Juan con Suerte, Jacob y Wilhelm Grimm

[Hans im Glück]. Historia de Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859) Grimm (v. Cuentos infantiles y del hogar). El título de este cuento se. ha convertido en una locución proverbial en la lengua alemana para designar al «hombre feliz». A diferencia de la mayor parte de las fábulas de Grimm, falta en esta narra­ción el elemento maravilloso, y no figuran en ella hadas ni brujas; por su tono puede compararse más bien a los cuentos en que Boccaccio narra las aventuras de Calandrino (v.). Juan es un campesino que des­pués de siete años de prestar sus servicios en .una granja quiere volver a su casa, y por los servicios prestados recibe del dueño un lingote de oro. Y como suda y resuella mientras va caminando bajo la pesada carga, al ver a un caminante sobre un rucio ex­clama : «Feliz tú» Y el otro le contesta: «¿Sabes qué podemos hacer? Yo te doy el caballo y tú me das el oro». Así, de trato en trato, cambia el caballo por una vaca lechera, la vaca por un puerco, el puerco por una oca, la oca por una muela de afilador, y cuando, finalmente, se le cae también ésta dentro de un pozo, reanuda ligero su camino y entra en casa con las manos vacías y exclama: «Hombre tan feliz como yo no lo hay en todo el mundo». Mucho más feliz, en efecto, que la famosa Perette de La Fontaine (v. Fábulas), que, después de hechos mentalmente todos los* cambios necesarios para llegar desde la jarra de leche a la riqueza, al ponerse a saltar de alegría hace pedazos, de un golpe, jarra y ensueños.

F. Federici

Historias y Relatos de Antaño. Cuentos de mi tía Ansarona, Charles Perrault

Cuentos de mi tía Ansarona [Histoires et contes du temps passé. Contes de ma mère l’Oye). Obra de Charles Perrault (1628- 1703), publicada en 1697. Constituye la cé­lebre colección de cuentos de hadas: Caperucita roja (v.), Barba Azul (v.), Las hadas (v.), El gato con botas (v.), La bella durmiente del bosque (v), La Cenicienta (v.), Ricardito, el del copete (v.), Pulgarcito (v.), La princesa astuta, a los que siguie­ron Piel de asno (v.) y Deseos ridículos.

Se trata de narraciones que Perrault escri­bió en edad ya muy avanzada, cuando le preocupaba el problema de la educación de sus tres hijos. Y con el nombre del mayor de ellos, Pierre Darmancourt, fueron publi­cados, ya que no consideró Perrault, aca­démico de Francia, que fuera digno de su seriedad realizar esta obra a la que debió su inmortalidad. La fuente de la que sacó estos asuntos fue la tradición popular, com­pletamente ignorante de las remotas fuentes orientales e italianas que los filólogos pos­teriores establecieron, como ignoraba por completo que éstos hubieran podido vincu­lar el nombre de «mère Loye» a la tan dis­cutida figura de la «Reina Pédauque», la soberana con pies de palmípedo represen­tada en algunas antiquísimas catedrales de Francia, en la que se ha querido ver suce­sivamente a la Reina de Saba, Santa Clo­tilde, Berta de los pies grandes, esposa de Pipino el Breve, Berta de Borgoña, esposa del rey .Roberto I y hasta a la diosa ger­mánica Freya. Pero si bien la fuente es la tradición popular, nos hallamos muy lejos de la ingenuidad a que quisieron atenerse en alemania los hermanos Grimm (v. Cuen­tos infantiles y del hogar), ya que si el lenguaje de Perrault es también sabroso y rico en expresiones características, toma­das del mundo de que provienen los perso­najes, se mantiene alejado por igual del llano realismo y de la reconstrucción his­tórica: sus príncipes y grandes señores son los mismos de la Corte de Versalles, y sus campesinos y artesanos son los que se mo­vían alrededor de París y de la Isla de Francia en el siglo XVII.

