La Lira, Giambattista Marino

Colección lírica de Giambattista Marino (1569-1625), publicada en 1602 con el título genérico de Rimas y reimpresa en el año 1614 con la adición de una ter­cera parte, a las dos de que constaba la primera edición.

La colección comprende más de ochocientas poesías, entre sonetos, canciones, madrigales y estancias, en las cuales se incluye lo mejor de la poesía de Marino. Es cierto también que, en esta colección y en las mismas piezas sobresa­lientes, se nos muestra Marino más que como poeta, como virtuoso de la poesía, que no rehúye el tratar cualquier tema y sabe variar hasta el infinito los mismos motivos, pero que, en cambio, es incapaz de con­densar en uno o pocos elementos poéticos esa expresión definitiva y única del ánimo que es propia de los verdaderos poetas. Asi­mismo, en esta obra, si bien de un modo más mecánico que en el poema mayor, el virtuosismo se convierte en rasgo de inge­nio que se complace en sorprender con au­daces e inesperadas deducciones, con antítesis y paralelos singulares, con asonancias y aliteraciones rebuscadas. Más que por sus dotes poéticas estas rimas son importantes como uno de los primeros y más destacados ejemplos sobre los que se educó el gusto de los lectores y poetas del siglo XVII. En efecto, en La lira, en sus divisiones y sub­divisiones, en los diversos temas y motivos de su lírica, aparece ya toda la poesía ba­rroca.

Marino imitaba al Tasso menor de las Rimas (v.) eróticas y cortesanas, al autor del Pastor fido (v.) y, por cierta afición paisajista y descriptiva, a Tansillo. Bebía también en las fuentes más variadas, en especial de Ovidio y de los griegos; por su parte aportaba una inspiración de ardiente sensualidad que, en sus mejores momentos, suple la ausencia de cualquier sentimiento, pero sin que, no obstante la habilidad del versificador, logre inspirar una poesía va­ria y compleja. Tal inspiración ofrece la canción de los «gusanos» compuesta por el poeta a los dieciocho años y que se hizo inmediatamente famosa; junto a ésta, las otras canciones, madrigales y sonetos que compuso con igual tema, casi rivalizando consigo mismo en un virtuosismo que no es puramente retórico; carecen de inspira­ción varia las poesías encomiásticas y cor­tesanas, donde el poeta recoge temas y moti­vos de la poesía bucólica de la Antigüedad y del Renacimiento.

Ni en aquellas otras rimas en que el tema es siempre el amor, ni en aquellas que el autor define como «amorosas» resuena un sólo acento de ver­dadera pasión o se descubre la imagen de una mujer amada o amante: la poesía eró­tica de Marino, o cae en la lascivia, por no decir en la obscenidad, o se entrega a un juego de imágenes y sueños, como en la bella canción «Eco» y en «Amor incons­tante», que puede hacernos pensar en el famoso catálogo de Leporello, en el Don Juan (v.) mozartiano, y parece adelantarse a ciertas canciones gnomicosentimentales del siglo XVII. Todavía más pobre, por no decir nula, aun cuando la producción sea copiosísima, es la poesía de Marino sobre otros asuntos. El tan celebrado soneto sobre la infelicidad humana, «Descubre el hom­bre infeliz desde que nace» [«Apre l’uomo infelice allor che nasce»], no es sino el des­arrollo retórico de un lugar común; y entre las abundantes poesías sacras, apenas si merece recordarse, por una cierta inspira­ción de ternura, la canción sobre la Virgen que busca a Jesús niño y lo encuentra dis­cutiendo con los doctores. En toda la obra del fecundo poeta napolitano aparece como única la canción juvenil dedicada a la muerte de la madre, por su metro insólita­mente solemne y grave, a la. vez que mar­cada por un acento de sincero amor: tam­bién nos muestra en algunos versos un fondo de tristeza, peculiar de este literato ávido de placeres, riquezas y honores.

M. Fubini

La Linterna de Diógenes, Alfredo Panzini

[La lantema di Diogene]. Es el título de la que se suele considerar la obra maestra de Alfredo Panzini (1863-1939). Publicada en 1907, pero escrita unos años antes, no es aparentemente más que la crónica o historia narrada en primera persona, de unas vaca­ciones veraniegas del «profesor» Panzini; desde que, en una tórrida tarde de julio, deja Milán en bicicleta dirigiéndose alegre y satisfecho a un pueblecito del Adriático, Bellaria, donde le espera en una «casita de alquiler» su pequeña familia y donde pasará aquella temporada de la manera más frugal, hasta que, al sobrevenir el otoño, entristecido, se decida a abandonar aquella «cura de reposo y de sol» por el ambiente cerrado de la ciudad y de la escuela.

