NAZISMO CON PIEL DE DEMOCRACIA

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Friedrich Christian Delius, Mi año de asesino
Traducción de Lidia Álvarez Grifoll,
Sajalín Editores, Barcelona, 2013, 330 págs.

delius

No defrauda esta novela del autor alemán Friedrich Christian Delius (Roma, 1943) –galardonado en 2011 con el prestigioso premio Georg Büchner-, la última traducción de este escritor, a quien sigue de cerca el sello editorial Sajalín, que también ha publicado «El paseo de Rostock a Siracusa» (2010) y «Retrato de la madre de joven» (2011). Como las anteriores, también ésta aborda un tema histórico que, más allá del interés que suscita su glosa, trasciende el marco concreto de los acontecimientos narrados y plantea cuestiones universales fundamentales.

Delius sabe bien de lo que habla: publicada en alemania en 2004, «Mi año de asesino» es una novela de impronta autobiográfica, que narra los sucesos en torno al grupo “Unión Europea”, en el que se constituyeron un puñado de resistentes contra Hitler, cuyos nombres más conocidos fueron Robert Havemann, Paul Rentsch, Herbert Richter y Georg Groscurth con la idea de combatir el totalitarismo en Europa a favor de la verdadera democracia. Consecuentes con su ideal, sus componentes arriesgaron su vida ayudando a perseguidos en los terribles años del nazismo.

El eje central de la acción se sitúa en 1968, cuando se da a conocer la noticia real de la absolución de R. (Hans-Joachim Rehse), un ex juez nazi responsable de doscientas treinta condenas a muerte, entre ellas la del padre de un amigo de infancia de Delius, Georg Groscurth, guillotinado en 1944. De la mano de un personaje ficticio con quien el autor empatiza -un joven estudiante de filosofía de su propia generación, que indignado por la noticia se propone asesinar al liberado y escribir un libro que será su confesión-, Delius desvela pormenorizadamente los entresijos de la guerra fría y el calvario que habrá de soportar la viuda, Anneliese Groscurth, quien, terminada la guerra, se ha propuesto reparar la memoria de su marido. Si bien el grueso de la novela focaliza con mayor intensidad la época de la posguerra inmediata hasta los años setenta, la narración imbrica, en retrospectiva y avanzando, tres momentos temporales: de la posguerra en adelante, los años de nazismo y resistencia, y el presente desde el que narra el protagonista.

La verdadera heroína de la novela es Anneliese Groscurth, que por su honradez, su humanidad, su valentía, su consecuencia y su perseverancia merece la simpatía del autor. Ella, que, como su marido, actuó contra el nazismo no por razones políticas sino por principios humanitarios; ella, que sigue fiel a los mismos principios, se encuentra después de la guerra tan fuera de lugar como durante los años del nacionalsocialismo. Su historia de larga resistencia en la posguerra pone de relieve que el fin de la contienda bélica no supuso el comienzo de la democracia en el oeste -defender los valores del humanismo democrático y actuar según ellos suponía en aquellos años ser acusada de comunista y de poner en peligro la convivencia constitucional- ni la justicia igualitaria en el este, y que quien no hiciera el juego al discurso de uno u otro lado quedaba fuera del mundo y sin lugar. Pero la narración de Delius incide sobre todo en la República Federal Alemana y no tanto en la República Democrática. El estudio histórico de Delius nos recuerda hasta qué punto en alemania occidental altos cargos nazis, muchos, siguieron en sus puestos y hasta prosperaron, sobre todo en el ámbito de la aplicación del derecho, y que no es lo mismo aplicar el derecho vigente que administrar justicia. Por ello mismo el libro plantea también la cuestión fundamental de si es lícito condenar a alguien que aplica la ley, incluso cuando ésta vulnera los derechos humanos.

Delius, que se documentó con entrevistas y estudió a fondo las actas de los procesos en los que se vio envuelta Anneliese Groscurth, rehúye las ideologías y las tomas de partido interesadas, no elude temas espinosos que en su país aún levantan ampollas y le han valido críticas negativas ajenas a criterios literarios, como la caracterización del carismático Robert Havemann o la de la generación del 68 a la que él mismo pertenece, pero lo hace sin ira, sopesando sus afirmaciones y sólo en la medida en que el contexto lo requiere.

