Ibsen, Scipio Slataper

Estudio crítico del escritor italia­no Scipio Slataper (1888-1915), publicado en 1917 a cargo de Arturo Farinelli. Es una reconstrucción unitaria de la vida y del arte de Henrik Johan Ibsen: sobre todo es decisiva para el examen de su personalidad y la visión que del mundo ofrecen los perso­najes de su obras, famosas en toda Europa. La anhelante preparación del escritor queda determinada ya en sus primeras obras: en ellas aún va acercándose, a través de las vicisitudes de su patria y de Dinamarca (la guerra del Schleswig-Holstein del 1866), a un mayor conocimiento del pensamiento alemán y a la comprensión de la vida con­temporánea. Después de años de crisis y de dudas internas va madurando en Ibsen una concepción ya segura: la de la soledad del hombre genial, del tormento de todo hom­bre sincero ante la sociedad. Hay que luchar para llegar a una certidumbre: incluso al caer derrotado por la muchedumbre incons­ciente, el héroe siente aletear a su alrededor la conciencia de su misión. El mundo va por «una falsa vía», pero es necesario que se deje sentir una voz decisiva. De manera que en el teatro el escritor afirma sus nue­vos ideales, con sequedad puritana y rígida, con fe casi luterana en los valores del espí­ritu que robustece la fiebre de actuar y de dominar, de tenerlo todo o nada, de luchar a toda costa contra las falsedades del am­biente.

El ensayo de Slataper es digno de ser tenido en cuenta por la fuerza de su interpretación crítica que funde actitudes morales y temas artísticos en una única reconstrucción psicológica y, más que como un fruto de la escuela literaria italiana, viene a resultar un testimonio desigual pero anhelante de ideales y de motivos espiritua­les. Y por esto refleja problemas religiosos y políticos que en el ánimo del autor se vinculan a la polémica irredentista y a la colaboración en la «Voce» (v.), y que habían de acabar con su heroica muerte.

C. Cordié

Ibis, Publio Ovidio Nasón

Sátira poé­tica latina en trescientos veintidós dísticos elegiacos, que ha llegado completa hasta nosotros, escrita en el destierro por Publio Ovidio Nasón (44 a. de C.-17 d. de C.), con­tra una persona a quien no nombra, y que en Roma lo perseguía renovando siempre el recuerdo de la culpa que le había valido el destierro y hasta intentando apoderarse de su patrimonio. Ovidio no sólo tomó el título de Calimaco sino que también imitó el género de poesía en oscura y docta vesti­dura mitológica, y a menudo repitiendo las mismas imprecaciones de Calimaco. La in­terminable letanía de desgracias invocadas sobre la cabeza del adversario, es más un juego de la fantasía recreadora de artificios estilísticos que la explosión del odio pro­fundo del poeta.

F. Della Corte

Ibis, Calimaco de Cirene

Poemita en metro elegiaco, escrito, según la tradición, por Calimaco de Cirene, el mayor poeta griego alejandrino (aprox. 320-240 a. de C.), contra Apolonio, su joven rival que, en la composición de las Argonáuticas (v.), había intentado quitarle la palma poética. Contra Apolonio, a quien llama con el injurioso nombre de «Ibis», pájaro marino que se alimenta de estiércol, parece que el poeta, con oscuras maldiciones, invocaba las más terribles pe­nas de la mitología; se ha intentado probar que el poemita no es obra de Calimaco, sino de un imitador suyo del siglo II; pero las pruebas aducidas no son suficientes para demostrar que sea falsa tan larga tradición. Es la expresión más ilustre de un género de imprecaciones expresadas en forma enig­mática que logró fortuna en la época ale­jandrina, aficionada a todo cuanto fuera juego erudito de fantasía; fue tomado por modelo por los poetas satíricos bizantinos.

Iberia, Isaac Albéniz

Suite para piano, de Isaac Albéniz (1860-1909). En 1893, casado y relativa­mente libre de sus compromisos de concer­tista trotamundos, Isaac Albéniz se estable­ció en París. Era el período postwagneriano, el período investigador y laborioso del franckismo y de la «Schola» de Vincent d’Indy. Albéniz conoció, trató y admiró a Fauré, Dukas, d’Indy, Chausson y Charles Bordes. Conoció, aunque no admiró, a Chabrier y Debussy. Sea como fuere, el caso es que de pronto se le reveló un fenómeno que no conocía: el tormento del estilo. En­tonces supo hasta qué punto es duro y difícil el arte. Sus composiciones juveniles las con­sideró deleznables. Naturalmente, su inspi­ración atravesó una crisis; pero salió victo­riosa: Iberia es precisamente «el anhelo de luz de un compositor que, después de la solar simplicidad juvenil ha pasado a la nie­bla de la desorientación» (Salazar); es la Es­paña lejana, el grito del desterrado, la evocación de la nostalgia a través y después de la experiencia del mundo. No ya la Es­paña viva, inmediata, de uno que está dentro y de la cual encarna inconscientemente la savia, la luz, los colores.

