Libro de la Montería, Juan I, rey de Portugal

[Livro da montaría}. Tratado técnico sobre la caza a caballo, en especial del jabalí, escrito por el rey de Portugal don Juan I, de la casa de Avis (1365-1433), no publicado has­ta 1918, por Francisco Maria Esteves.

La obra, escrita entre 1411 y 1433, consta de tres libros. La caza del jabalí, a caballo, además de ser una diversión, conserva el cuerpo en la buena disposición indispensa­ble para el uso de las armas; este ejercicio es digno del rey, a quien se indica el modo de ir a caballo, asegurándole la salvación del alma si muere durante la cacería. El autor trata después sobre el mejor método para escoger los perros y mantenerlos fuer­tes y dispuestos para todo evento: estudia las huellas de los animales de caza y cómo se distingue el animal a que pertenecen, así como el tiempo transcurrido desde que fueron hechas, según que estén marcadas en la tierra o en la hierba; describe los lugares preferidos por los jabalíes y la vida de éstos; los signos que acostumbran a hacer los perros cuando descubren uno, así como la forma de sacar a la fiera de su cobijo y la mejor manera de capturarla.

En el segundo libro, después de hablar sobre los servidores que acompañan a la cacería, el autor trata de los procedimientos que deben usar los batidores para proporcionar perros a los cazadores en el momento oportuno, y para capturar la fiera tan pronto penetre en el área batida; describe las diversas for­mas empleadas para matar el jabalí sin cau­sar daño a los demás cazadores, a los batidores o a los perros. En el tercer libro habla de la conveniencia de que los señores sean buenos cazadores y sepan imponerse como tales a los demás acompañantes; se detiene a tratar de los caballos, de los pe­rros, de las trampas, etc., describiendo des­pués los distintos modos con que el cazador, sin el auxilio de perros, debe adelantarse por el bosque o el matorral, en pos del jabalí.

La obra termina con el tratado de los procedimientos para afrontar y matar al jabalí, según las condiciones del bosque, alto o bajo, o del campo abierto en que se encuentra. El autor, además de su propio conocimiento, se sirve de la experiencia de los mejores cazadores a caballo de su corte. El libro está bien estructurado y ofrece un estilo que se ajusta perfectamente a su ca­rácter didáctico. Desde el punto de vista lingüístico es una obra importante por los tecnicismos de aquel género de caza y los inherentes a la orografía y a la flora de las montañas; en el aspecto literario repre­senta uno de los principales monumentos de la prosa portuguesa del siglo XV.

L. Panarese

Libro del Amigo y del Amado, Ramón Llull

[Libre d’Amich e Amat]. Obra mística del mallorquín Ramón Llull o Raimundo Lulio (12339-1315?), escrita en catalán en fecha y lugar dudosos, aunque se cree que fue en Miramar (Mallorca) entre los años 1276 y 1278.

Forma parte de la novela filosófica Blanquema (v.) (escrita entre 1283 y 1285), aunque su redacción fue, según parece, an­terior. Se la puede considerar aparte del resto de la obra, razón por la cual ha sido publicada y traducida como pieza separada muchas veces. Según se cuenta en la novela Blanquema, escribió este libro después de haberse hecho ermitaño. El Amigo repre­senta el «fiel y devoto cristiano» (nosotros añadiremos que representa al mismo Llull), y el Amado a Dios. La dividió en tantos versículos como días tiene el año, de suerte que uno sólo bastase cada día para la con­templación. En la forma, especialmente en las metáforas altamente poéticas, es mani­fiesta la influencia oriental, en particular de los sufíes árabes. También se descubren reminiscencias trovadorescas, de las can­ciones de mayo y alborada y de las «cues­tiones de amor». Pero la verdadera fuente de la que mana el contenido filosófico de esta obra está en el mismo Llull, en su pensamiento expuesto en otras obras, espe­cialmente en el Libro de contemplación en Dios (v.), del cual reproduce la doctrina del amor. En el Libro del Amigo y del Amado, Llull ahonda en el problema de las relaciones entre la criatura finita y el Ser infinito. Todas las cosas visibles represen­tan al Amado a los ojos del Amigo, y espe­cialmente la propia alma, espejo donde el Amado se refleja.

