Ifigenia Cruel, Alfonso Reyes

Poema del escritor Alfonso Reyes (1889-1959). En esta obra vuelve el autor mexicano sobre el tema clásico tra­tado ya por diversas literaturas de la his­toria de la princesa Ifigenia, hija de Aga­menón; al ir a ser sacrificada en Aullido para asegurar la feliz navegación de los bar­cos aqueos rumbo a Troya, fue sustituida por la diosa Artemisa, que puso en lugar de ella un ciervo y la transportó mágicamente hasta la tierra de Tarde, al norte del Mar Negro o Ponto Auxina, donde el pueblo sal­vaje de los tacuros adoraba a dicha diosa Artemisa con sacrificios humanos. Todos los que han tratado este tema presentan a Ifigenia llena de nostalgia por su vida an­terior. Cuando su hermano Orestes se pre­senta a redimirla, ella huye gustosa para volver a su tierra de Micenas, llevándose consigo la imagen de la diosa Artemisa, para redimirla, a su vez, del culto sangriento de sus adoradores bárbaros.

Reyes introduce una novedad: supone que Ifigenia ha per­dido la memoria de su vida anterior, y aun­que vive siempre suspirando por tener un pasado como todos los demás seres huma­nos, cuando, con la aparición de su hermano Orestes, descubre que pertenece a la raza maldita de Tántalo y que está vinculada en la cadena de «vendettas» de Micenas, prefiere quedarse para siempre en la lejana tierra de Tarde a prolongar la maldición que siente latir en sus entrañas. El poema está hecho en un verso libre donde se aprecia una cons­tante investigación sobre los valores rítmicos y algo como un vaivén en torno a los metros regulares y tradicionales, que los desdibuja y los redibuja alternativamente. Del color arqueológico solo conserva Reyes lo indis­pensable, y prefiere que su poema adquiera simbólicamente un valor universal y no puramente helénico. La crítica ha creído traslucir en este poema, singularmente por el comentario con que Reyes lo acompaña, algo como lo transposición poética de la conducta personal del autor, que prefirió alejarse de su tierra y desvincularse de ciertos rencores políticos que él no provocó, pero que los antecedentes históricos de su país hubieran querido imponerle.

A. Millares Carlo