Historia Esteticocrítica de las Artes del Dibujo, Pietro Selvático

[Storia estetico-critica delle arti del disegno]. Obra del escri­tor de arte Pietro Selvático (1803-1880) que comprende las lecciones dadas por el autor en la Academia de Bellas Artes de Venecia, publicada en esta ciudad, en dos volú­menes, desde 1852 a 1856.

El tema de las lecciones es el desenvolvimiento estético y técnico de la arquitectura, pintura y escultura en el Oriente antiguo, en el mundo clásico y en Italia, hasta el neoclasicismo. Decidido seguidor de las ideas estéticas de Hegel, hasta el punto de hacer suya la definición del arte y de lo bello como apa­riciones sensibles de la idea, Selvático sos­tiene, sin embargo, que el conocimiento de la estética filosófica no basta, debido a su universalidad y a su abstractismo, para for­mar y dirigir a los artistas, a menos que sus principios no estén ilustrados por la historia del arte. Sólo ella puede hacer comprender «por qué caminos la forma se hace reveladora de la idea, fijando ésta, como meta propia, lo bello moral y el afecto». Motivo predominante y caracterís­tico, tanto de la Historia como de los demás escritos de Selvático, es su intento pedagó­gico. Su reconstrucción histórica, modelada sobre el esquema general de la distinción hegeliana sobre los tres momentos: alegó­rico, clásico y romántico, es la directriz de un concepto ideal del arte moderno, enten­dido como expresión de lo bello moral «con los medios de la realidad que sirven para representarlo» y como factor de educación social: concepto propugnado por el autor en lugar de las erróneas y estériles tenden­cias de su tiempo.

La primera parte de la Historia trata del arte de las antiguas civi­lizaciones orientales, que, a través del sím­bolo, tratan de elevarse desde la natura­leza hasta las sublimes abstracciones del espiritualismo religioso. Más tarde, el arte clásico griego es la perfecta expresión del culto a la belleza exterior de la naturaleza y del hombre, convirtiéndose en el mundo de la belleza en sí, abstracción hecha de su contenido moral. El principio del arte cris­tiano representa por el contrario el espíritu que busca en sí mismo lo que antes bus­caba en el mundo sensible; su fin es la forma que revela el fondo del alma, con sus aspiraciones más íntimas e inmateria­les. En los primeros siglos cristianos y en la Edad Media, las representaciones artís­ticas son de carácter basto y predominantemente simbólico; en un segundo período, del siglo XIV a la mitad del XV, las artes, bajo el impulso del espíritu religioso rea­vivado por las órdenes monásticas, resur­gen en un florecer maravilloso; en la época siguiente, hasta cerca del 1530, la forma llega a su máxima perfección, pero a veces con sacrificio de la idea. Con el barroco se cae cada vez más en lo fantástico y lo caprichoso, hasta que con el neoclasicismo se llega a la fría imitación de lo antiguo, a la que suceden confusamente nuevas ten­dencias.

La constante preocupación por relacionar entre sí, en los distintos perío­dos, las artes particulares, y de sacar a luz los ideales de que éstas se nutren, da cier­ta unidad a la obra, a pesar de la intru­sión de motivos de la historiografía tradi­cional. La Historia refleja claramente la aversión del escritor por la pobreza de contenido del barroco y del neoclasicismo, y su desconfianza hacia las modernas tentativas del purismo (v. Del purismo en las artes), del naturalismo y del eclecticismo académicos. Ninguna de estas tendencias podía apagar el vivo sentido de compene­tración con la vida contemporánea propia de Selvático, el cual se había declarado, incluso contra los puristas que antes había defendido, en favor de la pintura histórica con fines morales. A pesar de esta orienta­ción, por la que el escritor diverge, aun influido en parte por él, de Río (v. Del arte cristiano) y de la crítica mística, es en él muy notable la comprensión de los valores morales y religiosos de los «primi­tivos» de los siglos XIV y XV, aunque la incapacidad de llegar a una valoración ver­daderamente crítica, a causa de la prepon­derancia de intereses moralistas extrínse­cos, renueva la equívoca oposición entre el espíritu religioso de los primitivos y la per­fección formal del siglo XVI, ya formulada por Cicognara en la Historia de la escul­tura, desde su resurgimiento en Italia, has­ta el siglo de Napoleón (v.).

A. Dell’Acqua