Historia Florentina, Giacotto Malispini

[Storia florentina]. Continuada por Giacotto Malispini, la Historia de Ricordano Ma­lispini (1220?-1285?) abarca desde la fundación de Florencia hasta el año 1286. Está compuesta por 248 breves capítulos, de los cuales los primeros repiten la corriente fá­bula sobre la fundación de Fiésole, «que fue la primera ciudad hecha en el mundo, cuando terminó el diluvio del arca de Noé», y las leyendas de la fundación de Roma y la destrucción de Fiésole por obra de Julio Cé­sar, que quiso erigir la nueva ciudad, llama­da por los senadores Florencia Magna, que a su vez fue destruida por Atila y recons­truida. Sigue la genealogía de las principa­les familias de Florencia, descendientes de los romanos, y las vicisitudes de la ciudad hasta la división en partidos, originada por la muerte de Buondelmonte Buondelmonti. A partir de este punto (Cap. C), la historia se hace más detallada y verídica, ocupándose del período de las luchas entre güelfos y gibelinos y entre las diversas ciudades tos- canas, y extendiéndose a los principales acontecimientos de toda Italia y Europa.

El autor se nos muestra como güelfo moderado y, como Dante, hostil a la gente nueva y orgulloso de la antigua nobleza de origen romano. Según afirma, un pariente romano le procuró algunos escritos sobre los que se funda su historia, además de otros que halló en la Abadía Florentina. La prosa es sen­cilla y expresiva, aunque no siempre clara, y está escrita en un italiano arcaico y puro. No se conserva ningún manuscrito de la época; pero la narración de Malispini es repetida íntegramente en la famosa Cróni­ca de G. Villani (v.), lo que ha inducido a autorizados estudiosos a considerarla como una reducción posterior de Villani, con falso nombre. Pero en la actualidad se tiende de nuevo, como ya lo hizo Capponi, a considerarla original e incorporada ulte­riormente por Villani en su obra, como acostumbraban a hacer los cronistas con sus fuentes. Por consiguiente, sería la primera historia en italiano vulgar, de una notable amplitud y madurez de composición, a la vez que una fuente histórica importante de la Divina Comedia (v.), como se pone de manifiesto en algunos episodios de ésta, ajustados a la narración de Malispini.

P. Onnis

Cuando narra hechos contemporáneos es un testimonio verídico y exacto, y ni su fe güelfa le induce a alterar los hechos. Pero cuando se aparta de su tiempo nos hallamos en la infancia de la cultura. (De Sanctis).

Es prosa de novela, no de historia.  (F. Flora).

Historia Florentina, Leonardo Bruni

[Historiarum florentini populi]. Sobre esta obra de Leonardo Bruni, llamado Aretino (1370- 1444), influyó ampliamente y durante mu­cho tiempo la objeción hecha por Maquiavelo, de que el autor se había olvidado de tratar los acontecimientos internos de la ciudad. Pero este reproche no es exacto, ya que la Historia no sólo narra noblemente las empresas militares y la política exterior florentina, sino también el desenvolvimien­to de la constitución interna, con tal orden y tal capacidad de síntesis, que la hacen merecedora del título de Historia floren­tina. Esta obra cierra el período glorioso de las grandes «crónicas» e instaura el período de la historia; contribuyó a au­mentar las exigencias de aquel agudo espí­ritu florentino, en el que se resumía por entonces toda la cultura italiana. En doce libros> y partiendo de los orígenes de Flo­rencia, fundada por Sila, al ser privado Fiésole del derecho de municipio, el autor lleva la narración hasta la muerte del gran Galeazzo Visconti (1402), que libró definiti­vamente a Florencia del peligro de convertirse en ciudad del ducado de Milán. La obra de Bruni, considerada en conjunto y purgada de las erratas de las ediciones pre­cedentes, ha sido incluida en la nueva edi­ción de Muratori.

G. Franceschini

Historia Florentina, Giovanni Cavalcanti

[Storia florentina]. Titulada en los códices Crónica sobre los cambios del Estado de 1428 a 1440. Giovanni Cavalcanti (1390?- 1460?) trató decididamente de elevar la cró­nica vulgar a la altura de la historia, adelantándose casi en un siglo a Maquiavelo en revelar la importancia de la organiza­ción del Estado y de las causas conocidas y ocultas que determinaron sus cambios, llegando por este camino a asignar un sig­nificado mucho más amplio a las relacio­nes exteriores y a los conflictos con los demás Estados. Su tema estuvo primero circunscrito a los años comprendidos entre 1430 y 1435, y más concretamente entre el destronamiento y la vuelta del destierro de Cosme de Médicis; mas para explicar con mayor amplitud los acontecimientos, partió de la guerra de los florentinos, aliados de Venecia, contra Felipe María Visconti (1423), y amplió la narración hasta la paz de Cremona (1441).

