[Histoire des institutions politiques de l’ancienne France]. Obra de Numa-Denis Fustel de Coulanges (1830-1889). Concebida como una historia sintética que debía llegar hasta la Revolución francesa, se detuvo a fines del Imperio carolingio, enriqueciéndose, en cambio, con estudios particulares y con una riquísima documentación, y apareció en gran parte después de su muerte, en la publicación dirigida por C. Jullian. La primera parte, publicada en 1874 y ampliada en una sucesiva edición en tres volúmenes, trata de la Galia romana, de la invasión germánica y de la monarquía franca; otros tres volúmenes (1889-1892), estudian la propiedad rural en la época merovingia, los orígenes del sistema feudal y la monarquía carolingia. Según el autor, la invasión germánica no trajo consecuencia alguna ni sobre la lengua, ni sobre la religión, ni sobre las costumbres, ni sobre el derecho de la Galia romana. Las transformaciones sociales de ésta en la transición de la edad romana a la Edad Media representan un desarrollo natural de las instituciones preexistentes o son debidas al desorden originado por la penetración bárbara. El Estado merovingio tiene como continuación el Bajo Imperio: los francos no fundaron un nuevo régimen ni se impusieron como raza conquistadora.
El mismo régimen feudal existía ya en germen. El «beneficio», el «patronato» y la «inmunidad», las tres instituciones de las que deriva el feudalismo, corresponden respectivamente al «precarium» romano (concesión precaria de la tierra), al patronato, ampliamente extendido en la sociedad romana, y al progresivo desvincularse de los grandes propietarios de la autoridad central debilitada. El régimen económico feudal se halla, por consiguiente, perfilado ya en el siglo VII. Sucesivamente, cuando todas las atribuciones de los funcionarios estatales pasan a los grandes propietarios, éstos se convierten también en jefes militares, y el vasallaje queda consagrado como una jerarquía militar. Esta tesis, producida cuando ya se encendían las polémicas entre romanistas y germanistas, causó gran conmoción, y el historiador fue acusado de romanismo y de nacionalismo antigermánico. A estas afirmaciones se oponía manifestando que tan sólo había querido afirmar que el feudalismo, por una interna necesidad del sistema territorial, hubiera nacido en cualquier país donde se dieran las mismas circunstancias. Sin embargo, la Historia de Coulanges constituyó una reacción contra la exaltación contemporánea de la superioridad racial germánica. Su teoría ha permitido corregir muchas exageraciones de la teoría opuesta, pero ofrece a su vez una tesis demasiado excesiva y sistemática, que después de los estudios modernos sólo es aceptada en parte. Lo que no quita que la obra se considere una de las más grandiosas y brillantes de la historiografía francesa, por lo que respecta a la reconstrucción de la época merovingia. El estilo del libro mantiene en toda su extensión la cualidad, de sobria y cristalina nitidez, por la que el autor de La Ciudad antigua (v.) fue comparado a Montesquieu y a Michelet.
P. Onnis
