La Jerusalén Celestial, Giacomino da Verona

[De Jerusalem celesti]. Poema descriptivo de dos­cientos ochenta versos de Giacomino da Verona (segunda mitad del siglo XIII), in­genua descripción del paraíso, que puede considerarse como parte de una obra dedi­cada a describir los dos reinos de ultratum­ba cristianos (la otra parte es el pequeño poema La Babilonia infernal v.).

Es un gé­nero muy difundido en la Edad Media, pro­cedente, con varias reducciones y adaptacio­nes, del Apocalipsis (v.) de San Juan. En la descripción general del paraíso, Giacomino sigue el Apocalipsis; ciertos rasgos de la des­cripción de los goces y de los esplendo­res de la ciudad celestial derivan probablemente de la Navegación de San Brandán (v.); el resto entra dentro del ingenuo, fres­co y maravilloso sensualismo con que los es­critores de la Edad Media solían describir la recompensa que Dios asigna a las almas bue­nas. La gran ciudad está ceñida por un ele­vado cerco de muros, y a la puerta monta guardia un querubín con una espada lla­meante en la mano. La atraviesa un río de brillantes aguas iluminadas por el sol, lleno de piedras preciosas, y cuyas orillas están adornadas con una admirable variedad de fragantes flores y de árboles de maravillosa virtud, con hojas y frutos de oro y plata: toda clase de pájaros cantan día y noche sus dulces canciones. Quien beba agua del río jamás volverá a estar sediento; quien toque una de aquellas piedras preciosas, si es viejo se vuelve joven, y aunque estuviese muerto desde mil años antes, resucitaría. Aparece Dios en su alto trono, rodeado de jubilosas legiones de ángeles y bienaventu­rados, divididos según su condición y méri­tos, y tiene junto a sí a la Virgen, rodeada de una doble corte, eclesiástica y caballe­resca.

A la Virgen, después de Dios, asciende el reverente y gozoso homenaje de la corte celestial, que va distribuyendo fragantes guirnaldas y corceles con arreos de oro y esmeraldas y un estandarte en el cual está representado su triunfo sobre el demonio. Pero, a un cierto punto, el autor declara que sus fuerzas son demasiado menguadas para tan sublime tema, y el poema acaba algo bruscamente. La descripción es una hechi­zada confusión de embriagueces de la vista y el oído. En este aspecto, la técnica tosca y desigual de Giacomino no deja de surtir su efecto, mientras se revela totalmente insu­ficiente para traducir la naturaleza más íntimamente espiritual del gozo paradisíaco. En el poema de Giacomino parecen oírse las voces del pueblo medieval que con la idea de salvación fundía, imaginativamente, insatisfechos y ocultos anhelos de riquezas y placeres fabulosos. La lengua empleada es el veneciano, con la mezcla propia de los siglos XII-XIII resultante de la fusión del lombardo y el véneto, pero con predominio de este último, embrión de un idioma que no llegó a cuajar a causa del rápido triunfo literario del toscano.

D. Mattalía

La Jerusalén Conquistada, Torquato Tasso

[La Gerusalemme conquistata] Poema épico en veinticuatro cantos, de Torquato Tasso (1544-1595), compuesto entre 1587 y 1592 y publicado en 1593. Es una refundición de la Jerusalén libertada (v.), a la que el poeta se entregó, cuando, por las objeciones de los revisores y más aún por sus propios es­crúpulos religiosos y literarios, se conven­ció de no haber logrado el intento de escri­bir aquel poema épico, que había esbozado en sus tres discursos juveniles, Discursos sobre el arte poética (refundidos por él mismo, a la vez que el poema, en los seis Discursos acerca del poema heroico v.) y en el cual la severa epopeya historicorreligiosa se mezclaba con elementos de la poesía no­velesca caros al gusto de la época.

La trama es sustancialmente la misma que la de la Jerusalén libertada, pero Tasso se preocupó de dar mayor realce a la acción principal, la conquista de Jerusalén, que en la Liber­tada podía parecer sacrificada al desarrollo de los episodios y más aún al espíritu de éstos, los cuales contrastaban, por su asunto, con el intento general de la obra. Por esto, Armida (v.) sigue siendo en la Conquistada la seductora demoníaca, pero desaparece del poema la representación de su drama, la desesperación por la partida de Rinaldo (v.), su intento de vengarse de su amado, y su reconciliación con él: aquí es encadenada por los caballeros que liberan a Rinaldo en el monte mismo donde se levantaba su pa­lacio y allí la abandonan. También está su­primido el episodio de Herminia (v.) entre los pastores, como poco conveniente a la dignidad de la epopeya, y el de Olindo y Sofronia (v.) por el ardiente erotismo de algunos pasajes.