Más tarde, tomó de nuevo la pluma para contar los acontecimientos ocu­rridos en su patria y en toda Italia hasta la muerte de Filippo Maria (1447), pareciéndole, no sin razón, que el cuadro era así mucho más completo. Ardiente partida­rio de los Médicis, exaltador de Cosme, que lo apreció y protegió, es, sin embargo, ecuá­nime y sereno al juzgar a los adversarios. En su presuntuoso estilo latinizante logra siempre que los méritos sobrepasen a los defectos; generoso y gallardo, procede en la narración histórica a grandes y seguros ras­gos que fueron del agrado de Maquiavelo, el cual, anteponiéndolo a Bracciolini, hizo de él su fuente principal en el cuarto libro de sus Historias florentinas, F. Polidori hizo im­primir la obra en dos volúmenes: Historias Florentinas escritas por Giovanni Caval­canti, que incluyen también fragmentos de la Segunda historia (Florencia, 1838-39); edición crítica de Guido di Pino (Milano, 1944).

H. Franceschini

Historia Esteticocrítica de las Artes del Dibujo, Pietro Selvático

[Storia estetico-critica delle arti del disegno]. Obra del escri­tor de arte Pietro Selvático (1803-1880) que comprende las lecciones dadas por el autor en la Academia de Bellas Artes de Venecia, publicada en esta ciudad, en dos volú­menes, desde 1852 a 1856.

El tema de las lecciones es el desenvolvimiento estético y técnico de la arquitectura, pintura y escultura en el Oriente antiguo, en el mundo clásico y en Italia, hasta el neoclasicismo. Decidido seguidor de las ideas estéticas de Hegel, hasta el punto de hacer suya la definición del arte y de lo bello como apa­riciones sensibles de la idea, Selvático sos­tiene, sin embargo, que el conocimiento de la estética filosófica no basta, debido a su universalidad y a su abstractismo, para for­mar y dirigir a los artistas, a menos que sus principios no estén ilustrados por la historia del arte. Sólo ella puede hacer comprender «por qué caminos la forma se hace reveladora de la idea, fijando ésta, como meta propia, lo bello moral y el afecto». Motivo predominante y caracterís­tico, tanto de la Historia como de los demás escritos de Selvático, es su intento pedagó­gico. Su reconstrucción histórica, modelada sobre el esquema general de la distinción hegeliana sobre los tres momentos: alegó­rico, clásico y romántico, es la directriz de un concepto ideal del arte moderno, enten­dido como expresión de lo bello moral «con los medios de la realidad que sirven para representarlo» y como factor de educación social: concepto propugnado por el autor en lugar de las erróneas y estériles tenden­cias de su tiempo.

La primera parte de la Historia trata del arte de las antiguas civi­lizaciones orientales, que, a través del sím­bolo, tratan de elevarse desde la natura­leza hasta las sublimes abstracciones del espiritualismo religioso. Más tarde, el arte clásico griego es la perfecta expresión del culto a la belleza exterior de la naturaleza y del hombre, convirtiéndose en el mundo de la belleza en sí, abstracción hecha de su contenido moral. El principio del arte cris­tiano representa por el contrario el espíritu que busca en sí mismo lo que antes bus­caba en el mundo sensible; su fin es la forma que revela el fondo del alma, con sus aspiraciones más íntimas e inmateria­les. En los primeros siglos cristianos y en la Edad Media, las representaciones artís­ticas son de carácter basto y predominantemente simbólico; en un segundo período, del siglo XIV a la mitad del XV, las artes, bajo el impulso del espíritu religioso rea­vivado por las órdenes monásticas, resur­gen en un florecer maravilloso; en la época siguiente, hasta cerca del 1530, la forma llega a su máxima perfección, pero a veces con sacrificio de la idea. Con el barroco se cae cada vez más en lo fantástico y lo caprichoso, hasta que con el neoclasicismo se llega a la fría imitación de lo antiguo, a la que suceden confusamente nuevas ten­dencias.

