Decamerón, Giovanni Boccaccio

[Decamerone o Decameron]. Título que Giovanni Boccaccio (1313- 1375) puso a su obra maestra, compuesta con toda probabilidad en los años centrales de la vida del poeta, entre 1350 y 1355. El «Incipit» del libro (que según algunos es debido al propio Boccaccio) explica el tí­tulo, la forma y el contenido de la obra. «Empieza el libro llamado Decamerón, ape­llidado Príncipe Galeotto, en el que se con­tienen cien cuentos, relatados en diez días por siete damas y tres hombres mozos». El Decamerón está, pues, dividido en diez «jornadas», y los distintos relatos, aunque completamente autónomos por su carácter y argumento, aparecen rigurosamente orde­nados en los bien labrados recuadros de un prestigioso «marco».

El libro se abre con una especie de proemio, donde el autor, en pocas páginas, se propone dar razón del carácter completamente narrativo y emi­nentemente amoroso de su libro, dedicado por él a aliviar las penas de los amantes desgraciados, y especialmente de las muje­res. Sigue la introducción a la Primera Jornada, que empieza con la célebre narra­ción de la terrible peste que devastó Flo­rencia (como toda Italia y Europa entera) en 1348. Los horribles estragos de la peste son narrados con arte minucioso y solemne, y con particular atención por las repercu­siones morales de aquel azote, que trastor­naba la mentalidad de la gente, provocan­do desordenadas reacciones y liberándola en cierto modo de las acostumbradas nor­mas de vida. Con ello se justifica la forma­ción de un alegre grupo de siete mujeres jóvenes y tres mozos, que abandonan la ciudad para retirarse a un hermoso palacio en el campo. Allí se dedican los días a re­latar cuentos, ateniéndose a un «tema» ge­nérico señalado por la «reina» o «rey» nom­brado para cada día. Como los narradores son diez, y reinan un día cada uno, el total de las narraciones se eleva a ciento.

Pero hay que notar que, aunque los días desti­nados a esta distracción son diez, la estan­cia del alegre grupo en la casa de campo dura catorce (dos semanas, de miércoles a miércoles), ya que por razones religiosas se suspenden los relatos los viernes y sábados de cada semana. Durante todo este período la vida de los diez jóvenes ofrece pocas va­riaciones: un cambio de residencia por la mañana del quinto día, alguna salida de paseo, un día de campo en el encantador «Valle de las damas», rápidos esbozos de conversaciones, pormenores que se evocan en breves palabras al principio y final de cada jornada, que se concluye siempre con una «canzonetta» cantada por turno por cada uno de los narradores. Boccaccio, que se reserva el papel de sereno e imparcial expositor, toma, sin embargo, la palabra directamente, no sólo en el Proemio, sino en otras dos ocasiones: primero, en una introducción a la jornada cuarta, en la que rebate con agudos y brillantes argumentos las críticas y calumnias de ciertos lectores malévolos, escandalizados por la licencia de los treinta primeros cuentos, reivindi­cando el carácter poético de su obra, y terminando jocosamente con la vivacísima «fábula de los gansos», y en segundo lu­gar, en la «Conclusión del autor», en la que reanuda en tono entre serio y burlón los mismos motivos polémicos, y defiende la pureza de sus intenciones.

Los diez na­rradores están dibujados por el autor en pocos trazos (subrayados además por el sentido del nombre que a cada uno se le atribuye), sin que lleguen a adquirir demasiado relieve. Son figuras convencionales, símbolos y proyecciones de distintos estados de ánimo, todos ellos vividos o con templados por el propio Boccaccio, como inmóviles modelos de aquellas mismas pasiones que encontramos, vivas, libres y cautivadoras, en los cuentos que cada uno refiere. Así Filostrato, la perfecta imagen del amor sin esperanza; Dioneo, el «spurcissimus Dioneus» de ciertos momentos juveniles del autor, despreocupado y burlón buscador de placeres; y Panfilo, alma grande y serena; así es Pampinea (la floreciente), mujer prudente y segura, de armoniosa y madura juventud, alegrada por un único amor feliz; Filomena, especie de hermana menor de aquélla; Lauretta, la amante adolorida; la lisonjera Emilia, únicamente prendada de sí misma, como Narciso; Eli­sa, dolorosamente esclava de un amor no correspondido; Fiametta, la perfecta ena­morada, que teme constantemente perder su amor; y la acerba y ardiente Neifile, toda ella voluptuosos pensamientos e inge­nua lascivia. Con los nombres de estos personajes suelen titularse las distintas jorna­das, según que el tema haya sido propuesto por cada uno de ellos.

