Un Jardín Sobre el Oronte, Maurice Barres

[Un jardin sur l’Oronte]. Cuento de Maurice Barres (1862-1923), publicado en 1922. El au­tor dice que ha encontrado en junio de 1914, en una pequeña ciudad de Siria, un sabio irlandés encargado de unas excavaciones arqueológicas: éste, descifrando un viejo manuscrito árabe, le cuenta una historia de amor y de gloria del siglo XIII.

En la ciudad árabe de Qalaat-el-Abidin — «la for­taleza de los adoradores» — vivía un pode­roso emir, rodeado de una fastuosa corte. Recibe el emir con benevolencia una emba­jada de los cristianos de Trípoli que desean establecer con él unas relaciones de buena vecindad, y simpatiza con el que la manda, un caballero francés de veinticuatro años, Guillermo, y le enseña los esplendores de su vida de príncipe. Así en el maravilloso jardín sobre el Oronte que besa la rica ciu­dad, el joven se entusiasma frente a tal abundancia de riqueza y de amor: especial­mente frente a las gracias de una bella sarracena que por orden de su señor le ha fascinado con la delicia de su canto en el misterio de la noche. La mujer, Oriante, deja entender al cristiano su amor, al que nadie puede resistir. De repente la ciudad es atacada por las tropas del príncipe cris­tiano de Antioquía, con el que el Emir ha­bía aplazado los tratos para una alianza; Guillermo aconseja que se resista hasta el último momento en la fortaleza. Muere mis­teriosamente el Emir, quizás asesinado por alguno de sus hombres, y el francés llega a ser el jefe de la ciudad, mientras Oriante se vincula cada vez más a su vida como recelosa y decidida amante.

Mientras la ciudad se arruina, intenta salvarse con su amada y el tesoro: pero ella le abandona y se une al príncipe de Antioquía al que, en su sed de esplendor y de potencia, había entregado la ciudad a traición. Guillermo, después de haber vivido cierto tiempo des­conocido, es recibido en la Corte; aquí llega a conocer el crimen de la sarracena, y en­tonces ofende al príncipe y a los cristianos sus correligionarios, y, herido de muerte, descubre en el amor ardiente de Oriante una de las voces de la existencia, que inspira grandeza y no conduce más que a la ruina. Pero, en los últimos instantes, el llanto y el amor de la mujer indican la persistencia de un afecto que vence a la avidez de fausto y al frenesí de poder: uniendo dolor y vo­luptuosidad, anhelo de goce y espasmo de muerte. Esta narración, escrita claramente con un estilo sencillo y colorido, acentúa en el escritor su tendencia a lo patético y a la psicología de excepción, mostrando el valor de la fatalidad en la existencia hu­mana. Hay que considerarla como una de las obras más apasionadas de Barrés junto a De la sangre, de la voluptuosidad y de la muerte (v.) y a las visiones exóticas de países y de cosas sentidas como símbolo de una realidad nueva e inasequible.

C. Cordié

Ifigenia Cruel, Alfonso Reyes

Poema del escritor Alfonso Reyes (1889-1959). En esta obra vuelve el autor mexicano sobre el tema clásico tra­tado ya por diversas literaturas de la his­toria de la princesa Ifigenia, hija de Aga­menón; al ir a ser sacrificada en Aullido para asegurar la feliz navegación de los bar­cos aqueos rumbo a Troya, fue sustituida por la diosa Artemisa, que puso en lugar de ella un ciervo y la transportó mágicamente hasta la tierra de Tarde, al norte del Mar Negro o Ponto Auxina, donde el pueblo sal­vaje de los tacuros adoraba a dicha diosa Artemisa con sacrificios humanos. Todos los que han tratado este tema presentan a Ifigenia llena de nostalgia por su vida an­terior. Cuando su hermano Orestes se pre­senta a redimirla, ella huye gustosa para volver a su tierra de Micenas, llevándose consigo la imagen de la diosa Artemisa, para redimirla, a su vez, del culto sangriento de sus adoradores bárbaros.

Reyes introduce una novedad: supone que Ifigenia ha per­dido la memoria de su vida anterior, y aun­que vive siempre suspirando por tener un pasado como todos los demás seres huma­nos, cuando, con la aparición de su hermano Orestes, descubre que pertenece a la raza maldita de Tántalo y que está vinculada en la cadena de «vendettas» de Micenas, prefiere quedarse para siempre en la lejana tierra de Tarde a prolongar la maldición que siente latir en sus entrañas. El poema está hecho en un verso libre donde se aprecia una cons­tante investigación sobre los valores rítmicos y algo como un vaivén en torno a los metros regulares y tradicionales, que los desdibuja y los redibuja alternativamente. Del color arqueológico solo conserva Reyes lo indis­pensable, y prefiere que su poema adquiera simbólicamente un valor universal y no puramente helénico. La crítica ha creído traslucir en este poema, singularmente por el comentario con que Reyes lo acompaña, algo como lo transposición poética de la conducta personal del autor, que prefirió alejarse de su tierra y desvincularse de ciertos rencores políticos que él no provocó, pero que los antecedentes históricos de su país hubieran querido imponerle.

