A Paso De Cangrejo (Günther Grass)

Aparte de la danza y contradanza de los personajes aquí se trata de la vida de tres generaciones de alemanes. Y es la intermedia, que algunos han llamado "generación sándwich" porque ha sido la última que todavía ha tenido que rendir obediencia a los padres pero la primera que no ha podido ejercer autoridad alguna sobre los hijos, precisamente la que narra los hechos. Y, pese a haber sido protagonista de los mismos, la que menos sabe de ellos. En efecto, Paul, pese a haber sido concebido en un dragaminas en pleno Mar del Norte, junto al naufragio del Wilhelm Gustloff, no parece haber sido condicionado por este insólito natalicio. Todo lo contrario que su madre, la inefable Tulla, que es todo un personaje o que su hijo, Konrad, Konny, quien acaba por ser un experto internacional en el tema.

Tulla, pese a su dicción cockney (en su caso más bien kachuba), es una verdadera eminencia. Mujer de muchos hombres, celosa de su independencia, mantiene sus ideas contra viento y marea mientras que se las arregla para salir adelante. Alemana del Este, militante activa del comunismo, ni por un momento reniega de su admiración por el factor más progresista del nazismo (por este libro salen bastante a colación los hermanos Strasser, los nacional-bolcheviques, uno de ellos Otto, el Trosky nazi, asesinado por las SS en la Noche de los Cuchillos Largos). Sus compañeros del partido han de transigir con su increíble heterodoxia. Tulla, la pobre Tulla, con su cabello blanco desde los 17 años, quedó marcada para siempre por el naufragio del Wilhelm Gustloff, no pudo superar la visión, en medio de la gélida noche del Mar del Norte (18º bajo cero), de los miles de niños que cayeron, con sus salvavidas, de cabeza al mar y quedaron, con las piernecitas hacia arriba, rápidamente congelados. ¿Puede un hombre – una mujer- encanecer en una sola noche? Por lo visto sí.

Esta Tulla, prodigiosa en sus contradicciones, capaz de –literalmente- poner una candela a Josef Stalin y otra a la Virgen María, tampoco le duelen prendas cuando dice del capitán del submarino que les echó a pique –putero y borrachón- que era un héroe de la marina soviética unido por su amistad a nosotros los trabajadores… Esta Tulla, que tan bien se desenvuelve cuando va sugiriendo a su hijo Paul diferentes padres "posibles" a los que chantajea por lo fino y subliminalmente para que le paguen sus estudios…

Pero Paul reconoce desde el principio su mediocridad, su falta de talento, su homérica indiferencia hacia casi todo. Se ahoga en un vaso de agua cuando, para justificar su inepcia, achaca a su amante por quedarse embarazada de Konny. Un hombre, a los 35 años, dice, malogra su carrera por culpa de un hijo no deseado. Excusa burda y espesa.

Y Konny, que se ha criado lejos de su padre, es el final heredero del legado familiar. Tulla, que siempre ha impulsado a Paul a escribir algo sobre la oculta tragedia del Wilhelm Gustloff termina por conseguir que sea la nueva generación la que profundice en el tema.

El joven Konny es un individuo brillante, precoz, que da conferencias a los 16 años, que mantiene un sitio WEB donde expande sus tesis revisionistas y que es capaz, en pocos meses, de conocer todo lo que se ha dicho y escrito sobre el Titánic alemán…

Por lo visto, la del Wilhelm Gustloff , fue la mayor tragedia naval de la historia, sin posible discusión.

Grass, que aparece él mismo esta genial novela, ha urdido una danza y contradanza diabólica. Desde el principio del libro parece que todos se están preparando para, en su momento, participar en la tragedia. Marinesko, el capitán ruso, alcohólico y mujeriego, parece no hacer otra cosa en su vida que entrenarse en el lanzamiento de torpedos en superficie y en la inmersión rápida (batió el record de la marina soviética). Siendo un mero cero a la izquierda, con un pie en Siberia (donde terminó) toda su vida hubiera pasado desapercibida de no haber lanzado tres torpedos en rápida sucesión contra el Wilhelm Gustloff (los marinos rusos habían escrito en cada uno de ellos las siguientes leyendas Por la patria, Por el pueblo soviético, Por Leningrado, el cuarto, el Por Stalin, se atoró en el tubo y, ya activado, estuvo a punto de destruir el submarino, tuvo que ser desactivado rápidamente). Con una visión cenital, vemos afanarse a los personajes que hacen posible la hecatombe. Parece que hubiera una milimétrica relación de causa-efecto. En un momento determinado hasta se aventura que si el estudiante judío Frankfurter no hubiera asesinado de cuatro disparos al oscuro burócrata nazi Wilhelm Gustloff, el buque se hubiera llamado seguramente Adolf Hitler, como estaba previsto y, quien sabe, el puro carisma del Führer hubiera evitado la catástrofe (en serio, esto se llegó a decir). Así que todos estuvieron en su sitio, y a la hora prevista. Gustloff en su despacho, Frankfurter tirando de revólver, Marinesko con resaca y la boca pastosa… Todos en su sitio, con los "deberes hechos", a la hora oportuna. Y no son las únicas circunstancias fatídicas que parecen coincidir: están las órdenes y contraordenes contradictorias, los cuatro capitanes (¡) que se disputan el mando del Wilhelm Gustloff, está la rigurosa helada que ha congelado las amarras y sujeciones de los botes, haciéndolos casi inútiles, etc. etc.