Para la jornada I (Pampinea), no hay asunto preciso: se ha­bla de aquello que más agrada a cada uno; y los asuntos novelísticos tradicionales de la época (la sátira contra los religiosos y el gusto por los dichos ingeniosos y los vapuleos originales), brindan argumento a los cuentos narrados durante ese día. Destaca entre todos el de Ciappelletto (v.), solemne embustero y pecador que, llegado al trance de la muerte en tierra extranje­ra, no se arredra ni en este momento su­premo, tranquiliza a sus huéspedes, que te­men el escándalo de su impiedad, y luego «con una falsa confesión engaña a un san­to fraile, y muere, y habiendo sido en vida un pésimo hombre, en su muerte es tenido por santo y llamado San Ciappelletto». El arte de Boccaccio presta extraordinaria vida a esta oscura figura, y difunde una especie de misteriosa sonrisa sobre su triste destino. Notabilísima es también la historia del judío Abraham, rico y virtuoso merca­der parisino que, instado por un amigo a convertirse al cristianismo, encuentra un argumento decisivo para su conversión en la disoluta vida de la Curia Romana; y el famoso cuento de Saladino y los tres ani­llos, símbolos de las tres religiones que Dios ha dado a los hombres, sin que sea fácil distinguir cuál es la verdadera.

La jor­nada II, bajo el gobierno de Filomena, tie­ne por tema a «quien, habiéndose visto agobiado por varios apuros, logra un resul­tado feliz, más allá de sus mismas espe­ranzas». Relatos novelescos, casi todos ellos, que tienen por escenario Italia entera, el Oriente, y distintas partes de Europa. Los más merecidamente conocidos son, por su interés humano, el de Landolfo Ruffolo, el audaz amalfitano que, después de haber caí­do en la miseria, se hace corsario, se enri­quece, pierde nuevamente todos sus bienes y logra por fin volver milagrosamente a su patria con una caja llena de diamantes, salvada de un naufragio; y la ingeniosa historia de Martellino, bufón cortesano que, para escarnecer la superstición de los trevisanos, se finge paralítico y luego mila­grosamente curado, con lo cual atrae sobre sí una serie de desastres de los que sólo a duras penas logra salvarse. Más escueta­mente fantásticas son la historia de Beritola, las lamentables aventuras de Bernabó de Génova y de su esposa injustamente calumniada, la complicada y feliz historia del pobre mercader florentino que se casa con la hija del rey de Inglaterra, las for­midables aventuras de Alatiel, la hija del sultán de Babilonia, que es enviada a casarse con el rey del Garbo, y «por diversos accidentes en el espacio de cuatro años habiendo pasado por las manos de nueve hombres, llega a distintos lugares, y última­mente restituida como doncella a su pa­dre, es enviada, como anteriormente, por esposa al rey del Garbo». Pero la obra maestra de esta jornada es, según general opinión, la fantasmagórica aventura de Andreuccio da Perugia (v.)» joven mercader poco avisado, a quien, habiendo ido a Nápoles a comprar caballos, le ocurren en una sola noche una estupenda serie de an­gustiosos incidentes, de los que por fin logra salir con bien.

La jornada III (Neifile) trata «de quien con industria logró al­guna cosa por él muy deseada, o recobró lo perdido», tema del que los narradores italianos sacan partido para ensartar una serie extraordinaria de escandalosos ar­gumentos, cuya obscenidad es apenas trans­figurada y justificada por el arte soberano del escritor. Entre los más conocidos e in­geniosos figuran los cuentos del hortelano Masetto da Lamporecchio y sus hazañas en un monasterio; del rey Agilulfo, que no logra desenmascarar y castigar la audacia de uno de sus palafreneros; de Zima, que conquista, con un sutil expediente, a la esposa del avariento Francesco Vergellesi; la increíble aventura de Ferondo, a quien un astuto abad convence de que ha muerto y ha resucitado; la conmovedora historia de la prudente Giletta de Narbona; y por fin, quizás el más audaz de todos, el cuento de la ingenua Alibech.

