El Libro de la Gruta de los Tesoros, Anónimo

Este libro, bien conocido por los autores sirios, fue escrito probablemente en el siglo VI por un escritor sirio, todavía desconocido en Mesopotamia. Lleva su tí­tulo por la gruta en que Adán escondió el oro, el incienso y la mirra que los tres Reyes Magos debían ofrecer más tarde al Niño Jesús, y en la que él mismo y los demás patriarcas fueron sepultados. Este tesoro estuvo sepultado junto a los huesos de Adán, bajo el Gólgota. Las fuentes de esta leyenda son muchas y de carácter va­riado. Está sobre todo en relación con el Pequeño Génesis. El texto ha sido editado y traducido al alemán por Bezold, Die Schatzhóhle (Leipzig, 1883 y 1888).

G. Furlani

Libro de la Divina Doctrina, Santa Catalina de Siena

[Li­bro della divina dottrina]. Obra de Santa Catalina de Siena (Caterina Benincasa, 1347-1380), dictada por ella en un momento de mística exaltación en 1378, a algunos discípulos, entre los cuales estaban Cristo- fano di Gano Guidini, quien dio después forma más literaria al texto en italiano, y Stefano Maconi, que hizo su traducción en latín, y corrigió y aprobó la redacción del precedente. Tuvo diversos títulos: Diálogo, o Tratado, o Libro de la divina providen­cia, Libro de la divina revelación, Diálogo de la divina doctrina, etc. Primero se difun­dió manuscrito (de ahí la cantidad de códi­ces y el número de sus variantes) y fue impreso por primera vez en 1472 en Bolo­nia por Baldassarre Arzoguidi, y otras siete veces de 1472 a 1479. La edición más cono­cida es la que cuidó Girolamo Gigli, que publicó las obras de la Santa (1707-y ss.); la última, crítica, es de 1912.

La división actual en tratados y capítulos es de época posterior a los códices más antiguos. La reducción literaria de Cristofano, por es­crúpulo de fidelidad, conserva todavía la ingenuidad de expresión, los pleonasmos, los idiotismos del habla vulgar y hasta al­gunas veces la inconexión sintáctica, fácil en quien dictaba bajo el fuego de la divina inspiración, y la consiguiente oscuridad o ambigüedad de algunas expresiones. En su forma actual resulta de ciento sesenta y siete capítulos; los siete primeros constitu­yen una especie de introducción; del IX al LXIV llevan el título «Tratado de la dis­creción»; del LXV al LXXXIV, «Tratado de la oración»; siguen el «Tratado de la Providencia» (CXXXV-CLIII) y el «Trata­do de la obediencia» (CLIV-CLXVII). Pero, a menudo, la materia de los capítulos no corresponde al título del tratado y se ex­tiende a todas las ramas de la ascética y de la mística. Un concepto fundamental, como un hilo conductor, se puede encontrar en el propósito de conducir el alma del «temor servil», esto es, el miedo a los cas­tigos divinos, al perfecto amor de Dios, a ser «hijos y amigos». La «Discreción» (trat. I), no es más que un verdadero «conoci­miento» que el alma debe tener de sí y de Dios.

Quebrada por la desobediencia de Adán la vía del cielo, Dios ha hecho de su Hijo un puente que consta de tres «esca­lones»: los tres estados o tres facultades del alma; los que quieren seguir otro camino perecen espiritualmente, trastornados por la «carnalitade» (carnalidad), por la avari­cia, por la injusticia y por el falso juicio. El «Tratado de la oración» desarrolla el alto grado de perfección a que puede llegar el alma por medio de la oración mental, esto es, de la conversación directa con Dios; pone en guardia contra algunos aspec­tos engañosos de ella; enuncia «cinco maneras de lágrimas» y sus frutos, y explica cómo la luz de la razón debe ser reforzada por la luz de la fe para llegar a la contem­plación de la divina Verdad. Se detiene después en la misión de los sacerdotes, la­mentando que la indignidad y culpas de muchos de ellos impidan a las almas llegar a la perfección. El breve «Tratado de la Providencia» ilustra todos los modos que Dios usó y usa para conducir a la salvación las almas y el último trata de la «Obedien­cia» en sus varias formas según los diver­sos estados, de sus frutos, de su importan­cia. El libro tiene carácter místico por exce­lencia; Dios halla el alma deseosa de per­fección; y ésta se limita al desahogo de afectos, a peticiones de mayores luces y a devotos agradecimientos.

C. Vitali

El Libro de la Consolación, Johannes Eckhart

[Lí­ber Benedictus]. Pequeño tratado de mís­tica consoladora, del gran místico especu­lativo alemán Johannes Eckhart, conocido por Meister Eckhart (mediados del siglo XIII-1327). El título le viene del texto de San Pablo con que se abre: «Benedictus Deus… pater misericordiarum et Deus totius consolationis». (Epístolas a los corintios, v., segunda, I, 3). Se propone sacar de prin­cipios y consideraciones generales, treinta sugerencias y enseñanzas consolatorias para todo género de adversidades, daños exte­riores, dolores de nuestros más queridos amigos, dolores personales del cuerpo o del corazón.

