Laurin, Anónimo

Pequeño poema heroico, en ale­mán medieval, compuesto en el Tirol hacia la primera mitad del siglo XIII. Posterior al Jardín de las rosas (v.), para diferenciarle de éste es llamado también Pequeño jar­dín de las rosas [Kleiner Rosengarten]. Narra cómo Dietrich (v. Teodorico de Verona), impulsado por un discurso de Hilde­brand, que le habla del invencible enano Laurin del Tirol, parte con Witege para intentar la aventura; éste rompe el hilo de seda que circunda el jardín de las rosas del enano; Laurin, poseedor de un cinturón má­gico que le da la fuerza de doce hombres, mata a Witege; pero Dietrich, aconsejado por Hildebrand, arrebata al enano su cin­turón y consigue dominarlo: a pesar de ello le concede la vida por intercesión de Dietleib, cuya hermana, Künhild, vive prisio­nera del enano. Laurin invita entonces a Dietrich a sus dominios, le embriaga a él y a sus hombres y los arroja a todos a una gruta. Después de haber sido los prisioneros libertados por Künhild, Dietrich vence definitivamente a Laurin y lo lleva consigo a Verona, donde recibe el bautismo y es reintegrado a su reino por Dietrich.

El poema es una mezcolanza de elementos de la saga con motivos fantásticos y tiene momentos sugestivos dentro de su inge­nuidad.

M. Pensa

Laus Veneris, Algernon Charles Swinburne

Pequeño poema de Algernon Charles Swinburne (1837-1909), escrito entre 1860 y 1862 y publicado en 1866 en Poemas y baladas (v.), y también en un opúsculo aparte. Es un largo monólogo pues­to en boca de Tanháuser (v.) en el que el caballero, esclavo de Venus en la mon­taña encantada, describe su estado y pasa revista a las vicisitudes de su vida. Muchos fragmentos de esta obra, como otras poesías de Swinburne, recuerdan frases de la Bi­blia; pero en el estilo ha influido mucho la versión de Edward Fitzgerald (1809-1883) de los Rubáiyat (v.) de Ornar Khayyám (del cual deriva también la forma métrica), de los poetas italianos primitivos traducidos por Dante Gabriele Hossetti, de Dante, de. dramaturgos isabelinos, de Baudelaire, etc.

No obstante, aunque se resienta de las entusiastas lecturas de su juventud, Laus Veneris presenta un marcado carácter per­sonal, debido a la especial sensibilidad eró­tica del poeta. Domina la imagen del ídolo hermoso y cruel, la Venus, que fue anterior­mente «delicia del mundo», degenerada en siniestro vampiro en los siglos cristianos. Tanháuser, perdida toda esperanza de salvación, ha vuelto tristemente de la corte papal al palacio encantado de Venus en el monte Horsel. Y ahora yace junto a su diosa, que ha matado cruelmente a todos sus anteriores amantes, pero no a él: pues él deberá vivir en su amargo amor hasta el fin de los días, hasta que se desborden los manantiales del mar, hasta que Dios desencadene sobre el mar y sobre la tierra el trueno de las trompetas de la noche. Conoce la pena que entonces le tocará en suerte: la segunda muerte en el infierno, donde el fuego le rodeará para siempre; pero ¿no es ya fuego esta vida, en la que se ve envuelto? Vida amarga y no obstante bella, suspendida entre una profunda nostalgia de amor y un intenso deseo de muer­te. El caballero se ha sometido a su destino y está impregnado de una embriaguez de perdición: vivir ardiendo y saber que peca; ninguna vida es mejor que ésta.

Imitacio­nes o, mejor, traducciones de fragmentos de ésta y otras obras de Swinburne se en­cuentran diseminadas en la obra de Ga­briel D’Annunzio. Edward Burne-Jones tie­ne un cuadro titulado Laus Veneris que presenta pocas afinidades con el poema de Swinburne a parte del título y de la atmósfera prerrafaelista.

M. Praz

Laura en la Ciudad de los Santos, Miquel Llor

[Laura a la ciutat deis sants]. Novela del escritor catalán Miquel Llor (1894-1966), que obtuvo el «Premi Creixells» y fue pu­blicada en 1930. El tema dé la obra — muy semejante al de Vilaniu (v.), de Narcís Oller —, consiste en la imposibilidad de adaptación espiritual de la barcelonesa Laura a la vida de Comarquinal, bajo cuyo nombre el autor ha querido representar a una de las ciudades provincianas de Cata­luña.

Tomás, el «hereu» Muntanyola, cono­ce a Laura en una fiesta en Barcelona y, a los pocos meses, casa con ella. Ahora, tras el viaje de novios, llegan ambos a Comarquinal. Lo primero que sorprende a Laura es la tenue niebla que envuelve la ciudad, la niebla que a lo largo de la novela pasará a ser símbolo de aislamiento, de la impe­netrabilidad en la vida de los «santos». En el rostro de los familiares, especialmente en el de su cuñada Teresa — fiel observante de la tradición familiar y prototipo de mujer austera—, lee Laura la dura censura a su belleza, a su elegancia y a su manera de ser, libre y espontánea. Empieza para ella el esfuerzo de ir conociendo aquel ambiente de «santos». En el retrato de los personajes —familiares, sacerdotes, ricos propietarios, etcétera — el autor va penetrando en la psicología colectiva, cuyo fondo lo consti­tuye la más abyecta lujuria y un fariseísmo refinadísimo, hasta comunicarnos el clima de obsesión en que vive Laura. Pasada la embriaguez de los sentidos, siente crecer en ella una repulsión por su marido, que culmina después de la muerte de su hija. Laura ha fracasado en su intento, porque en el fondo quizás es débil, de redimir a su marido y conquistar el ambiente. Su único refugio es, al principio, el confesionario, y, después, Mossén Joan Serra, llamado Mossén Ferro Veil — «Mosén Chatarra» —, el sa­cerdote del Museo Episcopal, bajo cuyo nombre esconde Llor a un personaje real. La llegada de Pere Gifreda y su enamora­miento por Laura, coloca a ésta frente a frente con Teresa — que desde su juventud alimenta un inconfesable deseo por Pere — y precipita la tragedia de la protagonista, a quien su marido obliga a abandonar el domicilio conyugal.

