Jean Servien, Anatole France

[Les désirs de Jean Servien]. Novela de Anatole France (François- Anatole Thibault, 1844-1924) que, publicada en 1882, inmediatamente después del Crimen de Silvestre Bonnard (v.), se ofrecía como una diversión y una tentativa en pro de un arte menos exquisitamente cerebral.

Jean Servien, hijo de un humilde encuadernador de libros de París, huérfano de madre desde la infancia, crece entre el indulgente afecto de su padre y de una anciana tía, como un muchacho delicado y fantástico, de una sensibilidad casi morbosa. La ambición de su padre y cierta facilidad de ingenio le hacen estudiar, animado además por una especie de maestro particular que ha caído por casualidad en la tienda, el marqués Tu­desco de Venecia, viejo desterrado político, tipo bonachón de maniático fanfarrón ani­mado por un desmedido amor hacia la poesía y el buen vino. Terminado el bachillerato, el joven no se siente con fuerzas para abrirse paso en la vida, y la necesidad de ganarse el pan le agobia, mientras sus ambiciones poéticas y literarias quedan en el estado de sueños imposibles. Va en camino de con­vertirse en un desplazado. Esta situación empeora a causa de un gran amor román­tico por una actriz, la bella Gabriela de la «Comédie».

Después de muchos y lastimo­sos episodios, Servien se entrega al remo­lino de la Comuna, con su bagaje de desilusiones y vagas aspiraciones a la rebe­lión, y allí pierde tontamente su vida. No faltan en el libro páginas delicadas, soste­nidas por la espesa trama de sutiles obser­vaciones morales propias del mejor France, y algunos personajes y episodios tienen una sincera emoción (la figura del padre); sin embargo, el protagonista carece de verda­dera vitalidad; parece más bien objeto de experimentación, según los principios de la escuela naturalista a la que aún ahora pa­rece estar vinculado el escritor. Notable es la extravagante figura de Tudesco, casi primer bosquejo de un personaje que más tarde se afirmará como una de las más fe­lices creaciones .de France, el abate Coignard (v.).

M. Bonfantini

Jeptha, Joost van den Vondel

En la literatura holandesa es notable la tragedia Jeptha, de Joost van den Vondel (1587-1679), escrita en 1659. Las fuentes se pueden localizar en la narración bíblica, en el Jepthis sive Votum, drama en latín de J. Buchanan (1554), y en Jefté y la tra­gedia de su hija, de Abraham Koning.

La madre, Filopaie, espera con ardiente impaciencia ver otra vez a Ifis, que ha de volver del campo, y se siente turbada por el re­cuerdo de las inexplicables lágrimas que, dos meses antes, vio brotar de los ojos de Jeptha a la vista de su hija que jubilosa­mente corría a celebrar su victoria, cuando recibe la noticia de que su marido, victo­rioso, desea que vaya a visitarle al campo. Una vez partida la madre, llega Ifis; ella conoce el destino que la espera y está dispuesta a morir; solamente querría abra­zar una vez más a su madre a pesar de la prohibición paterna. Pero llega Jeptha, el cual, temiendo la ira de su esposa, se ha ocultado en el camino para dejarla pasar. Jeptha siente un profundo dolor por tener que matar a su hija; pero se sabe ligado por su promesa. Ifis consuela a su padre y le anima a cumplir su voto.

Consumado el sacrificio, Jeptha se ve dominado por un atroz remordimiento y, aconsejado por el sacerdote, va a consultar al oráculo para que le indique la manera de expiar su grave culpa. Luego el sacerdote recibe a la madre, la cual, en el primer impulso de desesperación, querría vengar el asesinato de su hija, hasta que un dolor más tran­quilo la postra, sollozando, ante la urna que conserva sus despojos. La tragedia, tratada con el mayor cuidado, tiene la estructura de las tragedias griegas según la poética aristotélica, que Vondel procuró seguir punto por punto. El metro está cons­tituido por versos de diez y once sílabas, considerado por Ronsard (tan admirado por Vondel) como más enfático que el alejan­drino; los coros se añaden a la obra como preciosos frisos en una arquitectura; los caracteres de los personajes están desarro­llados con gran arte.

H. Henny

Jātaka

[Historias de los anteriores na­cimientos (de Buda)]. Texto budístico indio del canon pálico, muy importante no sola­mente desde el punto de vista religioso, sino también como obra literaria rica en elementos preciosos para la historia de la cul­tura india y la novelística comparada. Sus historias son llamadas también Historias del Bodhisattva, es decir, del que estaba desti­nado, después de una serie más o menos larga de vidas vividas en el inmenso mar del ciclo de las existencias, a vivir una du­rante la que obtendría la intuición, llegando a ser el Buda fundador del Budismo. En las numerosas existencias prevividas por el Buda, asumió las formas más diferentes: hombre, animal, dios; y cada Jātaka es una historia en que no falta, entre los distintos personajes, el Bodhisattva que ora es la figura principal de la narración, ora una figura secundaria y a veces nada más que un espectador. El texto, tal como ha llegado a nosotros, tiene más de quinientos Jataka entre los que los más antiguos se remontan al siglo III a. de C. y quizás aún más atrás. La amplitud de la colección demuestra la importancia que justamente los monjes bu­distas atribuir a los cuentos ejemplares en su obra de proselitismo, y la gran facilidad con que un material narrativo muy vario podía — con algún que otro retoque — ser empleado con un fin educativo, moral y religioso.

