De la Guerra de Flandes, Guido Bentivoglio

[Della Guerra di Fiandra]. Obra del cardenal Guido Bentivoglio (1579-1644), que se publicó en Colonia por los años 1632-1639. En 24 libros, en tres partes, narra las vicisitudes de los Países Bajos desde la partida de Fe­lipe II para España y los primeros distur­bios estallados por motivos religiosos, bajo el gobierno de Margarita de Parma, la cual, siguiendo la política de Felipe, continúa la obra de represión contra los protestantes. La historia del cardenal Bentivoglio des­cribe cuidadosamente los personajes de la célebre guerra, los de ambos partidos, y minuciosamente evoca los distintos hechos de armas, a los cuales no fueron extrañas las intervenciones extranjeras, entre ellas las de Inglaterra. Termina con la firma de la tregua de Amberes en 1609, abrazando así un período de algunos decenios. Escrita en un estilo elevado y a pesar de ello cálido, la obra de Bentivoglio, hombre que conocía personajes y lugares, y se fundaba en testi­monios directos para redactarla, conserva un notable valor documental; ateniéndose siempre a la materia tratada, no se alarga en detalles inútiles y demuestra imparcial simpatía por todas las figuras de la guerra, católicos y protestantes, cuando merecen alabanza por su valor en el campo de ba­talla y por la fe virilmente sostenida. Las páginas sobre los amotinamientos de las tropas españolas no pagadas, sobre el sa­queo de Amberes, el asedio de esa misma ciudad, los combates de la flota española y la inglesa, figuran entre las más vivas de la historiografía del siglo XVII.

G. Falco

Guerra de España Del 1823, François-René de Chateaubriand

[Guerre d’Espagne de 1823]. Escrito politicodiplomático de François-René de Chateaubriand (1768-1848), que se relaciona con otro suyo sobre el Congreso de Verona (v.). La revo­lución española de 1820, es discutida por el autor por medio de una amplia y variada correspondencia diplomática. En el congreso de Verona, los soberanos de la Santa Alian­za tomaban acuerdos acerca de la manera de liberar al pueblo español de la «conta­minación» de las nuevas ideas de libertad. Pero ¿cómo salvar de los amotinados al rey Fernando VII? La no intervención era grata a Inglaterra, la cual, de los desórdenes ibé­ricos obtenía facilidades para sus comercios con América del Sur. El ministro austríaco, Clemens von Metternich, sugería, en cam­bio, la intervención de los ejércitos austría­cos y rusos, a los que se podrían unir — a su paso por Francia — los de Luis XVIII. Una tercera tesis — la de Chateaubriand, y no de su gobierno, que hasta la ignoraba — era la de dejar intervenir sólo a Francia, con el riesgo, pero también con la gloria, de la empresa. Prevaleció esta última y Chateaubriand siempre se alabó de ello, aun entre las varias y contrastantes vicisi­tudes de su vida política. Habla de aquel acontecimiento como del más grande de la Restauración y se arroga la gloria de haber sido su principal fautor. Así sostiene que condenarlo por haber tenido razón contra un número mayor de diplomáticos y de intereses nacionales, hubiera sido condenar los hechos mismos. Este escrito, publicado en 1838, es notable, más que por la auto­defensa de Chateaubriand por la documen­tación de la campaña militar y del ambien­te diplomático que la inspiró; en medio de su exaltación del valor francés, Chateau­briand afirma, con un sentido histórico exento del sectarismo de los ultrarrealistas, que con la gesta de España la nación fran­cesa logró una victoria «que había escapado a la gloria y al genio de Napoleón».

C. Cordié

La Guerra de Catilina, Cayo Salustio Crispo

[Bellum Catilinarium]. Monografía histórica de Cayo Salustio Crispo (86-35 a. de C.) sobre la llamada conjuración de Catilina (63 a. de C.). Ésta fue un episodio del vasto movi­miento revolucionario contra la nobleza, capitaneado por Julio César y Licino Cra­so, los cuales, sin embargo, no tuvieron par­te manifiesta en los planes de violencia anárquica a que se entregó Catilina cuando Cicerón hizo fracasar todos sus esfuerzos para obtener el poder por vía legal; el ru­mor de la complicidad de César y Craso se difundió más tarde, y quizá por obra del mismo Cicerón.

