Nathaniel Hawthorne (1804-1864) dos volúmenes de cuentos para niños, adaptados de las leyendas de la mitología griega: El libro de las maravillas [The Wonder Book], en 1851, y Los cuentos del bosque frondoso [Tanglewood Tales], en 1853.
El éxito del primero, escrito para sus hijos, animó a Hawthorne a repetir la aventura aplicando la misma fórmula. Diez años antes ya se había ocupado de poner al alcance de los niños, no la mitología, sino la historia, con El sillón del abuelo [Grandfather’s chair] y dos series de biografías. El prólogo del Libro de las maravillas nos adentra en «Tanglewood», el bosque frondoso, donde un grupo de niños se congrega en torno del joven estudiante Eustace Bright para escuchar sus relatos.
El autor se esfuerza por hacer viva la presencia de los niños por medio de un diálogo entre el narrador y los oyentes, diálogo que, de vez en cuando, reaparece en el curso del libro: un procedimiento artificial y tan convencional como los personajes. Hawthorne, que ya lo había empleado en sus primeras obras infantiles, renuncia a él en Tanglewood Tales. Cada volumen contiene seis leyendas. Las del Libro de las maravillas son: «La cabeza de Gorgona» (Historia de Perseo y de Medusa), «El tacto del oro» (El rey Midas), «El paraíso de los niños» (Pandora), «Las tres manzanas de oro» (Hércules en el jardín de las Hespérides), «El pichel maravilloso» (Mercurio en casa de Filemón y Baucis) y «La quimera» (Pegaso y Belerofonte).
En los Cuentos del bosque frondoso volvemos a encontrarnos con Eustace Bright, que, en esta ocasión, se dirige al encuentro del editor para ofrecerle sus nuevas adaptaciones: «El Minotauro» (Teseo), «Los pigmeos» (Anteo y Hércules), «Los dientes del dragón» (El rapto de Europa y la fundación de Tebas por Cadmo), «El palacio de Circe» y «Los granos de granada» (El rapto de Proserpina). Según propia confesión, en estas leyendas el autor se proponía «reemplazar por un tono en cierto modo gótico o romántico la clásica frialdad, tan repelente como el contacto del mármol» y «naturalmente… revestirlas de un matiz moral en la medida de lo posible».
El autor, al mismo tiempo, censura implícitamente la obra, señalando ciertos fallos cuando declara que, al suprimir todo lo que habría podido chocar con la sensibilidad o las costumbres de la Nueva Inglaterra, no ha tenido más remedio que guardar silencio sobre los mitos y las divinidades más importantes del Panteón griego, en provecho de las hazañas de los héroes o del ingenioso Mercurio; de este modo, despoja a las leyendas de gran parte de su fuerza y riqueza. Resulta curioso oír decir a Eustace Bright que tales relatos datan de la infancia del mundo, de la edad de oro, «donde el mal jamás había existido».
De todas formas, es preciso recordar que se trata de obras menores en la producción global de Hawthorne. Por otra parte, cuando no se las compara con sus modelos, estas leyendas clásicas de la literatura infantil anglosajona se revelan encantadoras y muy bien escritas, en un tono perfectamente logrado para el público a que se destinan. Nada más alejado de estos relatos que la atmósfera sombría y el angustioso problema del mal de la Casa de los siete altillos (v.), escrita, no obstante, por la misma época. Aquí encontraremos el reflejo de los días felices pasados en Lenox, como también del goce que el autor experimentó escribiendo estas leyendas, «tarea placentera y una de las más agradables en la esfera literaria que he emprendido nunca».
Ésta fue, sin duda, la razón que indujo a Hawthorne a considerarlas, a veces, como una de sus mejores obras. Se olvidaba que, al dirigirse a los niños, lo hacía como adaptador, no como creador, circunstancia que encaja en más justos límites el valor que puede concedérsele a esta parte de su producción.