Pero es esta, también, una novela "internauta" de la punta al rabo. Grass, que presume de su colección de Olivettis y juraba hasta no hace mucho no haber puesto sus manos en un ordenador (o desordenador, como le llama la vieja Tulla, pese que le regaló un flamante Macinstosh a su nieto neonazi), la verdad es que ha tenido que chatear bastante últimamente, pues conoce la jerga, los usos y costumbres de la red bastante.

El personaje más interesante (en el sentido nietzscheano, porque a la vez inquieta e interesa) es evidentemente, Konny, un neonazi, pero un neonazi inteligente que no en vano acaba a hostias con los skinheads (en la novela se les llama pelones), curiosa secta o tribu urbana que, como no deja de sorprenderse Esparza, han interiorizado no los valores nacionalsocialistas auténticos sino los que les son atribuidos por la "prensa burguesa" (pese a que tanto despotriquen contra los periodistas sionistas). Konny, digo, mantiene una relación sorprendente con la vieja Tulla, una complicidad que deja fuera a todo el mundo y que pasa por encima de las discrepancias ideológicas entre un joven neonazi y una anciana stalinista. Discrepancias tan sólo aparentes.

Y lo sorprendente del caso es que estos dos personajes están vivos, mientras que el melifluo narrador (que no es Grass, porque él mismo sale bajo el apelativo de El Viejo), ambiguo, bastante correcto políticamente, que escribe sin pasión ni convicción sobre temas "populares" (la ecología, los derechos de los inmigrantes) es ya un pre-jubilado (como él mismo reconoce) a sus cincuenta años…

Este Konny, adolescente, que chatea incansablemente con su alter ego, David, manteniendo lo que no sin sorna el autor denomina como "eneamistad" y que es algo que –sí- se da bastante en los chats. Pero, como señala Grass, no siempre es aconsejable llevar al plano real lo que es una amistad cibernética. A través de la red se pueden intercambiar opiniones y hasta injurias, pero algo muy distinto es hacerlo cara a cara. Este David, que asume los puntos de vista judáicos, al final resultará ser un alemán perfectamente "ario", pero se meterá tanto en su papel que, en la primera entrevista que mantiene con Konny, se permite escupir sobre la tumba de Gustloff. Konny extrae una vieja pistola rusa (procedencia: la vieja Tulla. Máxima ironía: Konny iba armado porque había sido amenazado y agredido varias veces por los skin-heads) y le dispara cuatro veces. Después se presenta en la primera comisaría y declara: He disparado, porque soy alemán.

Y durante los interrogatorios y el proceso, nada de fanatismo, nada de nervios. Konny reconoce todo lo que hay que reconocer, admite todas las razones, no se arrepiente de nada. Y su alegado, meditado y bien construido. Simbólicamente, de alguna manera, Gustloff, de quien traza su apología, está vengado. El lejano asesinato del alemán a manos del judío se repite ahora, pero al revés, aunque el pobre "David" (en realidad "Wolfgang") no fuera un judío auténtico…Disparé porque soy alemán… y porque por boca de David hablaba el eterno judío errante.

Y termina por proponer la reedificación del profanado monumento a Gustloff, pero honra también a los demás protagonistas del drama. Valora el monumento al capitan Marinesko erigido en San Petersburgo y asume la necesaria heroización de Frankfurter, el asesino de Gustloff, a quien los judíos tienen motivos para admirar…

Dada su juventud y un dictamen psiquiátrico que se remontó, cómo no, a la relativa orfandad de Konny y que, de pasada, arrojó muchas sospechas sobre sus padres, Paul y Gabi (la madre), la condena es muy breve, siete años.

¿Odio racial? Y, sin embargo, no. Konny no es un racista primario. A los judíos dice admirarlos y admirar al estado de Israel, Sin embargo, como Wilhelm Gustloff, estoy convencido de que los judíos, dentro de los pueblos arios, son un cuerpo extraño.

Tulla, hasta el final, dará la cara por su nieto. Es más, tratará de adjudicarse ella toda la responsabilidad.

No al chico, a mí habrían tenío que meterme en chirona. Síseñor, fui yo quien le regaló primero el desordenador ese y luego la herramienta, hace dos Pascuas, porque ellos, los pelones, habían amenazado personalmente a mi Konradchen. (…) Enseguía después del cambio la compré en el mercao ruso.

No es extraño que la novela haya levantado tanto revuelo. Grass ha sacado un cadáver del armario y ha puesto sobre el tapete la inevitable relectura de periodo de la historia de alemania. Lo de menos, bien mirado, es la tragedia del Wilhelm Gustloff, porque ¿quién tuvo la culpa? El buque iba atestado de refugiados, es cierto, pero también llevaba tropas e incluso armamento (baterías antiaéreas, aunque inservibles por el frío), no adoptó ninguna medida de seguridad de las posibles (marchar en ziz-zag, apagar las luces de posición), situar botes antitorpedos en los flancos, etc. Marinesko no sabía sobre quien disparaba y es improbable que lo hubiera hecho de saber el pasaje que llevaba el barco. Por otra parte muchos de los muertos fueron causados por las cargas de profundidad que lanzó un acorazado alemán que llegó a la zona intentando cazar infructuosamente al submarino ruso e incluso muchos debieron morir destrozados por las hélices del buque, que maniobró imprudentemente por una zona plagada de náufragos…

Y tampoco es extraño que se le haya acusado de cierta postura conciliadora hacia el nazismo. No era sólo la vieja Tulla la que creía que muchas de las conquistas sociales del nazismo (incluida las campañas de "A la fuerza por la alegría") eran positivas. Ni tampoco Konny está sólo entre los más jóvenes a la hora de reivindicar la exoneración del nacionalsocialismo. La superabundancia de páginas neonazis y revisionistas en la WWW es pasmosa y son síntoma de un creciente interés por este tema "tabú".

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