La constante preocupación por relacionar entre sí, en los distintos perío­dos, las artes particulares, y de sacar a luz los ideales de que éstas se nutren, da cier­ta unidad a la obra, a pesar de la intru­sión de motivos de la historiografía tradi­cional. La Historia refleja claramente la aversión del escritor por la pobreza de contenido del barroco y del neoclasicismo, y su desconfianza hacia las modernas tentativas del purismo (v. Del purismo en las artes), del naturalismo y del eclecticismo académicos. Ninguna de estas tendencias podía apagar el vivo sentido de compene­tración con la vida contemporánea propia de Selvático, el cual se había declarado, incluso contra los puristas que antes había defendido, en favor de la pintura histórica con fines morales. A pesar de esta orienta­ción, por la que el escritor diverge, aun influido en parte por él, de Río (v. Del arte cristiano) y de la crítica mística, es en él muy notable la comprensión de los valores morales y religiosos de los «primi­tivos» de los siglos XIV y XV, aunque la incapacidad de llegar a una valoración ver­daderamente crítica, a causa de la prepon­derancia de intereses moralistas extrínse­cos, renueva la equívoca oposición entre el espíritu religioso de los primitivos y la per­fección formal del siglo XVI, ya formulada por Cicognara en la Historia de la escul­tura, desde su resurgimiento en Italia, has­ta el siglo de Napoleón (v.).

A. Dell’Acqua

Historia Eslavobúlgara del Pueblo, de los Reyes y de los Santos Búlgaros, y de Todas las Hazañas y Acciones Búlgaras, Paisij de Hilendar

[Istorija slavĕnobolgarskaja o narode i o carej i o svetih bolgarskit i o văseh dejanija i bitija bolgarskaja]. Obra que marca el principio de la literatura búlgara moder­na, es decir, de la nueva literatura escrita después de los siglos en que sólo existía literatura popular oral.

El autor es un os­curo e inculto monje búlgaro del convento de Hilendar, en el monte Athos, solamente conocido con el nombre monástico de pa­dre Paisij de Hilendar (Otee Paisij Hilendarski), nacido en 1722 en la región de Samokov. Su fuente principal fue la His­toria del Reino de los Eslavos, escrita en italiano por el monje de Ragusa, Mauro Orbini, y que él encontró en versión rusa en el convento croata de Karlovac, a la que hay que añadir también los Anales eclesiásticos (v.) del cardenal Baronio. La obra, llena de inexactitudes, inverosimili­tudes y estridentes anacronismos, narra las vicisitudes nacionales anteriores a la domi­nación turca. Su exaltación de la raza búl­gara hace pensar, por el tono y el espíritu, más que en una crónica, en un poema epicolírico en prosa. Se divide en diez capítu­los. Los primeros dos contienen considera­ciones de carácter general sobre la impor­tancia que tiene el estudio de la historia en la educación del pueblo y sobre los mo­tivos que empujaron al autor a escribir su libro. Los tres capítulos siguientes narran las vicisitudes históricas nacionales desde los orígenes bíblicos de las tribus hasta la dominación turca. El fundador de la raza eslava es Moshos, hijo de Jafet, que había invadido Europa con sus gentes mientras Sem y Cam habían colonizado respectiva­mente Asia y África.

La historia de la na­ción búlgara es toda una serie de gloriosas victorias, no solamente contra los griegos, sino también contra los rusos, húngaros y turcos. De un modo particular el autor se detiene en la historia de los serbios, aun­que declara que lo hace tan sólo para demostrar su completa nulidad. Entre sus reyes, uno, Vukasin, es búlgaro y el mismo jefe de la dinastía de los Nemanja es de origen latino. Los dos capítulos siguientes contienen una cronología, con breves alu­siones biográficas, de los zares búlgaros, noticias más detalladas sobre ciertos zares y algunos acontecimientos históricos de ma­yor importancia. El capítulo VIII habla de Cirilo y Metodio y de sus discípulos, y se detiene asimismo en las vicisitudes de la Iglesia búlgara. El capítulo IX está dedi­cado por completo a los santos búlgaros, y el X se limita a unas pocas líneas para explicar los criterios seguidos en la redac­ción de la historia y a una breve auto- presentación del autor. La lengua es el búl­garo antiguo, pero, siguiendo el ejemplo de los «damasquinos», ya se acerca más al lenguaje del pueblo, con particularidades dialectales de Samokov.

El estilo a menudo es incierto o simplemente incorrecto, tanto por la falta de reglas seguras de ortogra­fía y gramática, como por efecto de la escasa cultura del autor. Las fuentes rusas y serbias que utilizaba no dejaron tampoco de influir en ciertas expresiones y formas búlgaras empleadas. La misma manera de exponer es, a menudo, ingenua hasta lo pueril, sin que se advierta la presencia de ningún criterio crítico; pero la sensibilidad del autor es viva, y muchas de sus obser­vaciones y consideraciones son agudas. La obra produjo una enorme impresión sobre sus contemporáneos. Durante muchos años circuló manuscrita, en ejemplares cada vez más numerosos, que sucesivamente trans­cribían y difundían admiradores y parti­darios, y encontró varios imitadores. Sin embargo, no fue publicada hasta 1844.

E. Damiani