Kotik Letaev, Andrei Beiyi

Novela autobiográfica de Andrei Beiyi, pseudónimo del escritor ruso Boris Nicolaevič Bugaev (1880-1934), publicada en Moscú en 1914. Constituye la tercera parte de la trilogía Oriente y Occidente (v. El palomo de plata y retro­grado). El protagonista, Kotik Letaev, hijo de un célebre matemático, es un niño pro­digio que desde su más tierna edad tiene acceso a los tesoros de la cultura, hasta que, empujado por una creciente nostalgia do «azules inmensidades», un día parte ha­cia lo desconocido. Beiyi ha querido descri­bir la mentalidad de un niño que despierta a la vida, pero dejando de lado cualquier elemento anecdótico y procurando captar y poner al descubierto el mecanismo de la inteligencia y de la sensibilidad en el mo­mento de su despertar, poniendo el yo en el centro de la creación, como punto de partida para la vida sensible. Este proce­dimiento presenta ciertas analogías con el de Joyce y de Proust, pero la novela no pasa de ser la menos lograda de la trilogía.

O. S. Resnevich

La Jeune Belgique, Max Waller

Revista litera­ria belga en lengua francesa fundada por Max Waller en 1881. Aparecida como órgano de un grupo de jóvenes que querían intro­ducir en su país las corrientes del espíritu moderno, la revista se convirtió en el cen­tro de un vasto movimiento que encauzó las energías más fecundas en el campo del arte y renovó el gusto literario del país. Entre sus promotores y más asiduos colaboradores contó con Waller, Hubert Krains, Edmond Picard, Camille Lemonier, Georges Eekhond, Eugène Demolder, Iwan Gilkin, Albert Giraud, etc.

En ella publicaron sus primeros versos Georges Rodenbach y Émile Verhaeren. A pesar del título la revista no tuvo un programa nacional. Su adhesión al cos­mopolitismo literario de la época (parnasianismo y simbolismo en poesía, realismo y naturalismo en prosa) no fue óbice para que los adeptos de la revista continuaran siendo belgas, más por una secreta aspira­ción que por fidelidad a un ideal nacional. Más que tender a una verdadera autonomía espiritual seguían aquel esfuerzo de afrancesamiento iniciado en Bélgica después de 1830 y contra el cual iba a reaccionar hacia 1890 la otra revista en lengua flamenca «Van Nu en Straks» («De hoy y de mañana»), que expresaba la misma voluntad de renovación proponiendo un programa más autóctono aunque también más ilusorio. En realidad, evitando el paso obligado de las teorías y de las escuelas, siempre desfavorables a la originalidad, la renovación artística debía producirse por una dialéctica inherente al mismo esfuerzo literario; las personalidades creadoras adquirían conciencia de sí mis­mas y maduraban fórmulas y actitudes que precisamente por ser individuales eran na­cionales. Este fue el proceso de artistas de una originalidad absoluta como Rodenbach y Verhaeren, y el de personalidades meno­res como Lemonnier, Demolder, etc., que a pesar de partir de experiencias ya consu­madas, consiguieron madurar una fisonomía personal dentro de la misma literatura fran­cesa.

La revista, aunque limitada a una función histórica y polémica, cumplió su programa con innegable provecho. Supo despertar en el público una gran curiosidad por la nueva literatura, introdujo la noción de arte e inició la revisión de valores de la que iba a salir toda la literatura belga con­temporánea.

C. Capasso

Iván Pidkova, Taras Sevčenko

Poema de Taras Sevčenko, poeta ucraniano (1814-1861), escri­to en 1839, publicado por vez primera en 1840, en San Petersburgo, en la primera colección de sus poesías, titulada Kobzar’ (que significa algo como «romancero»). Iván Pidkova es el nombre histórico de un jefe de los cosacos ucranianos, pretendiente al trono de Moldavia, degollado en 1578 por orden de Esteban Bathory, rey de Polonia. En este poema, Sevčenko describe. una imaginaria expedición marítima de Ivan Pidkova contra los turcos. Llama la aten­ción especialmente el extraño dinamismo y la concisa plasticidad del lenguaje. El viaje está descrito en diez líneas; para narrarlo en prosa harían falta, como dice uno de sus críticos, algunas páginas. Al valor artístico de los medios poéticos co­rresponde la aguda penetración en el espí­ritu del comandante y de las tropas. En la primera parte del poema el autor subraya el hecho de que los cosacos ucranianos «sabían mandar, sabían conquistar la gloria y la libertad»; con ellos contrasta el estado actual de sus descendientes. La segunda parte del poema nos presenta este cuadro, que consiste en la imagen de una sociedad completamente disciplinada, donde entre jefes y subordinados reina la más absoluta confianza, que permite llevar a cabo gran­des obras. La idea fundamental del Iván Pidkova es que sólo puede dominar la natu­raleza y a los hombres quien ante todo sabe dominarse a sí mismo y conoce el arte de la disciplina social.

