La Gran Vía, Félix Pérez González

[La gran vía]. Zarzuela de Félix Pérez González, con música de Fe­derico Chueca (1848-1920) y Joaquín Val- verde (m. 1910), estrenada en Madrid en 1886. Como el Departamento de Arquitec­tos municipales de Madrid había presenta­do un proyecto de prolongación de una gran avenida que tenía que atravesar la ciudad de un extremo a otro, y este proyecto cons­tituía el tema del día, la zarzuela fue titulada La Gran Vía, conteniendo, con alusiones a las calles madrileñas, los consabi­dos motivos comunes a todos los espectácu­los de este género: caricaturas, sátiras contra la policía y las costumbres, etc. Pero Chueca y Valverde compusieron la música con aires populares de efecto electrizante. A los tres años, la pieza había alcanzado las 3.000 representaciones. Es famoso el terceto de los carteristas: «Siempre que nos persigue la autoridad / Es cuando más se­guros timamos más… / Siempre que nos persigue la policía / Estamos seguritos que es para un día…».

E. M. Dufflocq

Grażyna

Obra juvenil de Adam Mickiewicz (1798-1855), compuesta en 1823, es decir, al mismo tiempo que Los Antepasa­dos (v.). Es un relato poético inspirado en la historia de las luchas entre los lituanos y los Caballeros de la Orden Teutónica.

Grażyna, mujer de Litawor, ambicioso príncipe de Nowogródek, descubriendo los propósitos de su marido, que había llegado a pactar con los enemigos de Lituania, los Caballeros Teutónicos, rechaza, a espaldas de su marido, a los mensajeros de éstos que venían para concluir definitivamente el acuerdo. Y cuando los Caballeros, sedientos de venganza, atacan a los lituanos, la mis­ma Grażyna se pone la armadura de su ma­rido, asume el mando del ejército y cae muerta batiéndose valerosamente. Sin embargo, sus tropas obtienen la victoria. Su heroico sacrificio turba profundamente el corazón de Litawor, quien, avergonzándose de su traición, renuncia a seguir viviendo y se mata echándose a las llamas de la ho­guera que había sido encendida para inci­nerar, según las costumbres del tiempo, el cuerpo de Grażyna. El poema, muy popular en Polonia por la fascinación de su senti­miento patriótico en tiempos de esclavitud nacional y del auge del Romanticismo, no carece de defectos; es fácil advertir cierto apresurado descuido en la forma, y, aquí y allá, alguna que otra imperfección en la narración de ciertos episodios.

Sin embargo, la majestuosa elevación del tono épico, la profunda penetración psicológica, la huma­nidad de los héroes y la lograda evocación del ambiente histórico justifican totalmente la favorable acogida del público. «Estilo enérgico como un alma de acero», lo de­finió un eminente crítico polaco, Mochnacki, «tosco como el bautismo de la misma arma, cuando las manos la agitan violenta­mente, agudo como el rostro cíe los caba­lleros que se perfilan en las imágenes anti­guas y, al mismo tiempo, rústico y pinto­resco como los corazones de los héroes de la Lituania aún pagana y de los monjes revestidos de armadura que los bautiza­ban y degollaban». El poema, romántico, empapado de elementos clásicos, es una clara documentación del profundo clasicis­mo oculto en el característico romanticismo mickiewicziano. Sufre algunas interesantes influencias de La Jerusalén libertada (v.), que Mickiewicz conocía perfectamente a través de la magnífica recomposición po­laca de Piotr Kochanowski: especialmente la figura de Grażyna tiene puntos de con­tacto con la Clorinda (v.) de Tasso.

