Fábulas, Cayo Julio Higinio

[Fabulae]. Estas fá­bulas, o mejor, Leyendas mitológicas, lle­van el nombre de Cayo Julio Higinio (I si­glo a. de C.), bibliotecario de Augusto y maestro de escuela. Con gran diligencia recogió estas leyendas que experimentaron varias modificaciones y sirvieron principal­mente para la escuela, a las que iban destinadas. Es en substancia un manual de mitología que contiene 277 fábulas, deri­vadas de fuentes griegas de no poca im­portancia para el conocimiento de las va­riantes que ofrecen las antiguas leyendas y los mitos primitivos.

F. Della Corte

Fábulas, Juan Eugenio Hartzembusch

Más erudito y hombre de letras que inspirado artista, Juan Eugenio Hartzembusch (1806-1880) cul­tivó la poesía y el drama con variada for­tuna. En su afán inagotable de creación, Hartzembusch fué ante todo un trabajador de ilimitada constancia, creó un género de fábula nuevo y personal de no excesivo valor artístico, pero de indudable interés en la historia literaria, pues en él puede adivinarse un antecedente de Campoamor, por el sentido prosaico del verso y la in­tención positivista de sus temas. No puede hablarse de verdadera originalidad, pues él mismo nos dice en el prólogo: «no doy a la luz una obra compuesta de pensamien­tos míos; doy en ella pensamientos de otros en nueva forma: cogí tela y pongo el cosido», pero precisamente en ese cosido es­triba la novedad, y en que los viejos temas buscan en Hartzembusch, sin conseguirlo siempre, una intención más directa y una mayor amenidad.

Pueden leerse estas fábulas en el volumen segundo de las Obras de D. Juan E. Hartzembusch, publicado en Madrid en 1888 en la «Colección de Escrito­res Castellanos», y de ellas merecen citarse, entre otras muchas, «El león y la liebre», «El milano y el pelícano», «El águila y el caracol», que sirve de lema a un drama de Echegaray, «El árabe hambriento», sobre el conocido tema de las perlas en el de­sierto que fueron confundidas con un posi­ble alimento, «La viuda del Malabar», gra­cioso y brevísimo diálogo entre el Sacerdo­te y la Viuda.

Sacerdote: «Quémate con tu esposo y vas al cielo» / Viuda: «Si al cielo voy, me quemaré sin duelo». / S.: «Cena­rás con el alma del difunto». / V.: «¿Nue­vamente con él allí me junto?» / S.: «Y para siempre ya». / V.: «Si tal me espera, / No meto yo mis carnes en hoguera». / S.: «¿No tienes pundonor?» / V.: «Tengo memoria: / Con un marido malo, ni a la glo­ria».

Y así podría seguirse espigando en esta larga colección de fábulas y cuentos versificados, que se dividen en tres libros, comprendiendo el primero las escritas has­ta 1848, el segundo las publicadas en 1861, y el tercero las aparecidas después de esta última fecha.