Violento contraste con esta risueña materia encontramos en los cuentos de la jornada IV (Filostrato), en que «se habla de aquellos cuyos amores tu­vieron desdichado fin». No faltan aquí tam­poco las complicaciones novelescas, como la intrincada historia de los sangrientos amores de los tres jóvenes y las tres her­manas de Creta, o la lacrimosa y heroica aventura de Gerbino, sobrino del rey Gui­llermo de Sicilia; pero más a menudo las fábulas, en su sencillez, alcanzan una trá­gica grandeza. Bellísima y muy conocida es la historia del cruel Tancredi, el príncipe de Salerno que, obcecado por la idea de vengar su honor, manda dar muerte al amante de su hija Ghismonda, y envía a ésta su corazón en una copa de oro; la jo­ven, «echándole agua envenenada, la bebe y muere». Pero no menos vigorosas y aun más conmovedoras, son las figuras de la desdichada Isabetta y de su lamentable lo­cura, de la valerosa e infeliz Andreuola, o de la desventurada Simona. Merece tam­bién recordarse el cuento de Guillermo de Rosellón, donde reaparece el tema, tantas veces tratado por la novelística romance, del marido celoso que da a comer a su esposa infiel el corazón del amante, a quien él ha dado muerte: el asunto está aquí ex­puesto con rara energía y terrible eficacia.

La jornada V (Fiammetta), como para ali­viar el ánimo del lector de la tristeza de tantas tragedias, habla «de lo que a algún amante, después de algunos accidentes te­rribles o desventurados, aconteció felizmente». Son, pues, todos relatos que terminan en un feliz desenlace. Entre otros, no menos finamente trabajados pero de menor peso (Cimon, Pietro, Boccamazza y la Agnolella, la presunta hija de Guidotto da Cremona, la alegre historia del canto de los ruiseñores, la novelesca aventura de Teodo­ro y de la Violante), destacan, por la alteza de su arte y sugestión poética, la historia de Gostanza da Lipari, la de Nartagio degli Onesti (v.), y la de Federigo degli Alberighi (v.). Gostanza, después de muchas aventuras y largas desesperaciones, logra milagrosamente superar los obstáculos que se oponían a su matrimonio con su amado Martuccio Gomito. Nastagio degli Onesti, atormentado por un amor infeliz, consigue doblegar el corazón de la insensible joven a quien ama, sacando imprevisto partido de una visión infernal, pues retirado al pinar de Chiassi, «ve a un caballero que persigue a una joven, a la cual da muerte, dándola después a comer a dos perros»; por el caballero se entera de que esta pena les ha sido impuesta por la justi­cia divina, porque la mujer, muchos años antes, con su inexorable crueldad, había llevado al caballero al suicidio; y a Nas­tagio le basta hacer presenciar aquella te­rrible escena — que se repite todos los vier­nes—a la joven amada para persuadirla a que sin más demora se case con él. Federigo degli Alberighi, después de haber gastado en vano todos sus bienes para con­quistar con su lujo y magnificencia el corazón de «monna» Giovanna, logra en cambio conmoverla soportando noblemente la miseria y mostrando en ella la heroica pertinacia de su amor y la extremada gen­tileza de su ánimo.

En la jornada VI la reina Elisa invita a tratar de asuntos más ligeros: se hablará de aquellos que «se salvaron con alguna ingeniosa agudeza, o evitaron pérdida, peligro o daño, gracias a una pronta respuesta o a algún ardid». Sin embargo, también en esta jornada de­dicada a las agudezas y a las respuestas ingeniosas, el arte de Boccaccio halla modo de dejar señales de su eficacia y de su po­tencia: con la sugestiva figura de Guido Cavalcanti, evocada con mágica sencillez sobre el fondo de la Florencia dantesca, después con la agudeza del pintor Giotto, el alegre cinismo de «madonna» Filippa, y el acertado esbozo de Chichibio, el coci­nero de Currado Gianfigliazzi, el cual tiene el valor de sostener ante su amo que las grullas no tienen más que una pata, y lo­gra, gracias a un chiste, escapar al mere­cido castigo; o la altiva gentileza popular del panadero Chisti, que se granjea el respeto y la amistad del gran señor Geri Spina. Cierra la serie el famoso relato de fray Cipolla (v.): el ingenioso pedigüeño ha prometido a los ingenuos campesinos de Certaldo mostrarles una pluma del ángel Gabriel, y en el momento de abrir la caja que contenía la preciosa reliquia, se da cuenta de que algún burlón ha substituido la pluma por carbones, pero sin perder el aplomo, los presenta a la multitud, soste­niendo «que son de aquellos con que asa­ron a San Lorenzo», y corona su victoria con una elocuentísima improvisación, gro­tesco y malicioso discurso en el que el arte de Boccaccio despliega toda su incomparable fuerza cómica en un desconcertante torbellino de invenciones extravagantes, hallazgos felicísimos y agudezas ininterrum­pidas.

