Los Habitantes del Archipiélago, August Strindberg

[Skärkarlsliv]. Volumen de novelas cortas de August Strindberg (1849-1912), publicado en 1888. Tiene un prólogo en el cual se describe con mano maestra el ar­chipiélago de Estocolmo, y encierra la na­rración más notable, «El romántico sacris­tán de Rano», que es la historia de un joven pobre, apasionado por la música, que acaba de maestro de escuela y sacristán en una localidad alejada del archipiélago de Estocolmo y vive allí una especie de dulce y fantástica locura. Entre las demás, so­bresale la narración de un uxoricida llevado al delito por un odio que nace lenta­mente, sin causa precisa, pero determinado inconscientemente por el hecho de que la mujer (motivo siempre repetido en Strind­berg) es una delincuente. Otra novela, «Su­perstición», desarrolla el motivo (v. Espo­sos,) de la mujer respetada (equivocadamen­te, según insinúa el título) como madre; otra, «El amor de las muchachas», narra la vida sexual de las jóvenes aldeanas (v. Los habitantes de Hems¨0); en otra, «El voto en la tormenta», se relata la promesa de ma­rinero hecha por un pescador que, encontrándose en gran peligro, promete regalar a la iglesia un rico presente votivo de plata y luego lo regala de estaño. Excepto «El romántico sacristán», estas novelas son di­seños y bocetos que, por el estilo y la ins­piración, están emparentadas con la pre­cedente novela, Los habitantes de Hemsö (v.), y con la siguiente, A orillas del ancho mar (v.).

V. Santoli

Los Habitantes del País de los bosques, Thomas Hardy

[The Woodlanders]. Novela del escritor inglés Thomas Hardy (1840- 1928), publicada en 1887. Gracia Melbury, hija de un mercader de Little Hintock, está prometida a Giles Winterbourne. Pero Gra­cia, enviada por su padre a completar los estudios a una escuela de la ciudad, a su regreso encuentra a su rústico enamorado demasiado distinto de ella y acepta en cambio el marido que le propone su padre, Edred Fitzpiers, un elegante doctor cilio que pronto abandona a su mujer por una rica viuda. Entonces el amor entre Giles y Gra­cia rebrota y, al regreso del marido, Gra­cia corre a refugiarse junto a Giles que, si bien enfermo, le deja su cabaña y muere en un pobre refugio en el bosque, asistido por Gracia y por Marty South, una aldeanita de Wessex, su enamorada fiel. Des­pués de la muerte de la viuda, Gracia se reconcilia con su marido. El autor opone dos grupos de personajes: por un lado Gi­les y Marty, almas sencillas y leales cuya bondad deriva de la íntima comunión en que viven con la naturaleza; por otro lado, Gracia, que, perdido el contacto con la naturaleza por su estancia en la ciudad,’ pierde la lealtad y fidelidad que de otro modo hubiese conservado sin duda, y Edred, espíritu árido, cerrado al influjo benéfico de lo sencillo. Naturaleza y paisaje son una fuerza activa, siempre presente en el relato, en el que predominan la limpi­dez y los tonos claros que caracterizan a las primeras novelas de Hardy (v. Bajo el verde bosque, Lejos de la multitud enlo­quecedora).

S. Rosati

Los Habitantes de Hemsö, August Strindberg

[Hemsöborna]. Novela de 1887, adaptada más tar­de como «comedia popular en cuatro actos», del sueco August Strindberg (1849-1912).

El tema de la narración es la vida de los habitantes de un islote del archipiélago de Estocolmo. Ocupa el lugar central un aldea­no värmlandés, emprendedor y astuto, Caris- son, que, habiendo ido al islote como sim­ple mozo, pone en orden la finca y las va­rias propiedades de una viuda que, pese a su avanzada edad, no ha renunciado to­davía a gustar de las alegrías de la vida. En cuanto el mozo llega a la casa, la viuda pone en él sus ojos y acaba proponiéndole la boda; a Carlsson no le parece mal y consiente, pero en compensación se hace asegurar la propiedad en el testamento: es el típico matrimonio aldeano, debido al di­nero por una parte, y a la carne por otra. Sólo que los cálculos de Carlsson fracasan. Creía estar ya a cubierto y poderse permi­tir alternar la unión legítima con el amor más placentero de una joven procaz; pero al descubrir sus amoríos, la mujer destruye el testamento. Así Carlsson ve esfumarse el dinero y pierde más tarde la vida, ahogándose cuando llevaba a la iglesia, en barca, el cadáver de su mujer. Éstas son las lí­neas generales de la novela, en la que se despliegan de lleno las cualidades maestras de Strindberg: la precisión y, al mismo tiem­po, la facilidad en la representación de la vida natural, la observación agudísima, que se centra en el dibujo incisivo de la hu­manidad primitiva, toda instintos y avari­cia. Carlsson quiere conseguir dinero y, una vez asegurado eso, disfrutar de las mu­jeres; la viuda Flod, que cuenta con el di­nero, trata de unirse con aquel muchacho emprendedor: de dicha situación fundamen­tal se siguen lentamente escenas llenas de cruda vivacidad, como la bellísima de la siega.