Sin duda una novela muy recomendable, tanto para amantes de la historia como de la literatura.

Anna Rossell

LAS ESTACIONES DEL HORROR

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Saul Friedländer, El Tercer Reich y los judíos. Los años de persecución (1933-1939).
Traducción de Ana Herrera,
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2009, 609 págs.

Saul Friedländer, El Tercer Reich y los judíos. Los años de exterminio (1939-1945).
Traducción de Ana Herrera,
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2009, 1136 págs.

por Anna Rossell
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Lejos de proponerse lo imposible: encontrar explicación racional a la fobia obsesiva de los nazis hacia los judíos, que condujo a su progresivo acorralamiento hasta la asfixia y culminó en los campos de exterminio, Saul Friedländer (Praga, 1932) plantea su estudio con la intención lúcida y realista de acercarse a la mecánica de su funcionamiento y a las razones –ahora sí- que determinaron las decisiones políticas en cada momento. El reconocido historiador y ensayista de ascendencia judía, especialista en la historia del nacionalsocialismo y del Holocausto, aborda en estos dos volúmenes la que es probablemente su obra magna y, a pesar de su extensión, el compendio de su legado: una visión panorámica de los acontecimientos de 1933 a 1945. Con exhaustiva prolijidad de notas –las del primer volumen abarcan de la página 453 a la 609; las del segundo, de la 861 a la 1136-, que sin embargo no entorpecen la lectura y remiten a la ingente documentación y bibliografía manejadas, Friedländer desgrana en el primer volumen, Los años de persecución (1933-1939), las etapas del acoso a los judíos desde los inicios de su gestación como eje primordial del ideario nacionalsocialista, mucho antes de la ascensión de los nazis al poder. Atento a la objetividad que exige la buena investigación histórica y con la intención de subrayar la materia humana de que está hecha, el autor combina la descripción general y distante de los hechos con la más concreta y cercana de episodios biográficos individuales, que sirven de ilustración a sus conclusiones, con nombres y apellidos. En su recorrido Friedländer coloca el énfasis en las relaciones entre nazis y conservadores, en la toma de decisiones de Hitler, la política de emigración forzosa, las expropiaciones, las leyes de Núremberg de 1935, la oleada de agresiones de la Noche de los cristales rotos, la eutanasia por ley de los enfermos con malformaciones o impedimentos hereditarios, el comportamiento del pueblo alemán ante la violencia ejercida, la participación de los intelectuales y el papel de las Iglesias católica y evangélica. El historiador ilumina especialmente los momentos en que, por razones de estrategia política interior o exterior y para evitar represalias económicas, Hitler dosificaba escrupulosamente las medidas contra los judíos. Este rasgo sumado al planteamiento de su paranoia como cruzada contra la amenaza universal judeo-bolchevique, su implicación directa en las decisiones -cuyo peso el autor considera mayor del que en ocasiones se le ha otorgado-, el cariz pseudoreligioso que adoptó su fobia a los judíos -cuya necesaria desaparición planteó como una alternativa radical de supervivencia para la nación germana y la raza aria, que califica de “antisemitismo redentor”, así como su muy temprana alusión a la utilización de términos como “eliminación” o “exterminio”-, dibujan un personaje que combinaba su obcecado odio con la lucidez del cálculo estrictamente planificado. El autor hace especial hincapié en la responsabilidad de las Iglesias cristianas, de las Universidades y del pueblo llano. Después de recorrer casos aislados de valentía, Friedländer se detiene en la resistencia ofrecida por la Liga de Emergencia de Pastores que derivó en la Iglesia de la Confesión, subrayando sin embargo la ambivalencia de su posición, que hacía hincapié en la defensa exclusiva de los judíos conversos, posición que adoptó también la Iglesia católica, fiel a su antijudaísmo tradicional. Insiste Friedländer en distinguir entre las salvajes agresiones de las SS y el comportamiento de la gente común, de quien afirma que, aunque pasiva en su mayoría, no manifestaba especial rechazo hacia los judíos, aportando numerosos ejemplos de quejas de amplios grupos de comerciantes contra la prohibición de negociar con ellos. Peor paradas salen las Universidades, que sorprendentemente cerraron filas casi sin fisuras para secundar la política nacionalsocialista hasta con iniciativas propias.
