Ramón Gómez de la Serna

Nació en Madrid el 5 de julio de 1888 y murió en Bue­nos Aires el 13 de enero de 1963. Aunque muy joven obtuvo el título de abogado, nunca ejerció la profesión. En cambio, se entregó muy pronto a la literatura y, en el mundo literario español de este siglo, siempre fue una figura importante e inolvidable que hoy es imprescindible en la Literatura española. Para Vialbuena Prat «abre el novecientos con sus fecundos juegos de ingenio, en que predomina el puro jue­go, aséptico, original, matizado, paradójico». Su arte ha caído en el vanguardismo y ha cultivado especialmente la excentricidad (ha dado conferencias desde el trapecio de un circo o subido en una farola). Su ma­nera es el «ramonismo», que es como una visión deformada y caricaturesca que pre­tende considerar cómicamente el lado pa­tético de las cosas.

El humorismo de Ramón es muy personal, y él es la primera gran figura consagrada a este género de modo especial. Ha viajado por Europa y su genio ha sido reconocido cuando se le ha desig­nado miembro de la Academia Francesa del Humor a la que pertenecen muy pocos ex­tranjeros (Charlot y Pitigrilli eran los únicos cuando se le designó). Dentro de su humor ha cultivado un género muy original, creación suya: la greguería, que él explicó diciendo: «cogí todos los ingredientes de mi laboratorio, todos, frasco por frasco, los mezclé, surgiendo de su precipitación, de su depuración, de su »disolución radical». La greguería, en verdad, es como un peque­ño poema, como una poesía sin extensión. Es como una locura con mucho sentido y gracia. Paradójica y dinámica nos da vivas imágenes del mundo vulgar que nos rodea. Aunque ha publicado libros de greguerías, de ellas están llenos todos sus libros. La palabra greguería dice su autor haberla es­cogido por «eufónica» y no está conforme con la traducción que de ella se han hecho a otras lenguas. Asegura Gómez de la Serna que la greguería «es lo único que no nos pone tristes, cabezones, pesarosos y tumefactos al escribirla, pues su autor juega mientras la compone y tira su cabeza a lo alto y des­pués la recoge». Citemos algunos ejemplos de greguería: «El café es una sociedad de calores mutuos.» «La luna es la lápida sin epitafio.» «El rayo es una especie de saca­corchos encolerizado.» «El alba riega las calles con el polvo de los siglos.» «Esponja, calavera de las olas.»

Él redujo la gregue­ría a la fórmula «humorismo más metá­fora». Muchos le han atribuido una misión renovadora en la literatura castellana mo­derna. La vieja tertulia literaria española de los cafés encontró en Gómez de la Serna una nueva versión. Él estableció su peña en el viejo café y botillería de Pombo, de la calle Ca­rretas de Madrid. Su libro Pombo (1918, v.) es fundamental para conocer aquella importante tertulia: una época y un inte­resante grupo literario. Ramón conocía muy bien las tertulias literarias de España y Europa como demostraba la reedición de Pombo (Buenos Aires, 1941), caudaloso li­bro en que se reúnen la biografía del céle­bre café y de otros cafés madrileños famo­sos (Levante, Fornos, El Suizo; los figones típicos como Botín, Lhardy, Los Tupis, etc.) y algunos parisienses. Contenía también el libro la presentación de algunos de los es­critores y artistas que concurrían más o menos asiduamente a la tertulia, a la «sa­grada cripta» de Pombo, como el pintor Gutiérrez Solana, que inmortalizó a un grupo de contertulios en un cuadro que pre­sidió durante años el café: Manuel Abril, el escultor Julio Antonio, el dibujante Ba­garía, etc.