A. Pacheco

Fábulas, Ivan Andreevic Krylov

[Basni]. Escritas en los primeros años del siglo XIX con cierto tono didáctico y moralizador, que Ivan Andreevic Krylov (1768-1844) imitó de los fa­bulistas griegos y de La Fontaine, estas fábulas son ricas en alusiones mordaces y satíricas a hombres y acontecimientos del tiempo. La moral de Krylov no es profunda, responde mejor al buen sentido y al amor a la justicia, propios del pueblo ruso. Ésta es la razón de que diesen al escritor tanta celebridad, que dice de él el poeta Zukovskij: «Él reveló a Rusia su alma verdadera». Su lengua está falta de todo artificio lite­rario; es vulgar, pero gráfica y fuerte, como la que habla el pueblo. Algunas de estas doscientas fábulas están tomadas de La Fon­taine, como la del cuervo y el zorro; otras de Esopo, tal «El lobo y el cordero»; otras son inventadas por Krylov y expre­san el punto de vista del autor sobre la educación, sobre el orden administrativo y judicial de su país, etc., etc. En el «Cuarte­to» cuenta cómo cuatro animales: una mo­na, un macho cabrío, un asno y un oso, que intentaron hacer música, sólo produje­ron una algarabía, alusión abierta a la «So­ciedad de los amigos de la lengua rusa», con sus cuatro secciones y sus luchas intesti­nas. En otra fábula, el campesino Demjan ofrece muchas veces su sopa de pescado a un huésped, hasta que enferma, y los lec­tores reconocen en el demasiado generoso y hablador Demjan, a uno de los más co­nocidos poetas de aquel tiempo. Traducido a 22 lenguas, Krylov fué, en el orden del tiempo, el primer escritor ruso, cuyo genio sobrepasó los confines de su patria. Trad. italiana de Umberto Norsa (Palermo, 1920).

G. Kraisky

Krylov es un gran maestro de la palabra, y esto hace inexpugnable su puesto en el Panteón de la Literatura rusa. (Mirsky)

Fábulas, Fedro

[Fábulae]. En nú­mero de 118, estas fábulas han llegado has­ta nosotros divididas en cinco libros, aumentados con un apéndice. Escritas a imi­tación de las Fábulas esópicas (v.), repre­sentan la primera tentativa sistemática de una fabulística latina en senarios yámbicos. Esclavo de Augusto primeramente, liberto después, Fedro (15 a. de C.?-50 d. de C.) no pudo expresar más que alegóricamente sus juicios puesto que «al plebeyo no le era lícito hablar del Estado» y, al valorar a una luz moral las vicisitudes políticas y sociales de su siglo, conservó el complejo de inferioridad de su origen servil. Nacie­ron así estas fábulas de animales parlan­tes, las cuales van siguiendo paso a paso las vicisitudes, ya de la vida imperial ro­mana, ya de la vida misma del poeta.

El primer libro (prólogo y 29 fábulas), fue es­crito en los años siguientes a la muerte de Augusto. La sucesión de Tiberio favorecía a toda una caterva de delatores, ladrones, malversadores, de los cuales fue fácilmente víctima el pueblo romano, representado, ora en las ranas (II, XI, XXVIII) que, después de pedir al Sol un rey que no fuese estúpi­do, recibieron en cambio una feroz ser­piente; ora en el asno (XV) que, al cam­biar de dueño, no aligeró su carga. En tanto los más fuertes oprimían a los ino­centes, el lobo buscaba a toda costa pre­texto para tragarse al cordero; el león (V), formando sociedad con los demás animales, al fin hacía de cada uno su presa. Menos afortunados que los malvados, los cuales quedaban impunes, eran los necios, los am­biciosos, los avaros; la corneja (III), ata­viada con las plumas del pavo real, era re­chazada por sus compañeras; el perro (IV), que llevaba un pedazo de carne, al reflejarse en el agua su propia imagen, quiere hincarle el diente y pierde la carne ver­dadera, etc.

