Libro de Fortuna y Prudencia, Bernat Metge

[Libre de Fortuna e Prudencia]. Obra ju­venil del humanista catalán Bernat Metge (hacia 1350-1412/1414), escrita en «noves rimades», esto es en versos pareados de ocho sílabas. El día 1 de mayo de 1381, después de haberse levantado y lavado la cara, el autor siente ciertos dolores en el corazón, que le dejan tan frío como la es­carcha. Sale a dar un paseo por la playa y experimenta cierta mejoría. Encuentra a un viejo recostado en una barquichuela. El viejo busca un pretexto para hacerle entrar en ella. Una vez dentro, la des­amarra y 1a. deja a su propio impulso. Se desencadena una fuerte tempestad. El autor se cree ya muerto y confiesa sus pe­cados. Pero súbitamente cesa el temporal y ve, a unas veinte millas, una isla, en la que desembarca. Descripción de la isla, en la que las leyes naturales están básicamente subvertidas. Asentado en una roca se halla un extraño castillo, parte del cual es de una maravillosa riqueza y la otra de una inmunda fealdad. Aparece la propietaria del castillo, de aspecto desagradable. Dice llamarse Fortuna y que concede arbitrariamente sus dones y se complace en la in­justicia.

El autor la increpa y le echa en cara su carácter voluble e inconstante, aca­bando por maldecirse a sí mismo. La For­tuna se defiende con violencia, se insultan; el autor es expulsado del castillo y queda sin sentido. Al volver en sí ve ante él a una hermosa dama acompañada de siete doncellas ricamente vestidas. La dama, que dice llamarse Prudencia, levanta amo­rosamente del suelo al autor y le dice que las siete doncellas son las siete Artes Libe­rales. La Prudencia le reprocha sus discu­siones con la Fortuna y le hace comprender que Dios es el único ordenador del mundo. El autor le plantea el problema de la pro­videncia divina. La Prudencia, en un largo parlamento, demuestra la justicia de Dios y que la Fortuna no es más que uno de sus instrumentos. El autor — convencido — se despide de Prudencia y de las siete Artes Liberales. Embarca de nuevo y regresa felizmente a Barcelona. La obra, concebida y desarrollada dentro del tema tan típica­mente medieval de la Fortuna, es de una arquitectura estilística y de« unos reflejos lingüísticos todavía inmaturos. La lengua es una mezcla de catalán y provenzal, ca­racterística de la poesía catalana del mo­mento. Las fuentes principales que la crítica ha señalado son el De la consolación de la Filosofía de Boecio (v.) y el Román de la Rosa (v.) de Jean de Meung.

J. Molas

Libro de Fioravante, Anónimo

[Libro di Fioravante]. Novela italiana en prosa, del si­glo XIV. Fiovo, sobrino del emperador Constantino, habiendo matado a un cor­tesano en un duelo surgido por un fútil motivo, se ve obligado a exilarse. Parte con dos primos, Otto y Gilfroi, y, encontrán­dose por casualidad con un tercero, Ansoigi, que se une a ellos, se dirige hacia Francia y le ocurren varias peripecias antes de lle­gar a París. Aquí el rey Fiorenzo está si­tiado por Salatrés de Sansogne. Fiovo se distingue en seguida y es nombrado capitán general, mata a Salatrés y derrota a sus ejércitos. Le han ayudado también, sin saberlo Fiorenzo, algunas milicias de su tío Constantino. Terminada la guerra, el -rey querría dar como esposa a Fiovo una de sus hijas, pero él ama y toma en su lugar a Brandoia, hija del vencido Salatrés. La otra, irritada, de acuerdo con su padre, intenta envenenar al extranjero, pero Fio­renzo paga con la vida la traición, una vez descubierta. De este modo todo su reino pasa a manos de Fiovo, que convierte aquella población al cristianismo, mientras que la hija de Fiorenzo se casa con Ansoigi y obtiene el señorío de Maguncia y de otras vastas comarcas. Éstos serán los fundadores de la famosa familia de los traidores. Pero durante este tiempo Roma es atacada por un hijo de Salatrés, Fiovo corre en su ayuda; y obtiene una estrepitosa victoria, gracias sobre todo al valor de Riccieri, un personaje oscuro que adquiere importancia a partir de este momento.

