voz baja o en voz alta. Escritura para asomarnos al mundo y explorarlo desde la particularidad de nuestra subjetividad interior, de nuestra mirada y de nuestra palabra. Entre la reafirmación de un orden y las impredecibles aventuras del azar, entre los fríos vericuetos del caos y las cálidas predicciones de la armonía, entre la posibilidad de los resultados impredecibles y el presagio de las conclusiones va moviéndose el ritmo apasionante de la escritura: orden y azar de palabras y voces, de conceptos e ideas que siguen el flujo de su propia vitalidad.

 

Como los personajes de los textos de ficción, las ideas viven, se mueven, crecen, respiran. Las ideas viven de las ideas. Impulsan a los hombres desde afuera y desde adentro de ellos mismos. Al pensar, los hombres dialogamos con un cosmos de ideas que nos rodean: aplastándonos o alimentándonos, amordazándonos o estimulándonos. Al pensar, los hombres nos hacemos responsables del mundo: todos somos el mundo porque todos lo hemos ido dibujando con nuestros pensamientos. Por las ideas nos relacionamos con el universo. Ellas son nuestra atalaya de él. Más que la realidad, nuestra percepción de la realidad; más que el mundo, nuestra legibilidad del mundo; más que la voz del tiempo, nuestra manera de escuchar el tiempo… Ideas para crear, para discurrir, para imaginar. Ideas que son verdades parciales: síntesis de lo que aceptamos y rechazamos, de lo que asumimos falso o de lo que creemos verdadero. Las ideas son dueñas del secreto del tiempo: en su vivacidad, en su brillo, vive la eternidad de los instantes. Insustituible, definitiva, siempre útil, siempre inteligibilidad viva, lectura, impresión, imagen, recuerdo: una idea…

 

Las ideas son como los ángeles: nos rodean por todas partes, nos acompañan a todos lados, todos podemos ser guiados por ellas, dice Cayetano Delaura, uno de los personajes de la novela de García Márquez, Del amor y otros demonios. Ideas que dibujan el mundo y el tiempo: que nos los muestran, más que como son, como creemos que ellos son o como quisiéramos que ellos fuesen. Todos los hombres, dijo Borges citando a Coleridge, son aristotélicos o platónicos. Aristotélicos son aquéllos que convierten sus ideas en categorías de signos con las cuales entenderse con el universo. Platónicos son los que convierten sus ideas en dibujos de un subjetivo mapa del cosmos. En el primer caso, las ideas son herramientas, fórmulas, asideros; en el segundo, alegorías. Para los aristotélicos, las ideas son la consistente arquitectura de un espacio, por sobre todo, inteligible -o que debe ser convertido en inteligible por la razón humana. Para los platónicos, las ideas conviven muy estrechamente con las intuiciones y las ilusiones; todas dibujan la metaforización de un universo maravillosa e irrealmente inatrapable. De un lado, las ideas son soporte definitivo en la comprensión del cosmos; del otro, hitos del interminable asombro humano.

 

Al igual que los hombres, también los libros podrían definirse como aristotélicos o platónicos. Definitivamente, éste que hoy entrego a la imprenta, es un libro platónico. En él lo evidente y lo virtual, lo necesario y lo real, lo posible y lo concreto se entretejen para postular sueños y certezas, anhelos y temores, convicciones y rechazos.

 

En su libro La metáfora y lo sagrado, Héctor Murena dice que "la única forma de conocimiento es aquella similar a la de los ciegos: por el tacto". Por el tacto palpamos, percibimos, intuimos. El es intuición que se vuelca en ideas. Ideas que dibujan imágenes. Imágenes que construyen metáforas… Nietzsche habló del "impulso a la elaboración de metáforas, ese impulso fundamental del hombre que no puede ser eliminado ni por un instante porque significaría la eliminación del hombre mismo". Cada metáfora es una imagen con la cual entender alguna porción del infinitamente vario universo: un dibujo de él a partir de cualquiera de las múltiples razones que habitan en la conciencia humana.

 

Personalmente, quiero creer, entre otras cosas, en la significación y trascendencia de un espacio cultural latinoamericano y en la posibilidad de un futuro para la humanidad. Por eso he escrito este libro como un testimonio personal de ambas formas de fe; y lo he escrito como dibujo de una doble metáfora: de comunicación y de supervivencia. Una manera de apostar a ambas es rescatando el lenguaje como uno de los signos más imperecederos de lo humano. Nuestro presente pareciera desdeñar a las palabras. Hoy todo es imagen: efímera, evanescente imagen. El gran desafío de nuestros días es recuperar una sabiduría de la palabra. El tiempo -pasado, presente o por venir-; el otro -distante o cercano, similar o contrario- necesitan ser nombrados. Quizá una de las maneras de entender nuestro presente sea, precisamente, familiarizándonos con las palabras que él pronuncia. Palabras relacionadas a convicciones de precariedad, de tiento. El signo azaroso de nuestra época se dibuja en numerosos imaginarios descritos por términos que nombran la fragilidad, el vacío, la incertidumbre; pero, también, la necesaria solidaridad, la comunicación, la imaginación, la ilusión… La sabiduría de las palabras de nuestros días nos dice que sólo existe un aprendizaje: el del tiempo por conquistar, el del tiempo por merecer.