El Amigo va en busca del Amado con todas sus potencias, incluso las vegetativas y sensitivas; en tales «ca­rreras», el entendimiento se adelanta a la memoria y a la voluntad, que son las de­más potencias espirituales, y llega el pri­mero. En esta fase el entendimiento consi­dera las infinitas perfecciones del Amado. Pero la voluntad es quien remata el camino y consuma la unión con Dios por amor, unión que Llull describe en conceptos pre­cisos e imágenes de gran plasticidad, cuya significación preserva de una interpretación panteísta. En ningún momento Llull ha pre­tendido que el alma se disuelva en la esen­cia divina en el estado del éxtasis. Por lo demás la obra contiene una rica fenomeno­logía del amor, a la vez que constituye el esbozo de un arte de amar. El Libro del Amigo y del Amado constituye la joya más exquisita de la producción mística luliana, verdadero compendio de su doctrina del amor divino en el que se vislumbran las líneas capitales de toda su filosofía, lo cual ex­plica el extraordinario aprecio de que ha gozado en todo tiempo. [Trad. castellana de Martín de Riquer (Barcelona, 1950)].

J. Carreras Artau

El Libro de la Jungla y el Segundo Libro de la Jungla, Rudyard Kipling

[The Jungle Book and The Second Jungle Book]. Narraciones del autor inglés Rudyard Kipling (1865-1936), publicadas respectivamente en los años 1894 y 1895. Su núcleo esencial está constituido por la historia de Mowgli (v.), un «cachorro de hombre» que ha­biéndose perdido en la selva india es admi­tido en la sociedad de los animales y ama­mantado por una loba — como en la antigua fábula mediterránea—, y sujetándose a ve­ces a las leyes de la jungla, y otras supe­rándolas («hay algo más en la jungla, aho­ra, que las leyes de la jungla»), termina siendo el pequeño soberano elegido por aquel pueblo «libre».

Raptado por la tribu de los monos, sus amigos Baloo (el oso par­do), Bagheera (la pantera negra) y Kaa (el pitón de la roca) corren a liberarlo. A su vez Mowgli combate contra los enemigos de su gente; humilla y derrota al felón de los ojos amarillos y del manto estriado (Shere Khan, el tigre), hasta que, ya cre­cido, se despierta en él la conciencia hu­mana y siente un doloroso vacío. «El hombre va al fin hacia el hombre», según sen­tencia el hermano Bigio, el mayor de los cachorros de madre Loba. Así Mowgli des­ciende a las tierras aradas donde viven los campesinos. Y cuando por fin este salvaje exilado de la jungla encuentra una mucha­cha que le dice: «Pero tú naciste hombre», la respuesta no se hace esperar: «Ahora sé que nací hombre, porque mi corazón está en tu mano». La transparencia de los sím­bolos define por sí misma el carácter de la obra. Ésta marca, en cierto sentido, el punto de fusión entre el apólogo y la novela de aventuras, el cruce entre la inspiración clá­sica y el mundo poético de la literatura colonial.

Kipling, pedagogo burlón, socarrón y un tanto filosofizante («¡Bah! ¿No hay bastantes insectos y renacuajos en las pozas para que deba comer también el hombre?»), cede de buen grado el puesto al soldado de la idea imperial («Muchas y muchas son las leyes de la jungla, pero la cabeza y la base, el anca y el lomo de la ley es: Obe­dece»), al vate de la raza elegida («Sabe­mos que el hombre sabe más que ningún otro ser»). Pero, más allá de estas fronteras ideológicas — respeto a la jerarquía, espí­ritu práctico acentuado por una discreta dosis de brutalidad británica, sentido siempre vigilante de la solidaridad humana—, la narración se mantiene en pie gracias a aquel descubrimiento del hombre que ya en el Robinson (v.) de De Foe encontró expre­sión literaria, por aquella especie de aluci­nante llamada de la ciudad que más tarde hallará su contrario en la Llamada de la sel­va (v.) de London; el mismo camino, y el encuentro en el punto medio de dos espíri­tus aventureros que, partiendo de extremos opuestos, repiten en el fondo el humanísimo mito de Diógenes.

De proporciones más mo­destas son las narraciones intercaladas entre los capítulos de la historia de Mowgli, pero casi todas destacan con relieve propio (en­tre las más importantes están La foca blanca y Toomai de los elefantes [v. Toomai], Riki-Tiki-Tavi y El milagro de Paru Baghat). En ellos la vida de la jungla y los caracteres de su multiforme población han encontrado un suscitador de visiones de imaginación fecunda y concreta; se puede decir que Kipling nos ha revelado el mis­terio de una tierra misteriosa por defini­ción, sin que por ello haya sufrido la poe­sía. [Trad. española de Ramón D. Perés bajo el título El libro de las tierras vírge­nes (Barcelona, 1904) muchas veces reim­presa, a partir de 1944, con el título de El libro de la selva; en catalán fue traducida por María Manent con el título de Llibre de la Jungla, 2 vols. (Barcelona, 1920-23)].