Laura a la ciutat deis sants, influida por la corriente postnatura­lista francesa, significa un momento decisivo en la novelística catalana. Llor publicó en 1947 una segunda parte, El somriure deis sants [La sonrisa de los santos], de calidad literaria muy inferior, donde se resuelven todas las situaciones planteadas en la pri­mera novela. Antes de que se publicara la edición catalana de la segunda parte, apa­reció, en 1943, en Barcelona, una traduc­ción al castellano de las dos, debida a Igna­cio Agustí, titulada Laura.

A. Comas

Laura Perseguida, Jean de Rotrou

[Laura persécutée]. Tragicomedia en cinco actos de Jean de Rotrou (1609-1650), escrita en 1536 y representada en 1637. Oranteo, hijo del rey de Hungría, ama a Laura, inferior a él por nacimiento. Para alejarlo de la joven se urde un engaño que recuerda el episodio de Ginebra y Dalinda de Ariosto: Lidia, dama de honor de Laura y muy parecida a ella, se pondrá sus ropas para acoger muy favorablemente los homenajes del joven Octavio. Oranteo lo ve, no osa dar crédito a sus ojos y es atormentado por unos celos que más tarde harán más grande y feliz su amor. Mientras tanto, muere el rey de Po­lonia y se descubre que Laura es su única heredera; se celebra la boda con el mayor júbilo por parte de todos, incluso del rey padre, vencido por las gracias de Laura, el cual se casará a su vez con la joven des­tinada anteriormente a su hijo.

Rotrou tomó la idea básica para su tragicomedia de Lope de Vega, pero animándola con vi­vísimas escenas de celos y de amor, con una graciosa libertad y fantasía que hacen pensar en el Shakespeare de las comedias.

G. Alloisio

El Laúd de la Montaña, Gjergji Fishta

[Lahuta e malcis]. Poema en treinta cantos del fran­ciscano Gjergji (Jorge) Fishta (1871-1940), poeta nacional de Albania, publicado en dos volúmenes en Zara (1905-06). Esta obra, en la que se exaltan las virtudes guerreras y cívicas, las tradiciones y las costumbres del pueblo albanés, está considerada, por la sonoridad del verso, la belleza de la len­gua, y lo atrevido de las imágenes, como la expresión más alta del genio de la raza albanesa.

La obra de Fishta deriva direc­tamente, tanto en la forma métrica como en el contenido, de la poesía popular; mu­chos episodios, ya existentes en las leyen­das patrias, son recogidos en ella y transformados en un todo fantástico, constitui­do por héroes, seres sobrenaturales, mons­truos pavorosos, criaturas fabulosas. El poeta ha titulado su obra el Laúd de la mon­taña, para presentarse como una especie de rapsoda rústico; este carácter rapsódico do­mina toda la estructura de su obra. En el poema, que narra episodios de las guerras sostenidas por el pueblo albanés en los últi­mos decenios del siglo pasado hasta 1912, falta, en efecto, la unidad de acción; ape­nas si puede descubrirse un hilo de conti­nuidad histórica en las peripecias tratadas. Pero no sólo se cantan episodios bélicos, sino que se intercalan, con gran vivacidad de colorido, leyendas populares y tradicio­nes cívicas, exaltadas como el tesoro moral de la raza, y se ponen de relieve, dentro de una atmósfera sugestiva, las normas esta­blecidas en el famoso Kanun’i Lek Dukagjinit, esto es, el Derecho consuetudinario de Lekë Dukagjinit (siglo XII). Son notables también otros cantos dedicados a aconteci­mientos históricos, como el «Congreso de Berlín» (VII), la «Guerra balcánica» (XXIX), la «Conferencia de Londres» (XXX); donde la épica cede su puesto a la sátira polí­tica, en la que Fishta se mostró maestro.

El carácter fundamental del poema reside en esta fusión de la épica con la leyenda, del hombre con el ser sobrehumano. Es tí­pico el episodio de la Kulshedra, monstruo a un tiempo terrestre e infernal, que, salido de la caverna de Shala, desencadenó el huracán por montes y valles, tratando de destruir hombres y cosas. Este monstruo será exterminado, tras una lucha terrible, por los dragoi, hombres decididos y supe­riores que lo vencen proclamando el triun­fo de la inteligencia humana sobre la fuer­za brutal. A las imágenes, dignas de Esqui­lo, del episodio de la Kulshedra, se oponen otras muy delicadas referentes a Tringa, la bella muchacha de ojos de estrella y de frente como la luna, que herida de un ba­lazo en la frente muere, y la sepultan con ritos piadosos las Zanas, ninfas de la tie­rra, que la amaron en vida. En ambos epi­sodios, mito y humanidad se funden en una atmósfera fantástica, y en esta fusión he­chos y hombres son proyectados sobre un mundo remoto y primitivo.

G. Schiró