La Guerra de Catilina, Cayo Salustio Crispo

[Bellum Catilinarium]. Monografía histórica de Cayo Salustio Crispo (86-35 a. de C.) sobre la llamada conjuración de Catilina (63 a. de C.). Ésta fue un episodio del vasto movi­miento revolucionario contra la nobleza, capitaneado por Julio César y Licino Cra­so, los cuales, sin embargo, no tuvieron par­te manifiesta en los planes de violencia anárquica a que se entregó Catilina cuando Cicerón hizo fracasar todos sus esfuerzos para obtener el poder por vía legal; el ru­mor de la complicidad de César y Craso se difundió más tarde, y quizá por obra del mismo Cicerón.

El intento oculto de Sa­lustio, en otro tiempo criatura de César, fue el de exculpar la memoria de su protector haciendo recaer toda la responsabilidad en Catilina, a quien retrata con negras tintas, como un hombre corrompido por el vicio y falto de todo sentido moral. Y como su abyección era, según Salustio, común a la mayor parte de la juventud noble y la difusión de la corrupción corría parejas con el desgobierno de la nobleza, la responsa­bilidad última de las maldades de Catilina viene a recaer sobre aquélla. Por esto a la narración le precede un prólogo, a primera vista desproporcionado, que pinta el cam­bio de las costumbres remontando hasta la fundación de Roma; luego, a partir de la juventud de Catilina, el relato sigue rápido y conciso hasta la catástrofe. Salustio, his­toriógrafo pragmático, no se deja llevar por las tentaciones de la historiografía re­tórica, sino que, dejando a un lado los de­talles, pone de relieve el nexo causal de los hechos. El resorte de éstos se halla en la voluntad de los hombres superiores, que saben arrastrar a las masas; por esto, sólo los personajes más principales aparecen en primer plano y su carácter moral está de­finido cuidadosamente en retratos que se han hecho célebres por la profundidad de la penetración psicológica y por su verdad artística: Catilina, Sempronia — la dama be­lla e inteligente, pero incurablemente co­rrompida —, César, Bruto (éste, y no el odiado Cicerón, a quien no concede el ho­nor de un retrato, aparece como el campeón de la nobleza).

Incluso los largos discursos, que según la tradicional técnica historio- gráfica antigua, se ponen en boca de los personajes, se proponen pintar los caracte­res, y además ofrecen al escritor la ocasión de insinuar su propia interpretación de hombres y acontecimientos. El tono de des­apasionada objetividad y de elevada pre­dicación moral que corre por toda la obra, concuerda poco con el pasado tempestuoso del autor y la tendenciosidad de su asunto, la cual se revela también en deformaciones de la realidad a veces graves; pero la su­tileza de la interpretación, unida al hechizo de un estilo personalísimo, cortado y asi­métrico, levemente matizado de poesía y de arcaísmo, ha hecho triunfar su tesis, de­jando a Catilina irremediablemente conde­nado a los ojos de la posteridad.

A. Passerini

El Catilina de Salustio es la primera en­tre las obras maestras que nos ha legado la historiografía romana. (Boissier)

Salustio se hace actor de su historia. (C. Marchesi)