Juha, Juhani Aho

Novela del escritor finlandés Juhani Aho (1861-1921), publicada en 1911. La acción se desarrolla en la Carelia septen­trional de hace un par de siglos; la trama, rigurosamente psicológica, se concentra al­rededor de tres personajes: Juha (v.), hombre ya maduro, cojo y deforme; su joven esposa Marja, huérfana venida de allende la frontera rusa y criada en casa de Juha, y Shemeikka, una especie de Don Juan careliano.

El amor casi filial de Marja hacia su marido se ha entibiado, y la en­trada de Shemeikka en su descolorida exis­tencia le resulta fatal. Bastan unas palabras y ciertos actos hostiles por parte de la suegra, que nunca perdonó a la huérfana el haberle quitado el hijo, para que Marja huya con Shemeikka, en circunstancias que hacen creer que ha sido raptada a la fuer­za. No obstante las insinuaciones de su ma­dre, Juha se agarra a esta eventualidad, proponiéndose, aunque en vano, salvar a la infeliz. Más tarde, Marja, desilusionada y marchita, vuelve al marido, que la recibe con ternura y le promete, por último, aco­ger en su casa al hijo de ella y de She­meikka. Juha parte con su mujer hacia la casa de Shemeikka para buscar al pequeño, pero el cinismo de éste enciende en él un furioso deseo de venganza, que le empuja a golpear ferozmente al seductor. Se detiene sólo cuando Shemeikka le revela que Marja partió con él de buen grado, y Marja no desmiente tal declaración; angustiado, acompaña entonces a lo largo del río a Marja y al niño hasta su propia tierra; después, volviendo a embarcarse, se deja arrastrar por la corriente y desaparece en la catarata.

Motivos de una épica popular que recuerda el Kalevala (v.) y francas en­tonaciones románticas se unen en esta novela, la mejor de Aho, con un psicologismo en el que se revelan influencias occidentales.

T. Tuulio

 

Los Juegos Rústicos y Divinos, Henri De Régnier

[Les jeux rustiques et divins]. Colección de poesías de Henri De Régnier (1864-1936), publicada en 1897. En la vasta producción literaria de su autor, representa un retorno a las formas tradicionales, ocasionado sobre todo por la exigencia de una absoluta lim­pidez estilística. A través de cierta adhesión al movimiento simbolista pero más fielmente al parnasiano, Régnier se expresa con sencillez en las evocaciones de mitos clásicos, casi al modo de Heredia. A este maestro va, en efecto, dedicada «Aretusa» («Aréthuse»), que toma nombre de la fuente a la que van a beber las sirenas. Pero a pesar de la sua­vidad de sus pinceladas, no siempre la voz de la poesía se libera de los artificios ni del preciosismo. En las partes de la colección tituladas «Las cañas de la flauta» («Les roseaux de la flüte») y «La canasta de las ho­ras» («La corbeille des heures»), hay una vaporosidad dieciochesca que intenta con­vertirse en música.

También dieciochesco cuando habla de ninfas y sátiros antiguos (como en sus descripciones del parque de Versailles en la Ciudad de las aguas, v.) el poeta manifiesta su inspiración en poe­sías levísimas, en bocetos, en confesiones llenas de suspiros. Hay en esta colección un no sé qué de delicado y fugitivo (como en los pequeños cuadros del «Fauno del espe­jo» («Le faune au miroir») y en la fantasía de la «Hora de otoño» («Heure d’automme»), pero en su conjunto predomina un tono que se podría aproximar más a un Samain que a un Verlaine. El poeta en otros luga­res se refugia en imágenes tensas y lumi­nosas, que se proponen tener su razón de ser en el juicio que dan acerca de la vida; como en «El óbolo» («L’obole») donde el viviente se dirige a la sombra; o en las «Inscripciones para las trece puertas de la ciudad» («Inscriptions pour les treize portes de la ville»), que ambiciosamente forman una especie de poema evocador, donde se habla de las costumbres de las sacerdotisas, de los guerreros, de los pastores, de los as­trólogos, de los mercaderes, de las actrices, de las cortesanas, de los viajeros, de los mendigos, y también de las bodas, de los muertos, de los desterrados y del mar.

Se advierte ya por esta lista una búsqueda de imágenes y sensaciones, que no se funden bien en su complejidad lírica: algo de esa manera de poetizar se había de mostrar más tarde, también a ejemplo de Régnier en los Laudes (v.) de D’Annunzio, pero en la literatura francesa contemporánea ésta y otras colecciones del poeta dan una lección de armonía, comparadas con otras manifestaciones más ruidosas de vanguardia. En este sentido toda la obra de su autor, aun en sus cuentos y novelas, halla su justifi­cación histórica y por otra parte la de su fortuna académica.

