Cuentos del Rin, Clemens Brentano

[Rheinmdrchen]. Cuentos de Clemens Brentano (1778-1842), escritos hacia el 1811 y publicados póstumamente por Gorres en 1846-47 en dos volúme­nes aparecidos al mismo tiempo que los Cuentos para niños (v.). Brentano no había querido nunca dejarse convencer para darlos a la imprenta, pues los consideraba co­mo «pecados contra el aburrimiento»; hasta les había dado el irónico título de «Cuentos narrados por ocio y redactados con traba­jo por C. B.».

Estas narraciones, que tienen por protagonista poético el Rin, reúnen mu­chos motivos de antiguos cuentos y leyen­das populares, algunas de las cuales las volvemos a hallar en las canciones del Cuerno maravilloso (v.). Un cuento más largo, a modo de encuadre general, narra las vicisitudes del molinero Radlauf, que se enamora de Ameleya, princesa de Ma­guncia, y lleva a cabo por medio de su flauta mágica las empresas más astutas con­tra el rey de Tréveris, cuyo hijo había de casarse con la bella Ameleya. Un cómico incidente surgido entre el gato y el ratón respectivamente favoritos de la reina de Maguncia y de la de Tréveris suscita una guerra y el rey de Maguncia promete dar su hija como esposa a quien le libre de sus enemigos. El molinero lleva a cabo la em­presa y, como el rey no mantiene su promesa convoca con su flauta a los ratones y hace que devasten el reino de Maguncia. El rey se apodera entonces de la flauta con la cual conduce los ratones hasta ahogarse en el Rin, pero el príncipe de los ratones logra a su vez apoderarse del mágico ins­trumento y atrae con él todos los niños de Maguncia y a la bella Ameleya hacia el río, que los acoge en su palacio de cristal: Radlauf deberá ahora liberarlos.

En la se­gunda parte se narra la historia de los cua­tro antepasados del príncipe de Staremberg, que es en realidad el mismo molinero Rad­lauf hijo de Loreley, la narradora. El ciclo narrativo, rico en fantasías brillantes, teso­ros maravillosos de piedras preciosas, en ca­brilleos de aguas y resplandor de hogueras, está a menudo mezclado con cantos y poe­sías, entre las cuales, las dedicadas al Rin son las primeras que introducen en la lite­ratura alemana un tema que tendrá poste­riormente gran fortuna. Una especie de lógica musical une entre sí los cuadros y ale­gorías; los personajes creados en un má­gico clima vienen después a rodear al molinero Radlauf, príncipe de Staremberg, que se casa con su Ameleya y vive feliz. Los dos cuentos que siguen, «Marmotina» y el «Sastre Matasiete», a los cuales habían de seguir muchos más, son diversos también de forma y están legados al cuento que cen­tra las narraciones por un tenue hilo. El primero está tomado de la Joven america­na y los cuentos marinos de Mme. de Villeneuve; Marmotina, la buena muchacha víc­tima de su presunta madre y de su presunta hermana, es premiada por su buen corazón por unos animales encantados y después re­conocida como hija del rey de Burgunda, pero acaba por renunciar a su reino para reanudar con su marido, un pescador, su vida sencilla a orillas del Rin.

El «Sastre Matasiete» reúne muchos temas conocidos, particularmente de la historia de Pulgarcito (v.) y la del Sastre valeroso de Grimm. Este sastrecillo, que tiene la altura de un pulgar, conquista a la hija del rey, pero finalmente prefiere a una bella pastora que le había regalado la manzana encantada con la que había vencido a todos sus enemigos. Son auténticos cuentos de hadas; pero no hay en ellos la sencilla sobriedad del cuento popular de los hermanos Grimm, la abun­dancia de alusiones satíricas a literatos con­temporáneos y a disputas literarias hace algo pesada la narración. Pero hay en ellos una más variada visión humana del perso­naje esculpido a todo relieve con una clara intuición psicológica, y un difuso lirismo que aflora en sus versos adrede ingenuos y en su prosa colorista, ligera, armoniosa y bien ritmada.

G. F. Ajroldi

Cuentos de la Selva, Horacio Quiroga

Obra del es­critor uruguayo Horacio Quiroga (1878- 1937). Casi adolescente, editó en su ciudad natal una revista literaria. En 1901 publicó Los arrecifes de coral, su primer libro en prosa y verso, que resultó una de las pri­meras obras del modernismo uruguayo. Si­multáneamente con relatos protagonizados en el territorio selvático argentino de San Ignacio y Posada, fue componiendo, para sus hijos, cuentos infantiles que aparecie­ron en semanarios bonaerenses y que, en 1918, reunió en libro con el título Cuentos de la selva (para los niños). Estos relatos son narraciones casi poemáticas en las que privan, alternativamente, la gracia, la fan­tasía y la ternura. Forman un conjunto de ocho cuentos: «La tortuga gigante», «Las medias de los flamencos», «El loro pelado», «La guerra de los yacarés», «La gama ciega», «Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre», «El Paso del Yabebirí» y «La abeja haragana». Francis de Miomandre hizo la traducción francesa — Contes de la fóret vierge — el año 1927 en París. Arthur Livingstone, en 1950, pu­blicó la traducción inglesa: South American jungle tales.