En cambio, adquiere mayor desarrollo la descripción de las vicisitudes de la guerra y de los lugares que le sirven de teatro, debido al propósito del poeta de dar numerosas noticias sobre la santa empresa ateniéndose más estrictamente a la historia que en la Libertada y por el de rivalizar con los modelos consagrados de la epopeya, Homero y Virgilio, contraponiendo perso­naje a personaje, episodio a episodio, refun­diendo, por ejemplo, el personaje de Argan­te (v.) sobre el modelo del del Héctor (v.) homérico; y el de Solimán (v.) sobre el del Mesencio (v.) virgiliano, introduciendo una batalla junto a las naves cristianas, porque en la Ilíada existe un episodio parecido. (Incluso en el número de sus cantos, o sea, 24, la Conquistada quiere parecerse a una nueva Ilíada). Sobre todo, el poeta procura subrayar el carácter religioso de la obra, atribuyendo a sus personajes actos de pie­dad ejemplar, e introduciendo (y aquí están quizás los acentos más originales) pasajes en los que puede manifestarse más abierta­mente su nueva inspiración religiosa, como, por ejemplo, en el canto de los cristianos expulsados de Jerusalén, que desarrolla mo­tivos de los Salmos (v.).

Un carácter parti­cular resulta en la Conquistada de las fre­cuentes digresiones genealógicas e históri­cas: mientras que en la Libertada, dedicada a Alfonso de Este, sólo es celebrada por el poeta la casa de Este, en la Conquistada, dedicada al cardenal Cintio Aldobrandini, sobrino del Pontífice, todas las familias rei­nantes e innumerables familias nobles de Italia son recordadas y glorificadas. Nacida del propósito de reforma de un poema, del cual Tasso, precozmente envejecido por la desdicha, se sentía ahora desprendido, y no de una actual inspiración poética, la Jerusalén conquistada no podía ser una obra vital; pero no le faltan acentos de poesía nueva y auténtica, que los lectores han ol­vidado por la fama que del poema se ha conservado a través de los siglos.

M. Fubini

Jeremías, Hugh Seymour Walpole

[Jeremy]. Narración del es­critor inglés Hugh Seymour Walpole (1884- 1941), publicada en 1921. Es uno de los pri­meros libros del autor, y describe la infan­cia de un niño de ocho años, Jeremy Colé, en la imaginaria Polchester, pequeña capital de provincia inglesa, no lejos del mar; el despertar del sentimiento de independencia en el muchacho está estudiado a través de diversos episodios, como la enfermedad de la madre, la adquisición de un perro, el aza­roso encuentro con un mendigo, la pe­lea con un compañero, una representación de Navidad, una nueva aya, una escapada a la feria, el último verano antes de entrar en el colegio. Este sentimiento no nace tanto de las reglas disciplinarias como de una nueva actitud del muchacho hacia su fa­milia, la peligrosa convicción de poder hacer ya lo que hasta entonces le había sido pro­hibido. Los diversos personajes están des­critos con vigor, desde el tío Samuel Colé a la tía Amy, desde las hermanitas a la nueva institutriz, y son bellísimas las des­cripciones de los paisajes y de la soñolienta vida de la pequeña ciudad; pero nada iguala a la finura del estudio de la psicología infantil, que transparenta el evidente ca­rácter autobiográfico del libro.

M. L. Giartosio

Jerusalén, William Blake

[Jerusalem]. Poema simbó­lico del escritor y pintor inglés William Blake (1757-1827), empezado en 1804 y ter­minado en 1820. Es uno de los Libros proféticos. «Los hombres han olvidado que to­das las divinidades residen en el corazón humano»; tal es la premisa de este drama alegórico consistente en una mezcla de epi­sodios que giran alrededor del conflicto en­tre el eterno Evangelio y la Religión Natu­ral, entre el Perdón y el Castigo.