Pero como aquel vagabundeo físico viene, en rea­lidad a coincidir con el ideal entre lo anti­guo y lo moderno, con aquella disensión entre la literatura y la realidad) entre vir­tud y voluntad, entre el amor y el temor a la mujer, entre la vida doméstica, patriar­cal y la vida mundana, ciudadana, que es lo característico de Panzini: por esto esta crónica lejos de incurrir en la técnica de esbozo, adquiere propiamente significación y forma de «viaje sentimental», de diario poético de un espíritu que se busca y se confiesa de este modo en los encuentros y experiencias más fortuitos, y especialmente, ante las cosas del mundo creado de los documentos y los monumentos de la histo­ria: el mar, el cielo, las fuentes, las selvas, los animales; los arcos, las columnas, los palacios cargados de glorias y de memoria, las iglesias y los cementerios. Por lo tanto, si numerosas son las personas, figuras y figuritas de aquellos encuentros, desde el carretero que ayuda al ciclista «Panzini a bañarse en la fuente, a la anciana que jui­ciosamente habla con el cerdito; desde el organillero que reposa dichoso a la sombra del puente, a la voluptuosa actriz, a cuyo paso se estremecen los chopos del camino; desde el arcipreste fabricante de vinos, a la soberbia y hombruna Imperia, y a las an­siosas jovencitas que pasean a la orilla del mar.

Y son diversos los dioses, los hé­roes, los mitos y los acontecimientos anti­guos evocados en malicioso contraste con aquellos ambientes, figuras y figuritas; el protagonista de los protagonistas, el único y verdadero personaje sigue siendo siempre Panzini, moderador, entre irónico y conmovido, de aquel coro. La linterna de Diógenes se transforma así, entre sus manos, en una especie de novísima linterna má­gica, a cuyas sombras y luces, adquiere lírico relieve una prosa que de un gusto narrativo entre clásico y realista (como lo es el de las tempranas narraciones del au­tor) o de una manera de hacer entre refle­xiva y discursiva, se eleva a menudo por la frescura de inspiración y de estilo a un ritmo de canto, a modos y tonos de genuina poesía. Frescor y poesía que hacen de la Linterna el libro más armonioso entre los de Panzini. Por otra parte la forma enteramente conseguida, del «viaje», o rap­sodia liricoautobiográfica, de ahora en ade­lante se convertiría en propia, más o me­nos, de todo libro de Panzini, hasta de aquellos que parecen perseguir temas objetivos y narrativos, y que se clasifican, sin más, como «novelas».

A. Boccelli

Liola, Luigi Pirándello

Comedia en tres actos de Luigi Pirándello (1867-1936), estrenada en Roma en 1916. Fue redactada originalmente en dialecto siciliano.

Las aventuras galantes de Lióla (v.) exuberante figura de seductor campesino, cantador y sin malicia, corren por las aldeas y pueblos de Sicilia. Todas las tardes, al volver del campo, él canta alegremente mientras en su casa le esperan impacientes las tres criaturas que son re­cuerdo de sus gestas amorosas. A tal punto ha llegado su fama, que ninguna mujer lo quiere como esposo: Tuzza, que está a punto de tener un hijo de este «padre de la aldea», se niega a casarse con él. Pero la astuta madre concibe un plan: el viejo Simón se lamenta hace mucho tiempo por no lograr descendencia de su joven esposa Mita; la culpa, según él, es de la esposa ex­clusivamente. Entonces, Tuzza le propone que haga pasar por suyo y lo adopte aquel próximo hijo que espera; de este modo se lograrán acallar las malas lenguas y el ma­rido podrá jactarse de su capacidad mari­tal. Acepta el viejo y nada le importa la conmoción de la familia ni las pullas de los aldeanos. Pero Lióla, canturreando, medita su venganza.

Llega un buen día, en que Mita hace saber que, por fin, va a tener descendencia. Al oír esta nueva, la alegría del viejo Simón no puede contenerse; y como entonces no sabe qué hacer con el hijo de Tuzza, lo echa de su casa. Los ardides de Tuzza han fracasado y no le queda otra salida que vengarse cuchillo en mano, si bien Lióla consigue evitarlo con la des­treza elegante de un Don Juan. Para con­solarla le canta otra trova: que le mande este otro hijo; en vez de ser tres serán cuatro las bocas a saciar. Este es el crudo desenlace de una intriga sin esperanza, am­biguo y cándidamente despiadado. Las con­clusiones del drama parecen como suspendi­das en una visión satisfecha con su propia indiferencia, y curiosa ante los aconteci­mientos de la trama. Un sentido pecaminoso y de remota miseria sobreviene a la esencia de un juicio ético; sólo al final, una compa­sión común que no logra abrirse paso, impi­de caer en un típico naturalismo pagano.