E. Damiani

Gran Tratado de Instrumentación y de Orquestación Modernas, Héctor Berlioz

[Grand traite d’instrumentation et d’orchestration modernes]. Obra de Héctor Berlioz (1803-1869), publicada en París en 1841 y reimpresa en 1865 junto con El arte del director de orquesta [L’art du directeur d’orchestre]. Es el primer gran tratado com­pleto y racional de instrumentación, carac­terizado por la exacta y cuidada anotación de las cualidades expresivas, además de técnicas, de cada instrumentó y por el gran número de ejemplos de partituras, sa­cados de las obras de Gluck, de Beethoven, de Weber y del mismo Berlioz. En el último capítulo, el autor se entrega al sueño de una gigantesca masa ejecutora de 456 ins­trumentos y de 360 coristas: es el progra­ma romántico de Berlioz expresado en su fórmula teórica más paradójica. La obra es importante no solamente como documen­to de un gusto y por la formulación téc­nica de una estética, de la que Berlioz es el más representativo exponente en el romanticismo musical francés, sino también como base del valor expresivo del instru­mento y de la orquesta, afirmado por el autor con agudeza de análisis y con absoluta precisión. A menudo el gran artista, con ardor imprevisto, crea un vivo trozo de antología, descubre y sugiere nuevos me­dios de expresión allá donde uno esperaba sólo una exposición árida y doctoral. En sucesivas ediciones modernas el Tratado, fuente de continuos estudios y enseñanzas, fue corregido y modernizado por Panizza, por Vidor y por Richard Strauss.

E. M. Dufflocq

El Gran Torbellino del Mundo, Pío Baroja y Nessi

Novela de Pío Baroja y Nessi (1872-1956), perteneciente a la trilogía llamada por, el autor Agonías de nuestro tiempo, y que comprende El gran torbellino del mundo, Las veleidades de la fortuna y Los amores tardíos.

José Larrañaga, agente de una com­pañía naviera de Bilbao, y sobrino del je­rarca de la misma, residente en Holanda, recibe el aviso de su tío para que se des­place a París a fin de recibir allí a sus pri­mas Pepita y Soledad. Todas las páginas de la novela están dedicadas a la visita y comentario de París, primero, y luego del Norte europeo. Pepita, brusca y sincera, se reúne con su marido — un botarate — y José vuelve a Rotterdam y de allí emprende nueva gira por los países bálticos. Las hue­llas de la primera gran guerra mundial se advierten por todas partes, y el autor — que en realidad no ha escrito lo que se llama una novela — nos va contando sus propias impresiones a través de los personajes. Es curioso, entre tantas otras cosas que lo son, el juicio que le merece el gran poeta Ru­bén Dario: «Snob sin imaginación, con un talento puramente verbal». Como siempre, Pío Baroja cree que la acción lo es todo en la vida; sobresale en la descripción de tipos y paisajes, con un estilo rápido, so­brio y penetrante.

Es amargo, humorista, y no exento de cierta ternura. Esta obra no es muy importante en realidad, ni cau­tiva el interés como tantas otras suyas, pues se hace monótono el diálogo, que no es sino un monólogo del propio escritor, a ve­ces filosófico, político y, en general, sin brillo.

C. Conde

Granth, Nanak

[El Libro]. Llamado también Granth Sahib [Libro Santo o Sagrada Es­critura], es la colección de los varios tex­tos religiosos y constituye la Biblia de los Silkhs, comunidad religiosa india de carácter político-militar, fundada por Nanak (1469- 1538). Nanak, venerado como el primer «guru» de la secta, con su reforma religiosa quería fundir el hinduismo con el islamis­mo, basándose en los elementos que revelan la directa comunión de los hombres con Dios, y negando teóricamente el politeísmo, el ritualismo y el sistema de las castas, y la idolatría; y acabó creando un sistema que se acerca al monoteísmo semítico. Sus doc­trinas, expuestas en forma de cantos que él declamaba públicamente para sus fieles, constituyen la parte más original e impor­tante del Granth: el Adi Granth o Granth original que fue compilado por el quinto «guru», Arjuna (1583-1608), añadiendo otros escritos de Kabir (maestro de Nanak), de Ramananda y de Namadeva. Después de Ar­juna, el Granth sufrió pocas modificacio­nes, hasta que en la segunda mitad del siglo XVII, Govind Singh (1675-1708), el último de los «guru» y el verdadero refor­mador militar de los Silkhs, lo completó con el Dasven Granth o Dasven Pádshád ká Granth [Granth del décimo Guru]. Con esta forma definitiva proclamó cerrada la serie de los «gurus terrenales» y erigió el Granth Sahib en única enseñanza de la secta y representante de Dios en la tierra. El Granth, en su mayor parte, está escrito en híndi, lengua neoindia, influenciada por el dialec­to «pañjabl», y especialmente en los cantos de Nanak alcanza efectos poéticos por la sencillez de las imágenes nada artificiosas y por un sentido de fuerza que brota del estilo primitivo.

A. M. Pizzagalli