Y, sin olvidar a individuos típi­cos de la primera veintena de nuestro siglo como chiflados e inventores, apasionadas parejas, etc. Los viejos cafés con sus vela­dores, sus letreros, la ponchera, los rodi­lleros, sus camareros y echadores, etc. Y la serie de banquetes (a Ortega, a Bello, a Valéry Larbaud, a Diez Cañedo, y los ex­travagantes, a Todos por orden alfabético y a Don Nadie, uno de los que más éxito tuvo en Pombo). Según el libro, en Pombo se reían y despreciaban «toda cursilería ar­tística y toda pretensión social», nunca tuvo «normas ni programas, siendo fiel al lema español de la individualidad» y siempre apartando de él a «los antipáticos dé naci­miento, los cuervos que se reúnen en ban­dadas en cuanto encuentran cobijo que los resista». El autor pensó que «tenía gracia meterse en el más vetusto de los cafés para provocar todas las novedades de la inven­ción». El enorme e interesantísimo volumen contiene todavía «mucho fárrago y algunas excesivas ingenuidades aún después de las que dice haber suprimido de la primera edi­ción. Después de la guerra civil española, José Sanz y Díaz, con otros contertulios como Maeiá Serrano, Félix Ros y Tato Cumming, ponían en marcha nuevamente la tertulia.

Pero Pombo desapareció definiti­vamente en 1960. En 1915, Gómez de la Serna había lanzado su «primera proclama de Pombo» que correspondía a las charlas y a los brin­dis de la tertulia, y El Rastro, una visión original del popular barrio madrileño con la compraventa de todo género de objetos usados. Dos años después aparece su no­vela La viuda blanca y negra a la que lleva su humorismo en una narración hilvanada, veta que sigue en sus novelas grandes como Gran Hotel, La Quinta de Palmira y El incongruente. Las humorísticas locuras que contienen atraen al lector. Si el «incon­gruente» nació en un palco, cuando describe el paisaje de la quinta de Palmira, las imá­genes alcanzan detonante originalidad («la borregada verde de los pinos embestía ha­cia el mar»). Y el detalle es siempre agudo. En Gran Hotel «la cena tenía esa subida de tono, hacia el final, que es inevitable hasta en los comedores elegantes»… «algu­nas mujeres hablaban con el que tenían cerca, pero contándoselo todo a los que te­nían más lejos»).

El humor alcanza cierta ternura en novelas como El torero Cara­cho o La mujer de ámbar, El caballero del hongo gris o La hiperestésica. Nuestro autor ha escrito páginas biográficas admirables por su original captación de detalles y cua­lidades como Mi tía Carolina Coronado, Re­tratos contemporáneos, Nuevos retratos con­temporáneos, etc. Entre estas semblanzas destacan la del pintor Solana, la de Azorín (v.), y, sobre todo, la de Valle Inclán, cuyos más modernos editores han podido decir que está escrita para los lectores del gran escritor gallego que interpreten su obra «como una oración a la belleza» y que esta biografía es «la clave del alma humana y divina de Don Ramón». Dice Gómez de la Serna que Valle Inclán lo había señalado como su «deseado biógrafo» y que su* afán de bió­grafo es «mostrarle y mostrarme a su lado ultimando esa prueba terminante que es la corroboración, hecha por el que sigue vi­viendo, del que fue su contemporáneo y su amigo que ya murió». El original humo­rista nos ha dejado también su autobiogra­fía en Automoribundia (1948, v.), extenso alegato del escritor cuya fecunda obra — un centenar de títulos — es predominantemente autobiográfica, pero que ahora se concreta en este libro que, según Torrente Ballester, es «no sólo un testimonio personal inapre­ciable, sino las más bellas y emocionadas páginas que escribió en su vida».

Gómez de la Serna, que últimamente residió en Buenos Aires, es medio siglo de literatura extra­ordinaria cuya estética «era contestar una cosa por otra como solución a tener que contestar a las cosas ímprobas, actuando por sorpresa».

A. del Saz

Paolo Giacometti

Nació el 19 de marzo de 1816 en Novi Ligure, murió el 13 de agos­to de 1882 en Gazzuolo (Mantua). Inició muy joven (1836) su actividad como dramaturgo al servicio de varias compañías. Trabajó en favor de un teatro nacional con finalidad moral y cívica. Tal es la razón de que mu­chos de sus dramas sean de tesis, lo que redunda en perjuicio de la inspiración.