El segundo libro (prólogo, 8 fá­bulas y epílogo), poco posterior, refleja las condiciones en que cayó Roma durante el retiro de Tiberio en Capri (26-29 d. de C.), mientras su favorito Seyano administraba el Estado despóticamente; la modestia ya no era premiada, los ambiciosos se hacían ricos, los humildes empobrecían (I), el buen éxito alentaba y volvía audaces a los mal­vados (III) y a la fuerza se unía la astucia (VI). La tristeza ambiente inducía al primer cultivador de la fábula en lengua latina a quitarse el velo de fabulista y narrar la anécdota de Tiberio (V), quien, habiendo notado que un portero suyo se hacía el atareado cada vez que él pasaba, lo llamó, no para premiarle, sino para darle a comprender que no era el hombre que se dejase engañar por una actividad ficticia. El relato, dirigido contra ciertos farsantes que en Roma se daban demasiada importancia, hirió en lo vivo al propio Se­yano, quien, probablemente, mandó proce­sar al poeta. La caída de Seyano y la muerte de Tiberio mejoraron las condicio­nes de Fedro, quien dedicó su tercer libro (prólogo, 18 fábulas y epílogo) a quien, se­gún se dice, lo absolvió del proceso: Eutico, un favorito de Calígula. Las distintas cir­cunstancias políticas, la edad avanzada, la necesidad de defenderse no ya en un cam­po político, sino estético, indujeron a Fe­dro a una forma narrativa más benévola, a una visión menos pesimista y a una ca­zurra y sosegada polémica literaria. ¿Se ponía en tela de juicio el valor poético de temas demasiado humildes? También el ga­llo (XI), escarbando en el estiércol, había encontrado una perla y no sabía el valor que pudiera tener. Una mayor justicia so­cial le reconciliaba con la vida; las ofen­sas ya no quedaban impunes, las buenas acciones eran reconocidas: así, la pantera (II), que se había librado de la trampa, ata­caba a sus perseguidores, y no dañaba a sus salvadores.

El libro cuarto (prólogo, 23 fábulas y epílogo), que señalaba una reanudación de la actividad que el poeta, por causa de los años había creído termi­nada para siempre, iba dedicada a Particolón, amigo y admirador suyo. El carácter fabulístico se va desvaneciendo cada vez más para dar lugar al polémico, primero, y después al satírico-novelístico; en efecto, en el quinto libro (prólogo y 10 fábulas), dedicado a su amigo Fileta, quedan redu­cidos al mínimo los papeles de los animales parlantes, y el poeta se entretiene en cuen­tos y anécdotas de mayor aliento con ca­rácter histórico o de actualidad. Este mis­mo sentido de cansancio y aburrimiento hacia el esquema de la fábula, superado en su senilidad para desarrollarse en el nove­lístico, más de acuerdo con los tiempos, se halla en algunas de las «Fábulas Nuevas» (30 fábulas y un epílogo) que, a manera de apéndice, cierran la colección de Fedro, y en las cuales predominan los cuentos mito­lógicos y anecdóticos.

La fabulística de Fe­dro no nace de los precedentes romanos, en los cuales la fábula era considerada co­mo una subespecie de la sátira, sino de una reelaboración de los hechos de la vida de Esopo. Fedro reconoció en sí algo de su predecesor por su común origen extran­jero o servil, por las condiciones políticas de los tiempos y la falta de libertad de juicio. El esquema esópico fué primero el pretexto y el fin para poetizar moralizan­do, pero con el tiempo, ya más atrevido, Fedro renunció al modelo, reelaborándolo cada vez más libremente hasta reducirlo a una máscara bajo la cual disfrazarse a su gusto. Todo su juego consistió en tomar conceptos y juicios que hubieran podido perjudicarle si los hubiera expresado en nombre propio, y que podían aprovecharle si los refería a otras épocas y persona­jes. Operando por abstracción en un campo intelectualmente construido de ficciones desconcertantes y representado fabulosa­mente con la más irreal de las formas na­rrativas, Fedro y no Esopo, hombre aquel de la historia, no de la leyenda, dio a la literatura de todos los tiempos la manera de reconocer a la humanidad bajo las me­táforas y las hipérboles de las representa­ciones animalísticas, y dio al mundo de los niños sabias y moderadas máximas de mo­ralidad, intuíbles en breves relatos imagi­nativos que subyugan a las fantasías inge­nuas. [La primera versión castellana es la traducción del Dr. don Juan de Serres (Ma­drid, 1733) a la que siguió la del P. Fran­cisco Javier de Idiáquez (Burgos, 1755), reimpresa innumerables veces durante el siglo XVIII. También gozó de extraordina­ria popularidad y fué objeto de numerosas reediciones la traducción de don Rodrigo de Oviedo (Madrid, 1792). Modernamente es preciso mencionar la traducción libre de Víctor Suárez Capalleja (Madrid, 1891); la traducción directa y literal de José Ve- lasco y García (Valencia, 1923); la de Do­mingo Horacio Cuartero Ortega (Madrid, 1929), con texto latino y castellano, y la versión literal de Luis Segalá Estalella (Bar­celona, 1929)].