Ahora Fiovo su­cede en el trono a su tío Constantino y deja el trono de Francia a su hijo Fiorello. Sólo aquí puede decirse que comienza la historia de Fioravante, hijo de Fiorello. Éste, que ha ofendido a su maestro Salardo, es exilado, y con el destierro comienzan sus aventuras; la lucha contra Balante, rey de Balda; el amor con la hija de éste, Dusolina; su vuelta a París, a la muerte de su padre, y la sucesión al trono. Pero tam­bién aquí se complican las cosas. Dusolina, acusada de adulterio, queda abandonada en un desierto con dos hijitos, a uno de los cuales rapta un león y al otro un ladrón. Pero el león no es otro que San Marcos, que muchos años después devuelve sus hijos a Fioravante, en las personas de un tal Gisberto y de Octaviano del León. Tras de algunas aventuras, Gisberto se convierte en rey de Francia, y Octaviano, de Balda. La narración continúa con la descendencia de Gisberto y de Octaviano, hasta Guido, padre de Buovo de Antona. De este modo el libro de Fioravante se relaciona con el de Bueves d’Hanstone (v.), y éste a su vez se inserta en los Reales de Francia (v.), de Andrea da Barberino, del que constituye los tres primeros libros. En sustancia es la historia legendaria de la estirpe que cris­tianizó a Francia y la condujo a su gran esplendor de la época Carolingia. Esta le­yenda se encuentra en una canción de ges­ta francesa del siglo XIII, Floovent, y en la Flovents saga islandesa, en la que la narración es bastante semejante a la ver­sión italiana.

C. Cremonesi

Libro de Gomorra, Pedro Damián

[Liber Gomorrhianus]. Violenta denuncia de los vicios del clero en el siglo XI, obra de San Pedro Damián (Pietro Damiani 1007-1072), escrita en 1049 y dedicada al Papa León IX. Las críticas esparcidas en los opúsculos y en las epístolas del Santo acerca de los sacer­dotes entregados al concubinato y a toda clase de impudicias se convierten aquí en ataque violento, especialmente contra los vicios que la Biblia atribuye al pueblo de Sodoma y Gomorra. El autor lamenta sobre todo la culpable indulgencia de los obispos contra los reos de tales culpas y pide al Pontífice que sean castigados con severas leyes ya que es cruel impiedad la indulgencia que alimenta el vicio haciendo incurable la llaga. Ordene el Papa que los reos de tales carnalidades no obtengan el perdón hasta que se hayan arrepentido y después de larga penitencia, que no piensen en ascender al sacerdocio y a las mayores dignidades de la Iglesia, que sean desterra­dos de la patria de los celestiales y sepa­rados del cuerpo de Cristo como miembros muertos de la Iglesia, despreciados por los hombres, odiados por los ángeles, infama­dos en el mundo, destinados a la condena­ción en la vida venidera.

El Papa León, al elogiar la oportunidad del libro, concluía de esta manera: «Y ante todo me alegro de que enseñes muy bien, con tu ejemplo, todo lo que has dicho con la palabra». Este audaz escrito suscitó una tempestad no sólo entre los que habían sido heridos en lo vivo por la elocuencia del Santo, sino también por parte de no pocos espíritus timoratos que hubieran preferido que tan infames vicios no fuesen nombrados siquiera y mucho menos que los sacerdotes fueran acusados públicamente de ellos. «¿Cómo podrá el médico curar la llaga si comienza por esconderla?», contestaba él; y cuando la marea de protestas llegó a conmover al propio Sumo Pontífice, no tuvo reparo en defender su conducta con una carta res­petuosa pero valiente.

G. Pioli

Libro de Diversas Especulaciones Matemáticas y Físicas, Giovanni Battista Benedetti

[Diversarum speculationum mathematicarum et physicarum liber]. Obra de Giovanni Battista Benedetti (1530-1590), publicada por primera vez en Turín en 1585, y no vuelta a imprimir.