La jornada VII (Dioneo) promete des­de su comienzo un grupo de fábulas licen­ciosas y, juntamente con la III, es la que más contribuyó a conferir a la obra maes­tra de Boccaccio una fama escandalosa, en parte inmerecida. En ella «se habla de las burlas que, por amor o para salvarse, las mujeres han hecho a sus maridos, sin que éstos se dieran cuenta, o dándosela». Aquí la fantasía de Boccaccio llega a su colmo inventando, sobre temas tradicionales o nuevos, un gran número de aventuras ex­travagantes y desvergonzadas, algunas de las cuales se colocan de un golpe en la esfera del arte, en virtud de heroica enor­midad (Peronella, con su amante en el tonel; la mujer de Tofano y su fingido suicidio; el estupendo engaño de Lidia).

Estos divertidos asuntos dan materia tam­bién a los cuentos de la jornada VIII (Lauretta), que es la famosísima jornada de las burlas, en que se presenta el prestigioso personaje de Calandrino (v.) con sus no menos célebres amigos Bruno y Buffalmacco. A esta jornada pertenece el bellísimo episodio burlesco de los rústicos amores del cura de Varlungo y la Belcolore. Un largo relato ampliamente divertido y finamente elaborado es el de maese Simón, el médico ignorante y simplón que cree en el arte mágica y es cómicamente lisonjeado y atrozmente escarnecido por Bruno y Buffalmacco. Pero la figura de Calandrino descuella y se impone en la famosísima his­toria de la helitropia, la piedra que hace invisible a quien la lleva, de cuya existen­cia le persuaden sus dos invisibles compa­dres con la complicidad del astuto Maso del Saggio. De ahí una serie de inciden­tes, situaciones, gestos y vapuleos de insu­perable comicidad. El tema de la necedad de Calandrino, víctima predestinada de las alegres y crueles conspiraciones de los acostumbrados amigos, reaparece más ade­lante, con la sorprendente historieta del cer­do robado, y da pie, en la jornada siguien­te, a otros dos relatos; en el primero, Bruno y Buffalmacco, con la complicidad de mae­se Simón, logran nada menos que hacer creer a Calandrino que está embarazado; y en el segundo le dan a entender que, gracias a un milagroso «breve», ninguna mujer podrá resistírsele, y se gozan de su inevitable desengaño.

Estas dos últimas narraciones nos llevan a la jornada IX, en la que Emilia cree oportuno conceder a cada uno la libertad de hablar «según le plazca y de aquello que más le agrade». Especialmente notables son aquí, por la fineza de su ejecución, dos licenciosos re­latos: la accidentada noche de Pinuccio en la hostería del Pian di Mugnone, y el en­canto de Donno Gianni, así como el cu­rioso apólogo de los dos jóvenes, que «piden consejo a Salomón»; y la desconcer­tante fábula del sueño de Talano di Molese. Más famosas que las demás, a causa de los personajes que en ellas figuran, tanto como por su valor intrínseco, son otras dos narra­ciones: una de ellas es «dantesca»: la his­toria de la burla que Biondello hace a Ciacco y la venganza del hambriento glotón, gracias al astuto provecho que sabe sacar de la legendaria iracundia de micer Filippo Argenti. La otra refiere una pintoresca des­ventura de Ciecco Angiolieri, robado y bur­lado por uno de sus compañeros de fran­cachela.