El intento oculto de Sa­lustio, en otro tiempo criatura de César, fue el de exculpar la memoria de su protector haciendo recaer toda la responsabilidad en Catilina, a quien retrata con negras tintas, como un hombre corrompido por el vicio y falto de todo sentido moral. Y como su abyección era, según Salustio, común a la mayor parte de la juventud noble y la difusión de la corrupción corría parejas con el desgobierno de la nobleza, la responsa­bilidad última de las maldades de Catilina viene a recaer sobre aquélla. Por esto a la narración le precede un prólogo, a primera vista desproporcionado, que pinta el cam­bio de las costumbres remontando hasta la fundación de Roma; luego, a partir de la juventud de Catilina, el relato sigue rápido y conciso hasta la catástrofe. Salustio, his­toriógrafo pragmático, no se deja llevar por las tentaciones de la historiografía re­tórica, sino que, dejando a un lado los de­talles, pone de relieve el nexo causal de los hechos. El resorte de éstos se halla en la voluntad de los hombres superiores, que saben arrastrar a las masas; por esto, sólo los personajes más principales aparecen en primer plano y su carácter moral está de­finido cuidadosamente en retratos que se han hecho célebres por la profundidad de la penetración psicológica y por su verdad artística: Catilina, Sempronia — la dama be­lla e inteligente, pero incurablemente co­rrompida —, César, Bruto (éste, y no el odiado Cicerón, a quien no concede el ho­nor de un retrato, aparece como el campeón de la nobleza).

Incluso los largos discursos, que según la tradicional técnica historio- gráfica antigua, se ponen en boca de los personajes, se proponen pintar los caracte­res, y además ofrecen al escritor la ocasión de insinuar su propia interpretación de hombres y acontecimientos. El tono de des­apasionada objetividad y de elevada pre­dicación moral que corre por toda la obra, concuerda poco con el pasado tempestuoso del autor y la tendenciosidad de su asunto, la cual se revela también en deformaciones de la realidad a veces graves; pero la su­tileza de la interpretación, unida al hechizo de un estilo personalísimo, cortado y asi­métrico, levemente matizado de poesía y de arcaísmo, ha hecho triunfar su tesis, de­jando a Catilina irremediablemente conde­nado a los ojos de la posteridad.

A. Passerini

El Catilina de Salustio es la primera en­tre las obras maestras que nos ha legado la historiografía romana. (Boissier)

Salustio se hace actor de su historia. (C. Marchesi)

La Guerra Carlista, Ramón María del Valle-Inclán

Tres obras forman este ciclo novelesco del escritor es­pañol don Ramón María del Valle-Inclán (1870-1936): Los cruzados de la causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño. La primera, escrita antes de sus viajes a Navarra, es como una introducción a las otras dos. El marqués de Bradomín llega a Galicia para levantar partidas, coordinar los esfuerzos de los nuevos cruzados y sacrificar su hacienda a la causa.

Don Juan Manuel de Montenegro, Cara de Pla­ta, María Isabel, vuelven a cruzar estas pá­ginas con un nimbo de violencia, de he­roicas aspiraciones o de abnegadas visiones. Ellos son los protagonistas — múltiples — de la novela, ellos llevan consigo toda la an­dadura emocionada del contrabando de ar­mas, escondido en el convento, y, luego, en la casona solariega de los Montenegro, en las renuncias de la abadesa cuando de­cide marchar a la guerra. En ellos también, las patéticas escenas del «pranto» por el soldado muerto o por la doncella solitaria, naufragado el barco que capitaneaba aque­lla «flor de los marinos», puesto que sol­dado y doncella iban a soliviantar la san­gre de los Montenegro. El resplandor de la hoguera está limitada ya a Navarra. María Isabel de Montenegro y Cara de Plata se dirigen en una diligencia hacia las líneas carlistas. En una venta, tropiezan con Ro- quito, el antiguo sacristán del convento ga­llego y ahora contrabandista, espía, solda­do, con el alma en sombras y sin luz que le alumbre por entero. El segundón marcha con la partida de Miquelo Egoscué, y en una emboscada, junto a un puente, recibe su bautismo de fuego.

Allí María Isabel, perdida entre los liberales, curó heridas por vez primera y allí Roquito acertó con su luz interna: colgó de su cuello una es­quila y en la noche — fingida res — se acer­có al retén de los enemigos y le prendió fuego; en su huida hubo de refugiarse en una chimenea; al salir del escondite, las llamas le habían cegado para siempre. La última parte, Gerifaltes de antaño, es la his­toria, cruel y dramática, del cura Santa Cruz. Miquelo Egoscué es inmolado por el clérigo: su partida es mermada dramática­mente o se dispersa por inciertos caminos; Cara de Plata logra salvarse de los feroces justicias del clérigo. Contra Santa Cruz van ya los mismos carlistas. Él hace su guerra, sin tolerar otros cabecillas. Por eso eliminó al guerrillero, por eso con su presencia amarga los últimos minutos de don Pedro Mendía, hasta conseguir aumentar su par­tida, para proseguir una guerra sin cuartel, hasta el día — silenciado en la novela — en que al pasar él, el cura de Hernialde, la raya de Francia, hayan acabado las guerras carlistas. Valle-Inclán ha tomado hechos históricos y, sobre todo figuras, y los ha incluido en sus narraciones, pero en ellas interesa más que la verdad histórica (re­cogida de libros y de boca de los veteranos) la verdad ambiental lograda por un cono­cimiento directo de los paisajes y de las gentes; en definitiva el novelista se ha com­portado como el antiguo cantor de una gesta: ha recogido la tradición oral y ha captado el ambiente; los dos elementos le han permitido crear unas novelas, históricas en cuanto a los temas, pero en las que alien­ta la voz de un poema épico, verdadero en su transmisión y agrandada en las resonan­cias del tiempo y en el tornavoz con que la cubre el gran escritor. ¿Cómo ve Valle- Inclán la historia? Primeramente hay dos mundos en oposición: uno primitivo, puro, hecho de sencillez y abnegaciones; otro, decadente, adulterado, hecho de politiqui­llas y medios personales.