Un lugar destacado ocupa la política de emigración forzosa, su negociación con las potencias occidentales, así como la conformidad de los sionistas y ortodoxos judíos con la política de pureza racial, que ellos mismos defendían para sí. Muy acertado y esclarecedor resulta el extenso capítulo que el autor dedica a estudiar la situación de los judíos y el antijudaísmo en la misma época en los países europeos vecinos de gobiernos democráticos, así como en los años de la República de Weimar en la propia alemania, lo cual pone de manifiesto el caldo de cultivo común más allá de las fronteras alemanas. Esta tesis de un antisemitismo cultural arraigado en Europa mucho antes del nacionalsocialismo va tomando cuerpo frente a la de la razón económica, que Friedländer apenas considera, y se confirma en el segundo volumen, Los años de exterminio (1939-1945), en el que el autor estudia, país por país, la fácil implantación de las políticas nazis en los territorios ocupados gracias al colaboracionismo local, a veces más obcecadamente antijudío aun. Subrayando los momentos de inflexión del holocausto el libro se divide en tres partes: desde principios de la guerra en otoño de 1939 hasta el ataque a la Unión Soviética en verano de 1941, los asesinatos sistemáticos masivos a partir del verano de 1941, sobre todo en los países del este, y la shoah a partir del verano de 1942 hasta la primavera de 1945. Sin olvidar los casos individuales o de grupos minoritarios de oposición a las medidas nazis contra los judíos, Friedländer muestra la diversidad de fuerzas que acabaron haciendo posible el horror como una obra coral que, si bien dirigida por los nazis alemanes, no se explica por su única actuación. Como hiciera ya en el primer volumen, también en el segundo el autor hace hincapié en la culpable actitud de los mandatarios de las Iglesias cristianas como líderes de la actuación de sus fieles, incluido Pío XII. Fiel en todo momento a la objetividad, Friedländer no excluye de su estudio la reacción de los propios judíos, que, sobre todo en Francia reivindicaron sus derechos como autóctonos ante los recién llegados, el papel en ocasiones ambiguo de los consejos judíos y el desarrollo de una economía y de relaciones cómplices en los guetos. No queda exenta de culpa la gente común, que según muestra el autor sabía de los hechos más de lo que a menudo se ha pretendido.
Friedländer sitúa la toma de decisión de la Solución Final en el último trimestre de 1941 coincidiendo con la marcha negativa de la guerra y la entrada de los EEUU en ella, momento en que los judíos habrían perdido la función de rehenes para evitar la intervención norteamericana. A partir de aquí dos acontecimientos pudieron haber contribuido a acelerarla: el atentado contra la exposición antisoviética el 18 de mayo de 1942 por parte del grupo procomunista “Herbert Baum” –en el imaginario de Hitler la eliminación de los judíos aseguraría que no se repitiesen las actividades revolucionarias de 1917-1918- y el atentado contra Heydrich con resultado de muerte por parte de comandos checos, que derivó en la destrucción de la población de Lidice junto a Praga al sospechar que ocultaba a sus autores.
También aquí Friedländer conjuga la abstracción de los fríos datos históricos con el acercamiento a las vivencias personales de individuos concretos otorgando así el lugar de preferencia a los verdaderos protagonistas. A través de las citas que adecuadamente va intercalando de diarios y cartas de una amplia gama de víctimas de diferente edad y condición, el autor consigue una obra que, siendo altamente especializada, mantiene constantemente viva la conciencia del verdadero horror.
Del mismo autor se han publicado en España: ¿Por qué el Holocausto? Historia de una psicosis colectiva, Barcelona, Gedisa, 2004 y Pío XII y el Tercer Reich, Barcelona, Península, 2007.