Los Jātaka tienen una estructura constante en cuatro partes: 1) ocasión en que el Buda ha narrado el Jātaka ; 2) his­toria del pasado, es decir, la parte esencial del Jātaka; 3) estrofa o estrofas que sinte­tizan el punto central de la situación pre­sente (1) o de la historia del pasado (2); 4) concatenación o identificación de los per­sonajes de la situación presente (1) con los de la historia del pasado (2). Dentro de este cuadro formal encontramos adaptados mu­chos ejemplares literarios de género narra­tivo (cuentos de hadas, narraciones, anéc­dotas, leyendas, etc.), muchos de los cuales —más de la mitad — no son de origen bu­dista y tienen interesantes paralelos en obras famosas de la literatura narrativa india, como por ejemplo el Pañchatantra (v.) y el Hitopadesa (v.). La colección de los Jātaka es, entre todos los textos del canon, el que ha tenido y sigue teniendo la mayor divul­gación entre las poblaciones budistas. Trad. inglesa de E. B. Cowell y otros (Cambridge, 1895-1907), trad. alemana de J. Dutoit (Leipzig, 1908-1921).

M. Vallauri

Jean Santeuil, Marcel Proust

Novela de Marcel Proust (1871-1922) no publicada hasta 1952. Anotemos, para aclarar la historia de esta obra, que, desdé 1896, Marcel Proust había anunciado en sus cartas a sus más íntimos su intención de escribir una gran novela, «una obra de grandes aspiraciones», a la que él prestaba la mayor importancia. Pero has­ta 1950, poco más o menos, no fue descu­bierto el manuscrito de Jean Santeuil por Bernard de Fallois, que preparaba una tesis sobre el autor de En busca del tiempo per­dido (v.) y andaba a la sazón investigan­do entre los papeles y notas dispersas de Marcel Proust. Esta novela de más de mil páginas, no es, como se creyó durante mu­cho tiempo, un primer bosquejo de A la recherque du temps perdu, si bien es cierto que ya en ella se encuentran los temas principales de la obra capital de Proust. Es, ciertamente, como ha dicho André Maurois en su prefacio, «un libro completamente dis­tinto no sólo porque está inacabado, sino también porque faltan todavía el tema-clave de la obra maestra (que será la metamorfosis de un niño nervioso y débil en un artista), la continuidad de los personajes esenciales, la decisión de escribir el libro en primera persona y el valor de sumergirse en el sulfúreo abismo de Sodoma».

Jean Santeuil comienza con el encuentro de dos muchachos con un conocido novelista, quien, antes de morir, les confía el manuscrito de una novela que ellos quieren publicar y cuyo héroe es Jean Santeuil. Joven adoles­cente demasiado sensible (muy próximo al pequeño Marcel de Du coté de chez Swann), Jean despierta al mundo del amor en pri­mer lugar por la pasión que siente hacia su madre y luego por la que le inspira una chiquilla, Marie Kossicheff (en quien se re­conoce ya a Gilberte Swann). Luego Jean Santeuil crece, olvida a Marie y se enamora apasionadamente de su profesor de filoso­fía; entretanto es introducido en el mundo por su camarada Henri de Réveillon. Parti­cipará entonces en las discusiones suscita­das por el «affaire Dreyfus», pero sus amo­res siguen ocupando el lugar más impor­tante de su vida. Al final del libro Jean Sartteuil encuentra de nuevo el calor de los padres, cuya vejez y muerte inspiran a Marcel Proust las más profundas y emocionadas páginas, en las que se adivinan esbozadas las grandes meditaciones del Temps retrouvé sobre la obra del Tiempo y la Muerte. Evidentemente, este somero análisis no per­mite distinguir el paralelo existente entre ambas novelas, entre la obra de juventud y la obra maestra de la madurez. Será para ello preciso evocar el beso rehusado de las primeras páginas, los amores infantiles, las semejanzas, algo más que esbozadas, exis­tentes entre el mundo de Réveillon y aquel otro de los Guermantes, cierto acorde de violín que llegará a ser la célebre «peque­ña frase de Vinteuil», la incorporación del tema de la relatividad del amor y de la degradación de los sentimientos, aquel de la «correspondencia» recuerdo-sensación, etc… Será preciso insistir también en la impor­tancia que juegan ya en la sensibilidad del escritor la obsesión por la pureza y la con­ciencia de su carácter inaccesible.

Recor­demos esta frase de una carta dirigida a Robert de Montesquiu: «…E incluso en mis deseos más carnales hubiera podido reco­nocer como primer motor una idea, una idea por la que hubiera sacrificado mi vida y en cuyo centro estaba la idea de perfección». Y estas líneas posteriores: «Puede ser que la nada sea la verdad, y todo nuestro sueño inexistente… Entonces pereceremos — pero tenemos en rehenes estas cautivas divinas que seguirán nuestra suerte, y la muerte con ellas tiene algo de menos amargo, de menos falto de gloria, quizá de menos probable…» Jean Santeuil, primer boceto de la «obra» de Marcel Proust, acusa ya su permanente búsqueda de la esencia de las cosas, y su confianza en la misión del artista, que es la de expresar y retener aquella esencia.

Jasón, Johann Sigmund Kusser

[Jason] Ópera de Johann Sigmund Kusser (1660-1727) en 1692; otra, homónima, compuso el discípulo de Lulli, Pascal Collasse (1649-1709, que fue estrena­da en París en 1696; una escribió también Georg Kaspar Schürmann (1672-1751). Con el título Giasone e Medea fue representada en París, en 1713, una ópera del provenzal Salomon (1661-1731); en Petersburgo fue representada una ópera Jasón y Medea [Gia­sone e Medea] de Gaetano Andreozzi (1775- 1826).