E. Gara

Libro de la Erudición Poética, Luis Carrillo y Sotomayor

Tratado poético del autor español don Luis Carrillo y Sotomayor (1583-1610), publicado en 1611 en Obras de Don Luys Carrillo y Sotomayor… Existe además una edición de 1913 y una reimpresión moderna en la «Bi­blioteca de Antiguos Libros Hispánicos», serie A, vol. VI (Madrid, 1946) a cargo de Manuel Cardenal Iracheta. Se trata de la primera poética del barroco español inspi­rada en los principios que aparecerían des­pués manifiestos al conocerse y divulgarse las Soledades y el Polifemo de Góngora. El poeta hace la defensa de la poesía her­mética, de elaboración difícil, de cultivo de la forma perfecta, que serán las caracte­rísticas de lo que se ha llamado culteranis­mo. Pero a la vez propugna también el cul­tivo de la dificultad y de la ingeniosi­dad, en lo que se acerca al conceptismo, especialmente al Agudeza y arte de ingenio de Gracián, quien llamó a Carrillo «el primer culto de España».

Esta acti­tud de Carrillo nos ilustra extraordinaria­mente sobre la relatividad de esta división de escuelas y sobre la identidad de prin­cipios en los que fundamentaban am­bos sus doctrinas. Por esto dice acertada­mente un crítico: «En realidad, el Libro de la Erudición Poética no es sólo la justificación teórica y el doctrinal estético del culteranismo naciente, sino también el manifiesto barroco de la poesía difícil». El autor fundamenta su doctrina en Aris­tóteles y Platón e insiste concretamente en algunos aspectos que cumple destacar: la esencia minoritaria de la poesía, que fundamenta en dos razones: en la grandeza de las cosas sobre las que la poesía versa y en las cosas escondidas que los poetas descubren y que no están al nivel del vul­go. Ello le conduce lógicamente a la selec­ción de los términos. Otro aspecto es el de la imitación de los clásicos, con cuya auto­ridad fundamenta la dificultad de la poe­sía. Finalmente, otro: la distinción que esta­blece entre dificultad y. oscuridad (no es culpa del poeta si la poesía no es compren­dida, sino del lector), distinción que por otra parte no resulta operante porque bajo el nombre de «docta dificultad» lo que realmente defiende es la oscuridad.

El Libro de la Duquesa, Geoffrey Chaucer

[Tre Boké of the Duchesse]. Poema elegiaco de Geoffrey Chaucer (1340/45-1400), compuesto a la muerte de Blanca, Duquesa de Lancaster, hacia fines de 1369. El poeta, a quien el amor ha quitado el sueño pasa la noche leyendo viejas historias de amor; una tarde cae en sus manos la historia de Ceice y Alción (escrita antes por él mismo y que inserta hábilmente), en la que Alción, deses­perada por la muerte de Ceice, por inter­cesión de Juno y de Morfeo, tiene en sue­ños un tierno y último adiós con el marido. Animado el poeta, pide a Morfeo que sea también propicio con él; y he aquí que, en efecto, sueña con una maravillosa partida de caza. En ella se encuentra con un joven, vestido de luto, que llora la muerte de su amada. Invitado por el poeta, el joven da libre curso a su inmenso dolor, y canta a su dulce señora, su primer encuentro, sus virtudes, sus hechos maravillosos y las sua­ves alegrías gozadas con ella. Pero ya está muerta, y la pérdida es demasiado cruel. Con este profundo dolor el poeta se des­pierta. Escrito antes de los treinta años, es una obra artísticamente poco madura, ver­dadero centón de trozos tomados de la poe­sía francesa, de los epígonos del Román de a. Rosa (v.), como Guillaume de Machaut, Jean Froissart y Deschamps, con defectos de crudeza y convencionalismo; es desor­denado de estructura y a menudo inade­cuado de expresión. No carece sin embargo de ingenio y de ciertas bellezas, que anun­cian al poeta de los Cuentos de Canterbury (v.).

G. Pioli