Con la décima y última jornada Boccaccio quiso coronar su obra en la for­ma más noble, exaltando aquella «cortesía» que aparecía a la caballeresca mentalidad medieval como la más alta virtud munda­na y la más digna guía a nuestra vida en este mundo. No muy significativo es el pri­mer cuento, el del caballero a quien le parece que el rey Alfonso de España no sabe reconocer dignamente sus méritos y tiene después que convencerse de la mag­nanimidad de aquel soberano. La historia de Sofronia, cedida por la generosidad del ateniense Gisipo a su amigo Tito Quintio Fulvo, encierra sabrosos pormenores en re­finada ornamentación novelesca de gusto típicamente medieval; mientras la delicada femineidad de «madonna» Dianora y la porfía de generosidad de su marido y su enamorado micer Ansaldo ponen en la ex­traña fábula del huerto florido una pe­netrante nota de humanidad; la misma que aun hoy hace que sea conmovedora la inverosímil aventura de Gentile de’ Carisendi, salvador y escrupulosísimo huésped de la mujer de Niccoluccio, de la que está enamorado. Con Ghino di Tacco (v.), el caballero bandido, improvisado médico del abad de Cligny, volvemos al motivo de las aventuras, que halla aquí un nuevo y exquisito sabor. Las historias de la ancia­nidad del rey Carlos, que sabe vencer su loca pasión por una jovenzuela, y del rey Pedro de Aragón, que cura a Lisa, enfer­ma de amor por él, dan a Boccaccio oca­sión para bordar sobre motivos muy te­nues dos relatos singularmente sugestivos en su extremada delicadeza. En la fábula de Mitradanes que, celoso de la insupera­ble fama de liberalidad del viejo Natán, quiere darle muerte y le haya dispuesto a darle la vida, ante lo cual Mitradanes, aver­gonzado de su cruel propósito, se siente ligado a Natán por un afecto filial, Boccac­cio alcanza momentos sublimes. Nos hallamos en una atmósfera enrarecida en la que el arte nace de la misma felicidad de la mente, absorta en la contemplación de una especie de perfección moral que logra ser absolutamente ideal y mundana a un mis­mo tiempo: por obra de una noble fantasía que se complace en imaginar un mundo donde los más extraños acontecimientos y la magia misma se ofrecen dócilmente a apagar sus deseos. En este orden, el cuento de micer Torello halla formas narrativas de una perfección poética digna de Ariosto. La historia del honrado burgués de Pavía, que encuentra a Saladino de incógnito y le hon­ra sin conocerle, sencillamente, por ser huésped y extranjero, y luego, al caer pri­sionero durante la Cruzada, es reconocido por aquél y recompensado con un imposi­ble beneficio, enriqueciéndose de página en página con preciosos detalles hasta lle­gar a su venturoso desenlace, logra por la fuerza del arte el milagro de hacernos en­contrar la más palpitante humanidad en el corazón mismo de la más inverosímil aven­tura. La moralísima historia de Griselda (programática fábula dedicada a exaltar hasta la paradoja las virtudes femeninas más tradicionales, de la que Petrarca gustó tanto que la tradujo al latín), completa los cien cuentos con una imprevista varia­ción de tono.

La excepcional variedad de la materia, de los modos estilísticos y de las actitudes espirituales, no sólo hizo del Decamerón una obra única en la historia de las literaturas modernas, sino que se prestó a las más variadas interpretaciones acerca de su carácter y sentido verdadero. La crítica tradicional, representada espe­cialmente por los retóricos y gramáticos del Renacimiento, aceptando esta obra simple­mente como un singular monumento de arte narrativo, quiso ver, sobre todo, en ella un modelo de estilo: olvidando las audacias lingüísticas e incluso dialectales y la in­mediatez y la desenvuelta brevedad de tan­tas de sus páginas, proclamó a Boccaccio el más perfecto modelo de un estilo italia­no que aclimata y renueva todos los tra­dicionales méritos y la rebosante belleza del estilo latino, creando así el ficticio ideal de un «estilo boccaccesco» que todos los prosistas italianos deberían imitar, al modo que los poetas imitaban a Petrarca. La crítica romántica reivindicó el valor huma­no y la extraordinaria riqueza artística de esta obra maestra; pero quiso, con De Sanctis, interpretarla sobre todo como una expresión del espíritu de los tiempos nue­vos, imponente testimonio del triunfo de la nueva sociedad burguesa que se reía de la Iglesia medieval y del feudalismo, preconizando el triunfo de un nuevo tipo de civilización. Los modernos en parte in­validaron y en parte corrigieron estos es­quemas: como la Divina Comedia, aunque en un plano necesariamente menos sublime, el Decamerón encierra en sí muchos de los fermentos y anticipa no pocos de los mo­tivos de la civilización humanística (bas­tarían para demostrarlo la gran libertad espiritual y la innegable desenvoltura con que trata lo ultraterreno); pero resume e interpreta, principalmente, a la luz del arte, los elementos característicos de los últi­mos tiempos de la Edad Media: costum­bres, ideas y pasiones de la época en que fue escrito.