F. Dell a Corte

Fábulas, Claris de Florian

[Fables]. En la lí­nea tradicional que culmina con la obra maestra de La Fontaine, conservan su gra­cia y su sonriente vivacidad las Fábulas del escritor francés Jean Pierre Claris de Florian (1755-1794). El mundo variado y com­plejo, de un ingenio instintivo y bucólico, se compenetra ágilmente con un estilo pro­pio en estas deliciosas narraciones: simples, benévolas, inspiradas en una moral de mo­deración, ligeramente burlonas ante lo que de extraño e irregular, imposible de siste­matizar, tiene siempre la vida. Muy ala­badas y famosas son algunas de ellas, que participan de un tono de vida armónico y gentil; hasta cuando la risa aflora de la propia situación en la que la virtud queda a veces en contraposición al vicio y a la pereza. En «El ciego y el paralítico» [«L’aveugle et le paralytique» ] expresa la ala­banza más patética de la solidaridad huma­na, según muestra el ejemplo de los dos pobres que, ayudándose mutuamente, llegan a suplir las deficiencias de sus respectivas enfermedades. «La mona que muestra la linterna mágica» [«Le singe qui montre la lanterne magique»] va contra la oscuri­dad artificiosa de los «bellos espíritus» e incita a la claridad en los razonamientos, sin los cuales nada puede ir bien en la sociedad; una mona, habituada a atraer a la gente a los espectáculos de su dueño, en ausencia de éste trata de maniobrar la linterna mágica, en presencia de los ani­males reunidos al efecto, pero ante sus explicaciones charlatanescas sobre los astros, sobre el origen del mundo y sobre varias otras cosas, los. animales sólo comprenden «que se había olvidado de lo principal: de encender la linterna».

Más maliciosa es la moraleja del «charlatán» que canta a voz en grito los milagros de una receta suya que abre todos los caminos de la vida, cura los males y lo consigue todo, como una «gran enciclopedia»: ¡es el polvo de oro! «El papagayo» [«Le perroquet»] muestra al locuaz animal que, huyendo de la jaula, se va a un bosquecillo, donde critica el canto de todos los demás pájaros; pero in­vitado a dejar oír su voz, se ve obligado a declarar que él critica, pero que no sabe cantar. La agudeza de un autor que bromea sobre la veleidad y las arbitrariedades de los críticos, se dirige aquí, como en otros apólogos, contra las costumbres sociales, que, so pretexto de discutir sobre los pro­blemas generales, se olvida de la propia participación en la vida diaria. Florian, des­cendiente de Voltaire, sabe templar con la aguda observación de la realidad su con­cepción idílica y casi pastoril de la vida: en tono menor se entrecruzan diversos motivos de la sociedad nobiliaria, para la que, con la Revolución, debían pronto llegar los días dolorosos. El fin del autor, tras la prisión, parece iluminado por una de las fábulas más melancólicas y sinceras: «El viaje» [«Le voyage»]. Hay que dejar la vida cuando suena la hora, después de mu­chos dolores siempre inevitables. Sainte- Beuve dijo que esta fábula podía servir con justicia como epitafio de Florian, ya que también para él, tras una existencia espléndida y fácil, llegó la amargura.

C. Cordié

El carácter de Florian se transparenta por completo con su naturaleza graciosa, su dicción fácil y aguda, con una moral amable y benévola, pero que, sin embargo, no excluye la burla ni la malicia. (Sainte-Beuve)