Te­nemos ante nosotros unos personajes sutiles y caprichosos, esbozados con caracteres que presumen una antigüedad (Plauto, Teócrito) preciosa y embrujada, como la de ciertas ánforas; pero, a la vez, demasiado compli­cados para mantener una instintiva felici­dad. El principal resultado de este Lióla, aparte de su tipismo abstracto, consiste en los ritmos y compases corales que Pirandello no volverá a encontrar con frecuen­cia, y casi nunca con tanta vivacidad y efi­cacia.

G. Guerrieri

 

El Lindo Don Diego, Agustín Moreto y Cavana

Comedia, en tres actos y en verso, del comediógrafo es­pañol Agustín Moreto y Cavana (1618-1669), publicada en la primera parte de su teatro (1654) y representada en 1657. Don Tello ha destinado sus dos hijas, Inés y Leonor, a dos primos de provincias, Don Diego y Don Mendo. Doña Inés ama sin embargo a Don Juan y no puede ni siquiera sufrir la presencia del presuntuoso y estúpido prometido. En ayuda de los enamorados acude Mosquito, criado de Don Juan, que induce a una doncella de Doña Inés a ha­cerse pasar por una condesa viuda enamo­rada de Don Diego. El vanidoso provinciano, traicionado por su misma vanidad, muerde el anzuelo, reniega de su prometida y se casa con la criada, mientras Inés, conseguido el consentimiento de Don Tello, que por fin se da cuenta de la necedad de su so­brino, se casa con su Don Juan y Leonor se une a Don Mendo.

Como en casi todas sus comedias, Moreto no inventa el argu­mento, sino que recoge un tema ya definido teatralmente: la necedad satisfecha de sí misma había interesado ya a Guillén de Castro (1569-1631) en Narciso en su opi­nión, pero la imagen alcanzó en Moreto matices burlescos y se hizo proverbial. Contribuyen a la vitalidad de la comedia la facilidad del juego escénico, movido en el esquema de una tradición que ha con­cluido ya su fase formativa, la espontaneidad del diálogo, articulado en un discurso mé­trico fluido, y la compostura de la ex­presión.

C. Capasso

 

El Lino de los Sueños, Alonso Quesada

Libro de poesías de Alonso Quesada, pseudónimo de Rafael Romero (1890-1925) cuya figura representa el verdadero espíritu del 98, apli­cado a las Islas Canarias. La publicación de esta obra en 1915 fue un acontecimiento tan importante — aunque menos brillante — como en su día lo fuera la publicación de Las rosas de Hércules por Tomás Mora­les, el otro gran poeta canario.

Don Miguel de Unamuno prologó el bello libro: «Estos cantos te vienen, lector, de una isla y de un corazón que es también, a su modo, una isla. Estos cantos han sido ceñidos por el océano y te traen el eco de sus olas rom­piendo en los pedregales de la brilla. Estos cantos te vienen, lector, de un mar inte­rior, de un mar de corazón, que se ha dor­mido hace más de cien años, mucho antes que el poeta naciese, que lo recibió ya dor­mido. Estos cantos te. vienen de una de las islas a que se llamó, no sé por qué, afortu­nadas; pero donde muchos, muchos, viven en la bendita pobreza de su casa, de comida humilde, bajo la sonrisa triste de la madre, y ganándose el pan trabajando para el extranjero. Estos cantos te vienen de una tie­rra donde apenas llueve, seca y ardiente; pero donde se sueña, esperando a la espe­ranza. ¡Qué es esperar!…» La reacción de Alonso Quesada ante lo pequeño y grande, es azoriniana; una tónica especial la dan unos poemas sobré temas británicos en el ambiente canario, Los ingleses de la colonia, en donde la vida inglesa ofrece un encanto claro y silencioso a este poeta de intimidad recónditamente lírica, sensibilidad delicada, ternura, devoción, finísima valoración de las cosas sin excluir valores de aspereza y sequedad.

Comentando la poesía de su pro­logado, dijo Unamuno: «Dios me dé más bien poesía seca y ardiente que no húmeda y fría como la hojarasca. Poesía seca, árida, enjuta, pelada, pero ardiente. Poesía de Sal­mo». Así es, justamente, la poesía de Alonso Quesada.

C. Conde