Las Joyas de Rosario, Frederic Soler

[Les joies de la Roser]. Drama en tres actos y en verso, del comediógrafo y narrador catalán Frederic Soler (1838-1895), conocido bajo el pseudónimo de Serafí Pitarra. La obra se es­trenó el 6 de abril de 1866 y narra un epi­sodio de la guerra carlista en Hostalric.

Mateu ha recogido a Roser, cuyos padres fueron muertos por los franceses durante la invasión napoleónica. La muchacha está prometida a Melcior, el hijo menor de Ma­teu. En la casa viven también Bernat, un criado centenario y muy fiel que disputa frecuentemente con Miquel, un francés que arregla paraguas. Éste pretende a Roser a. pesar de los reiterados desaires de la chica. Cierto día un mensajero de los carlistas pide doscientas onzas por el rescate de Rafael, el hijo mayor de Mateu, que combate con los cristinos. La familia busca desesperada­mente un préstamo para evitar que fusilen al hijo, pero nadie se lo procura. Entonces Roser decide vender a Miquel las joyas que le regaló su prometido. Pero Miquel las rechaza y pone como única condición su matrimonio con Roser. Ésta, para salvar al hijo de su generoso padre adoptivo, decide, sin decirlo a nadie, hacer el heroico sacri­ficio, ante la desesperación de Melcior, que no comprende el súbito cambio de su amada. Pero providencialmente llega Bernat, que ha descubierto, después de una búsqueda de muchos años, la fortuna oculta de los padres de Roser, que se consideraba perdida. En­tonces los enamorados pueden casarse sin preocupaciones económicas. La obra que Pi­tarra llamó drama de costumbres, posee el garbo y la fluidez propios del autor. Es una típica obra romántica, en el ámbito del teatro rural catalán que Sagarra ha conti­nuado con fortuna.

A. Manent

El Joven Salvado, Johann Gottfried Herder

[Der gerettete Jüngling]. Publicada póstuma, es una poesía muy conocida de Johann Gottfried Herder (1744-1803), y por su incontestable valor poético desmiente la opinión de quien no quiere reconocer en el gran incitador de energías ajenas una propia fuerza creadora de poesía. Tomada de una de aquellas anti­guas leyendas cristianas que Herder resucitó con mayor o menor fortuna, la primera es­trofa resume en cuatro versos la moraleja de la leyenda: encontrar- una bella alma huma­na es una ganancia, conservarla es una ga­nancia todavía mayor, pero sobre todo es hermoso y difícil salvarla después de haber­la perdido. Según la leyenda, la conversión del joven, gracias al vidente de Patmos, San Juan Evangelista, tuvo lugar aproximada­mente el año 90. Juan descubre entre sus convertidos a un joven en cuyos ojos habla un alma rica y ardiente; y marchándose, lo encomienda, ante la comunidad, a la vigilancia del obispo. Éste, comprobando los buenos frutos de la educación dada al joven, le deja, paso a paso, una mayor libertad; y a causa de la libertad el joven cae, ba­jando lentamente por la escalera del vicio, hasta llegar a ser jefe de una banda de ban­doleros.

Esta decadencia moral está repre­sentada con pinceladas de sobria eficacia. Cuando Juan, al regresar, se entera por el anciano obispo de lo ocurrido, se dirige a los bosques y se hace capturar por los ban­doleros y conducir ante su jefe. Luego se arrodilla a sus pies, diciendo que había pro­metido su alma a Dios y que estaba pronto a morir por él, pero que ya no le abando­naría hasta la muerte. El joven, emocionado y vencido por la fe de San Juan, se con­vierte de nuevo y vuelve a él, que derrama las bellezas de su alma en aquel corazón ganado nuevamente «por la confianza, la firmeza, el amor y la verdad». La forma métrica no está exenta de nobleza y armo­nía y resulta adecuada al relato y a la ac­ción, en un sabio alternarse de las estrofas con el verso libre.

C. Baseggio

La Joven Siberiana, Xavier de Maistre

[La jeune Sibérienne]. Novela del francés Xavier de Maistre (1765-1852), compuesta en Rusia y publicada en 1825. Su argumento es el azaroso viaje de una jovencita de Siberia a San Petersburgo para implorar gracia para su padre; el autor declara que quie­re dar a la historia toda su autenticidad, sin falsas amplificaciones novelescas, y en, realidad resplandece en ella el amor filial en la pureza de un sacrificio coronado por la muerte. Prascovia Lopulof, hija ejemplar de un desterrado político, de noble familia ucraniana, quiere obtener la revisión del proceso que ha truncado la brillante carrera de su padre. Obtenido un pasaporte, afron­tando animosamente peligros e incomodida­des de toda clase, llega por fin al lejano San Petersburgo. Recibida, tras un sinfín de peticiones y de negativas, por la em­peratriz madre y más tarde por el empera­dor, sabe defender con tan noble gracia y afecto la causa de su padre que obtiene la remisión de la pena para él y para otros dos desterrados que le habían ayudado en su valiente empresa. Pero Prascovia ya no volverá a su lejana aldea, ya que ha pro­metido dedicarse completamente a Dios.

