[The Water Babies]. Cuento para niños del escritor inglés Charles Kingsley (1819-1875), publicado en 1863, traducido a todos los idiomas y adaptado al cine (dibujos en color) por Walt Disney.
Sería error creer que el pequeño deshollinador Tom, que nunca ha conocido a su madre y siempre ha sido maltratado por su cruel dueño Grimes, ha muerto ahogado en el río aquel día en que, seguido por perros y criados, huyó del castillo donde vivía la bella y dulce niña Ellie. Tom había ido al río para beber y para lavarse y se había dormido en la dulce frescura del agua. Al despertar, se había dado cuenta que podía quedarse en el agua y que comprendía el lenguaje de las innumerables, criaturas que le rodeaban.
Hubiera podido ser feliz, si no hubiese atormentado a los animales más pequeños que él, buscándose su enemistad. Pero tras llevar a cabo una buena acción con una langosta, encuentra un grupo de niños como él, los «niños del mar», que le enseñan a limpiar las ensenadas de la costa y le conducen hacia la isla de San Brandán, donde es recibido por la señora Hagancontigocomohiciste («Bedonebyasyoudid») y por la señora Hazcomoquisierastehicieranati («Doasyouwouldbydoneby»), muy fea y dura la primera, bellísima y dulce la segunda. Después de otras fechorías cometidas por el incorregible Tom, las dos hadas deciden proporcionarle una maestra que le enseñe a ser bueno.
Ésta no es otra que la pequeña Ellie, la cual todos los domingos se marcha al paraíso, haciendo surgir en el corazón de Tom un fuerte deseo de seguirla. Mas para ello es necesario que antes «vaya donde no le gusta, haga lo que no le guste, ayude a alguien que no quiera». Tom irá, pues, a El-otro-Lado-de-Ningún-Sitio («The-Other- End-of-Nowhere») y ayudará a Grimes. El viaje a la profundidad del mar es largo y lleno de terribles dificultades, pero llegado al término, Tom encuentra a Grimes metido hasta los hombros en una chimenea de donde no puede salir. Solamente la piedad que el hombre ve en los ojos del niño y advierte en sus palabras, le conmueven y se disuelve en llanto la dureza de su corazón.
Las lágrimas bajan por su rostro sucio de hollín y rompen la argamasa que lo tiene preso. Al lado de Tom ha surgido, mientras tanto, un hada; se parece primero a Hagancontigocomohiciste, luego se transforma en Hazcomoquisierastehicieranati, finalmente toma el aspecto de una «mujer irlandesa» encontrada ya por Grimes y Tom en la tierra, que da a Grimes la tarea de limpiar el cráter del Vesubio, mientras Tom volverá por milagro a la isla de San Brandán. Aquí Ellie le ha esperado durante «centenares de años» y se ha hecho una mujer; y también Tom, al realizar «lo que no le gustaba hacer», se ha vuelto un hombre y ha conquistado el derecho de que- darse para siempre con Ellie, domingos incluidos.
Desgraciadamente, la intención didáctica de esta bella fábula está demasiado clara en todo momento, haciendo pesada la narración. Sin embargo, y aunque falte, como en toda la obra de este escritor, aquel «sentido del humor» que es equilibrio y ligereza de toque, el cuento no tiene igual, en las fábulas de esta clase, por la riqueza de su fantasía.
L. Krasnick