De todos modos, el teatro de G. continúa siendo un testimonio típico de la sociedad burguesa italiana en el período en que el país se encaminaba a la unidad nacional. En la pro­ducción de G. figuran dramas históricos y bíblicos, dramas sociales, comedias, etc. Es­cribió en prosa y en verso, inspirándose en la tragedia clásica, en la comedia goldoniana, etc. Entre sus obras de tema histórico son dignas de recuerdo: Cario II, re d’Inghilterra (1847), Elisabetta, regina d’Inghilterra (1853, v.), Torquato Tasso (1853), la afortunada Maria Antonietta (1868).

Entre las comedias, mencionemos: II poeta e la ballerina (1841), que por primera vez dio fama a su autor; Quattro donne in una casa (1842), Un poema ed una cambíale (1843), La donna (1850), La donna in seconde nozze (1851). Expresión característica de la ten­dencia moralizadora de G, son dramas como el artificioso La colpa vendica la colpa (1854) o el popularísimo La muerte civil (1861, v.), que todavía se representa y que en 1942 dio origen a un film homónimo. Además de los dramas, nos ha dejado composiciones líricas, discursos, textos críticos y un volumen de recuerdos.

G. C. Castejllo

Paul Gauguin

Nació en París el 7 de junio de 1848, murió en Atuana (islas Marque­sas) el 8 de mayo de 1903. Descendía por línea materna de un virrey del Perú y en Lima pasó algunos años de la infancia. G. conservó el recuerdo de aquella infancia peruana, aunque los diez años de una vida gris que a continuación pasó en la provin­cia francesa, en Orléans (de 1855 a 1865), impulsaron a la rebelión al taciturno y ex­travagante muchacho: en efecto, a los die­cisiete años abandona los estudios y se alista en la Marina mercante.

Pasa seis años en el mar; después, muerta su madre, se resigna a un empleo de Banca en París. Diez años se mantuvo así, durante los cua­les se casó con la danesa Mette Gad, que le dio cinco hijos. Fue en aquel tiempo cuando se dedicó a pintar y a relacionarse con pintores, especialmente con Pissarro; y desde entonces se volvió claro y expedito el camino de su vida: la pintura, como el destino ordenaba, le ilumina y le guía. En 1883 abandona el Banco, se aventura en Normandía y en Dinamarca sin encontrar trabajo, decide entonces pintar y nada más, desligándose de cualquier vínculo. La mu­jer no lo acompaña, ni siquiera espiritual­mente. Hasta la muerte de su hija, en 1897, una penosa e ininterrumpida correspondencia lo mantendrá aún ligado a ella; per­dida Alina, el padre no dará ya señales de vida.

Pero en la choza en que fue encon­trado su cuerpo, totalmente llagado y ya frío, Mete y los cinco niños lo habían vis­to morir desde una gran fotografía colgada en la pared. «Je ne connais l’amour», había escrito amargamente un día. Y no importa que muchas mujeres, blancas mulatas y maoríes hayan vivido junto a él, en París o en Polinesia; no importa que la pequeña Tehura, la esposa tahitiana de trece años, le haya amado mucho; nadie habría po­dido romper el cerco cristalino de la sole­dad en que actuaba y sufría su difícil liberación. De esta liberación, los primeros lu­gares fueron París y Bretaña, con el único intervalo de una estancia en la Martinica en 1887: en París, donde vivió junto a un hijo suyo de cinco años (muerto después muy joven), compartiendo con él hambre, frío y enfermedades en 1885, teniendo que dedicarse a pegar anuncios para ir tirando, y donde conoció a Van Gogh, con el que viviría algunas semanas en Arles en 1888; en Bretaña, donde se reunieron en tomo a él, en Pont Aven, los jóvenes pintores que en 1889, defendiendo la poesía simbolista, presentaron en París, en el Café Volpini, la famosa exposición de pintura «cloisonniste» o «synthétiste», categóricamente antiimpre­sionista.