A. Millares Carlo

El Inmortal, Alphonse Daudet

[L’immortel]. Novela de Alphonse Daudet (1840-1897), que debe su especial notoriedad al hecho de ser una violenta sátira de la Academia Francesa. El libro, publicado en 1888, es como la con­clusión en forma novelada de la larga polé­mica sostenida durante todo el siglo XIX en nombre de la libertad del arte contra la estrechez de criterios y el espíritu reaccio­nario, pedantesco y mezquinamente mun­dano que dominaban en la Academia, ce­rrada para los mejores.

El héroe del relato, Leonardo Astier-Réhu, un auvernés macizo y testarudo que ha cursado toda su carrera de profesor y de erudito con el único fin de entrar en la venerable Compañía y que a este objeto hasta se ha casado con la hija del decano de los «Inmortales», llega en este momento al colmo de sus ambiciones y acecha la muerte del secretario perpetuo al cual sucederá muy pronto. Sus trabajos de historia (pedantes complicaciones sin som­bra de genialidad) desde hace algún tiempo se embellecen con una cantidad excepcional de cartas autógrafas inéditas que le pro­porciona el encuadernador Fage, un extraño y jorobado maniático. El académico y su mujer se codean con la sociedad distingui­da, entre una red de ambiciosas intrigas que comprende un número harto consi­derable de personajes entre los que sobre­sale, como modelo, Abel de Freydet, un noble rural que renuncia a su vida libre y a las gracias irregulares de su musa, atraído también por la ambición de un sillón bajo la «Cúpula» y ensoberbecido por las alabanzas interesadas de Astier, su ex profesor en el Liceo.

En cambio, Pablo Astier, el hijo del académico, no es un estu­dioso: es un joven arquitecto lleno de sen­tido práctico, brillante y mundano, deses­peradamente arrivista, y cuyas ambiciones sostiene su madre por todos los medios po­sibles. Después de una serie de aventuras, el joven acaba por casarse con una prin­cesa viuda y millonaria de 52 años. Este escándalo provoca el enojo de su padre y una furiosa contienda familiar; pero el anciano académico, por aquellos días se siente combatido por una tempestad mucho más terrible: el encuadernador Fage es un falsario, y las famosas cartas autógrafas, en que Astier-Réhu había fundado sus últimos trabajos de historia no son sino mistificaciones. Sus colegas de la Academia, después de haber buscado en vano la manera de sofocar el escándalo, le abandonan; Astier- Réhu se siente deshonrado; ha sacrificado toda su vida a su ambición, y no puede sobrevivir a la ruina del edificio por él tan pacientemente construido; no ve otro camino sino el suicidio.

Después de comenzar como si fuese a escribir un libelo satírico de una novela de costumbres, toda ella centrada en la figura del viejo académico, Daudet, en un momento dado, se deja desviar por la historia de las intrigas del joven Pablo y se abandona a la tentación de una especie de apresurada ironía escandalosa de la vida de la alta sociedad de su tiempo, disipándose así en una serie de cuadros no todos acer­tados. De todos modos, también este libro muestra, en sus detalles por lo menos, la capacidad de Daudet para esbozar rápida­mente personajes y figurones, para dar vida a escenas y figuras, con su estilo movido y colorista, rico en fáciles y brillantes imá­genes, en observaciones ingeniosas y mali­ciosas, minucioso y rápido al mismo tiempo.

M. Bonfantini

Historia de la Monarquía Piamontesa, Ercole Ricotti

[Storia della monarchia piemontese]. Obra en seis volúmenes del historia­dor Ercole Ricotti (1816-1883), publicada entre los años 1861 y 1869. Tras una sumaria introducción sobre la situación de Saboya antes y durante el período romano, hasta el reinado de Filiberto el Hermoso, la obra se extiende ampliamente en el estudio del período más borrascoso del Piamonte, que abarca desde el reinado de Carlos III de Saboya (1504) al de Carlos Manuel II (1675). Analizando con precisión la constitución de la monarquía y del estado bajo Car­los III, el autor se detiene a contar el pia­doso fin de este soberano, que asiste a la ruina de su país, impotente ante las ame­nazas de los cantones suizos y las invasio­nes de los ejércitos franceses. Cuando Car­los III muere, en Vercelli, los siervos sa­quean el palacio y su cadáver queda aban­donado durante varios años, sin recibir se­pultura, en un armario de la catedral de Vercelli. Su hijo, Manuel Filiberto, inicia la restauración de las múltiples instituciones del estado, pero es Carlos Manuel I (a quien están dedicados los volúmenes tercero y cuarto), quien levanta el prestigio de la dinastía; con su actividad como diplomá­tico, soldado y legislador, entre 1580 y 1630 consiguió «ilustrar y revolver dos siglos» de historia.