Y es ante todo la obra de un narrador genial, que recogió todas sus ex­periencias de vida, el fruto de sus lecturas clásicas y romances, el gusto de captar, con­templar y fijar en su prosa la extraordina­ria variedad de las pasiones que agitan el corazón humano, y de las vicisitudes de la fortuna, ora alegres, ora desventuradas; de las reacciones que despiertan en los áni­mos de los personajes de la comedia hu­mana los acontecimientos, unas veces in­sólitos, otras ordinarios, y los hechos más trágicos o las situaciones más grotescas o ridículas. Fundándose en cierta sensual ma­licia que trasluce en no pocas de sus pá­ginas, algunos han llamado a Boccaccio exaltador de los triunfos de la carne; por la simpatía que a menudo manifiesta por los espíritus despreocupados y astutos, li­bres de prejuicios, hábiles y capaces, otros lo han llamado «poeta de la inteligencia»; otros han subrayado, por fin, como su ca­racterística fundamental el gusto por la aventura. En realidad el Decamerón, a pe­sar de sus distintas apariencias, no es ni irreverente, ni cínico, ni mojigato, ni sen­sual, ni idealista, y Boccaccio se mani­fiesta a la vez como el más desinteresado y ampliamente humano de los narradores. [La primera de las versiones peninsulares del Decamerón de Boccaccio es la versión catalana de autor anónimo, tal vez un monje de la célebre abadía de San Cugat del Vallés, donde consta que fue termina­da la traducción el 5 de abril de 1429, la cual ha sido impresa modernamente (Bar­celona, 1910). Contemporánea y quizá an­terior a esta versión catalana, verdadera­mente magistral, aunque muy inferior a ella por todos respectos, fue la primitiva versión castellana, también anónima pero sin fecha, de la cual hoy sólo existe un códice fragmentario de mediados del si­glo XV en la biblioteca del Escorial, que contiene cincuenta novelas. De un manus­crito completo de esta versión primitiva procede la primera edición castellana de Las Cien Novelas de Juan Bocado, publi­cada en Sevilla en 1496 y reimpresa cuatro veces hasta mediados del siglo XVI. La prohibición fulminada por el índice expur­gatorio de Paulo IV en 1559 contra el De­camerón de Boccaccio, introducida en Es­paña por el inquisidor Valdés en el índice de aquel mismo año hizo que durante más de tres siglos no se publicara ninguna edi­ción castellana de esta obra. La primera traducción moderna íntegra y fiel es la de Mariano Blanch, que se publicó anónima en Barcelona en 1876, y fue reimpresa cua­tro veces. Existen además la traducción de García Ramón (París, 1882); la de Luis Obiols (Barcelona, 1904) y la de Germán Gómez de la Mata (Valencia, 1928). La más reciente es la de N. Estévanez (Bue­nos Aires, 1942)].

M. Bonfantini

Boccaccio acaricia el lenguaje como un enamorado. Diríase que en cada palabra ve una vida propia, a la que no falta otra cosa que ser animada por el intelecto. (Foscolo)

La Fontaine rió en Boccacciodonde Shakespeare se deshizo en lágrimas. (A. de Musset)

Lo que mueve el mundo del Decamerón no es Dios ni la ciencia, sino el instinto y la inclinación natural, verdadera y vio­lenta reacción contra el misticismo. (De Sanctis)

El Decamerón, la comedia humana de Giovanni Boccaccio, es la única obra comparable por su universalidad a la Divina Commedia de Dante. (Carducci)

Lo que llamamos alegre, gozoso, es su sintaxis… Boccaccio es como Giorgione. En los colores y en las palabras se han filtra­do rayos del sol de mayo. (E. d’Ors)

De Bonifacio VIII a Enrique VII. Páginas de historia florentina para la vida de Dante, Isidoro del Lungo