© Anna Rossell
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El valor del testimonio personal

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DIARIO DE PRAGA (1941-1942)

Petr Ginz

Edición a cargo de Chava Pressburger

Trad. de Fernando Valenzuela. El Acantilado, Barcelona, 2006, 184 págs.

por Anna Rossell

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A menudo es la sencillez la cualidad que hace un texto especialmente valioso. Y esto atañe tanto a la ficción como a los textos que, tal es el caso que nos ocupa, pertenecen al género de los testimonios personales, de los diarios. Claro que si, además, se trata de un diario de un autor observador y sensible, escrito en un periodo clave de la historia, entonces estamos ante un documento que, desde el día a día cotidiano, puede contribuir a iluminar este lapso de tiempo.

Este Diario de Praga (1941-1942) tiene esta peculiaridad, y el hecho de que su autor, Petr Ginz, sea un niño de trece años cuando aborda la tarea, de familia judía, y que viva en la capital de la Checoslovaquia ocupada por los nazis, le confiere aun el valor añadido de que permite al lector participar precisamente en los acontecimientos de los años más trágicos del siglo XX para los judíos europeos y en una de las ciudades más sensiblemente tocadas: Praga.

Probablemente no es casualidad que Petr Ginz comenzara a escribir su Diario en septiembre de 1941 -por lo que dice el propio autor en las primeras entradas, en las que alude a unos cuadernos que él mismo ha armado para esta finalidad, no parece que existiera un Diario anterior-, la historia nos ha enseñado, a través de muchos casos documentados, que la escritura de un diario constituye una ayuda psicológica valiosísima para sobrellevar situaciones difíciles. En tal caso, la existencia misma del texto así como la fecha de su inicio -19 de septiembre de 1941-, son, ya en sí, el síntoma del recrudecimiento de las condiciones de vida de los judíos, como lo es, certeramente, la fecha de la última entrada en el segundo y último cuaderno, la del 9 de agosto de 1942, poco antes de que Petr Ginz fuera deportado a Terezin, la ciudad a62 kilómetros al norte de Praga, desde noviembre de 1941 constituida en gueto, donde aún vivió dos años desde octubre de 1942, antes de ser trasladado a Auschwitz para morir en las cámaras de gas.

Uno de los mayores valores que a mi entender posee el Diario estriba en el hecho de que, a través del puntual registro de los quehaceres y acontecimientos cotidianos (las excepcionales fechas sin anotaciones son históricamente sintomáticas) de un adolescente, se echa de ver lo que, aunque sabido, no se refleja de la misma sorprendente manera en los libros de historia: la “naturalidad” con que el terror se va instalando subrepticiamente en la vida de la comunidad judía de Praga y la “naturalidad” con que, progresivamente, lo va “asumiendo” esta comunidad. Un dato relevante a este respecto lo constituye el estilo marcadamente lacónico que desarrolla el autor, quien se limita a anotar sucesos de su ámbito privado o los que le llaman la atención a su alrededor en la ciudad o en las noticias que escucha clandestinamente, sin reflexiones ni comentarios adicionales por su parte. El adolescente nunca manifiesta su temor o su dolor. Ni siquiera se traslucen alteraciones de la tensión nerviosa cuando el ritmo decididamente creciente que adquieren los acontecimientos que relata, claramente amenazadores para su existencia, culminan en las últimas entradas para interrumpirse bruscamente. Es asombroso comprobar que las víctimas más directamente afectadas no sospecharan ni por un momento, ni siquiera cuando ésta era ya inminente, la muerte segura para el que estaban programadas, a pesar de las leyes restrictivas, a pesar de los maltratos callejeros, de las expropiaciones, de las deportaciones, de los guetos y de los transportes sistemáticos. Una prueba más de la perfecta organización del exterminio masivo planificado, tan bien mantenido en secreto entre la gente de a pie.

