Iberia, Isaac Albéniz

Suite para piano, de Isaac Albéniz (1860-1909). En 1893, casado y relativa­mente libre de sus compromisos de concer­tista trotamundos, Isaac Albéniz se estable­ció en París. Era el período postwagneriano, el período investigador y laborioso del franckismo y de la «Schola» de Vincent d’Indy. Albéniz conoció, trató y admiró a Fauré, Dukas, d’Indy, Chausson y Charles Bordes. Conoció, aunque no admiró, a Chabrier y Debussy. Sea como fuere, el caso es que de pronto se le reveló un fenómeno que no conocía: el tormento del estilo. En­tonces supo hasta qué punto es duro y difícil el arte. Sus composiciones juveniles las con­sideró deleznables. Naturalmente, su inspi­ración atravesó una crisis; pero salió victo­riosa: Iberia es precisamente «el anhelo de luz de un compositor que, después de la solar simplicidad juvenil ha pasado a la nie­bla de la desorientación» (Salazar); es la Es­paña lejana, el grito del desterrado, la evocación de la nostalgia a través y después de la experiencia del mundo. No ya la Es­paña viva, inmediata, de uno que está dentro y de la cual encarna inconscientemente la savia, la luz, los colores.

Iberia es, final­mente, España; pero a través del prisma del arte. Como ha definido oportunamente Sala- zar, entre la Iberia y las obras de la primera época hay la misma diferencia que entre evocación y sensación. La suite consta de doce obras de dimensiones insólitas y de grandes dificultades pianísticas. La legión de admiradores que Albéniz contaba entre los aficionados al piano, quedó consternada. El maestro había aprendido de Wagner la excesiva longitud de las composiciones, de Debussy la extravagancia imposible de la escritura pianística. No admitía ya compo­nendas con las exigencias prácticas y co­merciales; la materialidad de su sueño artís­tico sería en adelante su única preocupación. Los admiradores tuvieron la impresión de que Albéniz quería «amortiguar los contor­nos nítidos, los vivos relieves de los motivos y ritmos populares» (Collet), y que, en el fondo, se había tomado mucho trabajo para malbaratar sus obras maestras pasadas. El viejo patriarca de la música española, Pedrell, ya no podría hablar del instinto pura­mente sonoro de Albéniz y negarle toda «audición de la música interior». Los enten­didos no se engañaron.

Debussy escribió su­premas alabanzas de las doce piezas de la Iberia («Evocación», «El puerto», «Corpus en Sevilla», «Triana», «Almería», «Rondeña», «El Albaicín», «Polo», «Lavapiés», «Má­laga», «Jerez», «Eritaña»), y describió así «El Albaicín»: «Se revive la atmósfera de las noches de España, perfumadas de cla­veles y de aguardiente… Como los sonidos apagados de una guitarra que se lamenta en la noche, con intervalos de brusco desper­tar y espasmos nerviosos. Sin recoger los temas populares de una manera exacta, se siente que el autor los ha asimilado hasta incorporarlos en su música, sin que se pue­da ya distinguir la línea de demarcación». Y de «Eritaña»: «Es la gloria de la mañana, el hallazgo propicio de una posada donde el vino es fresco. Una muchedumbre cam­biante pasa con estallidos de risas. Jamás la música ha alcanzado impresiones tan dis­pares, tan llenas de color; los ojos se cie­rran como deslumbrados por haber contem­plado demasiadas imágenes». Albéniz había entrado en contacto con las experiencias del impresionismo y no podía dejar de simpati­zar con algunos de sus aspectos: el amor por la belleza sensual, la posibilidad de un brillante esplendor, de riqueza sonora, la gama ilimitada de colores, capaz de los más orgiásticos paroxismos. Por otra parte, algo en Albéniz se había resistido al sortilegio del impresionismo: la simplicidad elemental de su temperamento, la claridad solar y mediterránea de su naturaleza, la instintiva desconfianza hacia los refinamientos inte­lectuales y los irisados preciosismos de Debussy.

M. Mila

*       Iberia es también el título de uno de los «Cuadros para orquesta» (v. Cuadros) de Claude Debussy (1862-1918), si no la más bella, ciertamente una de las de más alto vuelo.