Él, decididamente, está por, el primero. Por eso el carácter to­talmente distinto de las dos fuerzas comba­tientes: el monte y la voluntaria fidelidad estructuran las partidas carlistas; las ciu­dades y la soldada mercenaria dan vida al ejército liberal. Tal es, también, la imagen de los hombres que se enfrentan, y por eso el carlismo da la nota vibrante de los hom­bres enteros; sin claudicaciones, sin blan­duras, sólo lo que exige la peripecia de cada día, y así se comprende la barbarie de Santa Cruz, primitiva y elemental en un coro de gentes primitivas y sin doblez; con muchas relaciones con la personalidad in­dómita de don Juan Manuel de Montenegro, el inflexible vinculero. Estilísticamente, las novelas están dentro de la época modernista de Valle-Inclán; mucho más la primera, sin que por ello falten algunos elementos en las otras dos, pero más atenuados, sin la riqueza sensorial con que se encuentran en Los cruzados de la causa, y es que la guerra — ya dolorosamente sentida — y la auste­ridad de un pueblo combatiente ponían sor­dina al vivir cotidiano y reclamaban aspe­rezas en vez de molicies.

M. Alvar

Guerra de Cataluña, Francisco Manuel de Meló

Abreviación corriente de la Historia de los movimientos y separación de Cataluña y de la guerra entre Felipe IV… y la Deputación General de aquel Principado, es la obra más cono­cida del lisboeta Francisco Manuel de Meló (1608-1666). Autor igualmente clásico en español y en portugués, su personalidad ostenta, como característica más acusada, la variedad de facetas. Muy ligado primero a España, entre cuyos servidores eminentes se contó y de cuya vida literaria participó íntimamente — fue, entre otros, gran amigo de Quevedo —, hízose, cuando la indepen­dencia lusitana empezó a asegurarse, rabioso portuguesista, aunque a unos y a otros ins­piró desconfianza.  Típico polifacético tam­bién en sus estudios y aficiones: cultivador de griegos y latinos, filósofo, poeta, escritor político…, y, junto a ello, muy entendido en ciencia militar, tanto terrestre como na­val. Por esto, al ser nombrado el marqués de los Vélez jefe del ejército de operacio­nes en Cataluña (1640), se le designó como auxiliar que remediase la inexperiencia de aquél; fuéle asimismo encomendada la cró­nica de la campaña.

Meló estuvo con el ejército hasta que, a raíz de la toma de Tarragona (24 diciembre 1640), llegada la noticia de la insurrección portuguesa, ins­piró recelo y fue desterrado. El vagar que este exilio le procuró fue aprovechado para escribir la historia encargada, que publicó en Lisboa (1645), dirigida a Inocencio X, después de haber pensado dedicarla a Fe­lipe IV, al comenzarla, y al rey portugués al darle fin. Apareció con el pseudónimo «Clemente Libertino», como hijo de un es­clavo recién liberado, según aclara él mis­mo. No estaba aún, sin embargo, enemistado con España, y realmente su posición podía garantizar su imparcialidad, ya que su nación natal no participaba en aquella cam­paña y ningún motivo tenía para favorecer a los catalanes y franceses en su historia. Ésta comprende hasta que él dejó de ser partícipe de la guerra y, en general, se atiene al propio testimonio, achacándosele no haber consultado documentos que podían ilustrarle. No faltan, en efecto, algunas in­exactitudes y lagunas.

Más que como fuente histórica vale como escrito político, obra de un hondo pensador y observador sagaz, bien preparado además por su variada ex­periencia, rica en toda clase de eventos, y por su copiosa erudición. Pocos penetran tan adentro como él en la psicología de los personajes; ya él dice que está más atento a mostrar «los ánimos de los hombres, y no sus vestidos de seda, lana o pieles». Y vale sobre todo la «Guerra» como obra literaria, en cuya composición puso el mayor esmero, pues entendía que la historia debe también agradar. Presenta con pericia los hechos del modo que más despierten el interés y más conectados aparezcan con los antecedentes por él señalados, todo ello expuesto en una prosa tan vigorosa como concisa.

B. Sánchez Alonso