El libro no se agota en el Diario. Con buen criterio Chava Pressburger, editora y hermana del autor, añade, en la segunda edición checa, que es la primera en español, un capítulo de “Notas sobre el diario de Petr Ginz”, en el que escuetamente aclara algunos términos que pueden quedarle oscuros al lector o sitúa en un contexto histórico algo más amplio ciertas anotaciones de su hermano. Ello da al conjunto el carácter de breviario de historia para este año crucial. Algunos textos de carácter literario y dibujos de Petr, de los años de Terezin, completan el libro y aportan datos sobre la versátil personalidad del joven, así como de sus extraordinarias dotes para el arte y la literatura. Un pequeño tesoro, pues, descubierto de modo accidental a raíz de la tragedia sufrida en 2003 por la nave espacial norteamericana Columbia en la que viajaba el cosmonauta israelí Ilan Ramon.

© Anna Rossell  

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La semilla del diablo, de IRA LEVIN

semilla_del_diabloEsta novela de horror astuta, seductora e impecablemente es­crita fue un enorme éxito comercial. El aterrador librito de Levin y la película de Roman Polanski que le siguió un año más tarde («La más fiel adaptación de una novela que haya salido nunca de Hollywood», según palabras de Levin) desencadenó el auge moderno de la ficción de horror americana, haciendo posible el éxito de películas como la de William Peter Blatty (muy inferiores) El exorcista (1971) o el ciclo La profecía, y las ca­rreras de novelistas como Stephen King y Peter Straub entre muchos otros. (Desgraciadamente para Fritz Leiber, su obra si­milar Esposa hechicera [13] había aparecido prematuramente.)

Rosemary Woodhouse es una joven feliz en su matrimo-nio que vive en Nueva York. Su apuesto y encantador marido, Guy, es un actor que se gana la vida en anuncios de TV y papeles se­cundarios en obras de teatro. Se mudan a un piso muy deseado en el Edificio Bramford –«viejo, negro y enorme … un laberin­to de techos altos valorado por sus chimeneas y sus detalles victorianos»–, donde pronto traban relación con una pareja vecina, Roman y Minnie Castavet. «Su boca amplia y de labios finos era de un color rosado, como si se los pintase; sus mejillas eran gredosas, sus ojos, pequeños y brillantes en órbitas pro­fundas. Ella tenía nariz grande, con un labio inferior hosco y carnoso. Usaba gafas con una montura de color rosado en un collar que caía detrás de los colgantes de perlas.» Los Castavet son bastante mayores que Rosemary y Guy, y al principio Rosemary los halla excéntricos y un poco fastidiosos. Sin em­bargo, Guy les toma afecto y pasa largas horas en su piso discu­tiendo sobre cuestiones de teatro.

Rosemary se pone melancólica y, en general, se siente insa­tisfecha con su vida. Pero la egoísta carrera de Guy está flore­ciendo: obtiene un papel importante en el teatro cuando un actor rival es cegado misteriosamente. De pronto se vuelve solí­cito hacia su joven esposa: «He estado tan ocupado tirándome de los pelos por mi carrera que no he prestado suficiente atención a tu vida. Tengamos un bebé, ¿quieres?». Éste es el mayor deseo de Rosemary, y empieza a prepararse para la maternidad. Es feliz, aunque el maloliente hechizo para la buena suerte (raíz de tanino) y los extraños alimentos y bebidas que Minnie Castevet le impone se convierten en una fuente de creciente irritación. Una noche tuvo un sueño muy desagradable: «Abrió los ojos y observó unos ojos de horno amarillos, sintió olor a azufre y raíz de tanino, un aliento húmedo en la boca, oyó gru­ñidos de lujuria y la respiración de espectadores …».