La novela está llena de brío y de «gauloiseries»; pero no es cómica ni hu­morística, si bien no faltan pasajes humo­rísticos y cómicos. En el fondo hay una intuición radicalmente pesimista: aquellas gentes de Hemsö sólo se mueven por la avaricia y por la avidez, viven únicamente de apetitos y en dicha esfera inferior no hay lugar, ni puede haberlo, para los efec­tos intelectuales que llamamos cómicos, ni para la sonrisa indulgente o el humoris­mo, y en último término, tampoco para la bondad y la humana comprensión; en suma, para la luz del ideal.

V. Santoli

Habacuc

[Habaquq (nom­bre de pianta)]. Libro profético del Antiguo Testamento (v. Biblia), atribuido a Habacuc, que vivió unos decenios antes de la destrucción de Jerusalén (alrededor de 630- 610 a. de C.). Tiene dos secciones muy dis­tintas. Primera: un diálogo entre Dios y el profeta, en que se anuncia el castigo de Judá por medio de los babilonios y la sub­siguiente ruina de éstos (I-II). Segunda: un salmo en que el profeta describe la ve­nida del Señor al Juicio Final e implora mi­sericordia para su pueblo (III). La destruc­ción de Babilonia no es más que el marco histórico en que se desarrollan las predic­ciones de la ruina de todos los enemigos de Dios representados en los babilonios, y la resurrección del género humano por obra del Mesías. La forma con que Habacuc embellece su obra indica que el autor fue uno de los buenos poetas hebreos. Ora amenace terriblemente a los protervos, ora pinte, con nobles términos, la majestad de Dios juez, alienta en toda la obra un sen­tido de grandeza, de magnificencia, de cosa alada; dicción y sentimiento, todo es mara­villosamente conducido, con elevación, con sublime inspiración poética. El libro al­canza su punto lírico culminante en el ca­pítulo III, en que se halla el conocido «Cán­tico de Habacuc», en el que la poesía he­brea alcanza un punto altísimo de soberana inspiración.

G. Boson

Una Habitación Propia, Virginia Woolf

[A Room of One’s own]. Ensayo literario de la es­critora inglesa Virginia Woolf (1882-1941), publicado en 1928 y compuesto a base de los apuntes para dos conferencias dadas en la Arts Society de Newnham y en el Odtaa de Girton, en octubre de 1928.

Tras haber transcurrido una jornada en un centro uni­versitario, con una espléndida comida en un colegio masculino y una cena modesta en un colegio femenino, que dispone de medios muy limitados, V. Woolf se pregun­ta por qué las mujeres son más pobres que los hombres. Busca en vano una respuesta en los libros de la biblioteca del British Museum, donde le sorprende la enorme cantidad de obras escritas por hombres y concernientes a las mujeres; no se trata solamente de obras ligeras, sino también de escritos científicos y de graves sermones morales y filosóficos, cuyo tono, más que una serena imparcialidad de juicio, revela cierta irritación, velada por la ironía. Has­ta los tiempos más recientes, han querido los hombres tener a la mujer económica y espiritualmente sometida, sobre todo para no perder el sentido de su superioridad, y para ver su imagen magnificada en los dóci­les ánimos femeninos. La época elisabetiana no tuvo ciertamente a ninguna escritora del valor de Shakespeare, pero dadas las con­diciones en que las mujeres vivían en aque­lla época, una muchacha, por muy genial y aventurera que fuese, aunque se tratara de una hermana de Shakespeare, que hu­biese ido como él a Londres, deseosa de afirmar su fama en la escena, muy pronto habría sido dolorosamente derrotada en la lucha desigual contra las costumbres y los prejuicios.

Las primeras escritoras halla­ron por todas partes barreras que se opo­nían a su desenvolvimiento espiritual. Sólo Jane Austen supo adaptarse serenamente, abriendo eficaz brecha en el mundo restringido en que se hallaba confinada. En otras escritoras, superiores a ella, tales co­mo Charlotte Bronte, el sentido de rebe­lión perjudicó su serenidad artística. Las condiciones actuales son distintas, y, sin embargo, una escritora inteligente como Mary Carmichael pudo dejarse influenciar por los consejos y las admoniciones de profe­sores y de pedagogos. Las mujeres deberían escribir de modo diverso a como lo hacen los hombres; son capaces de sentir y dar relieve a situaciones que salen del campo de la experiencia masculina. Dentro de cien años, la mujer podrá disponer de una «habitación propia» en que poder trabajar tranquilamente dando un rendimiento que asegure cierto bienestar. Una joven escri­tora como Mary Carmichael escribirá entonces libros mejores, y casi de seguro que será una verdadera poetisa. Nuestra mente está formada por elementos mascu­linos y femeninos que deben cooperar armónicamente para producir grandes obras. En Shakespeare la cooperación es perfec­ta; en algunos escritores modernos, sin duda por la inconsciente reacción contra el sexo débil, el elemento masculino do­mina de un modo absoluto y sus obras ca­recen por eso de poder sugestivo.

La crea­ción artística ha de estar precedida de la fusión de los elementos opuestos masculi­nos y femeninos; el escritor no debe pensar en el sexo propio ni alimentar en él intem­perancias o antagonismos que ofusquen la serenidad de la obra. No debe sufrir la in­fluencia de sugestiones externas, sino hacer valer su propia misión con perfecta honra­dez. Para esto es indispensable cierta inde­pendencia material que garantice la sere­nidad del espíritu. Y Virginia Woolf exhorta a su público de estudiantes femeninos a trabajar para dar vida al genio de la mu­jer, para dar vida a la imaginaria «herma­na de Shakespeare».

T. P. Pieraccini