 

De muchas maneras, con este libro prosigo un itinerario que comencé hace varios años con El silencio, el ruido, la memoria (1991) y que continué, después, con La voz en el espejo (1993). Estos dos libros fueron, esencialmente, un diálogo: con la venezolanidad y lo venezolano, el primero de ellos; con la latinoamericanidad y lo latinoamericano, el segundo. Con El silencio, el ruido, la memoria quise dialogar con el espacio de la nacionalidad desde mi propia mirada sobre la memoria colectiva venezolana. Fue un punto de partida desde el que se hizo especialmente claro para mí que lo venezolano tenía sentido, sobre todo, como parte de una memoria mayor: latinoamericana, hispánica. Vino, entonces, La voz en el espejo: un esfuerzo por identificarme con lo latinoamericano a partir de ciertos imaginarios históricos y a partir, también, de algunos rostros literarios a los que convertí en metaforizaciones posibles de actitudes, de comportamientos, de propósitos de vida y, sobre todo, de una ética: indudable, impostergable, necesaria… Ahora, con este nuevo libro prosigo el diálogo: con un Occidente agobiado por las mismas incertidumbres y las mismas contradicciones que nos rodean a todos los habitantes de este planeta cercano a un nuevo milenio. Diálogo de síntesis y de imaginarios. Diálogo con el tiempo y con la otredad. ¿El tiempo? el de mi presente, temeroso, azariento e impredecible. ¿La otredad? la de un Occidente cuyo rostro es, también de muchas maneras, el rostro de todos.

 

 

R.F.

 

 

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LA MIRADA, LA PALABRA (Rafael Fauquié)

Después de algunas dudas -más que nada por su heterogeneidad, por la distancia que, temáticamente, los separa- entrego estos artículos a la imprenta. Une a todos un mismo proceso: un tema que desencadena reflexiones, comentarios, valoraciones; la mirada que se esfuerza en descubrir y la palabra que describe lo descubierto. Mirada y palabra: sabiduría del mundo interior, entorno de la lucidez solitaria.

 

A medida que los iba reagrupando, comprendí que algunas clasificaciones eran no sólo posibles sino necesarias: de un lado, comentarios sobre literatura junto a artículos y reseñas de textos: mirada detenida en la escritura, mirada que contempla las palabras; luego, diversos textos misceláneos reacios a una catalogación demasiado definida; la historia venezolana y sus diversas evocaciones, compondría otra de las partes; y, por último, escritos sobre temas universitarios.

 

La casi totalidad de estos textos aparecieron entre 1987 y 1993, en distintas publicaciones culturales y universitarias. Escrutar y escribir son los actos esenciales que los definen. Alguna vez, Borges habló de la "invención no menos admirable que la elaboración". Quiero reconocer en esta pequeña nota introductoria mi irrenunciable deuda para con ambas.

 

R. F.

 

 

Caracas, octubre de 1993

 

 

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LA VOZ EN EL ESPEJO (Rafael Fauquié)

Un espejo devuelve la imagen que nos identifica, la cara que todos miran, esa máscara que somos siempre para el otro. Individualmente, somos máscaras; colectivamente, pueblos y culturas, también lo son. Enmascararse es un itinerario y una supervivencia; itinerario de una supervivencia. Las culturas duran, permanecen, en la medida en que logran autorrepresentarse, hacerse de un rostro que perdurablemente las distinga. Ellas son lo que ha sido la historia, su pasado; y en esa suma de experiencias están dibujadas, como facciones de un rostro, las consecuencias de los itinerarios vividos. De entre los espacios tallados por esos itinerarios, pueblos y culturas escogen una representación: máscara que los cubra, reflejo que los revele, voz con la que hacerse escuchar, signo que los perpetúe…

 

América Latina gusta de reconocerse en su rostro artístico y, más aún, literario. Ese espacio es nuestro espejo ideal. El que refleja la imagen que quisiéramos proyectar. El que repite la voz con que nos gustaría hacernos oir. Ningún otro de nuestros espacios –político, económico, social- nos enorgullece. En ningún otro itinerario hemos descubierto originalidad o trascendencia. Los latinoamericanos descreemos de nuestros políticos y queremos creer a nuestros pensadores. Respetamos más la palabra de nuestros escritores que la acción o las promesas de acción de nuestros dirigentes. Nos atrae la palabra idealista que nos diga que nuestros sistemas sociales llegarán a funcionar algún día. Ilusión a cambio de realidad; apariencia a cambio de verdad.

 

Voz y espejo. Voz en el espejo o sobre el espejo: éste no logra reflejar aquélla; sólo puede reproducir, efímeramente, imágenes reales. Efímeras, también, las voces reproducen imágenes: de intenciones, de ideas, de aspiraciones; signos que la brillante y fría superficie del espejo no podrá registrar. Algo imposible hay en una imagen que aspira a ser realidad. Algo imposible como esa aspiración latinoamericana de identificar itinerarios y retóricas, vida y palabra, ser y anhelo de ser, historia y sueño…

 

La voz en el espejo pareciera plantear casi una sinécdoque: la literatura de ideas, de conceptos, como representación de la totalidad de la literatura latinoamericana. En realidad, más que eso, este libro propone la valoración de ciertas facciones de un rostro latinoamericano. Rostro de herejía, de juventud (que es no saber aún lo que se quiere o no saber aún lo que se es), de marginalidad y desamparo, de ocultamiento e indagación, de disimulo, de individualismo, de incertidumbre…

 

A los escritores que en este libro aparecen, los percibo como voces de algo que quiero y he querido escuchar, facciones de una máscara en la cual, como latinoamericano y como intelectual, me reconozco o quisiera reconocerme.

 

 

Rafael Fauquié

 

 

 

Caracas, febrero de 1993

 

 

 

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