El Libro de la Cabaña, Charles Sealsfield

[Das Kajütenbuch]. Novela de Charles Sealsfield, nom­bre bajo el cual se ocultaba el ex jesuita austríaco Karl Postl (1793-1864) quien, des­pués de haber abandonado la Compañía, había emigrado a América, desplegando allí una diversa y poco clara actividad. Du­rante algún tiempo hasta fue emisario al servicio de José Bonaparte, hermano de Napoleón; después había comprado un te­rreno, pero asqueado de aquella vida volvió a Europa para continuar su carrera de escri­tor iniciada ya en Ultramar con varios li­bros descriptivos y novelas. Murió en Suiza. El Kajütenbuch, publicado en 1841, su obra más vital, no es una novela en el sentido estricto de la palabra. Como todos los de­más libros de Sealsfield, también éste es más bien una descripción de las condiciones borrascosas y agitadas en que el Nuevo Continente se hallaba en aquel período de desarrollo; y es la historia del nacimiento de un Estado, narrada quizás con alguna idealización, pero con mucha agudeza, en una atmósfera altamente pintoresca.

El libro narra la guerra victoriosa de los habitantes de Texas contra México, en 1836, a consecuencia de la cual más tarde Texas fue anexionada a los Estados Unidos. El héroe de la novela, el comandante Morse, se extra­vía por la pradera (el autor aprovecha la ocasión para ofrecernos una descripción maravillosa de la pradería en flor), y des­pués de andar mucho tiempo errabundo es acogido por una especie de presidiario de buen corazón, aunque varias veces asesino, que le salva la vida y lo conduce a presen­cia de un «alcalde», juez de la salvaje y promiscua población de Texas y de la pra­dera. Éste es un hombre fuerte, lleno de comprensión por los diversos problemas que atormentan el país y por sus extraños habi­tantes, y en larga conversación con Mor­se le explica la necesidad de una fuerza contra México y le persuade para que com­bata junto con ellos en cuanto estalle la guerra. Así los lectores se encuentran des­pués con una larga e interesante descrip­ción de la batalla de Río San Jacinto. Las ulteriores vicisitudes del comandante son menos importantes; terminada la guerra, Morse se casa y vive feliz en la «cabaña», esto es, en la casa de madera que usaban los colonizadores estadounidenses en Texas. El Kajütenbuch ha sido muchas veces imi­tado y plagiado, pero ninguna imitación ha alcanzado jamás el hechizo del original.

C. Gundolf

Libro del Abecedario, Yūsuf ibn al-Šayj

[Kitāb alif bā’]. Obra del erudito arabigoespañol Yūsuf ibn al-Šayj, de Málaga (1132-1207), es­crita a fines del siglo XII. En sus viajes por Oriente, el autor recogió muchísimas cosas curiosas, a las que dio cabida en esta obra, escrita con el fin de que pudiera ser­vir para la instrucción de su hijo. Se trata de un amplio repertorio enciclopédico de cultura general, un manual que nos da a conocer lo que debía ser esa cultura gene­ral en la clase media del siglo XII en la España musulmana. El repertorio está dis­puesto por orden alfabético de raíces. Em­pieza por explicar los aspectos y valores formales de dicha raíz, y a continuación, con estilo elegante y muy a menudo en prosa rimada, trata de todas las cosas que se le ocurren, desde las materias científicas (aritmética y física) a las ciencias naturales (botánica, zoología, antropología), pasando por la filosofía y la moral, y la religión (con alusión a las sectas musulmanas), geo­grafía e historia. Se extiende sobre la filo­logía (fonética, gramática, lexicografía, poesía, etc.), incluyendo numerosos cuentos y leyendas, así como chistes. Lo que más abunda son los materiales referentes a la filología y a la religión. Todo esto — el mismo ibn al-Šayj lo reconoce — es una recopilación: su única labor personal con­sistió en seleccionar. Véase el estudio de Miguel Asín Palacios, publicado en el «Bo­letín de la Real Academia de la Historia» (Madrid), C (1932), páginas 195-228.