E. Onastskyi

L’ Italiano, Beaule y Jubin

Revista literaria en len­gua italiana iniciada en París a fines de mayo de 1846, con tipos de, en fascículos mensuales de 48 páginas a dos columnas. Según el anuncio había de publi­carse cada mes, con seis folios de impresión en cuarto y formar al final de cada año un grueso volumen de 576 páginas. Tenía por lema las palabras «Es pues menester volver a ponerse en camino» y su programa era «dar a conocer a los franceses los portentos del saber y del genio italiano cuya fuerza no pudieron domar ni la voracidad del tiempo ni el poderío y la barbarie extran­jeros» (Cironi). Tuvo carácter predomi­nantemente literario para poder obtener más fácilmente la entrada en los diversos esta­dos de Italia, de los cuales esperaba un gran número de suscriptores. Esta esperanza quedó frustrada, y después de publicar cinco fascículos «L’Italiano» moría en octubre del año de su fundación. Fundadores y direc­tores del periódico fueron Michele Accursi y Antonio Ghiglione, el cual por disensio­nes con Accursi se trasladó a Londres. La colaboración con que se honró «L’Italiano» fue excepcional; Mazzini, que redactó el artículo de introducción (el cual se publicó mutilado y mal corregido), insertó en él siete importantísimos artículos firmados «E. J.»; Guerrazzi publicó uno de los más bellos ca­pítulos del Asedio de Florencia (v.); Tommaseo publicó diez artículos originales y de crítica literaria con la firma «A. Z»; Agostino Ruffini trató de filosofía y moral. Filippo Ugoni, Francesco Orioli y otros patriotas y desterrados colaboraron también en aquella revista con inteligencia y desinterés, guia­dos todos por la intención de contribuir a la resurrección de la patria lejana.

R. Caddeo

L’ Italia Letteraria

Semanario de literatura, ciencias y artes. Prosiguiendo en el desarrollo de su propia actividad según los criterios fundamentales de la milanesa «La Fiera letteraria» (v.) «L’Italia letteraria», que se trasladó en mayo de 1929 a Roma, amplió el ya denso grupo de sus colabora­dores, dio mayor espacio a su información crítica, también la referente a las demás ar­tes y en esta su primera y mejor fase, refle­jó más decididamente el panorama de las letras italianas, aunque entregándose a ve­ces a un genérico polemismo que bordeaba el riesgo de convertirlo en una revista de tendencias o de grupo. Con todo, durante este período (1930-1933) fue cuando Gargiulo publicó en la «Italia Letteraria» una serie de artículos monográficos sobre los escritores y poetas más representativos de su época, desde Ungaretti a Savarese. Suce­sivamente, esta revista dirigida por Pavolini se mantuvo sustancialmente fiel a su programa de razonado eclecticismo, dando amplio lugar a los escritores de las recien­tes generaciones literarias. Luego la «Italia letteraria» pasó a otras manos y fue per­diendo gradualmente su carácter de revista informativa y crítica, hasta que terminó su publicación (1935) sustituida, pero no con­tinuada, por el «Meridiano di Roma».

Du­rante casi un decenio la «Fiera» y «L’Italia letteraria» fueron un espejo bastante fiel de la literatura militante italiana y natural centro de reunión de sus mejores fuerzas. Recorriendo sus páginas, no será difícil ob­tener una documentación exacta de aquel decenio de vida intelectual entre el neocrocianismo, las tentativas de una revisión de la estética crociana en acto (por mérito sobre todo de Gargiulo o de algún crítico joven, Debenedetti, Solmi, etc.), dirigida principalmente a la investigación de los «medios expresivos» y las nuevas corrientes que, en tanto, se iban delineando y acla­rando en el seno de otras revistas juveniles («Solaría», «Frontespizio»), en que se afir­maba una tendencia más pronunciada hacia la narración. Además, fue indirectamente un mérito de aquel periódico, el liquidar el «frammentismo» de «La voce» y «Lacerba», así como el abrir a una cordial circu­lación los grupos literarios, despertar una más viva curiosidad hacia los literatos extranjeros contemporáneos, especialmente anglosajones, e incitar a los escritores jóve­nes a una consideración del arte literario más aproximada a las fuentes de la vida moral.

G.T. Rosa