Y en su nueva vida despliega todo el ar­diente fervor de su joven alma, apagándose lentamente, consumida por la tuberculosis, noble y patética víctima del amor y del deber. La narración sufre la influencia de las nuevas actitudes románticas, y el carác­ter mismo del argumento acentúa su pathos delicado y profundo. Vivas, precisas e inte­resantes son las páginas dedicadas a la estancia y a las peripecias de la protago­nista en San Petersburgo, y por su conjunto se reconstruye en esta interesante narra­ción un nítido cuadro de la sociedad rusa de aquel tiempo.

C. Cordié

El Joven Solitario, Milovan Vidakovic

[Usamljeni junosa]. Es la novela más conocida de Milovan Vidakovic (1789-1841), creador de la novela serbia y autor de una célebre Auto­biografía (v.). El joven solitario fue im­preso en 1810 en Budapest y reeditado tres veces durante el siglo XIX. El pasado de su país es el tema predilecto de Vidakovic, que vuelve sus ojos a la Edad Media serbia.

La acción sucede en los tiempos del déspota serbio Lazarevic (1370-1427). El joven Tichimil, hijo de Esteban Musió, vive solo en un monasterio. Un día le visita un guerrero, herido en la batalla de Chubugabad (1402), entre Tamerlán y Bayaceto. Se inicia así una conversación patriótica, que ocupa casi la mitad del libro. El guerrero le habla de Marco Kraljevic (v.), al que ha visto caer en Rovnin, y narra los detalles de la lucha entre Tamerlán y Bayaceto. A su vez, Tichomil le relata su vida. Su padre le había dado, antes de partir para la batalla de Cossovo, muchos sabios consejos sobre la educación, sobre el amor cristiano y sobre el modo de comportarse. Más tarde llega la noticia de que Esteban Musió había caído; y Tichomil, encontrándose solo, va a refu­giarse en aquel monasterio. Vive allí desde hace doce años; cuida los campos y se dedica a la lectura en las horas libres. Cuanto gana lo entrega a los pobres. A causa de su vida le llaman «el joven solitario».

El valor lite­rario de la obra de Vidakovic no es grande. Escribía para divertir y educar al lector, y sus novelas históricas son una imitación romántica de las novelas caballerescas de la literatura occidental. Bajo el disfraz his­tórico, más bien ingenuo, se adivina el mundo contemporáneo; este efecto está hoy acentuado por el tiempo, pero entonces su obra debía llevar a los lectores a un mundo desvanecido entre el polvo de las crónicas. La lengua, a menudo imprecisa, es una mezcla de serbio y de eslavo-eclesiástico. Pese a sus modestos medios, Vidakovic tiene todavía un vasto círculo de lectores, y de sus novelas históricas y en especial del Jo­ven solitario se nutre el espíritu patriótico.

L. Salvini

El Joven Medardo, Arturo Schnitzler

[Der junge Medardiis]. Drama histórico de Arturo Schnitzler (1862-1931), representado en el Burgtheater de Viena en 1910.

El drama se desarrolla en la Viena del 1809, durante la segunda toma de la ciudad por Napoleón; el estudiante Medardo, hijo de un librero vienés, desearía combatir contra el invasor de su patria. Pero a pesar de sus fieros pro­pósitos de matar al tirano, mata, simplemen­te, a una mujer, por celos. Una muerte heroica redime todas sus culpas; ante el ofi­cial ayudante de Napoleón reivindica alta­mente su intención de libertar a su pueblo de las manos del usurpador, rechaza su clemencia y es fusilado. La acción central, entresacada de un hecho histórico, se com­plica en tortuosa trama con las aventuras del Duque de Valois, emigrado francés esta­blecido en Viena y pretendiente a la corona de Francia. El Duque tiene dos hijos: Fran­cisco, que tendría que ser el heredero y que, en cambio, convertido en el amante de la hermana de Medardo, se mata con ella arrojándose al Danubio, y la joven y bellí­sima Elena de Valois. Ésta, sumamente am­biciosa y orgullosa, después de la muerte de su hermano aspira a ser madre de los futuros reyes de Francia: voluptuosa y sen­sual, tortura a Medardo ora entregándose a él, ora negándose e impulsándole a asesinar a Bonaparte. En primer plano está — como una reminiscencia del antiguo coro — la po­blación de Viena, dividida con respecto al invasor entre la admiración y el odio, entre llamaradas heroicas de libertad y el deseo de paz; después, curiosidad y admiración por la nueva Corte fastuosísima, intereses y ambiciones nuevas, nostálgicos recuerdos.

Todo esto hace de acompañamiento en sor­dina al dramón que en la primera redac­ción duraba siete horas, con 18 cuadros y 79 personajes; pero en el cual, aparte de la habilidad de los continuos golpes de teatro, no hay nada que tenga valor poético, ni asoma ninguna de las cualidades del Schnitzler de la buena época, el de Teresa (v.), del Ciego Jerónimo (v.), y de Amo­río (v.).

B. Allason