Son del período bretón las prime­ras obras importantes de G., su invención de un lenguaje al que habrían de referirse todas las corrientes pictóricas posteriores. Un lenguaje riguroso y grave, de extrema concisión plástica, que volvía a traer al cen­tro humano («…la nature, la forcé intérieure…») una pintura cuyo ídolo más re­ciente había sido el aspecto de las cosas. Pero a G. no podían interesarle la formu­lación y la ilustración de teorías. Él se con­templaba a sí mismo y oía venir de lejos a su destierro de bárbaro en la griega Euro­pa voces primitivas de una atracción irre­sistible. Así, en 1891, volvió a marcharse. Se estableció en Tahití y allí permaneció hasta 1893 para regresar en 1895, después de un viaje a Francia en donde sólo le quedaba un amigo, Daniele de Monfreid.

En Tahití pintó sus más célebres telas. Des­ilusionado y abatido, pero inexorable con­sigo mismo y decidido a «marcher tout droit et fermement», su sensibilidad se agudece en el silencio interior cada vez más tranquilo y puro, se confunde con su mismo pensamiento, separa al hombre miserable de su miseria, para levantarlo hasta los um­brales del misterio. En 1901 abandonó Ta­hití para establecerse en el más salvaje país de Atuana, en las Marquesas. Se había des­pojado de todo, vivía como los indígenas, con ellos, y por defenderlos contra los abu­sos de la administración colonial sufrió de­nuncias, burlas, condenas; sólo la muerte podía salvarlo ahora de la cárcel, de la ce­guera, de la desesperación. A principios de mayo llegó la muerte, precedida de una inconfesada fatiga de sol y acompañada piadosamente de la nostalgia: junto a él, en el caballete, había todavía fresca su últi­ma tela: un triste pueblo de Bretaña cu­bierto de nieve.

Además de sus cuadros, G. dejó su correspondencia con Monfreid, con su mujer y con otros amigos, reunida más tarde en volúmenes, y diversos libros en prosa, algunos de los cuales están escritos en forma de diario y adornados con esbozos y dibujos: Cahiers pour Aline (1893), Di­verses choses (1896-97), Noa-Noa (1900, v.), Notes syntétiques (en Vers et Proses, julio- septiembre, 1910), Racontars d’un rapin (1902-14), Avant et aprés (1903-24).

G. Veronesi

Federico Gamboa

Novelista mexicano n. en la ciudad de México en 1864, murió en 1939. Pese a las adversidades de su infan­cia y a las dificultades con que tropezó para su formación, logró ingresar en 1888 en la carrera diplomática. Ocupó puestos en Ar­gentina, Brasil, América Central y Estados Unidos, y representó a su país en España como embajador (1910-1911); subsecretario interino de Relaciones Exteriores en 1908, se le confirmó en su cargo como titular en 1909 y desempeñó interinamente la Secre­taría de Relaciones en 1910.

Delegado en la Conferencia de Derecho Internacional Marí­timo (Bruselas, 1909), diputado y director de la Academia Mexicana de la Lengua. Con algunas calidades del naturalismo y muchos de sus defectos, su crudeza encu­bre en ocasiones su evidente intención moralizadora. La novela que hizo popularímo al autor se titula Santa (v.); sin embargo, dicha popularidad no se reflejó favo­rablemente en la crítica, y pese al conjunto de la producción literaria de G., que es de indudable valor, este escritor mexicano sue­le ser desdeñado u olvidado injustamente con frecuencia. Anteriormente a Santa son las novelas cortas del libro titulado Del natural (1888) y las narraciones largas Apa­riencias (1892), Suprema Ley (1896) y Me­ditaciones (1899); posteriores a Santa son las novelas tituladas Reconquista (1908) y La llaga (1910).