La elegancia de su estilo hace de cada uno de estos cuentos una pequeña obra maestra, fruto de un paciente trabajo de lima, como se puede comprobar confrontando el volumen del año 1697 con la primera redacción de los cuen­tos aparecida en el Mercure de France (v.). No es un documento de poesía popu­lar lo que pretendía darnos Perrault; supo transfundir en su libro, con una pureza que asombra en un literato cortesano, el gusto y el espíritu finísimo del siglo de oro francés, refinado por su racionalismo y ador­nado con todo el fasto de la Corte del Rey Sol. Lástima que el literato no supiera re­sistir a la tentación de añadir a los cuentos una moraleja, que siempre resulta la parte más débil; al hacerlo, no sólo se inclinaba ante el gusto de la época, sino que con ello salía al paso de las posibles acusacio­nes de corromper la juventud. Son nume­rosas las traducciones que de estos deliciosos cuentos se han ido realizando a todos los idiomas.

F. Federici

Hijos De Rey, Engelbert Humperdinck

[Königskinder], Cuento musical en tres actos de Engelbert Humperdinck (1354-1921), con texto de Ernest Rosmer, estrenado en Munich en 1897.

Pro­tagonistas del cuento son la pastora de las ocas, una muchacha que vive sola en un bosque con una bruja, y el joven hijo del rey, que, habiendo salido de su reino para recorrer de incógnito el mundo, llega un día a la cabaña de la pastora durante la ausencia de la bruja, se enamora de ella y la invita a huir con él. La muchacha qui­siera seguirle, pero no puede alejarse del bosque por los hechizos de la bruja. Entretanto, en la cercana ciudad, los habitantes quieren elegir un rey y piden a la bruja que les diga a quién tienen que escoger. La bruja contesta: al hombre que mañana, al dar las doce, sea el primero en cruzar las puertas de la ciudad. Al día siguiente la ciudad celebra una gran fiesta; el hijo del rey, que ha llegado allá, se hace pasar por un porquerizo. Al dar las doce llega a la ciudad la pastora, que quiere encontrar a su enamorado, y pasa bajo la puerta acompañada por su cortejo de ocas; pero el pueblo no quiere reconocer por reina a semejante andrajosa a pesar de que el pregonero, que sabe por la bruja quiénes son los padres de la muchacha, asegura que ésta es de sangre real, y que lo pro­pio le ocurre al hijo del rey. Solamente los niños los reconocen como rey y reina. Pero ambos son echados de la ciudad y van vagabundeando en busca del reino del hijo del rey, hasta que un buen día, en pleno invierno, llegan ante la cabaña donde an­tes vivía la bruja, a la que el pueblo en­furecido ha quemado en la hoguera. Los dos amantes, agotados por el frío y el ham­bre, mueren abrazados, soñando con la feli­cidad de su reino lejano.

En esta obra, Humperdinck repite la tentativa de su an­terior cuento musical, más afortunado, Hänsel y Gretel (v.), que consiste en trans­portar la fórmula wagneriana del campo de lo grandioso y de lo heroico al más humilde de los cuentos. Pero en Hijos de rey falta aquella gracia fresca y espontá­nea, que en la primera obra derivaba sobre todo de la introducción de los lieder po­pulares alemanes: aquí predominan la pe­sadez de los procedimientos wagnerianos y la escasa originalidad en la elección de los leit-motiv. También por el argumento la obra tiene un sentido trágico poco sincero y un romanticismo algo lacrimoso. En la escena obtuvo escaso éxito.

M. Dona

Hansel y Gretel, Hermanos Grimm

[Hansel und Gretel]. Es quizás el más célebre de los cuentos de hadas que los hermanos Jacob (1785- 1863) y Wilhelm Grimm (1786-1859) reco­gieron en los dos primeros volúmenes de Cuentos infantiles y del hogar (v.), pu­blicados en 1812 y en 1815. Como en to­dos los cuentos que los Grimm tomaron de las historias populares, apercibiéndose por vez primera en la historia de la literatura alemana de su existencia, también éste es renovado en una ambientación poética fres­ca y espontánea. La celebridad alcanzada por Hansel y Gretel se debe especialmente a la ópera musical homónima en tres cua­dros, de Engelbert Humperdinck (1854- 1921) con libreto de Adelaide Wette, y es­trenada en Weimar en 1893.