Jerusalén «Ciudad y Mujer al mismo tiempo» es el más bello símbolo en los más oscuros libros místicos de Blake: deriva de la Biblia (v. Apocalipsis, XXI). Jerusalén es «emanación de Albión»; representa el conjunto de sus visiones; es visión del conocimiento; visión del ideal moral y como a tal representa la perfecta ley de hermandad, el «evangelio eterno». Diametralmente opuesta a la Visión es la Razón, que tiene como agentes al Es­pectro y a la «Falsa Mujer». El Espectro es elaborado después en el símbolo de los doce hijos de Albión. La Religión Natural o Druídica sacrifica la libertad del indivi­duo, está gobernada por una Providencia que es opuesta al Divino Señor Jesús, una Providencia homicida que gime alimentán­dose de Muerte; puesto que toda religión que prevé el castigo y la venganza es reli­gión del Enemigo, del Vengador, y su dios es Satanás, príncipe de este mundo. Sus preceptos son contrarios al «eterno evange­lio».

En el poema muchos pasajes describen la desolación de Jerusalén, es decir, el esta­do de la vida mortal sin visiones. Pero es en la mujer en quien se compendian las fuerzas del mal. La mujer tiene en su poder nuestras facultades «vegetativas», oprime la vida del hombre con innumerables ilusio­nes de corporeidad y los errores subsiguien­tes. El «monstruoso gobierno de las muje­res» es el más peligroso obstáculo a las aspiraciones a la visión. Pero fuera de estos fragmentos en los cuales el pensamiento de Blake se deja ver de una manera clara, todo el poema es un apocalipsis esotérico guardado bajo siete llaves, donde el simbo­lismo permanece oscuro e impenetrable. La Jerusalén, lo mismo que el Millón (v.), debe en gran parte su importancia a los sugestivos dibujos que acompañan al texto: en estos se puede decir que Blake, con su vertiginosa fantasía, se anticipa al sentido moderno de la expresión figurativa, más allá de toda ley de fidelidad naturalista.

G. Pioli

La obra poética de Blake, puesta como está fuera de toda relación con la historia literaria de su época, muestra hasta qué punto es vano el intento de tratar los gran­des movimientos del espíritu humano con­siderándolos originados por los escritores y actuando sobre todo a través de la influen­cia literaria. (W. Raleigh)

Jerusalén, Selma Lagerlof

[Jerusalem]. Novela de la escritora sueca Selma Lagerlof (1858-1940), publicada en 1901-1902. La primera parte («En Dalecarlia») nos lleva al corazón de Suecia, a un rústico ambiente en el que señorea la antigua familia Ingmarsson. El jefe de los Ingmarsson, el «gran Ingmar», ha muerto; le toca a su hijo, el «pequeño Ingmar», continuar la antigua tradición de la familia: distinguirse por encima de los demás y vivir en el temor de Dios. Pero la nueva generación es distinta. El sectarismo religioso penetra en el país; cartas y per­sonas, venidas de América y de «Tierra Santa», turban las ideas de aquellos piado­sos cristianos; no se contentan ya con la palabra de Dios tal como les es transmitida por el pastor en la iglesia del pueblo, quie­ren vivir santamente como vivió Jesús en Tierra Santa. Y creyendo que una vida se­mejante no se puede llevar más que en el mismo lugar, todos los Ingmarsson, salvo el último retoño de la estirpe, junto con numerosas familias de la región, venden sus bienes, abandonan, en una larga hilera de carros, la tierra natal y van a establecerse a Jerusalén.

Aquí los encontramos en la segunda parte del libro («En Tierra Santa»). Los Ingmarsson y los demás suecos pasan a formar parte de la colonia americana, y se ponen animosamente al trabajo. Pero no se sienten bien en el nuevo ambiente, lleno de rivalidades de toda clase y de discordias sectarias; mientras el clima, muy distinto del suyo, obligándoles a permanecer dema­siado tiempo encerrados en casa e inacti­vos, mina su salud, de manera que muchos mueren de fiebres y de agotamiento. Algu­nos de ellos, desilusionados, vuelven a su patria; solamente un pequeño núcleo se queda en «Tierra Santa» luchando contra todas las dificultades, y contribuyendo a perpetuar la comunidad de los elegidos, los cuales esperan la vuelta del Señor que ha de venir un día al salir el sol, aureolado de luz. [Trad. del sueco por Heraldo Eek y Miguel Sarmiento en dos volúmenes titula­dos Jerusalén en Dalecarlia (Barcelona, 1926)]

Ch. Schimansky