[Da Bonifazio VIII ad Arrigo VII, pagine di storia florentina per la vita di Dante]. Obra de Isidoro del Lungo (1841- 1927), publicada en 1899, derivada del Dino Compagni e la sua cronaca del mismo autor. Está particularmente dedicada al estudio de la democracia florentina, entre los últimos años del siglo XIII y los primeros del XIV, en sus relaciones con las dos instituciones entonces dominantes; la Iglesia y el Impe­rio. Tras una mirada a las condiciones de Italia en los tiempos de la venida de En­rique VII, se desarrolla el cuadro de la vida y de los ordenamientos florentinos, en relación con las discordias civiles, con las luchas feroces y sin tregua; entre las cua­les la caída de la parte blanca, la vengan­za de los Negros, las vanas tentativas de los Blancos para entrar de nuevo en la ciudad, el fin de Corso Donati, constituyen los acontecimientos más dramáticos que ex­pone el fino y docto análisis del historia­dor. Es pesimista la conclusión, que ad­vierte la existencia de la recíproca repug­nancia entre los grandes y el pueblo: «La historia de aquella enemistad continuó sien­do la historia de la ciudad».

M. Cardini

El infinito en un junco (Irene Vallejo)

Nos encontramos en esta ocasión ante el Premio Nacional de Ensayo de 2020, entre otros muchos galardones, como el Premio de la Asociación de Librerías de Madrid, el Ojo Crítico de Narrativa. La verdad es que no es para menos, porque se trata de una obra realmente recomendable.

Tal y como se describe en la reseña de Casa del Libro , Este es un libro sobre la historia de los libros. Un recorrido por la vida de ese fascinante artefacto que inventamos para que las palabras pudieran viajar en el espacio y en el tiempo. La historia de su fabricación, de todos los tipos que hemos ensayado a lo largo de casi treinta siglos: libros de humo, de piedra, de arcilla, de juncos, de seda, de piel, de árboles y, los últimos llegados, de plástico y luz.

Es, además, un libro de viajes. Una ruta con escalas en los campos de batalla de Alejandro y en la Villa de los Papiros bajo la erupción del Vesubio, en los palacios de Cleopatra y en el escenario del crimen de Hipatia, en las primeras librerías conocidas y en los talleres de copia manuscrita, en las hogueras donde ardieron códices prohibidos, en el gulag, en la biblioteca de Sarajevo y en el laberinto subterráneo de Oxford en el año 2000. Un hilo que une a los clásicos con el vertiginoso mundo contemporáneo, conectándolos con debates actuales: Aristófanes y los procesos judiciales contra humoristas, Safo y la voz literaria de las mujeres, Tito Livio y el fenómeno fan, Séneca y la posverdad;

Pero, sobre todo, esta es una fabulosa aventura colectiva protagonizada por miles de personas que, a lo largo del tiempo, han hecho posibles y han protegido los libros: narradoras orales, escribas, iluminadores, traductores, vendedores ambulantes, maestras, sabios, espías, rebeldes, monjas, esclavos, aventureras; Lectores en paisajes de montaña y junto al mar que ruge, en las capitales donde la energía se concentra y en los enclaves más apartados donde el saber se refugia en tiempos de caos. Gente común cuyos nombres en muchos casos no registra la historia, esos salvadores de libros que son los auténticos protagonistas de este ensayo.

 

Pero lo más interesante, a nuestro entender, es que no se trata de una obra académica de lenguaje ampuloso o sólo apto para entendidos: la autora nos guía en este recorrido como quien muestra la propia tierra, con el mismo afecto y el mismo placer por hacer compartir a los demás lo que uno aprecia.

Y no se trata sólo de un recorrido bibliográfico, sino que se detiene también en factores sociológicos como el hecho de que los escritores fuesen habitualmente pobres y escribieran para lectores que, en su mayoría, pertenecían a clases acomodadas.

Finalmente, también aborda el eterno problema del canon: qué libros deben considerarse inmortales y permaentemente recomendables, y por qué, con topda la problemática geográfica, social y lingüïstivca que eso implica. No en vano, cada libro es hijo de su época y sólo puede ser entendido de manera completa por quienes conozcaen el tiempo y lña sicedad que los prdujo.