Hoy nos parecen las novelas de G. verdaderamente truculentas: la monja que deja los hábitos en brazos de la pasión sensual; el presidiario que se redime por el amor; el oficinista que se encenaga por el frenesí que en él despierta una delincuente; la linda e ingenua aldeana que es enga­ñada y se prostituye, para acabar inspiran­do una pasión pura a un pianista ciego. Sin embargo, hay ternura en muchas esce­nas ciudadanas y natural encanto en algu­nos cuadros rurales. En el teatro, las obras de G. no pasaron de intentos: La última campaña (1899), La venganza de la gleba (1905), A buena cuenta (1907) y Entre hermanos (1928). Mucho mayor interés ofre­cen sus libros de memorias: Impresiones y recuerdos (1893) y Mi diario (1907-1938), que parte de 1892.

J. Sapiña

Manuel Gálvez

Novelista y ensayista argentino n. en Paraná (Entre Ríos) en 1882. De distinguida ascendencia española, estu­dió con los jesuitas de Santa Fe y se gra­duó en Leyes en Buenos Aires, pero no se dedicó al ejercicio de la profesión de abogado. Cultivó el periodismo desde que se inició en la vida literaria con la publica­ción de un trabajo sobre Ibsen en Nuestra Época de Santa Fe, fundó la revista Ideas y colaboró en La Nación y otros periódi­cos y revistas, y fue inspector de Ense­ñanza, lo que le permitió un intenso y am­plio contacto con la vida y el ambiente del país. Pasó el Atlántico en tres ocasiones (1906, 1910 y 1926).

Evolucionó con paso firme de un liberalismo ponderado a un catolicismo a lo Mauricio Barres, es decir, de estirpe nacionalista, y tuvo un adver­sario decidido en el poeta Leopoldo Lugones. Se casó con Delfina Bunge en 1910. G. es un escritor realista de tendencias natu­ralistas e inquietudes ideológicas, que tiene presente como novelista a Pérez Galdós y como ensayista a Ángel Ganivet para mirar por dentro a su patria argentina, en sus costumbres de hoy y en su evolución histó­rica; y es necesario señalar que a medida que se va intensificando en su producción la pretensión psicológica y la preocupación religiosa, va perdiendo la obra calidad artís­tica. Adviértase la distancia entre La maestra normal (v.) por una parte y La sombra del convento, El cántico espiritual, Miérco­les Santo, La tragedia de un hombre fuerte, La noche toca a su fin y Cautiverio por otra. En el plano de sus mejores novelas, junto a la ya citada (La maestra normal), se encuen­tran Nacha Regules (1919), premio munici­pal, pintura del bajo ambiente bonaerense, y su complemento Historia de arrabal (1923), en donde nos muestra el novelista singula­ridades de técnica y estilo.

Comenzó Gálvez como poeta con El enigma interior (1907) y siguió en el mismo plan lírico en Sendero de humildad (1909), con influencias post- románticas y simbolistas que no desdibujan su honda inquietud hispanista, cristiana y argentina. Al ensayista y crítico lo encontra­mos en los libros El solar de la raza (1913), La vida múltiple (1916), Amigos y maestros de mi juventud (1944) y El novelista y las novelas (1959). Publicó también biografías de Miranda, Sarmiento, Hipólito Yrigoyen, García Moreno y otros personajes; escribió para el teatro: El hombre de los ojos azu­les (1928), Calibán (1943); es autor de li­bros de tema histórico, cual Escenas de la Guerra del Paraguay (tres vols., 1928-1929) y La muerte en las calles, novela histórica sobre las invasiones inglesas de Buenos Ai­res (1949). Obtuvo el premio Mitre con Los caminos de la muerte (1928) y el Premio Nacional de Literatura con El general Quiroga (1932). Manuel Gálvez es un maestro del realismo argentino, que pronto fue su­perado, es verdad, pero con un valor de época indiscutible.

J. Sapiña