D. Romano

El Libro de Horas, Rainer Maria Rilke

[Das Stundebuch]. Colección de poesías líricas dividida en tres partes, del poeta alemán Rainer Maria Rilke (1875-1926), publicada en 1905: «El libro de la vida monástica» (Vom mónchlichen Leben) fue escrito en veinti­cinco días, en Berlín — Schenargendorff —, si bien como resultado final de una doble experiencia italiana (1898) y rusa (1899), artística y religiosa, que a pesar de su diversidad se integran felizmente; «El libro de la peregrinación» (Von der Pilgerschaft), escrito en 1901, en Worpswede, y «El libro de la pobreza y de la muerte» (Von der Armut und vom Tode), escrito en Viareggio el año 1903; la última poesía evoca con místicos acentos de una modernidad total­mente rilkiana la figura de San Francisco. Es el libro de la lucha del poeta por la conquista de Dios, exuberante maraña de ritmos en los que la imagen de la divinidad afanosamente presentida no se revela nunca. Por ficción lírica, el poeta vive en la soledad del claustro bajo la tutela de un monje ruso.

Concentra el espíritu sobre la esencia de Dios, que por doquier percibe en torno a sí: «Vuelo en torno a Dios, alrededor de la torre secular y a través de los siglos y no sé todavía si soy un halcón, o una tempestad, o un cántico». Su personalidad mística no logra sosegarse en el pensamiento religioso y le impele a rebuscar, con ardor cada vez más intenso. Quiere conquistar a Dios a toda costa, por todos los medios, y no gozará de tregua hasta que Dios no se le haya revelado. Entonces no lo aban­donará más. Este Dios de Rilke no es una potencia exterior que mora en los cielos por encima de la vida, del que se implora el socorro y se espera el -milagro. Es la vida misma intensa en su plenitud, que se eleva crecientemente en la altura. El poeta lo compara con una catedral que la humanidad construyera acumulando piedra sobre pie­dra con manos temblorosas: «¿Quién podrá nunca terminarte, oh catedral?». Pero Dios es lo inexpresable y, a pesar de toda vo­luntad humana, «aunque no queramos, Dios se afirma». Y entre mil ansias, el espíritu del poeta ondea, se aleja y torna para re­aparecer más alto. Su inquietud se aplaca cuando le parece que el verdadero modo de refugiarse en Dios es la oración. Él se somete a la regla de la vida monástica para estudiar en la soledad las leyes que sirven de base a la vida, y extrayendo de las cosas su aspecto eterno lo revela a tra­vés del ritmo de sus cantos.

Después, con el alma cada vez más sedienta de Dios — «tengo necesidad de ti como del pan» —, el monje abandona el claustro y se hace peregrino. Durante su peregrinación cono­cerá todas las miserias humanas, verá me­trópolis donde en pobrísimas moradas los hombres arrastran una vida miserable y las mujeres su maternidad burlada. Y apren­de todavía que la mayor parte de la humanidad, que lleva una vida vegetativa e inconsciente, se halla trastornada por la pequeña muerte. La otra muerte, en cam­bio, la gran muerte, es un don reservado a muy pocos, a aquellos que vivieron en cada momento, teniendo la conciencia de estar destinados a morir. Y sólo cuando reconoce que el individuo se hace tanto más rico, espiritualmente, cuanto más se despoja de los bienes de este mundo, y que la «pobreza es una gran luz del alma», Dios viene finalmente a su encuentro, como al de un niño. Y el poeta implora que a cada uno le sea concedida su muerte, «la muerte que florece de la vida, en que cada cual amó, sintió y sufrió». La música y la alegoría son los dos medios con que Rilke trata de elevarse a lo absoluto. Ambos se entremezclan tumultuosamente sin cerrarse nunca en un significado unitario ni, mucho menos, definirse en un sistema. Si el Libro de horas representa el esfuerzo místico más intenso y ambicioso de Rilke, en él ha podido el poeta abandonarse con la mayor plenitud al sentido de la musicalidad pura. [Trad. parcial, en verso, por Luis Felipe Vivanco (Madrid, 1948)].