El embarazo de la pobre Rosemary adquiere un rumbo ho­rripilante, y su resultado es monstruoso. Poco a poco descu-bre lo que está pasando realmente, y trata de rebelarse contra el papel que se la ha obligado a desempeñar. Los indicios sobre el carácter oculto de los sucesos son esparcidos cuidadosamen­te por toda la novela, formando una intensa atmósfera de desa­sosiego. Es un relato elaborado de manera experta, un libro de un autor teatral, en el que todo detalle físico y todo diálogo son importantes. Ira Levin (nacido en 1929) era un autor de teatro y televisión de éxito antes de publicar La semilla del diablo (Rosemary’s Baby) (un musical de 1965 llamado Drat! The Cat!, al que se alude en la novela, es realmente una obra suya)  y su ha­bilidad para tejer una trama ingeniosa le fue muy útil cuando escribió este best–seller. Pero la principal razón del atractivo de la novela reside en la caracterización de Rosemary, una mujer americana moderna, una chica de clase media amable y bonda­dosa con la que la mayoría de los lectores pueden identificarse, y simultáneamente la doncella perseguida de las viejas novelas de terror, presa de hombres insensibles, grotescas brujas viejas y un diablo demasiado masculino.

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A Paso De Cangrejo (Günther Grass)

Aparte de la danza y contradanza de los personajes aquí se trata de la vida de tres generaciones de alemanes. Y es la intermedia, que algunos han llamado "generación sándwich" porque ha sido la última que todavía ha tenido que rendir obediencia a los padres pero la primera que no ha podido ejercer autoridad alguna sobre los hijos, precisamente la que narra los hechos. Y, pese a haber sido protagonista de los mismos, la que menos sabe de ellos. En efecto, Paul, pese a haber sido concebido en un dragaminas en pleno Mar del Norte, junto al naufragio del Wilhelm Gustloff, no parece haber sido condicionado por este insólito natalicio. Todo lo contrario que su madre, la inefable Tulla, que es todo un personaje o que su hijo, Konrad, Konny, quien acaba por ser un experto internacional en el tema.

Tulla, pese a su dicción cockney (en su caso más bien kachuba), es una verdadera eminencia. Mujer de muchos hombres, celosa de su independencia, mantiene sus ideas contra viento y marea mientras que se las arregla para salir adelante. Alemana del Este, militante activa del comunismo, ni por un momento reniega de su admiración por el factor más progresista del nazismo (por este libro salen bastante a colación los hermanos Strasser, los nacional-bolcheviques, uno de ellos Otto, el Trosky nazi, asesinado por las SS en la Noche de los Cuchillos Largos). Sus compañeros del partido han de transigir con su increíble heterodoxia. Tulla, la pobre Tulla, con su cabello blanco desde los 17 años, quedó marcada para siempre por el naufragio del Wilhelm Gustloff, no pudo superar la visión, en medio de la gélida noche del Mar del Norte (18º bajo cero), de los miles de niños que cayeron, con sus salvavidas, de cabeza al mar y quedaron, con las piernecitas hacia arriba, rápidamente congelados. ¿Puede un hombre – una mujer- encanecer en una sola noche? Por lo visto sí.

Esta Tulla, prodigiosa en sus contradicciones, capaz de –literalmente- poner una candela a Josef Stalin y otra a la Virgen María, tampoco le duelen prendas cuando dice del capitán del submarino que les echó a pique –putero y borrachón- que era un héroe de la marina soviética unido por su amistad a nosotros los trabajadores… Esta Tulla, que tan bien se desenvuelve cuando va sugiriendo a su hijo Paul diferentes padres "posibles" a los que chantajea por lo fino y subliminalmente para que le paguen sus estudios…

Pero Paul reconoce desde el principio su mediocridad, su falta de talento, su homérica indiferencia hacia casi todo. Se ahoga en un vaso de agua cuando, para justificar su inepcia, achaca a su amante por quedarse embarazada de Konny. Un hombre, a los 35 años, dice, malogra su carrera por culpa de un hijo no deseado. Excusa burda y espesa.

Y Konny, que se ha criado lejos de su padre, es el final heredero del legado familiar. Tulla, que siempre ha impulsado a Paul a escribir algo sobre la oculta tragedia del Wilhelm Gustloff termina por conseguir que sea la nueva generación la que profundice en el tema.