J. Pereira Rodríguez

Cuentos de Andersen

[Eventyr]. Cuen­tos del escritor danés Hans Christian An­dersen (1805-1875), comenzados a publicar en 1835. Están en su mayoría tomados de cuentos populares que Andersen había oído contar en su infancia en Odense y que él reproduce con tonos sencillos de gusto po­pular y, al mismo tiempo, estilísticamente refinados (por ejemplo: «El eslabón», «El pequeño y el gran Claus», «Los cisnes sil­vestres», «El porquero», etc.); otros, como «Ole Lukóje» y «La colina de los elfos», están tomados de leyendas; otros, en fin, como «El vestido nuevo del emperador», proceden de fuentes literarias («El vestido nuevo» es un tema español). Con todo, en su mayor parte son de pura invención y sus motivos son las flores, las plantas y los árboles («Pulgarcito», «Las flores de la pequeña Ida», «La margarita», «El abeto», «El último sueño dé la vieja enci­na»), o animales («El ruiseñor», «El sapo», «El patito feo», «La mariposa», etc.), o cosas («El soldadito de plomo», «El molino de viento», «El farol viejo», «El collar», etc.). Según el procedimiento del cuento, Ander­sen presta una vida-y lenguaje propios a plantas, animales y cosas. Su estilo llano hace fáciles y claros estos cuentos por los cuales circula la historia del poeta: «El pa­tito feo», «El porquero», «La sombra», etc., y de los demás hombres; es con mucho la obra más feliz y popular del escritor danés. [Trad. de Raimundo Fernández Cuesta en Cuentos escogidos, Madrid, 1879; trad. de J. Roca y Roca, Barcelona, 1881; trad. de Al­fonso Nadal, Barcelona, 1933].

G. Puccini

Andersen se asemeja mucho a Shakespea­re; es decir, al evocador de almas. (E. D’Ors)

Cuento Infantil de los Cuadrúpedos, Anónimo

Poema anónimo griego, en 1.082 versos de 15 sílabas, generalmente no rimados, que pertenece quizás al siglo XIV y describe la carta del rey León, el cual, proponiéndose establecer una paz perpetua, convoca un día en asamblea a los demás animales, y ordena que después de haberse dividido en puros, o sea, no carnívoros, y carnívoros o impuros, enumeren entre ellos las virtudes y los vicios de cada cual. Se celebra la reunión pero al fin estalla entre los presentes una riña sangrienta, en la cual incluso el león lleva la peor parte, pues resulta muerto a consecuencia de una cor­nada del búfalo. Viene la noche, y los supervivientes se dispersan, poniéndose a sal­vo de la ferocidad de sus compañeros. Per­teneciente al género, difundido en la época bizantina, de la zooépica, esta composición, afín a parecidas realizaciones, contiene unos pocos asomos satíricos y abunda en vulga­res obscenidades.

C. Brighenti

Cascanueces y Rey de los Ratones, Ernst Theodor Amadeus Hoffmann

[Nussknacher und Mausekóning]. Fábula de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822), incluida en los Hermanos de San Serapión (v.), publicados en 1816. En la casa del médico provinciano Stahlbaum se festeja el árbol de Navidad. Los niños, Fritz y María, se entusiasman con los mag­níficos dones. Especialmente su padrino Drosselmeier, un curioso hombrecillo ma­ravillosamente dotado para la mecánica, pero al que los niños tienen un poco de miedo porque es bronco y misterioso, les ha regalado un castillo cuyos habitantes bailan y pasean al son de la música. Pero el ju­guete mecánico cansa pronto a los niños, que terminan por preferir, Fritz sus solda­dos, y María sus muñecas. Pero María se siente también irresistiblemente atraída por un cascanueces: un hombrecito de made­ra, vestido de húsar, con dos esbeltas piernecitas y en la mirada una dulzura melan­cólica que conquista el corazón de la niña. Cuando, terminada la fiesta, todos se van a la cama, María penetra en el cuarto de los juguetes; al dar la media noche los jugue­tes comienzan a vivir, y, dirigidos por Cas­canueces, riñen una batalla contra una le­gión de ratones, guiados por su rey.