Hánsel y Gre­tel (Juanito y Margarita), dos hermanos, hijos de un barrendero, se alejan un día de su casa para ir al bosque en busca de fresas y son sorprendidos por la noche en aquel lugar. Se duermen bajo los árboles y a la mañana siguiente, al despertarse, se dan cuenta de que cerca de allí se alza un extraño castillo, hecho completamente de turrón, chocolate y otros dulces. No saben ellos que allí vive la bruja Mazapán, que atrae a los niños con sus golosinas para quemarlos en un horno mágico, del cual salen transformados en figurillas de maza­pán. Mientras los dos muchachos están pro­bando las paredes del castillo, sale la bruja, echa un lazo al cuello de Hánsel y, después de pronunciar unas palabras mágicas, le encierra en el gallinero, de donde pasará al horno. La bruja ordena a Gretel que cuide del fuego, pero ésta, aprovechando un momento en que la bruja, para enseñarle cómo ha de hacerlo, está cerca del fuego, le da un empujón, ayudada por Hán­sel, que ha conseguido liberarse, y la echa al horno. Entonces el edificio estalla con un gran estrépito: todos los niños que la bruja había anteriormente transformado en estatuitas de mazapán, quedan liberado del hechizo y danzan alegremente con Hán­sel y Gretel, mientras llegan los padres de éstos, que llevaban mucho tiempo buscándolos.

La ópera es, en conjunto, agradable y graciosa, especialmente por haber tenido el autor la feliz idea de introducir en ella numerosas canciones populares alemanas, principalmente de Westfalia, dejándolas casi siempre intactas y reproduciéndolas como suele cantarlas el pueblo. Muy conocida es la canción de Gretel al principio del se­gundo acto. Las canciones son sin duda la parte más acertada de la ópera; cuando el autor se aleja de ellas cae en un pesado wagnerianismo, completamente inadecuado a la sencillez y a la ingenuidad del argumento. Este estilo elaborado y recargado, es propio, es­pecialmente, de los preludios del primer y del segundo cuadro y de los demás frag­mentos sinfónicos de la ópera. Sin embargo, Hansel y Gretel puede ser considerada co­mo el primer éxito teatral alcanzado por un epígono de Wagner; en efecto, obtuvo, tanto en los escenarios alemanes como en los extranjeros, un verdadero triunfo.

M. Dona

Las Hadas, Charles Perrault

[Les Fées]. Fábula de Charles Perrault (1628-1703) (v. Historias y cuentos del tiempo pasado), y Frau Hollé de Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859) Grimm (v. Cuentos infantiles y del hogar). Mientras que en Perrault la fábula se re­duce al simple episodio del hada que, ha­llada en repetidas ocasiones junto a la fuente, concede a la niña buena el don de que a cada palabra que pronuncie caiga de su boca una piedra preciosa y condena a la mala a que arroje siempre sapos y cu­lebras, imagen tangible del diferente espí­ritu que anima a las palabras de cada una; en los Grimm la fábula se complica, sur­giendo de ella un poético mundo de fanta­sía, en el que la muchacha buena, a la que han arrojado de casa por habérsele caído el huso en la fuente, va a un país mara­villoso en el que el pan se cuece solo, en el que se recogen las manzanas que aún no han madurado y se despluma el colchón del Hada de la nieve, cada pluma del cual se transforma en un copo de nieve. Sin embargo, aunque esta versión sea más rica de detalles y más sugestiva de paisajes de la naturaleza, ambas versiones son muy se­mejantes.

F. Federici