El místico, para quien el alma hu­mana es mediación de Dios consigo mismo, y que siente el fondo del alma tocar a Dios mismo e identificarse con Él («el alma tiene dos rostros: el uno dirigido hacia el mundo y hacia el cuerpo, el otro hacia Dios») al­canza la fuente primera y perenne de toda consolación en la constitución divina del hombre. «Las más elevadas facultades del alma… están en el puro fondo del alma, ri­gurosamente separadas del tiempo y del espacio, y de todo cuanto tiene con ellos relación o guarda rastro de ellos… Nosotros somos los unigénitos de Dios… Yo soy hijo de lo que me forma y me genera según Él, en la misma condición suya… Aquí se en­cuentra la verdadera consolación de todo dolor… digo yo: en Dios no hay tristeza, ni dolor, ni adversidad… Todo sufrimiento tuyo proviene sólo de no volverte hacia Dios. Si estuvieses generado y formado en rectitud, nada podría ponerte afligido, por­que nada puede hacer que la rectitud sea dolorosa para Dios. Dolor y adversidad no pueden caer sobre el justo más que sobre Dios… Lo no recto no puede producirle dolor, porque todo lo finito está puesto bajo sus pies. El hombre debe desnudarse de sí mismo y de todas las criaturas y no conocer otro padre sino Dios; entonces ni Dios ni criatura alguna podrían traerle dolor, por­que todo su ser, su vida… sus acciones vie­nen de Dios, son en Dios, son el mismo Dios».

Así, el místico alemán se muestra penetrado todo él del sentimiento profundo de la comunidad y del connubio inefable entre lo divino y lo humano celebrado en lo profundo del alma. Otro motivo funda­mental : «Toda pena procede del amor a aquello de que fui privado; así, pues, si la pérdida de cosas exteriores me aflige, es se­ñal que las amo…, que mi amor se va a las criaturas, mientras pertenece a Dios. El que en las criaturas amase sólo a Dios, hallaría que por todas partes hay justa e igual consolación». Siguen los treinta argu­mentos especiales, a decir verdad no todos del mismo valor confortador, y muchos de ellos abundantemente usados por estoicos, cínicos y epicúreos; pero sobre todos domina el motivo: «Renuncia a ti mismo, de cora­zón a corazón, uno en el uno; así lo quiere Dios, enemigo de todo alejamiento y extra­ñamiento…, trasciéndete a ti mismo; con­templa en ti mismo el uno único». [Trad. castellana de Alfonso Castaño Piñón con el título de El Libro del Consuelo Divino (Buenos Aires, 1955)].

G. Puccini

Libro de la Caza, Juan Manuel

Tratado didáctico de cetrería del escritor español don Juan Manuel (1282-1349). El autor resume toda su experiencia en la cría de aves de alta­nería, así como en su amaestramiento y empleo para cazar. Consta el libro de un prólogo y doce capítulos.

Comienza con un elogio del rey Alfonso X el Sabio, tío del autor, refiriéndose a su extensa obra de cultura, de entre la cual  pretende recopi­lar lo que hace referencia a la cetrería. Sin embargo, el libro de don Juan Manuel es mucho más que una ordenación de las alu­siones contenidas en los escritos del Rey Sabio. Anuncia que tras el tratado de la caza escribirá el del venar, pero esta segunda parte no ha llegado hasta nosotros. El primer capítulo trata de la clasificación y naturaleza de los halcones, reduciendo a cinco las especies principales: gerifaltes, sacres, baharíes, borníes y alfaneques. Estu­dia la superioridad del halcón sobre el azor, describiendo minuciosamente la caza de la grulla. El tercer capítulo está dedicado a diferenciar los tipos de gerifaltes, estable­ciendo los caracteres de las variedades me­jores. El capítulo siguiente se ocupa de la cría y el adiestramiento de los halcones, con los cuidados que requieren. Viene des­pués la técnica para hacerlos «señaleros», o sea para que aprendan a cazar.

La cap­tura de grullas con baharí se describe en el capítulo séptimo. Los cuidados e higiene del halcón son el objeto del octavo, inclu­yendo relatos de cacerías y refiriéndose a innovaciones que en su tiempo se introdu­jeron en el arte de la caza. El noveno establece los cuidados especiales que han de tenerse durante la muda del halcón. Los dos capítulos siguientes tratan de la ali­mentación y medicinas para las enferme­dades de estas aves, siendo curiosísimo y muy completo este pequeño tratado veteri­nario. Y el último registra los itinerarios de caza que el escritor ha seguido por diversas regiones españolas, consignando con toda exactitud los lugares por obispados. El estilo es conciso, con un gran afán de exac­titud. Existe de esta obra un manuscrito — n.° 6376 — en la Biblioteca Nacional de Madrid. Edición de Gutiérrez de la Vega en Madrid, 1879, a la que siguió la de Baist, más rigurosa, en Halle, 1880. Después han aparecido varias ediciones más.

L. Monreal

El Libro de la Causa de las Causas, Santiago de Edessa

Obra en lengua siríaca, conocida también con el nombre de Conocimiento de la Verdad, que se remonta aproxima­damente al siglo X y cuyo autor no es el escritor siríaco jacobítico Santiago de Edessa, al cual se quiso atribuir. Discurre acerca de Dios, del mundo espiritual y sen­sible y del hombre. Su objeto consiste en inducir a los hombres a una reconciliación o unión religiosa, que no debería compren­der solamente a todos los cristianos, sino también a los que profesan el Islam o el judaísmo. El libro se dirige a todos los pueblos. Atestigua la acción que el pensa­miento islámico ejerció sobre la literatura siríaca.. Edición Kayser, Das Éuch der Erkenntnis der Wahrheit (Leipzig, 1889).

G. Furlani