María, primero se asusta, luego interviene a favor de su predilecto amenazado gravemente, pero con la violencia de sus movimientos, rompe la vitrina de los juguetes y se hiere gravemente. Mientras está en cama, conva­leciente, el viejo Drosselmeier le cuenta una fábula (artificio frecuente en los románti­cos). La Princesa Pirlipat ha sido embruja­da por el rey de los ratones, que la vuelve fea y paralítica para vengarse de su madre, la reina, que le negó su ración diaria de to­cino. Sólo puede salvarla un joven capaz de romper para ella con los dientes la durí­sima nuez Krakatuk. Después de mucho buscar y viajar por varios continentes, el joven es encontrado en Nüremberg. La prin­cesa se cura, pero, en contra de la promesa hecha, no quiere saber nada de casarse con su salvador, el cual, herido por el mismo maleficio, se ve convertido en un pobre ra­quítico, con dos piernecitas escuchimizadas. María se cura; continúan los combates noc­turnos; la buena María, para aplacar el hambre del rey de los ratones y salvar a Cascanueces, sacrifica sus dulces predilectos, sus libros ilustrados y hasta sus vestidos más hermosos. Por fin logra comprender que el salvador de la princesa Pirlipat es precisa­mente el sobrino de su padrino Drossel­meier, transformado luego en Cascanueces.

Pero cuando afirma convencida que Pirlipat ha hecho muy mal negándose a des­posar a su salvador, el prodigio se realiza, y Cascanueces se convierte en un hermoso joven que será más tarde el esposo de María. De este modo la fábula, iniciada con colo­rido realista de ambiente burgués, pasa lue­go al mundo de lo fabuloso. También el es­tilo del autor funde el elemento racional con el sueño. Lotario (uno de los correli­gionarios de San Serapión, que narra la fá­bula) declara que para componer obras si­milares a ésta se necesita más que para nin­guna otra un ánimo límpido y tranquilo, ya que, como por todas partes, la obra se eleva hacia lo alto, necesita un fuerte núcleo de buen sentido y de humanidad.

B. Allason

*   La fábula de Hoffmann inspiró a Alejan­dro Dumas padre (1803-1870) una de sus numerosas narraciones para niños. Casse- Noisette.

*   De Dumas la tomó el músico ruso Pedro Tchaikowski (Peter Ilijc Caikovskij, 1840- 1893) para el baile del mismo nombre en dos actos y tres escenas op. 71, Cascanue­ces [Casse-Noisette], compuesto y ejecuta­do el mismo año en San Petersburgo, con la ópera Jolanthe. La reducción escénica conserva la misma contraposición de rea­lidad y sueño que caracteriza a la fábula. Clarina y Fritz, junto con muchos regalos de Navidad, reciben de su abuelo, un respe­table consejero alemán, un extraño casca­nueces, un hombrecito con grandes dien­tes. Al salir de la cesta depositada al pie del árbol de Navidad, la consabida pare­ja de la muñeca y el soldado comienzan a danzar en plena fiesta familiar. Pero los encantos comienzan verdaderamente cuan­do la compasiva Clarita se levanta por la noche para ir a ver cómo se hallaba el hombrecillo que había resultado con los dientes rotos por una nuez demasiado dura que le había dado Fritz. Una batalla entre los ratoncitos y las muñecas de mazapán y soldados de estaño precede a la metamorfo­sis de Cascanueces en príncipe de fábula y al viaje-premio de Clarita, a la que él guía por el país de las hadas a través de un vuelo en un bosque de árboles de Navidad donde los copos de nieve bailan elegantísimas dan­zas.

La meta del viaje es el palacio de un hada, en el que Clarita se ve servida por un bufet danzante: chocolate, café, té, con diversas exhibiciones de Polichinela; de Ma­má Cigüeña y de vagas fantasías florales. Para terminar, baile general, natural­mente con ritmo de vals. Los tonos fabulescos del baile tienen el carácter de puro «divertimiento». La idea le fue sugerida a Tchaikowski por el coreógrafo francés Petipa y el músico perfeccionó la experiencia anterior de La Bella Durmiente del bosque (v.) que había sido el primer fruto de la co­laboración con el coreógrafo príncipe de los Ballets Imperiales de San Petersburgo y su revelación como ideal proveedor de música de danza. Siguiendo la serena arbitrariedad de la fábula, con su desenvolvimiento de linterna mágica, el contenido musical se adapta a su función de pista motora con absoluta naturalidad de invención, con me­dida perfectamente realizada. Cuando se hallan reflejos de ella en Stravinski (por ejemplo, la especie de cancioncilla mecánica que sirve de núcleo a la danza de los mis­teriosos Mirlitones, regular y segura como un ejercicio de bailarinas en la barra, y que se halla, más o menos fielmente refleja­da, en Juegos de cartas y también en el Apolo) es debido a su fuerza elemental de música-gesto adecuada al gusto del autor de Noces, gran defensor de Tchailkowski. Pero el valor que le proporcionó la conside­ración oficial del Cascanueces es el instru­mental: del tipo «agradable por excelencia, centrado con tal economía de medios y de manera tan apropiada que se puede llamar magistral». Tchaikowski fue el primero en advertirlo extrayendo del baile, casi al mis­mo tiempo, su redacción de la Suite sinfó­nica (Obertura, Danzas características: a) Marcha; b) Danza del Hada Draga; c) Dan­za rusa o Trepak; d) Danza árabe; e) Danza china; f) Danza de los Mirlitones (Vals de las flores), reducida a fuerza de popularidad a servir de plato fuerte a las músicas lige­ras de todo el mundo.

E. Zanetti