La Guerra Carlista, Ramón María del Valle-Inclán

Tres obras forman este ciclo novelesco del escritor es­pañol don Ramón María del Valle-Inclán (1870-1936): Los cruzados de la causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño. La primera, escrita antes de sus viajes a Navarra, es como una introducción a las otras dos. El marqués de Bradomín llega a Galicia para levantar partidas, coordinar los esfuerzos de los nuevos cruzados y sacrificar su hacienda a la causa.

Don Juan Manuel de Montenegro, Cara de Pla­ta, María Isabel, vuelven a cruzar estas pá­ginas con un nimbo de violencia, de he­roicas aspiraciones o de abnegadas visiones. Ellos son los protagonistas — múltiples — de la novela, ellos llevan consigo toda la an­dadura emocionada del contrabando de ar­mas, escondido en el convento, y, luego, en la casona solariega de los Montenegro, en las renuncias de la abadesa cuando de­cide marchar a la guerra. En ellos también, las patéticas escenas del «pranto» por el soldado muerto o por la doncella solitaria, naufragado el barco que capitaneaba aque­lla «flor de los marinos», puesto que sol­dado y doncella iban a soliviantar la san­gre de los Montenegro. El resplandor de la hoguera está limitada ya a Navarra. María Isabel de Montenegro y Cara de Plata se dirigen en una diligencia hacia las líneas carlistas. En una venta, tropiezan con Ro- quito, el antiguo sacristán del convento ga­llego y ahora contrabandista, espía, solda­do, con el alma en sombras y sin luz que le alumbre por entero. El segundón marcha con la partida de Miquelo Egoscué, y en una emboscada, junto a un puente, recibe su bautismo de fuego.

Allí María Isabel, perdida entre los liberales, curó heridas por vez primera y allí Roquito acertó con su luz interna: colgó de su cuello una es­quila y en la noche — fingida res — se acer­có al retén de los enemigos y le prendió fuego; en su huida hubo de refugiarse en una chimenea; al salir del escondite, las llamas le habían cegado para siempre. La última parte, Gerifaltes de antaño, es la his­toria, cruel y dramática, del cura Santa Cruz. Miquelo Egoscué es inmolado por el clérigo: su partida es mermada dramática­mente o se dispersa por inciertos caminos; Cara de Plata logra salvarse de los feroces justicias del clérigo. Contra Santa Cruz van ya los mismos carlistas. Él hace su guerra, sin tolerar otros cabecillas. Por eso eliminó al guerrillero, por eso con su presencia amarga los últimos minutos de don Pedro Mendía, hasta conseguir aumentar su par­tida, para proseguir una guerra sin cuartel, hasta el día — silenciado en la novela — en que al pasar él, el cura de Hernialde, la raya de Francia, hayan acabado las guerras carlistas. Valle-Inclán ha tomado hechos históricos y, sobre todo figuras, y los ha incluido en sus narraciones, pero en ellas interesa más que la verdad histórica (re­cogida de libros y de boca de los veteranos) la verdad ambiental lograda por un cono­cimiento directo de los paisajes y de las gentes; en definitiva el novelista se ha com­portado como el antiguo cantor de una gesta: ha recogido la tradición oral y ha captado el ambiente; los dos elementos le han permitido crear unas novelas, históricas en cuanto a los temas, pero en las que alien­ta la voz de un poema épico, verdadero en su transmisión y agrandada en las resonan­cias del tiempo y en el tornavoz con que la cubre el gran escritor. ¿Cómo ve Valle- Inclán la historia? Primeramente hay dos mundos en oposición: uno primitivo, puro, hecho de sencillez y abnegaciones; otro, decadente, adulterado, hecho de politiqui­llas y medios personales.

Él, decididamente, está por, el primero. Por eso el carácter to­talmente distinto de las dos fuerzas comba­tientes: el monte y la voluntaria fidelidad estructuran las partidas carlistas; las ciu­dades y la soldada mercenaria dan vida al ejército liberal. Tal es, también, la imagen de los hombres que se enfrentan, y por eso el carlismo da la nota vibrante de los hom­bres enteros; sin claudicaciones, sin blan­duras, sólo lo que exige la peripecia de cada día, y así se comprende la barbarie de Santa Cruz, primitiva y elemental en un coro de gentes primitivas y sin doblez; con muchas relaciones con la personalidad in­dómita de don Juan Manuel de Montenegro, el inflexible vinculero. Estilísticamente, las novelas están dentro de la época modernista de Valle-Inclán; mucho más la primera, sin que por ello falten algunos elementos en las otras dos, pero más atenuados, sin la riqueza sensorial con que se encuentran en Los cruzados de la causa, y es que la guerra — ya dolorosamente sentida — y la auste­ridad de un pueblo combatiente ponían sor­dina al vivir cotidiano y reclamaban aspe­rezas en vez de molicies.

M. Alvar