C. Cordíé

El Jugador, Jean François Regnard

[Le joueur]. Comedia en cinco actos, en verso, de Jean François Regnard (1665-1709), estrenada en París en 1696. Perfecta comedia de carácter, es sin duda la principal de Regnard en este gé­nero. Valerio olvida por el juego a su ama­da Angélica, la cual, disgustada, corta sus relaciones con él. Después de perder una fuerte suma, Valerio cree poder todavía cambiar de vida, obtiene el perdón de su padre, Geronte, y se reconcilia con Angélica. Pero el joven no puede aún estar tranquilo: un falso marqués, que lo cree su rival, lo desafía y, lo que es peor, los acreedores se le echan encima. Para librarse de ellos em­peña a una usurera, la Ressource, el retra­to orlado de diamantes que Angélica le había dado. En cuanto tiene dinero no sabe resistir la pasión, juega y gana, y recae en su antigua vida que pronto le lleva otra vez a la miseria. Angélica, mientras tanto, se entera de que ha empeñado su retrato y, resuelta a no volver a perdonarle, se casa con Dorante, tío de Valerio, mientras el jugador es abandonado por todos.

Esta comedia ocupa un lugar aparte en el teatro de Regnard, el cual, siendo también juga­dor, ha infundido a la figura del protago­nista un realismo dramático inusitado. La innovación consiste en dar caracteres pro­pios a la pálida figura del enamorado (repe­tida luego felizmente en El distraído, v.), lo cual infunde una nueva vida a este perso­naje que, no obstante conservar todo cuan­to de común y obvio tiene tradicionalmente su papel, llega a ser la expresión de una humanidad incapaz de salvarse, de un hom­bre normal a excepción de su vicio, de un personaje notablemente auténtico.

U. Déttore

El Jugador, Carlo Goldoni

[Il giocatore]. Es una de las dieciséis famosas comedias nuevas que Carlo Goldoni (1707-1793) estrenó en 1750; dividida en tres actos, reanuda temas y per­sonajes caros al autor. Florindo (v.), presa de la pasión por el juego, cae en las manos de un jugador de ventaja, Lelio (v.); se arruina completamente, pierde su novia, Ro­saura (v.), las amistades, y solamente la in­tervención del anciano Pantalone (v.), que obliga a Lelio a restituir una parte de lo que le había quitado, le salva del peligro de casarse con Gandolfa, una anciana frí­vola y viciosa. Se repiten aquí los motivos de El café (v.), pero la tentativa de cargar los colores del protagonista aventurándose en el estudio de su morbosa psicología hace alejar al autor de su campo y le impide dar vida al conjunto y a la musicalidad que anima sus buenas comedias.

U. Déttore

Juegos de una Emperatriz, Max Dauthendey

[Spielereieneiner Kaiserin]. Drama en cuatro actos, un prólogo y un epílogo de Max Dauthendey (1867-1918), publicado y estrena­do en Munich en 1910. Cada acto tiene un título que corresponde a una fase de la vida íntima y amorosa de la protagonista, Catalina I de Rusia, en una interpretación de fuertes colores: «La mujer del dragón», «El almuerzo», «El pañuelo», «La cofia de viuda», «A la cabecera de la Emperatriz»; y antes del comienzo de cada acto unas ob­servaciones cuidadosas dan el tono a figuras y escenas.

Después de haber escapado del asedio del Marienburg, Catalina, en 1702, se convierte en prisionera y querida de Menschikoff; pero éste ha de cederla al zar Pedro, que, perdidamente enamorado, se casa con ella. Sin embargo, más que la am­bición ya tan fuerte en ella, la Zarina sigue sintiendo el amor caprichoso y salvaje que la vincula a Menschikoff, y su deliberada frialdad la exaspera. De este modo va lu­chando y vacilando entre el yugo de su amor y la necesidad de liberarse de él; unas veces no puede soportar la tiranía que su amante, aunque frío para con ella, ejerce sobre su persona, otras veces trata de ins­pirarle celos «jugando» con otros: un paje, que no aparece, y un conde francés; ambos caen víctimas de Menschikoff. Al morir Pe­dro, Menschikoff la hace coronar emperatriz y solamente en el último acto, en un apa­sionado diálogo en su cabecera, también Menschikoff confiesa su inmenso y fiel amor.

El drama no quiere ser una reconstrucción histórica, sino la representación viva de es­tados de ánimo y de caracteres. Las figuras de Catalina y Menschikoff son estrictamente rusas, de la Rusia del siglo XVII, más bien groseras y rústicas, y quedan puestas de relieve por el contraste con el conde fran­cés civilizado y refinado. No hay derroche de personajes, ni abundancia de detalles: es perfecto el juego de fondo y de primer plano, y el diálogo tratado con pictórica habilidad.

G. F. Ajroldi