Piedras Policromas, Adalbert Stifter

[Bunte Steine]. Cuentos del escritor austríaco Adalbert Stifter (1805-1868), publicados en 1853. Es una obra de carácter ingenuamente fabuloso, dedicada a los niños; pero, entre los breves cuentos que contiene sólo uno, «El granito», parece responder a la intención por el final moralizador de la sencilla historia.

Se narra la mísera existencia de un. buen hombre que vive extrayendo alquitrán y se casa por fin con una muchacha rica, enamorada de él, convirtiéndose en un señor bastante respetado. En los demás cuentos, la vena artística está conducida por el autor a vi­siones de poesía, a búsquedas estilísticas y preciosas descripciones. Entre éstos, «La arcilla» y «El cristal de roca» pertenecen a su mejor producción. En «La arcilla» se des­cribe, con extrema delicadeza, el alma noble y generosa de un sacerdote, amigo y pro­tector de los que sufren; en «El cristal de roca» se narra la dolorosa aventura de dos niños que, perdidos entre las nieves, se ven obligados a pasar la noche de Navidad en un ventisquero.

Tanto en esta recopilación como en los precedentes Estudios (v.), Stifter se revela como un sutil conocedor de la naturaleza, revelador de la grandeza de lo pequeño. Con prosa limpia y lineal, las imágenes se perfilan en el escenario de Bo­hemia. La claridad, él orden, la transparen­cia del relato, están concebidos por el autor, como él mismo explica en el prefacio, como esencia, no sólo de lo grande, sino también de las grandes existencias, no turbadas por los choques violentos de las pasiones que agitan y destruyen, sino sujetas a la «dulce ley que guía la vida humana».

O. S. Resnevich

Peter Pan en el Parque de Kensington, James Matthew Barrie

[Peter Pan in Kensington Gardens]. Narración para niños, del escritor James Matthew Barrie (1860-1937), publicada en 1906. El personaje de Peter Pan (v.) aparece por primera vez en una novela de Barrie, El pajarito blanco [The Little White Bird], publicada en 1902, y en una comedia, también del mismo autor, representada en 1904 con el título de Peter Pan, o el niño que no quería crecer [Peter Pan, or the Boy who wouldn’t grow up].

En el cuento de Barrie, Peter Pan, niño maravilloso, huye de la casa paterna una semana des­pués de su nacimiento., para ir al país de las hadas, en el que continuará eterna­mente niño, feliz, libre de todo afecto humano. Vive ahora en el mundo nocturno de los jardines de Kensington, o en «Never- Never-Never Land» («El País-de-Nunca Jamás»), como sagaz jefe de un pequeño grupo de niños caídos de sus cochecitos, a los que Peter salvó de la muerte y a los que nadie ha reclamado. Peter, de noche, vuela por entre las casas, escuchando tras de los cristales las consejas que las madres cuentan a los niños antes de hacerles dor­mir.

Una noche, hallándose la ventana abierta, entra en el cuarto donde duermen los niños de los Darling: John, Michael y Wendy. Vela por ellos la perra Nana, que la emprende contra Peter y lo hace huir tan precipitadamente que deja su sombra entre los batientes de la ventana. Unos días después vuelve Peter a buscar su sombra y, una vez hallada, despierta a Wendy, y la convence de que le siga al País-de-Nunca- Jamás, donde ella hará las veces de madre- cita de todos los niños sin mamá. Con Wendy aprenden también a volar John y Michael, que siguen a Peter a la isla encantada, don­de combaten con los piratas, fieras, pieles rojas y sirenas.

Su más temible enemigo es el capitán Garfio, así llamado porque, ha­biéndole Peter cortado una mano en un combate, la ha sustituido con un garfio de hierro, que incluso se ha convertido en un terrible instrumento contra sus enemigos; el peor de éstos es un cocodrilo que, engo­losinado con la mano cortada, quisiera aho­ra devorar al capitán entero; pero el mons­truo se ha tragado un reloj, cuyo tictac dentro del estómago denuncia siempre su presencia, haciendo infructuosas las embos­cadas. La estancia de Wendy en la isla hace la felicidad de los niños, que estaban ne­cesitados de sus cuidados, hasta que, un buen día, Wendy siente nostalgia de su mamá y quiere volver a casa. Con ella se van también los otros niños, después de haberse desembarazado del capitán Garfio con la ayuda de Peter que, para engañarlo, imita el tictac del reloj fatal.