Iberia es, final­mente, España; pero a través del prisma del arte. Como ha definido oportunamente Sala- zar, entre la Iberia y las obras de la primera época hay la misma diferencia que entre evocación y sensación. La suite consta de doce obras de dimensiones insólitas y de grandes dificultades pianísticas. La legión de admiradores que Albéniz contaba entre los aficionados al piano, quedó consternada. El maestro había aprendido de Wagner la excesiva longitud de las composiciones, de Debussy la extravagancia imposible de la escritura pianística. No admitía ya compo­nendas con las exigencias prácticas y co­merciales; la materialidad de su sueño artís­tico sería en adelante su única preocupación. Los admiradores tuvieron la impresión de que Albéniz quería «amortiguar los contor­nos nítidos, los vivos relieves de los motivos y ritmos populares» (Collet), y que, en el fondo, se había tomado mucho trabajo para malbaratar sus obras maestras pasadas. El viejo patriarca de la música española, Pedrell, ya no podría hablar del instinto pura­mente sonoro de Albéniz y negarle toda «audición de la música interior». Los enten­didos no se engañaron.

Debussy escribió su­premas alabanzas de las doce piezas de la Iberia («Evocación», «El puerto», «Corpus en Sevilla», «Triana», «Almería», «Rondeña», «El Albaicín», «Polo», «Lavapiés», «Má­laga», «Jerez», «Eritaña»), y describió así «El Albaicín»: «Se revive la atmósfera de las noches de España, perfumadas de cla­veles y de aguardiente… Como los sonidos apagados de una guitarra que se lamenta en la noche, con intervalos de brusco desper­tar y espasmos nerviosos. Sin recoger los temas populares de una manera exacta, se siente que el autor los ha asimilado hasta incorporarlos en su música, sin que se pue­da ya distinguir la línea de demarcación». Y de «Eritaña»: «Es la gloria de la mañana, el hallazgo propicio de una posada donde el vino es fresco. Una muchedumbre cam­biante pasa con estallidos de risas. Jamás la música ha alcanzado impresiones tan dis­pares, tan llenas de color; los ojos se cie­rran como deslumbrados por haber contem­plado demasiadas imágenes». Albéniz había entrado en contacto con las experiencias del impresionismo y no podía dejar de simpati­zar con algunos de sus aspectos: el amor por la belleza sensual, la posibilidad de un brillante esplendor, de riqueza sonora, la gama ilimitada de colores, capaz de los más orgiásticos paroxismos. Por otra parte, algo en Albéniz se había resistido al sortilegio del impresionismo: la simplicidad elemental de su temperamento, la claridad solar y mediterránea de su naturaleza, la instintiva desconfianza hacia los refinamientos inte­lectuales y los irisados preciosismos de Debussy.

M. Mila

*       Iberia es también el título de uno de los «Cuadros para orquesta» (v. Cuadros) de Claude Debussy (1862-1918), si no la más bella, ciertamente una de las de más alto vuelo.

Hyaku-Nin Is-Shū

[literalmente: Una poesía de cien autores, es decir, Cien poesías, cada una de un autor diferente]. Célebre antología de poetas japoneses, atribuida al famoso poeta Fujiwara Teika o Fujiwarano- Sadaie (1162-1240), quien la debió compo­ner para decorar con las hojas de colores, sobre las que escribía sus poesías, los muros de su casa situada en la falda del monte O gura, de donde proviene el título O gura Hyaku-nin is-shü, que tenía en un principio la antología. La crítica no está de acuerdo sobre el origen del texto actual, aunque sea cierto que la transcripción de los originales se deba-al escritor Renshó (siglo XII). Los autores en ella representados pertenecen al período que va desde el reinado del empera­dor Tenki (660-670) al emperador Juntoku (1197-1242), entre ellos encontramos los nombres más conocidos, Kakinomoto-no- Hitomaro (siglos VII-VIII), Kisen Hóshi, Abe Nakamaro (701-770), Mibu Tadamine (867-965) y el mismo compilador Teika. Como quiera que se trata de una anatología, es natural que en ella se encuentren los estilos más diversos; pero en la elección de las obras puede advertirse ya el gusto del colector.

Algunas críticas le juzgan severamente, quizá de modo excesivo, y le acusan de haber tenido en cuenta más el uso co­rrecto de la lengua y el aparato de un arte puramente formal, que el verdadero conte­nido poético de las piezas elegidas. A pesar de todo, el Hyaku-inin is-shü ha gozado siempre, y goza todavía, de gran popularidad y durante mucho tiempo fue considerado como un verdadero canon poético, que ejer­ció una notable influencia sobre los poetas posteriores. En la época de los Tokugawa (1603-1868), esta antología sirvió de modelo para la caligrafía (que en el Japón es un verdadero arte), y a partir del siglo XVII fue considerada también como libro clásico para la educación de la juventud femenina, y en las familias como juego de cartas (las «utagaruta» o cartas poéticas), pasatiempo todavía de moda, que ha proporcionado una gran popularidad a las composiciones en verso que aquélla contiene. Trad. inglesa de W. N. Porter [Hundred Verses from Oíd Japan, being a Translation of the Hyaku-nin is-shu, Oxford 1909] y francesa de M. Révon en la [Anthologie de la littérature japonaise, París 1918].