Por eso es tan interesante esta obra, precisamente: porque nos ayuda a entender el fenómeno de la escritura y la lectura en un contexto histórico, imprescindible para comprender de una manera más global las ideas y las historias que cada libro nos acerca.

Muy recomendable.

El Danubio Azul, Johann Strauss

[An der schónen blauen Donau]. Vals de Johann Strauss, hijo (1825-1899), considerado como la más importante de las 498 composiciones de dan­za compuestas por el «rey del vals». Con­siste en una introducción (44 compases) del vals propiamente dicho, dividido en cin­co partes, algunas de las cuales va prece­dida de una «entrada», para terminar en una extensa «coda» de 148 compases. Allí se afirma el carácter decididamente rítmico de la melodía, orientada directamente, in­cluso con su variedad de acentos y de mo­vimientos, a los fines de la danza. Bajo este aspecto, El Danubio Azul constituye un verdadero modelo en su género.

L. Colacicchi

KOPANO MATLWA, UNA VEU JOVE DE LA LITERATURA SUD-AFRICANA POSTAPARTHEID

Portada de la novel·la «Aigua passada»

Kopano Matlwa
Aigua passada
Traducció d’Elisabet Ràfols Sagués
Sembra Llibres, 2021, 183 pàgs.

per Anna Rossell

Kopano Matlwa (Pretòria, 1984) és sens dubte una veu jove representativa de la literatura sudafricana postapartheid. Tenia deu anys quan Nelson Mandela va ser elegit president del país, i aquest fet i la il·lusió amb què els exclosos van viure aquell moment històric la van marcar profundament. Les seves novel·les ho reflecteixen.

Però, passat aquell moment d’eufòria pel desmantellament de l’apartheid i l’inici de la democràcia, va venir el desencant, l’experiència que governs democràtics poden ser corruptes i l’experiència de la dificultat d’assolir les fites que prometien els somnis inicials.

Aquests són els seus temes. A Matlwa li interessa treballar literàriament aquests processos i fets: el racisme, la xenofòbia, el masclisme, la superstició, la pobresa, el gènere, la influència de la cultura dels blancs sobre la població negra i la problemàtica de les relacions entre les dues races. Aquests móns els trobem a Florescència (Sembra, 2018), Coconut (Sembra, 2020); en español: Florescencia (Alpha Decay, 2018), Nuez de coco (Alpha Decay, 2020).

Aigua passada recull en el títol sobre tot l’eix central de la història que ens narra: el retrobament de dos antics amants, ella negra, ell blanc, que després de quinze anys coincideixen per casualitat en una situació no buscada per cap dels dos. Això no obstant també pot voler al·ludir de retruc a la decepció viscuda per tots aquells —tants— que van posar esperança utòpica en la democràcia per construir el país dels seus somnis.

Perquè el marc on es desenvolupa tota la història és una escola d’excel·lència per a nens i nenes sud-africans després de l’apartheid, que es proposa formar precisament els líders que hauran de cimentar un nou país, ara en mans, sobre tot, dels antics desfavorits i exclosos, els negres. Els protagonistes: la directora de l’escola, un sacerdot catòlic blanc a qui el bisbe envia a l’escola a treballar-hi durant un mes, com a càstig per haver faltat al vot de castedat i quatre alumnes, que per raons d’escàndol sexual han de reparar la seva falta treballant durant un temps sota la supervisió del sacerdot, al seu torn castigat. Amb aquesta combinació de races, estatus i edats, l’autora es proposa retratar una problemàtica àmplia, propòsit que no assoleix del tot degut al plantejament i a la inversemblança de la situació de què parteix: el retrobament dels antics amants a l’escola que ella dirigeix i el fet que tots dos fan veure que no es reconeixen, i també per l’accentuada infantilització del personatge del capellà catòlic. Més reeixida, en canvi, és la relació que el sacerdot i els nens desenvolupen, que, per la varietat de caràcters dels quatre alumnes i les característiques diverses de les respectives famílies, dona peu a un retrat prou versemblant del moment en què s’ubica la història, l’any 2009.

El relat, assumit per una veu narradora omniscient, se serveix preferentment del diàleg. Les primeres pàgines, en cursiva, i les que clouen la novel·la trenquen l’estil literari del gruix i atorga a la història originalitat de registre.

© Anna Rossell
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L’escriptora sud-africana Kopano Matlwa