Así John, Michael y Wendy vuelven a su casa con Peter, que, después de haberles acompaña­do, vuela de nuevo al País-de-Nunca-Jamás, junto con el hada Campanilla de Cobre. A continuación del cuento añadió el autor Pe­ter y Wendy [Peter and Wendy], publicado en 1910. El eterno niño viene cada año a visitar a sus amigos y se lleva consigo a Wendy, durante unos días, para que haga la limpieza de primavera en la casita de la isla encantada. Pero sus amigos pierden poco a poco el divino privilegio de la in­fancia, y cuando Peter vuelve, después de muchas primaveras, que para él pasan como si fueran horas, se encuentra con que Wendy tiene un marido y una niña, de modo que ya no puede volar al País-de- Nunca-Jamás; en su lugar va su hija Jane.

En la figura de Peter Pan no sólo ha crea­do el autor el mito de la infancia, sino que ha encarnado también el símbolo de la libertad eterna, de la felicidad aventurera a la que cada uno vuelve en secreto, hasta en los años más fatigosos y desilusionados. El libro obtuvo un éxito enorme. Muy popular es la estatua de Peter Pan, en los jardines londinenses de Kensington, de sir George Frampton. Peter Pan ha sido adap­tado a la pantalla por Herbert Brenon, in­terpretado por Betty Bronson, y posterior­mente Walt Disney hizo sobre este tema una película de dibujos animados. [Trad. espa­ñola, con el título de Peter Pan y Wendy, de María Luz Morales (Barcelona, 1925)].

A. Castelli

El Pequeño Príncipe, Antoine de Saint-Exupéry

[Le petit prince]. Relato de Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), dedicado a los niños pero en el que se mezclan, junto a lo maravilloso, ciertos trazos de psicología que revelan un delicado conocimiento de las relaciones que crean la amistad y el amor. Saint-Exupéry no acostumbraba escribir para los niños (v. Vuelo de noche, La tierra de los hom­bres, La ciudadela).

El pequeño príncipe, que apareció en 1943, no corresponde en absoluto a la literatura especialmente con­cebida para los niños y se dirige, más que a una cierta edad, a todos los seres que permanecen, por cierta aptitud, vulnerables, atentos y devotos a una tierna soledad. Aviador, antes de haber sido escritor, Saint- Exupéry imagina que una avería de motor le obliga a aterrizar en el Sahara, y que a «mil millas de todas las regiones habita­das» ve aparecer un pequeño muchacho de modales muy singulares, visiblemente satis­fecho en esta soledad. El niño, con grandes cuidados, que el autor no adivina, se des­cubre poco a poco y plantea las cuestiones gracias a las que Saint-Exupéry recons­truye su historia, único habitante de un pequeño planeta en el que él cada mañana cuidaba de limpiar de hollín los tres vol­canes, el Pequeño Príncipe había aprove­chado una emigración de pájaros salvajes para su evasión.

Había llegado a esta reso­lución para dar fin de una vez a las tristes discusiones, a los equívocos que le ale­jaban siempre de una rosa de la que estaba enamorado y a la que, hasta entonces, había prodigado sus cuidados. La rosa, orgullosa de su belleza y creyéndose única en el mundo, creía tenerle estrechamente sujeto a sus menores caprichos. Todo ello no era más que una actitud de defensa, pues ella se sabía débil. Desamparado, el Pequeño Príncipe recorrió seis planetas antes de llegar a la Tierra.

En el curso de este viaje, cuyos detalles y aspecto general re­cuerdan un poco los Cuentos de Voltaire (pero sin su chocarrera virulencia ni sus acerados rasgos), el Pequeño Príncipe entra en relaciones con un rey, un vanidoso, un bebedor, un hombre de negocios, un faro­lero y un geógrafo. La actividad de unos y otros le parece más o menos extravagante, y se sorprende con la dulzura de la que jamás se desprende. Finalmente llega a la Tierra, y tras largas peregrinaciones, se encuentra en medio de un jardín florido de rosas. «Y se sintió muy desgraciado», pues su flor le había hecho creer que ella era la única en su especie en todo el universo. Es entonces cuando encuentra al zorro, o mejor dicho al feneco, ese animal de largas orejas que vive en el desierto.