El joven Konny es un individuo brillante, precoz, que da conferencias a los 16 años, que mantiene un sitio WEB donde expande sus tesis revisionistas y que es capaz, en pocos meses, de conocer todo lo que se ha dicho y escrito sobre el Titánic alemán…

Por lo visto, la del Wilhelm Gustloff , fue la mayor tragedia naval de la historia, sin posible discusión.

Grass, que aparece él mismo esta genial novela, ha urdido una danza y contradanza diabólica. Desde el principio del libro parece que todos se están preparando para, en su momento, participar en la tragedia. Marinesko, el capitán ruso, alcohólico y mujeriego, parece no hacer otra cosa en su vida que entrenarse en el lanzamiento de torpedos en superficie y en la inmersión rápida (batió el record de la marina soviética). Siendo un mero cero a la izquierda, con un pie en Siberia (donde terminó) toda su vida hubiera pasado desapercibida de no haber lanzado tres torpedos en rápida sucesión contra el Wilhelm Gustloff (los marinos rusos habían escrito en cada uno de ellos las siguientes leyendas Por la patria, Por el pueblo soviético, Por Leningrado, el cuarto, el Por Stalin, se atoró en el tubo y, ya activado, estuvo a punto de destruir el submarino, tuvo que ser desactivado rápidamente). Con una visión cenital, vemos afanarse a los personajes que hacen posible la hecatombe. Parece que hubiera una milimétrica relación de causa-efecto. En un momento determinado hasta se aventura que si el estudiante judío Frankfurter no hubiera asesinado de cuatro disparos al oscuro burócrata nazi Wilhelm Gustloff, el buque se hubiera llamado seguramente Adolf Hitler, como estaba previsto y, quien sabe, el puro carisma del Führer hubiera evitado la catástrofe (en serio, esto se llegó a decir). Así que todos estuvieron en su sitio, y a la hora prevista. Gustloff en su despacho, Frankfurter tirando de revólver, Marinesko con resaca y la boca pastosa… Todos en su sitio, con los "deberes hechos", a la hora oportuna. Y no son las únicas circunstancias fatídicas que parecen coincidir: están las órdenes y contraordenes contradictorias, los cuatro capitanes (¡) que se disputan el mando del Wilhelm Gustloff, está la rigurosa helada que ha congelado las amarras y sujeciones de los botes, haciéndolos casi inútiles, etc. etc.

Pero es esta, también, una novela "internauta" de la punta al rabo. Grass, que presume de su colección de Olivettis y juraba hasta no hace mucho no haber puesto sus manos en un ordenador (o desordenador, como le llama la vieja Tulla, pese que le regaló un flamante Macinstosh a su nieto neonazi), la verdad es que ha tenido que chatear bastante últimamente, pues conoce la jerga, los usos y costumbres de la red bastante.

El personaje más interesante (en el sentido nietzscheano, porque a la vez inquieta e interesa) es evidentemente, Konny, un neonazi, pero un neonazi inteligente que no en vano acaba a hostias con los skinheads (en la novela se les llama pelones), curiosa secta o tribu urbana que, como no deja de sorprenderse Esparza, han interiorizado no los valores nacionalsocialistas auténticos sino los que les son atribuidos por la "prensa burguesa" (pese a que tanto despotriquen contra los periodistas sionistas). Konny, digo, mantiene una relación sorprendente con la vieja Tulla, una complicidad que deja fuera a todo el mundo y que pasa por encima de las discrepancias ideológicas entre un joven neonazi y una anciana stalinista. Discrepancias tan sólo aparentes.

Y lo sorprendente del caso es que estos dos personajes están vivos, mientras que el melifluo narrador (que no es Grass, porque él mismo sale bajo el apelativo de El Viejo), ambiguo, bastante correcto políticamente, que escribe sin pasión ni convicción sobre temas "populares" (la ecología, los derechos de los inmigrantes) es ya un pre-jubilado (como él mismo reconoce) a sus cincuenta años…