La obra consta de seis partes, que comprenden los teoremas de aritmética y de álgebra elemental, la perspectiva, la mecánica, las proporciones, las disputas y algunas cartas de matemáticas y física. Benedetti es un antiperipatético convencido. A la afirmación de Aristóteles de que todas las cosas, salvo el fuego, tienen gravedad en su propio espacio, como lo demuestra un odre que inflado pesa más que vacío, contesta que Aristóteles aquí demuestra manifiesta­mente no conocer la causa de la gravedad ni de la ligereza de los cuerpos naturales, la cual es la densidad o gravedad del cuerpo pesado o ligero, mayor que la densidad o la gravedad del medio permeable en que se encuentra (un razonamiento muy pa­recido había hecho Leonardo da Vinci, pero difícilmente se puede admitir que Benedetti conociese los manuscritos de Da Vinci). El ejemplo del odre inflado — continúa Benedetti — hubiera debido abrirle los ojos. Porque es verdad que el odre es más pesado inflado que vacío, cuando el aire ha quedado encerrado en él por compresión, pero la razón de este hecho es que cuando el odre está inflado, aquella cantidad de aire que ha sido intro­ducida en él por fuerza ocupa un espacio menor que si le fuese permitido vagar libre­mente; y que el cuerpo denso siempre des­ciende dentro de lo menos denso, y el menos denso asciende dentro del más denso.

Por esta causa, el odre inflado, por estar lleno de un cuerpo más denso que el medio que lo circunda, desciende, y no porque el aire sea pesado en el airé o el agua en el agua. Como se ve, son las consideraciones que después repetirá Galileo. Benedetti combate también la opinión de los peripaté­ticos de que el sol atrae los vapores con su calor, y sostiene, en cambio, que los vapores suben porque el sol, con su calor, los hace más ligeros. Indica también que las nubes suben hasta donde encuentran aire de su propia densidad. Son interesan­tes las observaciones relativas al vacío, aun­que no concluyentes, pues falta a Benedetti la idea de presión atmosférica, y también ciertas construcciones geométricas y una argumentación en favor del sistema de Copérnico. Las investigaciones más notables son las que se refieren al movimiento de los cuerpos pesados en libre caída. Aquí, adelantándose a Galileo, sostiene, contra Aristóteles (limitándose a los cuerpos de una misma densidad), la independencia de la velocidad de los cuerpos pesados res­pecto a su peso.

S. Timpanaro

Libro de Fiésole, Anónimo

[Libro Fiesolano]. Es la traducción italiana más reciente (ha­cia mediados del siglo XIV) de una antigua crónica latina, De origine civitatis, pero con muchas adiciones, especialmente de hechos legendarios. De ella se aprovechó Malispini para su Historia florentina (v.), cuya autenticidad no parece que deba po­nerse en duda, y ésta confluye a su vez en la gran síntesis de la crónica de Villani. El anónimo cuenta, para memoria y delec­tación de las gentes, todas las bellas y agra­dables historias ya olvidadas desde Adán hasta el origen de la familia degli Uberti: la creación de Fiésole, su destrucción por César por haber dado asilo a Catilina, y la creación de una nueva ciudad a semejanza de Roma, es decir, Florencia; la destruc­ción de ésta por Totila, la reedificación y ruina final de Fiésole.

Por último se de­muestra que de Catilina desciende la fami­lia de los Uberti; y el Libro de Fiésole, que comienza «a honor y reverencia de la Santí­sima Trinidad», termina con un «Deo gratias». Para el buen cronista — cuya arbi­traria erudición queda bien manifiesta —, la tercera parte del mundo se llama Europa «y su verdadero comienzo es Brandizia, llega hasta Bari, luego tuerce a Nápoles, llega después hasta Génova, y hasta Marse­lla, y hasta Santa María Finibus Terrae»; el fundador de la primera ciudad, Fiésole, fue Atalam Egipter con su mujer Eleta, por consejo de Apolonio, «gran maestro de As­tronomía»: Totila «tenía las orejas como un lebrel y la cabeza calva»; la antigua Agna cambió su nombre por el de Luca, «como si dijéramos luz», porque sus ciuda­danos «brillaron en la fe de Cristo». Y así por el estilo. De sabor arcaico, de ingenua frescura, el Libro de Fiésole es un tejido de leyendas que pueden gozarse con ánimo pueril teniendo en la mente aquel tiempo que ya la nostalgia de Dante encontraba remoto y sereno como un limbo. Es precisa­mente de estas historias «de Troyanos, de Fiésole y de Roma», de las que sacaban sus cuentos las antiguas madres florentinas «mientras tiraban la hebra de la rueca».

F. Antonicelli