O. S. Resnevich

Libro de la Agricultura, Pietro de Crescenzi

[Líber cultus ruris]. Tratado de Pietro de Crescenzi (1230-1321), aparecido manuscrito ha­cia 1305, y dedicado a Carlos II de Anjou, impreso por primera vez en Augsburgo en 1471. Crescenzi ocupa, en la literatura agra­ria medieval, un lugar de primerísimo pla­no. Basta pensar que, a partir de 1471, se cuentan quince incunables de esta obra, sin contar más de cincuenta ediciones en latín, italiano, francés, alemán y polaco. El tí­tulo completo que se da a la obra es el propuesto por Savastano (Contribución al estudio crítico de los escritores agrarios ita­lianos [Contributo alio studio critico degli scrittori agrari italici], Acireale, 1922), ya que Crescenzi, siguiendo el uso de su tiem­po, no tituló la obra. Los impresores le dieron después diversos títulos: Opus Ruralium commodorum libri duodecim, El libro de la Agricultura, Tratado de Agricultura, etcétera.

El libro se compone de doce capí­tulos: descrita la casa rústica y el campo según el concepto latino, el autor, antes de proceder al estudio de los distintos culti­vos, fija sus caracteres naturales; trata lue­go de ellos separadamente, dando la pre­ferencia a los más útiles, como las gramí­neas y las leguminosas; siguen la vid, los árboles frutales, las hortalizas, las plantas de prado, de jardín, las medicinales, etc. Inspirándose en Varrón, termina el tratado con una recapitulación general y con un calendario mensual. En la redacción del libro, Crescenzi recuerda que ha utilizado la mayor parte de los autores que lo pre­cedieron, citando cerca de treinta y cua­tro. Entre los agrarios recuerda a Paladio, Varrón, Catón, Plinio y los Geopónicos; entre los naturalistas a Plinio y Alberto Magno; entre los médicos a Plateario, Pre­pósito, Gerardo, Avicena y otros; de los veterinarios a Rufo. Es dudoso que cono­ciese a Cólumela. Cita a los autores nom­brados con sentido crítico, aunque a veces copia trozos enteros.

De Crescenzi quiso que el libro fuese revisado y corregido, y para ello se lo pasó a fray Amerigo, maestro general de los dominicos y a sus frailes, a los «peritos en ciencia natural de la Uni­versidad de Bolonia» y a otros. Nada se conoce, sin embargo, de la labor de los correctores, que se presume, por otra parte, limitada. El libro, como demuestran sus nu­merosas ediciones y traducciones, tuvo gran éxito, y constituye la obra agraria más importante de la Edad Media.

O. Verona

El Libro de Jade, Judith Gautier

[Le livre de jade]. Poemas en prosa de la escritora francesa Judith Gautier (1846-1917). Publicados en 1867 con el pseudónimo de Judith Walter, el volumen fue una revelación.

Es una anto­logía de poesías chinas de todas las épocas, traducidas unas, otras inspiradas en los originales, divididas en grupos, cada uno con un título distinto según los asuntos tratados («Los enamorados», «La luna», «Los viaje­ros», «La corte», «La guerra», «El vino», «El otoño», «Los poetas», «El destierro», «La fidelidad al emperador», «El abandono», «La muerte»). Los poetas más frecuente­mente citados en este volumen, vivieron en el siglo VIII, bajo la dinastía Ming, aunque hay algunos mucho más ‘ antiguos. En­tre ellos sobresalen Li-Tai-Pé y Tou-Fu y la poetisa Li-y-Hane que vivió en el siglo XI. Li-Tai-Pé, con su estilo original y con­ciso, con sus imágenes raras y preciosas, lleno de alusiones y sobreentendidos, can­ta, como el poeta persa Ornar Khayyám, el vino consolador que envuelve en los velos de la embriaguez los dolores de la vida. Su contemporáneo y amigo Tou-Fu, censor imperial caído en desgracia, expresa con acentos doloridos las penas del destierro. La poetisa Li-y-Hane canta la tristeza incu­rable de un corazón que vive en la soledad, la pena de la reclusión y de la inercia a que se hallaba condenada la mujer china.

Judith Gautier, afirmándose como escritora de la mejor tradición francesa, revela en esta obra al público europeo una forma de poesía exótica que, alejada del exotismo amanerado instaurado por los parnasianos, es, por la selección de los temas y por la simplicidad de los sentimientos, a un tiem­po primitiva y refinada. Una sensibilidad poética personal, que lleva con frecuencia a variaciones, se vierte sobre estas traduc­ciones, que, por su fidelidad al espíritu de los originales, revelan una singular facul­tad de – asimilación.

L. Giacometti