Este Konny, adolescente, que chatea incansablemente con su alter ego, David, manteniendo lo que no sin sorna el autor denomina como "eneamistad" y que es algo que –sí- se da bastante en los chats. Pero, como señala Grass, no siempre es aconsejable llevar al plano real lo que es una amistad cibernética. A través de la red se pueden intercambiar opiniones y hasta injurias, pero algo muy distinto es hacerlo cara a cara. Este David, que asume los puntos de vista judáicos, al final resultará ser un alemán perfectamente "ario", pero se meterá tanto en su papel que, en la primera entrevista que mantiene con Konny, se permite escupir sobre la tumba de Gustloff. Konny extrae una vieja pistola rusa (procedencia: la vieja Tulla. Máxima ironía: Konny iba armado porque había sido amenazado y agredido varias veces por los skin-heads) y le dispara cuatro veces. Después se presenta en la primera comisaría y declara: He disparado, porque soy alemán.

Y durante los interrogatorios y el proceso, nada de fanatismo, nada de nervios. Konny reconoce todo lo que hay que reconocer, admite todas las razones, no se arrepiente de nada. Y su alegado, meditado y bien construido. Simbólicamente, de alguna manera, Gustloff, de quien traza su apología, está vengado. El lejano asesinato del alemán a manos del judío se repite ahora, pero al revés, aunque el pobre "David" (en realidad "Wolfgang") no fuera un judío auténtico…Disparé porque soy alemán… y porque por boca de David hablaba el eterno judío errante.

Y termina por proponer la reedificación del profanado monumento a Gustloff, pero honra también a los demás protagonistas del drama. Valora el monumento al capitan Marinesko erigido en San Petersburgo y asume la necesaria heroización de Frankfurter, el asesino de Gustloff, a quien los judíos tienen motivos para admirar…

Dada su juventud y un dictamen psiquiátrico que se remontó, cómo no, a la relativa orfandad de Konny y que, de pasada, arrojó muchas sospechas sobre sus padres, Paul y Gabi (la madre), la condena es muy breve, siete años.

¿Odio racial? Y, sin embargo, no. Konny no es un racista primario. A los judíos dice admirarlos y admirar al estado de Israel, Sin embargo, como Wilhelm Gustloff, estoy convencido de que los judíos, dentro de los pueblos arios, son un cuerpo extraño.

Tulla, hasta el final, dará la cara por su nieto. Es más, tratará de adjudicarse ella toda la responsabilidad.

No al chico, a mí habrían tenío que meterme en chirona. Síseñor, fui yo quien le regaló primero el desordenador ese y luego la herramienta, hace dos Pascuas, porque ellos, los pelones, habían amenazado personalmente a mi Konradchen. (…) Enseguía después del cambio la compré en el mercao ruso.

No es extraño que la novela haya levantado tanto revuelo. Grass ha sacado un cadáver del armario y ha puesto sobre el tapete la inevitable relectura de periodo de la historia de alemania. Lo de menos, bien mirado, es la tragedia del Wilhelm Gustloff, porque ¿quién tuvo la culpa? El buque iba atestado de refugiados, es cierto, pero también llevaba tropas e incluso armamento (baterías antiaéreas, aunque inservibles por el frío), no adoptó ninguna medida de seguridad de las posibles (marchar en ziz-zag, apagar las luces de posición), situar botes antitorpedos en los flancos, etc. Marinesko no sabía sobre quien disparaba y es improbable que lo hubiera hecho de saber el pasaje que llevaba el barco. Por otra parte muchos de los muertos fueron causados por las cargas de profundidad que lanzó un acorazado alemán que llegó a la zona intentando cazar infructuosamente al submarino ruso e incluso muchos debieron morir destrozados por las hélices del buque, que maniobró imprudentemente por una zona plagada de náufragos…

Y tampoco es extraño que se le haya acusado de cierta postura conciliadora hacia el nazismo. No era sólo la vieja Tulla la que creía que muchas de las conquistas sociales del nazismo (incluida las campañas de "A la fuerza por la alegría") eran positivas. Ni tampoco Konny está sólo entre los más jóvenes a la hora de reivindicar la exoneración del nacionalsocialismo. La superabundancia de páginas neonazis y revisionistas en la WWW es pasmosa y son síntoma de un creciente interés por este tema "tabú".

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