La escena más emotiva del libro surge entonces, es­cena que parece la explicación, la clave de una obra en la que aflora continuamente la nostalgia de la amistad. El zorro ruega al muchacho que tenga la bondad de domesti­carle; y se explica así:

«Tú no eres ahora para mí más que un niño en todo igual a cien mil niños. Y yo no tengo en absoluto ninguna necesidad de ti. Y tú no tienes tampoco ninguna necesidad de mí. Yo no soy para ti más que un zorro parecido a cien mil zorros. Pero si tú me domesticas tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo».

«Comienzo a comprender — dice el Pequeño Príncipe —; hay una flor… creo que ella me ha domesticado».

Devorado por el deseo de re­gresar a su planeta, el Pequeño Príncipe se hará morder por una serpiente venenosa, desvaneciéndose en la noche, después de haber consolado bien o mal al aviador, que se había ligado a este pequeño personaje, extraño, apasionado y tranquilo. Los símbo­los de que este libro está tejido permanecen indescifrables, y es mejor que sea así. El estilo, ágil y familiar a la vez, confiere al relato ese aire confidencial de los pensa­mientos expresados en alta voz ante un auditorio de seres sencillos, cuya lógica se acomoda a lo imaginario, y exige siempre detalles de extrema precisión.

El Pequeño Lord Fauntleroy, Hodgson Francés Burnett

[Little Lord Fauntleroy]. Célebre novela para niños, de la escritora inglesa Hodgson Francés Burnett (1849-1924), publicada en 1886.

El pequeño Cedric Errol, hijo de una americana joven y bella pero de modesta condición, y del capitán Errol, a la muerte de su padre es llevado a América, ya que su abuelo, el orgulloso, colérico y frío conde de Dorincourt, no ha querido conocer ni a la nuera ni al nietecillo. Pero con la muerte de los dos hermanos del capitán Errol, el pequeño Cedric se encuentra heredero del título. Entonces el abuelo, aunque de mala gana, lo hace llamar junto a sí, no por deseo amoroso, sino para que su heredero, al que desde este momento da el título de lord Fauntleroy, tenga una educación dig­na de su condición social.

Pero el pequeño Cedric, con su belleza, su bondad, su inge­nua gracia infantil, llega poco a poco a con­quistar el afecto del abuelo, que hasta en­tonces no había amado a nadie, y hace más sereno y bueno al viejo señor. La novela podría definirse como un humanizado cuen­to de hadas; tiene, en efecto, su origen en un juego simple y evidente, lo que consti­tuye en cierto sentido su novedad: en dar ilusión de realidad, especialmente por me­dio de algún personaje secundario, vivo, cómico, notoriamente verosímil, a un argu­mento puramente fantástico, en el que no aparecen, es cierto, seres fabulosos, pero que tiene todas las características del cuento de hadas, que lleva el premio de la virtud y el castigo de la culpa. Este planteamiento ha resultado prácticamente feliz, y por eso el libro, aun no teniendo ni pretendiendo tener méritos artísticos, es uno de los más populares de la literatura infantil.

M. R. Posani

Pedrito Puercoespín, Heinrich Hoffmann

[Struwelpeter]. Obrita del doctor Heinrich Hoffmann (1809- 1894). Por Navidad de 1844, el doctor Hoff­mann, médico en Francfort del Main, buscaba un libro para su niño de tres años; como no encontrase nada a su gusto, volvió a casa con un cuaderno en blanco; pintor, poeta y de gran viveza de espíritu, trazó el diseño y compuso las fáciles rimas de lo que llegó a ser uno de los más leídos libros para niños.

El editor Loning, que frecuentaba su casa en calidad de amigo, quiso publicar para la Navidad siguiente, en mil quinientos ejemplares, la obra que en sus orígenes no estuvo dedicada al público y en cuatro semanas se agotó la edición. Desde entonces todo niño alemán, y no sólo alemán, conoce los versos de estos diez cuentecitos que describen los vicios capi­tales del niño y sus funestas consecuencias: Pedrito que no quiere dejarse peinar ni cortar las uñas, Paulina que toca los fósfo­ros y se quema, los tres niños que se mo­fan del moro negro carbón-pez-cuervo y como castigo han de bañarse en el tintero, etcétera.

El éxito del libro se debió sobre todo al hecho de que, a diferencia de la literatura para niños entonces en uso, Hoffmann supo evitar en sus versos toda retó­rica, todo sentimentalismo y todo asomo de idealización, presentando al pequeño lector su mundo tal cual es, sólo con un poco de ironía, o mejor aún, revestido de una fan­tasía fecunda en alegres hallazgos.

F. Federici