Los dos últimos volúmenes de la obra están dedicados a los reinados de Víctor Amadeo I y de Carlos Manuel II. La historia de este último está dividida en cuatro períodos: regencia disputada (1630- 1642); regencia consentida (1645-1648); re­gencia disimulada (1648-1663) y, finalmen­te, reinado efectivo (1663-1675). Son unos años de lucha contra las intrigas, las ame­nazas y las invasiones por parte de la Fran­cia de Richelieu y Mazarino; de guerras religiosas y civiles provocadas por los prin­cipales pretendientes a la corona. La obra de Ricotti se apoya en una documentación directa de archivo, que desvanece numero­sas leyendas cortesanas y renueva la histo­ria de los Saboyas, poco apreciada por entonces. Es en particular muy aleccionador el apéndice del vol. V, en el que se pone de manifiesto hasta qué grado de venal bajeza llegaron algunos famosos historiadores del siglo XVII, como Capriata, Siri, Luca Assarini, Valeriano Castiglione, Gualdo, etc. Por todos estos méritos la obra sigue siendo aún hoy fundamental e indispensable.

G. Martinelli

La Isla de los Pingüinos, Anatole France

[L’île des pingouins]. Narración fantástica de Anatole France (François-Anatole Thibault, 1844-1924), publicada en 1908.

En el libro primero («Los orígenes»), ateniéndose a las antiguas leyendas bretonas, France nos na­rra la admirable aventura de San Maël, que, transportado milagrosamente a las re­giones hiperbóreas, toma un pueblo de pingüinos por hombres, y los bautiza. En la corte celestial, después de una larga dis­cusión teológica, se decide a aceptar el hecho consumado y transformar todos aquellos palmípedos en criaturas humanas. El Santo traslada, luego, milagrosamente la isla de los pingüinos a las cercanías de la antigua Armórica y enseña los primeros rudimentos de la vida civilizada a este nuevo pueblo, pero sin poder evitar la intervención del Demonio. Así nace la nación pingüina, que en realidad simboliza a Francia. En el libro segundo («Los tiempos antiguos») asistimos a los orígenes del feudalismo, a la fantás­tica historia del Dragón, de la pseudovirgen Orberosa y del héroe Draken, fundador de la dinastía de los Dracónidas (Borbones). Con el libro tercero seguimos los aconteci­mientos de Pingüinia durante la Edad Me­dia y el Renacimiento; el libro cuarto habla de los tiempos de la Revolución; mientras que los libros quinto, sexto y séptimo nos llevan al centro de la historia contemporá­nea.

Esta época de la civilización pingüina es examinada especialmente desde el punto de vista de la historia del nuevo régimen liberal y expuesta tomando como punto de apoyo tres episodios: el primero («Chatillon») no es otra cosa que la aventura del general Boulanger; el segundo («El negocio de las ochenta mil balas de heno») narra los clamorosos acontecimientos del asunto Dreyfus (quien está representado con el nombre de Pyrot, mientras que Colomban es Zola, y otros nombres imaginarios indican al ministro Méline, Waldeck-Rousseau, etcétera); el tercero («Madame Cérés») ex­plica las intrigas de las camarillas de polí­ticos, de la alta banca y de los hombres de negocios, los cuales desembocan inespera­damente en una guerra (es decir, en la con­flagración europea de 1914, claramente pre­vista por France). Finalmente, el libro oc­tavo, con el doble título de «Los tiempos futuros, la historia sin fin», expone en cua­dros rápidos el último desarrollo de la so­ciedad capitalista, las revoluciones colectivistas, las guerras, la vuelta a la barbarie y los nuevos períodos de civilización, que repiten los antiguos errores a los cuales la humanidad parece estar perpetuamente con­denada.

Inspirándose en toda una serie de obras satírico-utópicas (basta recordar a Swift y al Rabelais de la Isla sonante (v.), recordada incluso por el título), France ha intentado en esta obra nada menos que la sátira de toda la civilización occidental. Su maliciosa erudición, el brío epigramático del estilo, el gusto por las paradojas inteligentes, contribuyen a crear sabrosísimos cuadros de vivo colorido, pero el libro, conducido con excesiva rapidez, revela a menudo un cierto cansancio de inspiración y sólo pa­rece vivir en episodios aislados, en algunas figuras dibujadas con positivo acierto. Es fácil observar cómo el escepticismo sobre la verdadera naturaleza de nuestra civilización y el juicio pesimista sobre el eterno carác­ter del hombre, que forman la base de toda la filosofía de France, se ponen de relieve en esta obra de una manera exasperada; por otro lado va afirmándose aquella nueva mentalidad revolucionaria que llevará, a no tardar, al viejo maestro a adherirse a la revolución comunista del 1917-1919.

M. Bonfantini